Cuando parecía que EE UU había dejado atrás el “síndrome de Vietnam”, surge de nuevo su fantasma reforzado por la vacilante voluntad europea ante operaciones militares que impliquen bajas.
El buzkashi es el deporte nacional de Afganistán, aunque su origen probable sea Uzbekistán. Consiste en dos equipos de jinetes, en un campo de dos kilómetros de longitud. Los jugadores de cada equipo no se diferencian en el color de su camiseta y parecen conocerse. El objetivo del juego es conducir el boz, una vaca sin cabeza y sin extremidades, desde un extremo del campo al otro. Los integrantes de ambos equipos pugnan para llevarse el boz al centro del terreno de juego, a veces realizando alianzas tácticas momentáneas. Es un juego muy violento, ya que no tiene mayores reglas y los jinetes terminan envueltos en verdaderas batallas sangrientas. No hay árbitros, por lo que el resultado depende sólo de los jugadores. Para el jinete la recompensa es el prestigio que puede tener ante el resto de sus pares. Los capitanes, denominados chapandoz, con turbantes y barbas negras, llegan a la cancha con fusiles Kalashnikov al hombro y guardaespaldas y se dan la mano antes de empezar el partido.
Históricamente, y en gran medida en la actualidad, este juego describe la dinámica interna de Afganistán. Nos encontramos con una serie de jugadores: las tribus pastunes, algunas de ellas son talibanes o sus aliados; otras etnias, como los uzbecos, tayikos o hazaras; las bandas de crimen organizado y traficantes de droga; controlando algunos de estos actores están los señores de la guerra y, finalmente, están el gobierno en Kabul y los gobiernos provinciales. Aunque puedan parecer actores separados no es así porque muchos de ellos están relacionados u ostentan varios papeles al mismo tiempo o mantienen alianzas entre ellos, como sucede entre los talibanes, los señores de la guerra y el narcotráfico. Sin embargo, el número de los jugadores no acaba aquí. Desde hace cientos de años, hay también jugadores regionales en el campo de juego: Pakistán y su servicio de inteligencia militar (ISI), India, Irán, Arabia Saudí y algunos Estados de Asia Central. Cada uno tiene sus intereses y alianzas con algunos jugadores interiores y regionales. Finalmente, también participan los jugadores globales, como Estados Unidos, la OTAN y otros países que aportan tropas a su misión en Afganistán (la ISAF), además de Rusia, China y Al Qaeda.
En este escenario complejo se desarrollan varias partidas pero utilizando el viejo Gran Juego para decidir el futuro del orden y la estabilidad internacional del siglo XXI. Probablemente Afganistán se acerca a un punto de no retorno (tipping point) entre su definitiva estabilización o su descenso de nuevo en el caos, tal como algunos expertos y el propio general McChrystal, comandante de ISAF-OTAN y de la operación Libertad Duradera, han declarado en su informe sobre la situación general del país y de las operaciones. Además de una situación de insurgencia, terrorismo y narcotráfico local y regional, existe un conflicto global contra Al Qaeda y el yihadismo salafista, y una competencia entre Estados al más viejo estilo de equilibrio de potencias del siglo XIX.
El fracaso en Afganistán supondría: primero, la propagación del ideario de Al Qaeda cuando, en momentos de relativa debilidad y fatiga, busca Estados frágiles como Yemen, Níger, Mali y Somalia; segundo, la visión de derrota en Asia Central y el debilitamiento de la posición de EE UU en la zona frente a Rusia y China (e Irán); y tercero, un daño casi definitivo a las relaciones transatlánticas y a su principal instrumento, la OTAN, ya de por sí heridas por el uso indiscriminado de la crisis de Irak por parte de sectores políticos, tanto en EE UU como en Europa, y la percepción de un declive estadounidense irreparable, azotado por la crisis económica actual. A la larga podría suponer la desestabilización de Pakistán, una probable vuelta a la reactivación del conflicto de Cachemira y la posibilidad de un enfrentamiento armado con India.
Barack Obama se encuentra ante uno de los dilemas más importantes de su presidencia: sus decisiones sobre Afganistán afectarán no sólo al destino del país, sino al de la región, a la seguridad internacional y al propio futuro de EE UU. Ya como candidato, Obama establecía la “guerra global contra el terror” o la llamada “Long War” como una de las prioridades de su política exterior, aunque no fue hasta avanzado 2008 cuando estableció Afganistán como el frente principal de este esfuerzo. Así, unía de forma irresoluble el destino de un esfuerzo con el otro. Por ello, la política para Afganistán tiene dos objetivos y, en cierta manera, dos estrategias: una para los talibanes y otra para Al Qaeda. En este sentido, la aproximación comprehensiva, la “afganización” y el refuerzo de tropas parecían tener como objetivo conseguir un acuerdo con los sectores “moderados” de los talibanes, y un enfoque prioritario sobre Al Qaeda. Por otra parte, EE UU tenía que continuar el Gran Juego en Asia Central con Rusia y China, y considerar una apertura con Irán para la solución afgana.
En Afganistán se dispone de la estrategia correcta, pero faltan los medios y sobre todo la voluntad política de afrontar su significado, tanto en Washington como en las capitales europeas. Cuando parecía que EE UU había dejado atrás el “síndrome de Vietnam”, surge de nuevo su fantasma, reforzado por la vacilante voluntad europea ante operaciones militares que impliquen el riesgo de bajas en sus filas y deban explicarse a sus opiniones públicas. Además, las decisiones sobre la escalada en Afganistán empiezan a parecerse peligrosamente a las de Vietnam. La peor de todas es el propio concepto de “escalada”, donde se piensa que los sucesivos refuerzos pueden ser la llave de la victoria en el conflicto. En la actualidad, el despliegue de 40.000 tropas solicitado por McChrystal significa una situación parecida a la escalada de 1965 en Vietnam, sin embargo, en aquel momento no existía una estrategia contrainsurgente. Aun así, las palabras del general Westmoreland, comandante de las fuerzas de EE UU en Vietnam, pronunciadas en junio de 1965, se parecen a la visión de McCrystal en 2009: “No veo la posibilidad de lograr un rápido y favorable final a la guerra (…) Cada día estoy más convencido de que debe desplegarse un número suficiente de tropas de EE UU para que los vietnamitas, con nuestra ayuda, ganen la guerra al enemigo”.
El aumento de tropas es coherente con la estrategia para Afganistán que anunció Obama el 27 de marzo, las lecciones aprendidas en Irak, incorporadas por el secretario de Defensa, Robert Gates, y el general David Petraeus, jefe del Mando Central de EE UU, la Estrategia Comprehensiva de la OTAN y con el informe de McChrystal. La Estrategia Integrada que desarrolla estas directivas ofreció un primer marco general para aunar todos los aspectos políticos, económicos, sociales y militares clave para la estabilización del país. Se basa en una triada de objetivos interconectados: desarrollo, seguridad y gobernanza. Esta visión parte del argumento de que no existe una solución puramente militar a la situación en Afganistán. Al final, ésta debe ser política y llevada a cabo por los propios afganos. Mientras se desarrolla este objetivo, las fuerzas de seguridad deben proteger a la población, proporcionar el espacio seguro para un buen gobierno y para el desarrollo.
En el fondo, como en 1965 con el apoyo a Saigón, el apoyo a Kabul es una decisión política: aumentar el compromiso, no sólo militar, de forma completa, firme e inequívoca, que lance un mensaje claro a los talibanes y a Al Qaeda, o la retirada. También podría pensarse en una situación intermedia, como mantener las fuerzas existentes o un incremento menor. Todas estas opciones también eran defendidas en 1965 por diferentes miembros del gobierno del presidente Lyndon Johnson. Hoy el vicepresidente, Joe Biden, defiende esta última postura; Hillary Clinton, Gates y el Pentágono apoyan la primera; y algunos miembros del Partido Demócrata, como la portavoz Nancy Pelosi, insinúan la retirada. En este sentido, Obama se arriesga a que su ambiciosa agenda interior –sobre todo la reforma de la sanidad– se frustre debido a las negociaciones con el Congreso, tal como le ocurrió a Johnson con su proyecto de “Gran Sociedad”.
Paradójicamente, a pesar de las críticas de McChrystal, la estrategia contrainsurgente en Afganistán ya estaba diseñada y sobre el terreno. El problema ha sido la falta de recursos y las diferencias políticas. McChrystal defiende una campaña contrainsurgente amplia, en la que la población es el centro de gravedad y hay que ganar la iniciativa en las operaciones, mejorar la gobernanza del país –sobre todo en el ejército y la policía afgana–. Señala que el fallo más grave es la crisis de confianza de los afganos y de la comunidad internacional. Finalmente, falta unidad de esfuerzo y de mando, además las fuerzas de ISAF no están preparadas para este tipo de conflicto y la preocupación por su seguridad nos distancia física y psicológicamente de la población.
En Washington parece existir en la actualidad un ambiente de deliberación ante una decisión que ya estaba tomada desde que Obama se comprometió con Afganistán en 2008. El presidente no sólo no puede rechazar la petición de McChrystal, sino que abundará en ella desde el punto de vista político, económico, social y militar, incluyendo a los aliados y una estrategia regional. En las reuniones de la administración Johnson también se opinaba que en Vietnam no había tradición de gobierno nacional, que el despliegue masivo se debería de haber realizado en 1961, o que los sucesivos gobiernos de Ngo Dinh Diem y sus sucesores no eran queridos por los vietnamitas del sur y eran corruptos. Incluso algunos miembros del gobierno establecieron que EE UU sería derrotado y se convertiría en el peor golpe para la reputación global del país.
En Afganistán, Washington se enfrenta a apoyar a un gobierno con un alto grado de corrupción y cuyo presidente, Hamid Karzai, está bajo sospecha tras las irregularidades de las elecciones presidenciales de agosto. Sin embargo, la posición interna de Karzai es mucho más firme gracias a sus alianzas con diferentes sectores del país, y sería difícil acometer un proceso de deslegitimación en un momento en el que los talibanes buscan precisamente este objetivo.
Es urgente revisar la estrategia en Afganistán y reconocer que la insurgencia no es sólo un problema nacional sino regional. Aunque la estabilización y pacificación del país se consiga a través de la estrategia integrada y de una política de reconciliación y reintegración de las fuerzas afganas de la insurgencia (entre un 70 y un 80 por cien del total), mientras entre un 20 y un 30 por cien de las fuerzas insurgentes vengan y tengan sus centros de mando en Baluchistán, Waziristán y la NWFP (North West Frontier Province) de Pakistán, la solución a largo plazo no está asegurada. Además, la tendencia en los últimos años a una consolidación de intereses antinorteamericanos a través de la Organización de Cooperación de Shanghai (sobre todo Rusia y China) se ha convertido en otro obstáculo, a pesar de la colaboración rusa a la hora de autorizar el paso logístico por su territorio.
Paradójicamente la estrategia de la administración Obama establecía una solución para Pakistán, como centro real del problema de la insurgencia, y de conseguir la estabilización de Afganistán como medio de denegación de los objetivos de la insurgencia talibán-Al Qaeda de Pakistán. Pero aunque este objetivo se consiguiera, la amenaza no desaparecería y, a largo plazo, se puede extender por todo Pakistán, creando un problema regional de primera magnitud. La toma del cuartel general del ejército pakistaní en Rawalpindi muestra el deterioro de la situación en Pakistán, que podría derivar en un problema de seguridad en Asia Central, Irán y, sobre todo, India.
Tal como establecía lord Curzon, Afganistán mantendría su importancia en los siguientes 100 años, pero en una dimensión que no podía imaginar. Hay que empezar a pensar qué hacer con la desestabilización progresiva de Pakistán, que no se resolvería sólo con operaciones selectivas y de bombardeo contra posiciones de Al Qaeda en Waziristán y la NWFP, ya que grupos terroristas como Tehrik-i-Taliban Pakistan, Lashkar-e-Taiba y Jaish-e-Mohamed operan en el resto del país, y Al Qaeda comienza a ser menos operativa en la zona.
Los chapandoz del Gran Juego han formado ya sus alianzas y muchos tienen sus objetivos claros, pero algunos no han identificado ni siquiera el campo de juego correcto, cuál es el boz importante y qué hay que hacer con él. Aunque se estabilice Afganistán, si la insurgencia talibán sigue activa en Pakistán, y se va haciendo con el control en las Áreas Tribales Federalmente Administradas (FATA), NWFP, Baluchistán y el Punjab, todos los esfuerzos serán vanos. El resultado sería un conflicto regional en Asia y la expansión del yihadismo global.
