Cuba: de utopías y empecinadas realidades. Emigrar o delinquir
Cuba: de utopías y empecinadas realidades. Emigrar o delinquir

Es común que los defensores del actual sistema cubano comparen esta isla con Haití, para demostrar las grandes ventajas de la revolución que llegó al poder en 1959. Otros prefieren confrontar nuestra calamitosa economía con la de países del primer mundo, como Suecia u Holanda, con la intención de remarcar el naufragio del proceso que comenzó hace 50 años. Ambos ejercicios retóricos irritan a los que habitamos este peculiar y prolongado experimento caribeño. La Cuba de hoy sólo hay que contrastarla con aquella que nos prometieron desde las tribunas, en los años en que se hablaba de un futuro luminoso que nunca llegó. Con sus absurdos cotidianos, la actual situación es la evidencia más fuerte del descalabro de la proyectada utopía.
Los problemas diarios que padecemos son muchos y muy irritantes, pero lo más angustioso no es el número ni la gravedad de las dificultades, sino la casi nula posibilidad de hacer algo para resolverlas. La impotencia que sentimos los ciudadanos cubanos para solucionar –por las vías establecidas– los aprietos de alimentación, vestuario, vivienda, transporte o comunicación, lleva a muchos a tener que elegir entre irse del país o violar las leyes. La alternativa que propone el gobierno es que cada cual cumpla cabalmente con su deber, con lo que supuestamente sería posible elevar la productividad y la eficiencia y así salir del atolladero. Sin embargo, son muy pocos los que quieren invertir sus energías, su tiempo y sus recursos en un proyecto social que en cinco décadas ha dado pocos frutos.
La asfixia y el desespero se hacen más evidentes entre los jóvenes que tienen, si no el plan, al menos el sueño de vivir en otro país. No hablan de viajar, sino de salir; no están tan motivados por un sitio específico en el extranjero, como tan hastiados de lo nacional. Ellos saben que a su edad y con un título universitario o politécnico, no podrán tener en el plazo de una década un espacio independiente donde vivir, ni un medio de transporte, ni un teléfono a su nombre. Con sus pocos años han aprendido que el salario que les espera en las empresas del Estado no les servirá para costear un hábito alimentario que se salga de la monótona distribución del mercado racionado. Es una generación que conoce bien que el fruto del trabajo honrado jamás les permitirá hacerse habituales de una cafetería, ni alcanzará para financiar unos días de turismo nacional durante las vacaciones. Si siguieran el guión de “hombre nuevo” que les han inculcado desde pequeños, no podrían invitar a nadie a tomarse un mojito ni ir a una discoteca y mucho menos contar con un espacio privado donde hacer el amor. ¿Cómo pasar una noche junto a su pareja, si la abuela con la que comparten el dormitorio tiene el sueño ligero y el hotel más barato les consumiría las ganancias de un mes de trabajo?
Esos que nacieron varias décadas después del comienzo de la revolución han aprendido de sus padres que, si quieren ascender, tendrán que tragarse sus opiniones críticas y dejar de visitar a sus amigos conflictivos. Muchos de ellos han practicado –asiduamente– el arte de aplaudir y adular, pues como dice un conocido trovador “hombre sin hipocresía no es idóneo ni completo”. Precisamente cansados de llevar la máscara, se enrolan en una tripulación suicida sobre un artefacto con rumbo a Florida donde imaginan que podrán tener una vida, al menos, diferente. Se casan, incluso, con alguien que no les gusta y que apenas entiende su lengua, a quien tendrán que fingirle una pasión falsa hasta que del lado de allá puedan valerse por sí mismos y empezar a conocer la nostalgia. Por esa falta de horizontes que perciben aquí, se quedan en medio de una competencia deportiva, un evento científico, una delegación cultural o una misión internacionalista. Es una decisión arriesgada esta última, pues tendrán que arrastrar la culpa del desertor y sus familiares más allegados serán sancionados a no recibir un permiso de salida del país.
Por las calles de nuestras ciudades caminan, además, quienes prefieren arriesgarse de otro modo y organizan su escapada en el marco de las fronteras nacionales, evadiendo las leyes o, lo que es lo mismo, delinquiendo. No son sólo aquellos que entran por la ventana de un almacén en la noche, o los que arrebatan una cadena de oro a un nuevo rico y una apetitosa mochila a un inocente turista, sino también el almacenero que altera las facturas o el custodio que viola el sello del contenedor que debe proteger.
Hay una forma de infringir las leyes, socialmente aceptada, que consiste en robarle al Estado. Dentro de ella se mueve el camarero que aumenta los precios o introduce en el restaurante insumos adquiridos por su cuenta para venderlos como si fueran “de la casa”, y el bodeguero que cambia la lista de consumidores del mercado racionado para disponer de mercancías sobrantes. La línea de la ilegalidad la pasa también el encargado de la recepción de un hotel que –en combinación con el administrador– vende una habitación que nunca registra, el taxista que hace un viaje sin activar el taxímetro o el tornero que confecciona una pieza “por fuera” de su plan de producción, pero la hace con el torno, los materiales, la electricidad de la empresa estatal, en el tiempo y el lugar donde cumple su jornada de trabajo. Lo que ellos reciben por esas labores al margen de lo permitido supera el simbólico salario que cobran a final de cada mes.
Una larga cadena de sobornos permite a miles de familias poner un plato sobre la mesa o comprarles zapatos a sus hijos. El aduanero deja pasar objetos prohibidos, el policía no pone una multa, la funcionaria de una oficina municipal del instituto de vivienda acelera un trámite, el maestro sube una calificación y el inspector se vuelve ciego ante las infracciones que debe reportar. Son sólo algunos ejemplos de quienes han preferido “luchar” de manera ilícita a dejarse aplastar por las carencias materiales.
Pero sería inexacto y hasta injusto generalizar e incluir a toda la sociedad cubana en estas corrientes de emigración y delincuencia. Sin contar a los pocos privilegiados que viven bien en el país: artistas, pintores de renombre, músicos y deportistas de élite, existe un sector de la población que no sueña con irse y que tampoco quebranta la ley. Para muchas de estas personas la vida es algo que no se puede modificar y aceptan con resignación lo que les depara el cada día. “Esto es lo que hay”, anuncia una frase conformista que se escucha en cada esquina, mientras que las neurosis son comunes entre quienes se quejan o intentan rebelarse. Los que sí no abundan son los convencidos de que el actual sistema es justamente aquello por lo que tantos se sacrificaron. Una sensación de haber sido estafados o al menos de haber escuchado promesas que no se cumplieron, sobrevuela sobre la generación que ayudó a construir el presente orden de cosas. Sin embargo, también existen quienes logran sacudirse la parálisis generalizada e intentar hacer algo para que las cosas cambien en el país. Son esos que terminan por integrar un partido de la oposición, fundar una biblioteca independiente o hacer periodismo ciudadano.
En la década de los ochenta había una consigna casi omnipresente en vallas y carteles: “El futuro pertenece por entero al socialismo”. En esa misma época, los profesores de la asignatura Comunismo Científico –obligatoria en todas las carreras universitarias– repetían sin cesar que el sistema del que se estaba hablando era el llamado Socialismo Real existente en la Unión Soviética. El maoísmo chino era condenado como una de las peores desviaciones ideológicas y los intentos de reforma, ya fueran la primavera checa, el eurocomunismo o cualquier otro experimento, eran estigmatizados con el epíteto de revisionistas.
Como ya el Kremlin no es el Vaticano de aquella religión, los nuevos Luteros se sienten con libertad de proclamar el Socialismo del Siglo XXI en Venezuela o Bolivia y hablar de Revolución Ciudadana en Ecuador, sin temor a ser excomulgados. Falta que algún teórico clave en la puerta de un templo las tesis de este nuevo socialismo y ver entonces cómo serán acogidas en Cuba, país que se comprometió a ser el reservorio de las banderas de la utopía. Mientras esto no ocurra, en la isla prácticamente nadie habla del futuro, pues los apremios del presente no nos dejan poner la vista más allá. Ni los que emigran o delinquen, ni quienes militan convencidos por una ideología o los opositores declarados pueden ponerle nombre a eso que vendrá y mucho menos fecha. Pero una cosa se muestra clara: la vieja consigna ochentista se ha vaciado de contenido. “El futuro pertenece por entero al futuro”, parecen decir los jóvenes, que a fin de cuentas serán los que lo habiten.
Según el quinto artículo de la Constitución cubana, donde se define al Partido Comunista como “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, se supone que le corresponde a éste proyectar ese mañana y trazar los lineamientos para alcanzarlo. Sin embargo, desconociendo sus propios estatutos, que establecen la obligatoriedad de celebrar congresos cada cinco años, no se ha realizado ninguno desde octubre de 1997. El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba –prometido para este año– pero que aún no se ha convocado oficialmente, tiene la responsabilidad de poner sobre la mesa las cartas que anuncien el porvenir. Sin embargo, ya hemos comprendido que lo que vaya a ocurrir será fruto en parte del azar, del apagamiento físico de los gobernantes, de la presión ciudadana o de la coyuntura internacional y muy poco podrán influir los acuerdos tomados en una reunión partidista.
La mayor esperanza viene de los cambios en el resto del mundo, especialmente de lo nuevo que pueda ocurrir con la actual administración estadounidense encabezada por Barack Obama. El nuevo inquilino de la Casa Blanca goza, por estos días, de mayor aceptación y popularidad entre la población cubana que los septuagenarios que llevan los timones de la isla. Muchos están pendientes de un gesto que llegue del Norte y destrabe el mecanismo de los necesarios cambios, al que Raúl Castro ha podido darle sólo un par de empujoncitos. Si se eliminaran las restricciones que frenan hoy una anhelada ola de turismo norteamericano, si el bloqueo –o embargo– fuera levantado y se le pusiera fin al ya dilatado diferendo, tal vez una parte de los que emigran o delinquen comenzaría a encauzar su vida aquí y dentro de la ley.
Puede observarse una intención, por el lado norteamericano, de relajar las tensiones, a lo que se suma cierto consenso en el área latinoamericana a que la isla se integre en los mecanismos regionales y un mantenimiento de la política de no confrontación de parte de la Unión Europea, pero lamentablemente no se puede apreciar que las autoridades cubanas tengan una voluntad de responder con gestos de reciprocidad, especialmente a la propuesta de Obama. En medio de ese juego político de la confrontación, que ya dura medio siglo, están atrapadas las familias que tienen miembros en las dos orillas y que añoran una normalización de las relaciones entre ambos gobiernos. Después de años justificando la falta de libertades internas con una posible invasión imperialista, muchos están agotados de ese discurso beligerante y desean un nuevo comienzo con Estados Unidos.
El camino de los cambios se muestra largo e incluye la necesaria excarcelación de los presos políticos y la autorización a las personas para que se reúnan en partidos o grupos sin que eso sea considerado un delito de “asociación ilícita”. Las necesidades de libre expresión han llegado a un punto alto, gracias en parte al desarrollo tecnológico que le ha ido arrebatando al Estado el monopolio de la distribución de información. De ahí que los cubanos sientan el deseo imperioso de debatir en los medios públicos todo aquello que se han tenido que callar en 50 años.
La gente espera también otros gestos de menor vuelo pero de mayor impacto en la vida diaria. En primer lugar, la eliminación de las restricciones migratorias, donde se incluye el humillante permiso de salida y el requisito de mostrar una “carta de invitación” para poder salir del país. Algo que disminuiría el número de los que se van, sería la legalización de pequeñas empresas y la abolición de todo tipo de discriminación para la obtención de servicios que hoy son de uso exclusivo para extranjeros.
La supresión de la dualidad monetaria, bajo la que vivimos desde hace más de 15 años, es otra de las demandas populares que nuestro Parlamento no incluye en su orden del día. Precisamente para comprar aquello que las tiendas venden sólo en moneda convertible, es que muchos se lanzan a la ilegalidad o les piden a sus parientes emigrados que les envíen remesas. Lavarse la cabeza con champú, adquirir una botella de aceite o tomarse una cerveza, son “lujos” a los que sólo se puede acceder a través de una moneda que tiene 24 veces el valor del peso cubano. Para tener acceso a la divisa convertible que pueda convertirse en un pelo más suave, una comida mejor aliñada o una tarde en un bar con unos amigos, hay que recibir remesas desde el extranjero o sumergirse en los negocios prohibidos.
La presión social para solucionar todos estos absurdos cotidianos se ha hecho más intensa desde que Fidel Castro abandonó su lugar frente a las cámaras y micrófonos. En las calles, una agenda popular de demandas e insatisfacciones se va conformando, apenas como un susurro que cada día gana un par de decibelios. Hay un deseo de cambio que comparten lo mismo quienes hacen las colas en los consulados –en busca de una visa– que el carnicero que roba algunas onzas en la mercancía de sus clientes.
Incluso ellos, que ya tienen su propio plan de “escape”, quieren que se abran las compuertas. Sin embargo, puede que la realidad los defraude y el fundamentalismo ideológico se imponga: esa línea dura que no tiene ninguna promesa que ofrecer al pueblo, que no sea la del sacrificio estéril para izar cada día banderas que nadie saluda. Si eso ocurriera, el estancamiento se comportaría como la dinámica del deterioro. El número de los que emigran y delinquen terminaría por devorar en las estadísticas a la menguada tropa de los convencidos, dispuestos a cualquier sacrificio por un futuro incierto, carente de modelo y hasta de bibliografía actualizada.
Pasará el tiempo. Aquel que será presidente de Cuba en 2059 cursa hoy la enseñanza primaria o secundaria. Quizá sus padres lo alimentan y lo visten con el fruto de alguna labor ilícita o con las remesas que un tío les manda desde Berlín. Confiemos en que esa persona que algún día nos gobernará será elegida por el voto popular y no será considerada como un líder desbordante de carisma, sino como alguien al servicio de una nación en la que quepamos todos. Esperemos que sea un país difícil de gobernar, con interminables debates en el Parlamento y una enorme diversidad de intereses contrapuestos, tratando cada uno de ganar el consenso, sin aspirar a una derrota aplastante del adversario.
Para llegar a ese futuro imperfecto, pero democrático, habrá que convencer a los que emigran que pueden realizar sus sueños aquí y demostrar a los que roban que el trabajo honesto es la principal fuente de prosperidad. Sin tenerlos en cuenta a ellos, cualquier plan que se haga volverá a caer en el terreno de la utopía y de lo irrealizable, vendrá a ser como el futuro de los manuales marxistas: luminoso pero inalcanzable.

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