Irak ha cerrado un año crucial para una reconstrucción política que parece imposible. La división comunitaria imposibilita los proyectos nacionales y amenaza con extenderse por la región.
El balance de 2005 en Irak deja poco espacio para el optimismo. En realidad, todo está fuera de control en este enorme país de Oriente Próximo. El proceso de reconstrucción política es cada día más incierto y en nada ha contribuido a mejorar la vida de los iraquíes. Los elevadísimos porcentajes de desempleo junto a la falta de luz, agua potable e infraestructuras están situando a Irak en los índices socioeconómicos de África subsahariana, lo que además de generar un inmenso malestar social supone una insoportable humillación para una ciudadanía consciente de poseer una riqueza natural que les tendría que situar en unos elevados niveles de desarrollo y bienestar.
Unido a esto, los responsables políticos de Washington, movidos siempre por la improvisación y su agenda interior, han manipulado las identidades étnicas y confesionales presentes en este país hasta llevarlas al enfrentamiento intercomunitario, a la vez que incendiaban progresivamente al movimiento de resistencia de base árabe suní. En consecuencia, se ha impuesto un escenario de violencia generalizada y anarquía que ha sumergido al país en un proceso intensivo de destrucción y lo ha convertido en un laboratorio de violencias que alimenta en toda la región sentimientos antiamericanos crecientes, fomenta el radicalismo y favorece la extensión del terrorismo como modo de acción y reacción.
Sobre la resistencia iraquí existen sólo dos constataciones: no se ha logrado ni doblegarla ni debilitarla y está básicamente constituida por sectores árabes suníes. No se la debilita porque está completamente atomizada y fragmentada. Se trata de diferentes grupos y sectores independientes movidos por un mismo impulso nacionalista que, además, optan por estrategias diferentes: unos limitan sus objetivos a las fuerzas de ocupación y las fuerzas de seguridad iraquíes que están siendo formadas por los estadounidenses, y otros organizan atentados impactantes despreocupándose de los muertos civiles que se lleven por delante.
Su origen básicamente árabe suní se explica porque ha sido el sector de población iraquí más afectado por la ocupación. Los kurdos gozaban desde 1991 de un estatuto privilegiado que unilateralmente les concedieron estadounidenses y británicos después de la guerra del Golfo, de manera que han sido los únicos verdaderos aliados de la invasión. Los chiíes tomaron una posición distante de oposición pacífica a la ocupación, prevaleciendo en ellos la estrategia de sacar los mejores réditos para su comunidad ante la nueva e inevitable situación. Sin embargo, los árabes suníes eran identificados colectivamente por las fuerzas estadounidenses como la representación global del baazismo/sadamismo y catalogados como su enemigo número uno en Irak, cayendo sobre ellos lo fundamental de la represión militar.
En realidad, han efectuado tres falsas identificaciones de efectos perversos entre sadamismo, baazismo y árabes suníes. De un lado, el baazismo es un pensamiento arabista rico y diverso que sobrepasa con creces la manipulación y tribalización que Sadam Husein hizo de dicha ideología y, por tanto, fueron muchos los baazistas que rompieron con Husein y su régimen.
La estigmatización global de baazismo con sadamismo no ha hecho sino alentar una refundación baazista iraquí que es tan anti Sadam Husein como contraria a la ocupación y sus aliados. El ejemplo es la formación política del Consejo Neo-baazista para el Diálogo Nacional que dirige Salih Mutlak, que ha participado en las elecciones del 15 de diciembre y que, a su vez, es parte de la resistencia árabe suní.
Por otro lado, se ha estigmatizado a todos los árabes suníes identificándolos con ese falso baazismo/sadamismo y, a partir de ahí, los estadounidenses han lanzado campañas de represión colectiva contra sus grandes centros urbanos, enajenando a toda esa población. A la traumática experiencia de Faluya, donde se ha llevado a cabo con saña un proceso de destrucción sistemática de la ciudad y de sus habitantes, le han seguido Al Anfar, Tal Afar, Ramadi… poniendo de manifiesto que existe una política estadounidense de destrucción del tejido urbano suní que va mucho más allá del objetivo oficial de perseguir a la llamada insurgencia. Además de promover aún más la resistencia, ese método de raids contra pueblos y ciudades evoca también a muchos el método utilizado antaño por el régimen de Sadam, haciendo la identificación entre ocupación y régimen sadamista.
La resistencia iraquí y Al Qaeda
Asimismo, a las situaciones más complejas se tiende habitualmente a dar las respuestas más simples. Es por ello que catalogar a la resistencia iraquí entre baazistas/sadamistas y al-qaedistas es no querer reconocer que la naturaleza de la resistencia plantea una nueva realidad política y sociológica iraquí. Al margen de que puedan existir reductos sadamistas, la mayor parte de los actores de la resistencia tienen entre 16 y 25 años y están motivados por una nueva ideología de tipo nacionalista-islámico que poco comparte con el baazismo representado por Sadam. Se trata de una nueva generación de iraquíes muy radicalizados por la experiencia de la ocupación, y en la que su juventud es otro factor que hace aún más difícil su derrota porque se renueva constantemente.
Con respecto a los sectores vinculados a Al Qaeda y compuestos por no iraquíes, constituyen un sector que, si bien presente, está sobredimensionado por la maquinaria propagandística estadounidense, tratando de eludir la verdadera naturaleza del problema interno iraquí que ellos han creado y de presentar la situación en este país como un eslabón de la guerra internacional contra el terrorismo. Un estudio realizado por la Universidad de Bagdad a finales de 2004 que recogía datos de hospitales y morgues, así como informaciones sobre los heridos procedentes de la resistencia, establecía que los extranjeros en la insurgencia representaban la cifra tentativa de en torno a un cuatro por cien. Fuentes estadounidenses la han situado en un siete por cien.
Otra cuestión es que Al Qaeda y los grupos que le son afines, aunque existentes antes de la ocupación de Irak, están hoy día modificando sus estrategias de acción y legitimación al hilo de los acontecimientos y el desarrollo de la resistencia en Irak, teniendo en cuenta su enorme impacto en las sociedades de los países árabes. Lo realmente importante es que la nueva generación de al-qaedistas se está alimentando ideológicamente a través de la experiencia iraquí, porque la cuestión de Irak se ha convertido en el principal catalizador de la evolución de esta nueva forma de terrorismo global. Así, por ejemplo, de la experiencia conflictiva en que está derivando la relación entre los suníes y los líderes chiíes que forman parte del gobierno iraquí, se está exacerbando en la ideología al-qaedista una afirmación identitaria suní y una manifiesta militancia radical anti chií que hasta ahora no se había expresado con tal intensidad, integrando una temible variable más en el ejercicio de la violencia que les define. Por otro lado, el proceso de radicalización de ese nuevo nacionalismo islámico iraquí que representa la base sustancial de la resistencia se realiza identificándose con los modos de acción del modelo Al Qaeda; es decir, el uso del terrorismo como único instrumento de lucha frente al enemigo. Es en estos dos factores donde radica el principal y pernicioso nexo entre Irak y Al Qaeda.
Pero la demoledora violencia en Irak se ha extendido como una metástasis que desborda el ámbito de la resistencia y se prolonga en múltiples facetas de criminalidad, extorsión y delincuencia cuyos actores aprovechan el enorme río revuelto del caos iraquí. Asimismo, no se puede descartar la existencia de la “guerra sucia” en este complicado conflicto, donde no faltan ocasiones en las que cabe preguntarse “quién mata a quién” y donde la existencia de escuadrones de la muerte está cada día más presente. Como suele ocurrir con frecuencia, los acontecimientos que atraen la información internacional son los que conciernen a los extranjeros, pero hay una realidad más aterradora que afecta a los propios iraquíes, siempre fuera del cómputo de las víctimas de esta guerra. Según fuentes del ministerio del Interior iraquí son más de 5.000 los iraquíes que han sido víctimas de secuestros y “desapariciones”.
La imposible reconstrucción política
En marzo de 2004 arrancó el proceso de reconstrucción política del Estado iraquí con una ley Administrativa Provisional (Transitional Administrative Law), inspirada estrechamente por el representante político de las fuerzas de ocupación estadounidenses, Paul Bremer. La pieza central de dicho proceso era la elaboración de una nueva Constitución en el verano de 2005, si bien antes se celebraban elecciones el 30 de enero de dicho año para elegir un Parlamento transitorio que debía aprobar la nueva ley magna. El tortuoso y no siempre transparente proceso de elaboración de dicho texto, que llevó a una situación de gran confusión cuando acabaron circulando tres borradores distintos sin saber a ciencia cierta cuál era el definitivo, no ha hecho sino agrandar las divisiones entre los árabes suníes y los chiíes y los kurdos, así como acentuar los sentimientos sectarios y comunitaristas entre estos tres grupos demográficos dominantes en Irak.
De nuevo faltó una estrategia estadounidense que utilizase su indudable liderazgo para atenuar la marginación de los suníes y prestar atención a sus inquietudes, de manera que no se les transmitiese que eran los grandes perdedores en la nueva remodelación del Estado. Por el contrario, si bien era la ocasión para que tanto Washington como el gobierno iraquí (de predominio chií y kurdo) mostrasen su habilidad para debilitar a la resistencia a través de una estrategia política de inclusión árabe suní, la falta de responsabilidad de Estado que mostraron los líderes chiíes y kurdos a favor de sus intereses particulares y la prioridad estadounidense de que se cumpliesen los plazos establecidos por encima de los resultados para hacer frente a su cada vez más difícil agenda interior sobre Irak, han llevado a la situación inversa a la deseada: se ha enardecido aún más la resistencia y favorecido la violencia étnica y sectaria con graves riesgos de derivar en guerra civil.
Por un lado, el texto constitucional iraquí ha adolecido de dos defectos sustanciales: la falta de consenso y la ambigüedad/debilidad del propio texto. Los árabes suníes se sintieron progresivamente marginados de las negociaciones que comenzaron en agosto de 2005. De hecho, el Comité Constitucional acabó siendo trasladado a un foro informal de líderes chiíes y kurdos cuando la presión estadounidense les exigió que cumpliesen con el periodo establecido y renunciasen a una ampliación legalmente posible de seis meses. Los borradores que salían de dicho foro eran expuestos a los suníes, los cuales a su vez los rechazaban dado que se sentían excluidos y su sentimiento de complot se afirmaba al considerar que lo que se les proponía amenazaba su propia existencia.
Las objeciones suníes se referían de manera especial a la nueva estructura federal que exigían kurdos y chiíes porque, desde su punto de vista, facilitaba implícitamente la disolución del país, lo que les dejaría cercados territorialmente y sin fuentes de riqueza dado que los yacimientos petrolíferos están en el Norte y Sur. Por su parte, aceptaban –dado que ya es un hecho consumado– la idea de una región kurda (pero en los límites actuales, es decir, sin integrar Kirkuk), e integrar ciertos niveles de descentralización, pero su rechazo es radical con respecto a la pretensión de los líderes chiíes en el gobierno de crear una enorme región federal en el Sur. También se mostraban recelosos con respecto al establecimiento de la promulgación de la “des-baazización” por temor a que fuese un instrumento arbitrario que se convirtiese en un proceso de “de-sunización” que acabase penalizándolos. Asimismo, hubo importantes divergencias sobre la definición de la identidad nacional. El primer borrador del 29 de agosto decía que Irak forma parte del mundo islámico y “su pueblo árabe de la nación árabe”. Ésta era una definición promovida por los kurdos pero que encontró un gran rechazo en los árabes suníes (aunque también entre algunos chiíes) porque volvían a ver en ella la voluntad de desintegrar el país en el futuro.
Esta definición en verdad sublevó a todos los Estados árabes y, bajo presión de la Liga Árabe, el borrador del 13 de septiembre enmendó esta premisa sustituyéndola por “Irak es miembro fundador de la Liga Árabe y está comprometido con su Carta”. Solución aparentemente salomónica pero que no acabó de satisfacer a nadie y dejó en la atmósfera un sentimiento de sospecha y amenaza a una identidad iraquí históricamente traducida a través de la “arabidad”, lo que inquieta a muchos y alimenta aún más los sentimientos ultranacionalistas y sectarios. Lo cierto es que cuestiones tan sensibles e inflamables como la definición de las identidades nacionales, independientemente de que sea una realidad aún por resolver en Irak y en Oriente Próximo en general, se están planteando en un contexto dominado por el oportunismo político y en un entorno de violencia e invasión extranjera, lo que lo convierte en un proceso contraproducente para poder ser encauzado de manera pacífica y consensuada. Por el contrario, se convierte en un factor más de enfrentamiento, repliegue identitario y radicalización que, lejos de resolverse, lo empeora.
Ante la falta de consenso en todas estas cuestiones fundamentales, cumplir la agenda se convirtió en el mejor signo del éxito desde la perspectiva estadounidense, aunque éste sólo fuese superficial y aparente. Para lograr cumplir el calendario y que se pudiese celebrar el referéndum de ratificación el 15 de octubre, se presentó un nuevo borrador el 13 de septiembre, que asumió el Parlamento transitorio pero sin emitir voto por, una vez más, la falta de consenso mayoritario. En consecuencia, prevaleció el proceso en sí mismo sobre los resultados, de manera que lo más significativo del nuevo texto constitucional son sus lagunas y no su contenido. Para eludir la realidad manifiesta de que no se llegaba a ningún acuerdo sobre las cuestiones claves en disputa se decidió trasladar la decisión sobre las mismas al Parlamento que se iba a elegir el 15 de diciembre. Así, la Constitución se ahoga en la ambigüedad al establecer un sistema federal en el que no se define su esencia ni estructura, más allá de la ya existente región kurda. Esta falta de definición no hace sino vaticinar una enorme discordia en el futuro próximo, teniendo en cuenta, además, que el peso demográfico chií asegura su gran presencia en el legislativo y, por tanto, su papel decisivo en la redacción de las futuras leyes.
El 15 de octubre se celebró el referéndum de la Constitución, el cual fue aprobado por los pelos. La ley Administrativa Transitoria establecía que si no era votada positivamente por dos tercios de los votantes en tres provincias del país, el texto quedaba anulado. Lo que en principio fue una improvisada concesión a los kurdos se convirtió en un posible instrumento para quienes los estadounidenses consideran la comunidad más hostil, los suníes. Finalmente, el proceso fue tortuoso y poco transparente, dejando una estela de posibles fraudes y manipulaciones.
En realidad, si se piensa en la difícil situación de Irak, desarrollar una redacción constitucional en sólo dos meses dejando de lado la exigible necesidad de consenso, única vía para empezar a asentar la estabilidad nacional del país, y renunciando a que fuese la Constitución quien estableciese el nivel de descentralización del Estado, en vez de leyes posteriores más vulnerables de ser enmendadas por los diferentes gobiernos, muestra la irresponsabilidad y la improvisación con que se está llevando a cabo un proceso cuyas consecuencias son determinantes no sólo para Irak y todo Oriente Próximo sino también para el mundo.
Por el contrario, lo que el proceso de reconstrucción político-estatal iraquí está promoviendo es el sentimiento etno-sectario frente al ciudadano. Se están consolidando identidades aisladas y enfrentadas que sólo se rigen por intereses de grupo, creando una transformación sociológica muy peligrosa de afirmación de la identidad comunitaria. De hecho, es una enorme simplificación de la identidad que traiciona la diversidad que caracteriza los conceptos de “suní” o “chií”. Primero, porque no son grupos compactos ni en términos políticos ni sociales. Y segundo, porque lo chií es también árabe, kurdo y turcomano; como lo es a su vez lo suní. No obstante, se ha ido imponiendo esa polarización rígida y artificial, que nunca antes existió en Irak, entre kurdos, chiíes y suníes que está empezando a forjar identidades excluyentes y en conflicto. El liderazgo político del actual gobierno iraquí tiene una enorme responsabilidad en ello. Los kurdos, primero de todo, buscan crear las condiciones para su futura secesión, y los líderes chiíes del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak (CSRII) y de Al Da’wa buscan maximizar sus propios beneficios, mostrándose indiferentes a la viabilidad del futuro Estado iraquí. Ante esto se está afirmando una identidad árabe suní que se siente en peligro.
La excepcionalidad de Muqtada al Sadr
Existe una interesante excepción en este marco de división comunitaria representada por el movimiento chií que lidera Muqtada al Sadr, quien mantiene buenas relaciones –incluso a veces alianzas tácticas– con representativos grupos políticos árabes suníes como la Asociación de Ulemas. Al Sadr es, sin duda, un actor de gran peso en la actual escena política iraquí, dado que cuenta con una gran popularidad y capacidad de movilización social, si bien desde la revuelta de Nayaf, en agosto de 2004, ha mantenido una línea de contención y ha evitado enfrentarse a las moderadas directrices que emanan del entorno de Ali Sistani. Su legitimidad entre los chiíes viene de su procedencia familiar: hijo del ayatolá Mohamed Sadiq Sadr y sobrino del gran marya Mohamed Baqr al-Sadr, ambos asesinados por el régimen de Sadam. No obstante, ni su juventud ni su abierto militantismo le permiten convertirse en una autoridad islámica como es Ali Sistani. Es más un líder político que espiritual, y por ello hasta la actualidad ha mantenido una posición de respeto y no confrontación con las directrices que emanan del marya Sistani.
Su popularidad procede, tanto del apoyo que su movimiento aporta a los sectores chiíes más desprotegidos, como al hecho fundamental de que no pertenece al dominante liderazgo político que ocupan los iraquíes exiliados llegados al país con la invasión estadounidense. Desde la ocupación, EE UU ha favorecido de manera manifiesta la entrada en el gobierno iraquí de una clase política procedente del exterior que poco ha logrado enlazar con el sentimiento popular. Por el contrario, con frecuencia son vistos como ajenos a la realidad del país, dedicados a rentabilizar personalmente su formación adquirida en el extranjero y viajando continuamente, en tanto que han sido incapaces de mejorar la draconiana situación interna que vive la inmensa mayoría de los ciudadanos. Esta circunstancia afecta también a los líderes chiíes en el gobierno, venidos de su exilio en Teherán (los del CSRII) o del mundo occidental, como Ibrahim al Jafari o el portavoz del gobierno, Laith Kubba. El nacionalismo “interior iraquí” que transmite Al Sadr enlaza con el resentimiento que sienten muchos iraquíes hacia esos “hombres del exterior” que llegaron al país con los tanques de la ocupación. Frente a éstos, él representa el nacionalismo de dentro de Irak.
Entre los suníes, Al Sadr cuenta con una considerable popularidad, tanto por su inamovible posición contra la ocupación extranjera, como porque ha sido el único líder chií que desde el primer momento denunció el asalto brutal de las tropas estadounidenses de Faluya en noviembre de 2004, convertido en un símbolo del “martirologio” suní y que fue silenciosamente asumido por los otros líderes chiíes. Incluso Ali Sistani tardó mucho tiempo en emitir una declaración muy moderada al respecto.
Así, Al Sadr es el único líder chií del que la Asociación de Ulemas ha dicho “es un iraquí y un árabe de verdad. Compartimos con él los mismos principios básicos: somos iraquíes y aspiramos a la unidad nacional. No es como Al Hakim o Al Jafari. Ellos son persas. Respetamos a Muqtada al Sadr y tenemos una buena relación con sus seguidores”. Por su parte, responsables del movimiento de Al Sadr se pronuncian de la siguiente manera: “Nos sentimos próximos a los suníes. Durante la crisis de Faluya los apoyamos con armas y alimentos. Nos sentimos más próximos a ellos que a la lista electoral chií. El movimiento de Al Sadr es el único, junto a los suníes, que rechazamos la ocupación”.
Muqtada al Sadr es, por tanto, una personalidad poliédrica cuyo movimiento político, ya hoy día relevante, lo será aún más en el futuro. Sin embargo, se da la circunstancia de que, si bien ha mostrado una mayor responsabilidad de Estado que sus correligionarios que están en el gobierno y debería estar llamado a desempeñar un papel de mediador sustancial para evitar derivas de enfrentamiento civil, su consistente posición en contra de la ocupación y su reivindicación constante de un calendario de salida de las tropas americanas, le han convertido en un actor no deseado por la política de EE UU en Irak. Por el contrario, su rebeldía y hostilidad contra la ocupación le ha valido la catalogación de radical y su marginación y acoso por el liderazgo estadounidense.
Situación de las fuerzas de seguridad iraquíes
Una de las cuestiones claves del escenario iraquí es también la situación en que se encuentra el proceso de formación y consolidación de las fuerzas militares y policiales del país, porque es uno de los aspectos fundamentales que conciernen a la viabilidad del Estado iraquí y una de las argumentaciones que defiende Washington para mantener sus tropas en Irak. La tarea es enormemente complicada en origen, dado que se ha tenido que partir de cero por el error estratégico de EE UU de borrar del mapa todo el entramado institucional y militar del país cuando lo ocupó en marzo de 2003. Esto significó un ejercicio de humillación para muchos militares que, si bien en el ejército del régimen, no significaba que fuesen sadamistas. Muchos de ellos han tomado, sin duda, el camino de la resistencia.
Los informes y noticias recientes sobre la situación de las fuerzas militares y policiales iraquíes sugieren que, lejos de consolidarse y contribuir a la estabilización, están siendo un elemento más de sectarismo y desestabilización.
En general, tanto los grupos de congresistas estadounidenses como el Government Accountability Office, tras visitar Irak, concluyen que la preparación de muchas unidades es baja, su moral y lealtad cuestionables, las divisiones regionales y étnicas entre sus miembros agudas y, por tanto, su eficiencia muy relativa.
En términos de formación, las unidades que pueden ser consideradas “completamente capaces” (con autonomía para actuar sin apoyo estadounidense), según fuentes del Pentágono este verano, eran tres de las 115 totales. Las que alcanzan el nivel de “capaces” (necesitando apoyo operativo estadounidense) son un tercio del total de las unidades militares iraquíes. Las “parcialmente capaces” son los dos tercios de las unidades militares y la mitad de las de policía. La otra mitad de las de policía son consideradas “incapaces”. Pero estas informaciones son siempre tentativas y sometidas a las exigencias políticas que no siempre se dictan por la verdad.
Es muy significativo el análisis que hacía el 30 de noviembre de 2005 el Center for American Progress: “En febrero de 2004 el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, proclamaba ‘hay más de 210.000 iraquíes sirviendo en las fuerzas de seguridad’. Siete meses más tarde, en septiembre de 2004, Rumsfeld decía que 95.000 tropas entrenadas iraquíes estaban tomando parte en operaciones de seguridad, menos de la mitad de la cifra que la administración había hecho pública antes. Un año más tarde, el general George Casey declaró ante el Congreso que el número de batallones iraquíes que habían alcanzado el más alto nivel de preparación había descendido de tres a uno. Este número aparentemente no ha cambiado. Ahora, unos meses más tarde, la administración proclama que hay 212.000 fuerzas de seguridad iraquíes entrenadas y equipadas. Como ha ocurrido en los dos años y medio últimos, no queda claro qué vara de medir está usando la administración y si muestra el escenario completo”.
La cuestión está en que EE UU necesita, por la presión interna, llevar a cabo algún repliegue de tropas de Irak, y por ello se está planteando consolidar las bases militares que quiere dejar instaladas de manera permanente en este país, traspasar responsabilidades a las fuerzas iraquíes en tierra y reforzar la participación aérea del ejército estadounidense, lo que tendría un carácter aún más devastador en la provocación de muertes civiles. Un escenario de escape para la administración estadounidense pero que vaticina mayor violencia y anarquía y que elude, de hecho, la cuestión fundamental: la retirada total de las fuerzas de ocupación.
Al margen de la dudosa competencia real que puedan tener dichas fuerzas de seguridad sobre el terreno, otras cuestiones de gran trascendencia relacionadas con ellas invitan a pensar en términos de gran preocupación. El descubrimiento en noviembre de 2005 de una cárcel secreta en los sótanos del ministerio del Interior iraquí dirigida por sectores de la milicia chií Badr del CSRII, donde se estaba torturando a 170 árabes suníes, ha sacado a la luz una realidad hasta entonces no reconocida aunque existente. De hecho, los estadounidenses “descubrieron” dicho centro de tortura por razones tácticas de cara a las elecciones legislativas del 15 de diciembre, para debilitar el peso electoral del CSRII y otras formaciones chiíes y favorecer a su candidato Iyad Alawi. Pero la realidad es que las fuerzas de seguridad iraquíes, por un lado, están contaminadas del cada vez más virulento enfrentamiento sectario. Por otro, están filtradas de grupos paramilitares que actúan por su cuenta al margen de cualquier comportamiento legal y democrático. En la consolidación de ambos factores, la fuerza ocupante encargada de supervisar el proceso de reclutamiento y formación de esas fuerzas de seguridad no puede considerarse ajena. Al menos se ha practicado un laissez faire enormemente pernicioso motivado por estrategias coyunturales.
Aunque en un principio los estadounidenses ejercieron una gran presión para que la milicia Badr se desarmara, el asesinato de su líder, el ayatolá Baqr Al Hakim, en agosto de 2003, les llevó a aceptar que el CSRII necesitaba un cuerpo armado para proteger su entorno ante la deteriorada situación de seguridad que se daba. Desde entonces, y sobre todo desde la victoria electoral del CSRII y sus aliados en enero de 2005 que llevó a la jefatura del ministerio del Interior a un antiguo líder de Badr, esta milicia ha sido progresivamente integrada con gran protagonismo en las unidades de planificación y operativas de contra-insurgencia. Está muy presente en la unidad especial conocida como la Brigada Lobo que empezó operando en Tal Afar y Mosul y en los recientes meses ha asumido también responsabilidades de seguridad en Bagdad. Asimismo, forma parte de la Brigada Escorpión especializada en trabajos de inteligencia. Algo similar está ocurriendo con los peshmergas kurdos.
La cuestión está en que esos grupos tienen su propia agenda interna. De hecho, se va imponiendo una guerra oculta de todos contra todos sin reglas ni responsabilidades, de manera que las fuerzas de seguridad iraquíes se están convirtiendo en otro de los actores en que la lealtad no va dirigida al Estado sino a sus replegadas visiones comunitaristas. A partir del momento en que las fuerzas estadounidenses empezaron a integrarlas en sus operaciones masivas contra las regiones suníes y sus centros urbanos, esas operaciones conjuntas –causando multitud de víctimas civiles– han tenido unos efectos demoledores para la convivencia intercomunitaria.
Efectos de las elecciones del 15 de diciembre
El proceso electoral del 15 de diciembre de 2005 ha venido a corroborar que el nuevo diseño iraquí se dibuja en torno a líneas sectarias donde los suníes votan por los suníes, los chiíes por los chiíes y los kurdos por los kurdos. En Irak casi se ha institucionalizado una división comunitaria donde no parece tener cabida los proyectos nacionales. Hay que tener en cuenta que estos riesgos de enfrentamiento sectario no se limitan a Irak, sino que fácilmente pueden desbordarse a todo Oriente Próximo. El antagonismo suní-chií puede alcanzar a los Estados suníes de Arabia Saudí y del Golfo, con una importante población chií; y los sueños separatistas kurdos pueden tener enormes implicaciones en Turquía, Siria e Irán.
La administración de George W. Bush no ha cesado de echar leña al fuego a la divisoria étnico-confesional, quizá pensando que era el mejor atajo para no afrontar las tremendas tensiones sociales de Irak y considerando que una sociedad dividida es más fácil de manipular. Pero las cosas no van bien para EE UU, que ha creado las condiciones del atolladero en el que se encuentra. En contra de sus deseos la lista chií –la Alianza Unida Iraquí– es la principal ganadora, en tanto que sus aliados más íntimos –la lista de Ayad Alawi y Ahmad Chalabi– han experimentado un inevitable fracaso. Y lo que es muy importante, se dibuja un bloque significativo en el Parlamento cuyo objetivo sustancial es exigir un calendario de salida para las tropas estadounidenses y al que no le van a satisfacer los meros repliegues simbólicos que Washington está planificando.
A diferencia de las elecciones de enero de 2005, significativos grupos políticos suníes han participado en los comicios de diciembre. Incluso la influyente Asociación de Ulemas, si bien no ha participado, tampoco defendió el boicoteo, sino la libertad de decisión. Pero el cambio es táctico, no político. Han decidido estar presentes en el nuevo Parlamento para constituir un grupo de presión con respecto a sus dos grandes prioridades: impedir que las leyes sobre el modelo federal que se habrán de decidir supongan una amenaza para su existencia y conseguir la retirada total del ejército de ocupación estadounidense. Junto a esto, el movimiento de Muqtada al-Sadr ha aumentado notablemente su representación dentro de la lista chií, de manera que se perfila un grupo parlamentario que comparte ambos objetivos primordiales y que puede ser muy activo y movilizador.
EE UU se ha encontrado en la difícil situación de tener que integrar a los árabes suníes después de haber seguido una política contra ellos que les ha radicalizado y convertido en el emblema de la resistencia. Por ello, para facilitar su inclusión, se modificó en septiembre de 2005 la ley electoral con el fin de equilibrar el reparto de escaños. La ley que había regido los comicios de enero de 2005 se basaba en una sola circunscripción nacional con reparto proporcional, lo cual jugaba a favor de los kurdos y en contra de los árabes suníes. Ésta fue una de las razones por la que decidieron masivamente boicotear las elecciones y revalorizarse en negativo. La ley actual organiza el escrutinio en torno a 18 circunscripciones que coinciden con las 18 provincias administrativas iraquíes, y a cada cual le corresponde un número de escaños de acuerdo con el número de su población, lo cual asegura la representación árabe suní.
Para Washington, la inclusión suní significa dar credibilidad al proceso y, sobre todo, tratar de debilitar a su resistencia. Dentro de la errática política de EE UU en Irak, es interesante observar un nuevo giro en el discurso estadounidense con respecto a esta última cuestión. El embajador de EE UU en Bagdad, Zalmay Khalizad y el portavoz del mando estadounidense en dicha capital, mostraron desde finales de noviembre de 2005 signos de cambio de actitud con respecto a las organizaciones de la resistencia suní. El 24 de noviembre el general Rick Lynch enfatizaba sobre las diferencias entre los llamados “combatientes extranjeros”,5 los “rechacionistas” (rejectionists) y los “sadamistas”.6 Y se refirió a que los rejectionists podrían “convertirse en parte de la solución y no del problema”. En la misma semana Khalizad, en una entrevista en la ABC News, decía que estaba preparado para abrir negociaciones con los insurgentes suníes, pero no con los “sadamistas” ni los “combatientes extranjeros”. Es decir, ahora los objetivos divergentes entre la resistencia suní y los al-qaedistas parecen ser tomados en cuenta en vez de ignorados como en el pasado reciente. Y Lynch añadía: “La principal vía para desbaratar la capacidad de los rejectionists es a través de la implicación política”.
En este contexto, la participación en las elecciones de los grupos políticos del Consejo Neo-baazista para el Diálogo Nacional dirigido por Salih Mutlak y el Frente Suní del Acuerdo Nacional, de tendencia islamista y liderado por Adnan Dulaimi, ambos vinculados a la resistencia árabe suní, parece ser visto por Washington como una vía para iniciar ese camino de negociación con la resistencia sunní. La cuestión está en que ese difícil camino exigiría el calendario definitivo de la retirada de todas las tropas estadounidenses, única posible solución al conflicto iraquí, y es difícil imaginar que eso esté en la perspectiva del presidente Bush. En cualquier caso, muestra una vez más el carácter táctico e improvisado de la política de EE UU en Irak, sometida primero de todo a una agenda interior cada vez más complicada.
Washington necesita articular un escenario de repliegues militares –que no retirada– para transmitir a sus ciudadanos que los soldados empiezan a volver a casa, y sólo puede hacerlo si apacigua a la gran resistencia árabe suní, una tarea casi imposible en las condiciones de tutela militar y política en que EE UU quiere dejar permanentemente al país, razón sustancial por la que lo invadió en 2003. Tampoco hay que olvidar que, si bien la ocupación iraquí está costando carísima al Estado y a los ciudadanos estadounidenses (5.600 millones de dólares mensuales), es un excelente negocio para la industria armamentística y los diversos lobbies vinculados a los neoconservadores en el poder. Por ejemplo, el valor del stock de la compañía Halliburton, vinculada al vicepresidente, Dick Cheney, ha aumentado un 138 por cien desde marzo de 2003 y ha sido premiada con al menos 10.000 millones de dólares en contratos para operaciones en Irak.7 En consecuencia, 2006 sigue anunciando un Irak pleno de convulsiones, fracturas y discordia.
