El escenario de una guerra civil en Siria inquieta a toda la región: de Israel a Irán, de Líbano a Turquía, de Irak a Arabia Saudí. El jaque al régimen de El Assad activa las rivalidades entre suníes y chiíes.
A diferencia del Magreb, donde el comercio intrarregional no supera el 1,2 por cien del total y la interdependencia política de los regímenes es casi inexistente, en Oriente Próximo los intereses y las dinámicas fronterizas crean un vínculo cuya alteración tiene un efecto dominó en toda la región.
Tras la caída de Hosni Mubarak en Egipto y la expectativa abierta por el creciente papel que puedan obtener los Hermanos Musulmanes tras las próximas elecciones, el jaque interno al régimen de Bashar el Assad en Siria ha despertado serias inquietudes tanto en la comunidad internacional como en los países vecinos. Turquía no quiere perder un nuevo y prometedor campo de comercio ni ver a miles de refugiados invadir sus fronteras. Arabia Saudí mantiene la esperanza de recuperar una influencia predominantemente suní en la región ante la debilidad de antiguos rivales como Irak y Siria. Israel se debate entre la tesitura de perder un enemigo con el que mantiene más de tres décadas de paz fría o decantarse por el caos. Hezbolá y Hamás temen perder un aliado político y transmisor de la ayuda económica y armamentística que provee Irán. Líbano se tambalea ante la bipolarización política interna entre los partidarios y detractores del régimen sirio. Irán lidia con las protestas internas y la posibilidad de perder al único aliado incondicional en la región. Los países del Golfo se han congelado frente a la fuerza centrípeta que ejercen Arabia Saudí e Irán. Y la comunidad internacional se muestra titubeante ante el grado de firmeza que debe adoptar frente al régimen sirio.
En este contexto, un posible desenlace surge como el menos desfavorable para los actores interesados: un régimen sirio debilitado conviene más que la alternativa de la guerra civil o el vacío político. A pesar de los temores del resurgir islámico, los Hermanos Musulmanes sirios se encuentran en el exilio tras ser aplastados por el régimen en 1982 y con poca influencia política a pesar de su autoridad religiosa en el país. No obstante, las porosas fronteras con dos vecinos capaces de suministrar armamento, Líbano e Irak, alimentan el escenario de una guerra civil en una parte de la oposición siria, que defiende tomar las armas frente a la constante represión militar.
De sobrevivir a las revueltas populares, el régimen de El Assad no quedaría intacto. Entre las causas de las protestas están el contagio revolucionario regional, pero también el constante deterioro del poder económico del pueblo sirio, sin contrapartida en términos de libertades políticas o sociales. Con 22 millones de habitantes, un tercio se halla bajo el umbral de la pobreza. El 65 por cien de la población tiene menos de 35 años, con una tasa de paro del 20 por cien. El resto se gana la vida en empleos precarios. La inflación galopante neutraliza la tasa de crecimiento anual del PIB de entre el tres y el cuatro por cien. Teniendo en cuenta que la población aumenta un 3,26 por cien, y que cada año se incorporan al mercado laboral 250.000 personas, el régimen sirio o quien le reemplace se encontrará en la misma encrucijada económica que desencadenó la crisis. Los epicentros de las protestas sirias responden a demandas específicas para poner fin tanto al abuso de poder del clan alauí y la policía secreta, como a la corrupción, sin que llegue a cuajar una oposición nacional unida.
No es de extrañar que la primera víctima del disuelto gobierno haya sido Abdullah al Dardari, figura clave de la reestructuración económica de transición entre un régimen redistributivo a otro de mercado. Sin embargo, aun erradicando la corrupción ligada al clan El Assad, Siria no tiene recursos suficientes paravolver a una economía redistributiva cuyas subvenciones estatales costaron al régimen 8.000 millones de dólares en 2010. Por otro lado, a diferencia de otros regímenes autócratas de la región, El Assad mantiene el control total del régimen con la ayuda de sus familiares situados en puestos clave. Reformar el régimen implicaría desintegrar a la familia, y esta opción parece excluida de momento, a pesar de que el régimen podría haber optado por sacrificar a Rami Makhlouf –dueño de Syriatel y primo del presidente– quien representa para los manifestantes el símbolo de la corrupción ligada a los Assad.
Una gran parte del pueblo sirio también prefiere a un El Assad reformador. El resto de la oposición siria, que lleva décadas reclamando el respeto de los derechos humanos, puede ser relegado a un segundo plano si los actores regionales y la comunidad internacional optan una vez más por la “estabilidad”.
Pieza en el eje Irán-Hezbolá-Líbano-Hamás
Siria obtiene gran parte de su poder político por su situación geoestratégica en la zona, que a su vez deriva de su influencia sobre las dos milicias armadas más importantes y activas en la región. Por un lado, la milicia chií libanesa Hezbolá y, por otro, Hamás en Gaza. Se calcula que anualmente Irán aporta a Hezbolá entre 70 y 100 millones de dólares, incluido el suministro de armas. De ahí que la relación de Siria con la comunidad internacional oscile entre periodos de ruptura diplomática y otros de cortejo hacia el régimen de El Assad. Los papeles están divididos, con Siria generalmente considerado un apoyo más bien logístico y político a ambas milicias; Irán como el proveedor económico y armamentístico; y las milicias como el brazo ejecutivo armado, con gran capacidad desestabilizadora tanto en los territorios palestinos como en la frontera norte de Israel.
Esta situación concede a Siria un papel crucial en el eje Irán-Hezbolá-Hamás y, por tanto, en toda negociación de paz en el conflicto palestino-israelí. En consecuencia, numerosos expertos vaticinan que, con la caída del régimen sirio, o al menos su acorralamiento, este eje podría ser cortocircuitado, desvinculando a Hamás y Hezbolá de Irán y, de este modo, debilitando su sustento económico. No obstante, debilitar Siria bien podría alimentar una mayor autonomía de ambas milicias.
Hezbolá ha adquirido mayor poder a través de las armas y ha emprendido una metamorfosis política y militar, pasando de ser oposición a moldear el régimen libanés. Si bien en mayo de 2008 Hezbolá logró imponerse con las armas ante los desafíos de la oposición de la coalición del 14 de Marzo, con el pulso político planteado en enero Hezbolá logró derribar el régimen y reemplazar al primer ministro Saad Hariri. Aunque las armas le confieran gran parte de su poder político, su capacidad de colapsar cualquier régimen contrario a sus intereses se basa en su poder de veto en el Parlamento. Llegados a este punto Hezbolá ya no ejerce un poder neutro, de oposición sin responsabilidad, sino que despliega una injerencia cada vez mayor en los asuntos políticos y de la sociedad libanesa. Por ello, es previsible que cada vez más sus votantes exijan mayor autonomía política, tanto de Teherán como de Damasco. Un distanciamiento de Damasco podría impulsar una mayor autonomía de Hezbolá y de su papel como producto inherente a los problemas libaneses.
El destino y estabilidad política de Líbano también están ligados a Damasco. Así lo ponen de manifiesto los enfrentamientos internos libaneses frente al moribundo Tribunal Especial para el Líbano sobre el magnicidio del exprimer ministro libanés Rafiq Hariri, la guerra de mayo de 2008 o el colapso político libanés durante los últimos cinco meses. A ellos se suma la inestabilidad y presión que implica para los países vecinos la llegada de 8.500 refugiados sirios a Líbano y 10.000 a Turquía.
No obstante, si Irán decidiera mantener a Hezbolá en su órbita, como proxy a través del cual instrumentalizar su posición en la región, la debilitación de Damasco puede suponer un contratiempo pero no un impedimento fatal. Un ejemplo es la influencia que Arabia Saudí ejerce sobre el 14 de Marzo y las facciones suníes. El comercio de armas, la financiación e influencia política saudí en Líbano son más que visibles, y el hecho de no compartir una frontera, como en el caso de Siria, no ha sido impedimento para mantener estos lazos. Por lo que se abren vías alternativas de relación entre Irán y Hezbolá.
Acuerdo Al Fatah-Hamás
Hamás también está viviendo momentos decisivos como pleno actor político en la futura construcción de un Estado palestino. El acuerdo sellado en mayo entre Al Fatah y Hamás puede leerse en clave de una mayor independencia de esta organización frente a Siria o como una concesión y gesto de El Assad a la comunidad internacional.
Hay que tener en cuenta que Hamás puede protagonizar una recomposición estratégica en el nuevo tablero post-revolucionario que se dibuje en Oriente Próximo, tras la caída o tambaleo de los principales actores en el conflicto palestino-israelí. Por un lado, Irak sigue debilitado y apartado del juego regional. La caída de Mubarak ha propiciado por primera vez la entrada de los Hermanos Musulmanes egipcios, cuyo liderazgo en el nuevo Parlamento podría llevar la recomposición de la relación con Israel. Por otro, las protestas en Siria e Irán mantienen en vilo las alianzas que pudieran surgir en el caso de que ambos regímenes cayeran ante la presión de unas sociedades con altísimo malestar político y económico.
Hamás es un movimiento radical suní que si bien comparte intereses geoestratégicos a corto plazo con Irán y Siria, como el rechazo al Estado de Israel, una postura antiimperialista frente a Estados Unidos y el apoyo a la resistencia del pueblo palestino, no comparte en absoluto intereses a largo plazo, como pueden ser el establecimiento de una alianza musulmana suní en la región. Por ello, una coalición con los Hermanos Musulmanes, de quienes al fin y al cabo Hamás es una escisión, representa una postura más coherente.
El acuerdo entre Al Fatah y Hamás puede interpretarse de dos formas. En primer lugar, como un abandono o distanciamiento de Hamás frente a Irán y Siria. Se trata, sin embargo, de una opción poco probable dado que los Hermanos Musulmanes egipcios aún no se han presentado a elecciones y sería arriesgado para Hamás jugarse todas la bazas a un posible –pero de momento imaginado– triunfo de los Hermanos, en lugar del actual y real apoyo tanto de Irán como de Siria. En segundo lugar, el acuerdo puede interpretarse como una concesión siria, al más puro estilo del “palo y la zanahoria” de los Assad, para mandar una señal de aviso a la comunidad internacional. Siria puede así adelantar una de las razones por las que la comunidad internacional debería ser paciente en la resolución de la cuestión siria.
Al fin y al cabo, más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. De desintegrarse la Siria de El Assad, Hezbolá y Hamás podrían ganar autonomía, y ambas milicias cobrarían vida como plenos actores políticos en sus respectivos tableros en Líbano y en los territorios palestinos, sin deber obediencia a terceros. Este parece un escenario alejado en la actualidad, mientras el régimen sirio siga unido y los líderes de Hamás y Hezbolá hayan reafirmado su alineamiento con Siria. Una mayor autonomía de ambas milicias restaría poder a Damasco, pero también desintegraría el lazo de obediencia y, por tanto, acabaría con cualquier influencia que la comunidad internacional pudiera tener a través de las presiones sobre el régimen de El Assad. En otras palabras, El Assad puede controlar y dirigir Hamás y Hezbolá. Destruir el régimen destruiría también el único medio de presión indirecto de la comunidad internacional sobre las milicias. Un control unidireccional iraní sin intermediarios sobre Hezbolá y Hamás sería igualmente contraproducente para la comunidad internacional, ya que Teherán es menos previsible que Siria y está menos sujeto a los intereses regionales, económicos y de dinámicas fronterizas.
La vacilación de Israel y EE UU
Tan sorprendente ha sido la tenue respuesta de la administración de Barack Obama hacia El Assad como la de Israel. Ambos países llevan décadas condenando a Siria como foco desestabilizador en la región, así como las ambiciones nucleares de El Assad. Sin embargo, israelíes y estadounidenses parecen jugar el mismo juego que el líder sirio, dando “una de cal y otra de arena”. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha condenado las muertes de civiles fruto de la represión policial en Siria y ha reclamado reformas inmediatas, pero sigue ofreciendo oportunidades para la reinserción política de El Assad como líder autócrata pero reformador. Esta mano tendida muestra que EE UU no las tienes todas consigo y que en plena incertidumbre, con la transición abierta en Túnez y Egipto, y en medio de una guerra en Libia que ha despertado los fantasmas de Irak, la caída de El Assad no es hoy el escenario ideal tantas veces anunciado.
El gobierno israelí ha optado por la cautela y el silencio. El tan extendido –aunque poco justificado– temor a un resurgir del islamismo radical en un Oriente Próximo post-revolucionario empuja al régimen de extrema derecha israelí a preferir “el radicalismo político de Bashar, que el radicalismo islámico” que pudiera sustituirle, en palabras del parlamentario del Likud Ayoob Kara. Esta posición ha puesto de manifiesto una vez más la política del doble rasero, desacreditando aún más a la comunidad internacional entre el pueblo árabe cuando se trata de derrocar a autócratas en la región.
La unanimidad a la hora de atacar a Muammar el Gaddafi fue bastante rápida y consensuada, mientras que para El Assad se está reduciendo a débiles amenazas. Al fin y al cabo, Israel y Siria mantienen 30 años de guerra fría. Desde 1973, no han protagonizado enfrentamientos armados. En 2007 el ejército israelí bombardeó una base siria que supuestamente albergaba un centro nuclear, sin que se produjeran represalias. En 2008, Imad Mughnye, jefe de las operaciones militares de Hezbolá, fue asesinado con un coche-bomba en Damasco. La omnipresencia de los servicios secretos sirios y el hecho de que el atentado no tuviera mayores repercusiones llevó a pensar en la connivencia siria, enfriando temporalmente sus relaciones con Hezbolá.
En tres ocasiones desde principios del siglo XXI se vaticinó un acuerdo de paz sirio-israelí. Tras el 11-S, el acercamiento se produjo mediante el intercambio de información con EE UU sobre redes terroristas, reduciendo las actividades de Hamás en territorio sirio y manteniendo negociaciones indirectas con Israel. En 2003 el régimen sirio dio un primer paso. Y en 2008 Turquía se presentó como nuevo mediador. Pero todos los intentos cayeron en saco roto.
Si bien la total recuperación del Golán ocupado por Israel desde 1967 permitiría sellar un acuerdo entre ambos países sin desacreditar a El Assad, Israel apostó por la política de “resultados primero y acuerdos después”. Exigía que Siria rompiera con Irán, Hezbolá y Hamás antes de sellar ningún acuerdo. Esta exigencia suponía un suicidio político y económico para el régimen sirio, que cuenta con pocos aliados como para prescindir de aquellos que aún le confieren un peso regional y una válvula de escape al embargo económico. Irónicamente, esta es la misma política que ha adoptado el régimen de El Assad con la oposición interna, exigiendo un cese de las manifestaciones como condición previa a posibles negociaciones.
Israel mantiene frontera con cuatro países árabes: Jordania, Egipto, Siria y Líbano. Hasta hora tenía acuerdos de paz con los dos primeros. De conseguir los Hermanos Musulmanes egipcios una mayoría de escaños en el Parlamento en las próximas elecciones, previstas para septiembre, podrían vetar toda decisión política, incluyendo revertir o modificar el actual acuerdo de paz con Israel. Ante tal incertidumbre sobre la relación de Egipto con Israel, Siria cobra paradójicamente mayor fuerza, al tiempo que El Assad parece arrinconado por su pueblo. El presidente sirio no solo mantiene hasta la fecha una frontera estable con Israel –que tan solo se ve alterada por la retórica política– sino que también puede influir en la frontera norte de Israel con Líbano a través de Hezbolá.
Siria e Israel han protagonizado choques indirectos como la guerra de Tamuz de 2006, entre el ejército israelí y Hezbolá, o la de Gaza en 2008-09 con Hamás. En las negociaciones de paz que se iniciaron entre Siria e Israel, se considera a Líbano parte del lote: si Siria sella un acuerdo de paz, Líbano le seguirá proporcionando a Israel tranquilidad y seguridad en sus cuatro fronteras.
Un régimen a prueba de presiones
Si bien se puede interpretar el acuerdo entre Hamás y Al Fatah como una muestra de buena voluntad por parte de Siria para poner de manifiesto su capacidad de influencia en la resolución del conflicto palestino-israelí, también ha enviado una clara advertencia, incluso bajo la coyuntura interna, para mostrar que aún puede desestabilizar la región.
El mes de mayo marca una conmemoración diametralmente opuesta de lado a lado de las fronteras con Israel. En primer lugar, la creación unilateral del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. En segundo, la Nakba (“catástrofe” en árabe) el 15 de mayo para los palestinos, con el inicio de su masiva expulsión y exilio, hoy convertidos en “el caso de los refugiados palestinos”. Si bien en años anteriores la conmemoración de la Nakba se celebraba en las fronteras de los dos países sin que se produjeran enfrentamientos, este año se ha asegurado, mediante autobuses sirios y la organización de Hezbolá en el sur de Líbano y del ejército sirio en el Golán, una asistencia masiva. La conmemoración culminó con 15 muertos a manos de militares israelíes y decenas de heridos. Si bien sirvió para reavivar la olvidada causa del derecho al retorno de los refugiados palestinos, también recordó la capacidad de maniobra siria en el conflicto palestino-israelí.
A ello le han seguido varias amenazas indirectas, sobre todo con vistas a desestabilizar el vecino Líbano. Los enfrentamientos del 5 de junio entre palestinos y soldados israelíes en el Golán, el atentado en Sidón contra un convoy de la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en Líbano (Unifil) o los enfrentamientos armados entre suníes y alawitas en Trípoli van sumando a la inestabilidad regional. Tras el recrudecimiento de las sanciones internacionales, el régimen Sirio ha cortado la vía diplomática y se aferra al poder. El Assad parece optar por una vía radical y, de verse cercado, antes que abandonar el poder, podría provocar un conflicto en Líbano o en la frontera sur con Israel.
La condena internacional del régimen sirio ha sido leve hasta la fecha. Las sanciones de la Unión Europea llegaron cuatro semanas después del inicio de las protestas, y los europeos tardaron otras dos en condenar a El Assad, dando oportunidades al presidente sirio para retornar al camino “adecuado”. A pesar de ello, El Assad parece seguir utilizando el mismo lenguaje político, alternando concesiones y amenazas. Mientras a la comunidad internacional le prometía un régimen rejuvenecido y abierto hacia las reformas económicas, apretaba el cerco de la represión política interna. Si durante las protestas promete reformas, continúa la matanza de manifestantes, el arresto de opositores y el cierre de filas entre el régimen y el ejército.
En una primera fase, la UE prohibió el acceso a visados y congeló los bienes a 13 miembros clave del aparato de seguridad y económico del régimen, al tiempo que se imponía un embargo en la venta de armas. Más tarde se ha incluido al presidente sirio en las sanciones. Igualmente, se ha suspendido la firma del acuerdo de asociación UE-Siria, pendiente de ratificación desde 2004, cuando Washington presionó a los europeos para incluir cláusulas de condicionalidad políticas y de actividades nucleares. En 2010, bajo la presidencia española de la UE, España presionó para la firma del acuerdo sin mayores resultados.
Las sanciones impuestas por la comunidad internacional tienen poco impacto sobre la represión de las protestas. Por un lado, la oposición de China y Rusia a votar un texto de condena en la ONU hacia Siria pone de manifiesto contradictorios intereses en la zona. El embargo económico de Washington en 2003 a través de la Syria Accountability Act (SAA), que se amplió en 2006 y renovó en 2009, ha tenido un mayor impacto que las actuales sanciones en la política interna y en el levantamiento social. Siria se ha visto obligada a diversificar sus socios económicos acudiendo a China en el intercambio económico y a Rusia para, entre otros asuntos, el abastecimiento de armas. En paralelo, Siria ha abierto sus fronteras con Turquía, con quien lleva a cabo ejercicios militares. Desde 2009, Turquía se ha convertido en un socio clave, proporcionando el 7,3 por cien de las importaciones sirias. Por ello, la condena al régimen sirio por parte del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, es un golpe mayor que las sanciones internacionales.
Erdogan ha tomado partido no sólo en el plano diplomático, sino auspiciando una reunión de la oposición siria en su país. Con ello, es posible que Siria pierda un potencial aliado en la región a largo plazo así como el canal de comunicación con Europa. Turquía, por su parte, perdería en lo económico, pero subiría un escalón en sus ambiciones de liderazgo regional frente a un Egipto en transición, un Irak debilitado y un Golfo dividido.
Nueva rivalidad chií-suní
Al igual que las dinámicas mencionadas entre Siria, Hamás y Hezbolá, no existe juego de suma cero, sino una inmensidad de nuevas oportunidades ante una posible caída del régimen sirio y la consiguiente reformulación de alianzas regionales. Las revueltas en el norte de África y Oriente Próximo pueden poner de nuevo en juego las rivalidades de dominación entre suníes y chiíes.
Ante una posible caída del régimen sirio –y pese a su carácter fundamentalmente laico– el principal afectado sería Irán y sus ambiciosos planes de dominación chií en la región, ya que Siria es vital en el eje Irán-Hezbolá. El hecho de que el Consejo de Cooperación del Golfo haya fracasado a la hora de mediar entre el régimen sirio y la oposición, o entre el régimen y la comunidad internacional, pone de manifiesto las rivalidades internas saudíes e iraníes en sus respectivos planes de dominación en la región: el Golfo en particular y Oriente Próximo en general.
Los ataques a chiíes en Bahréin, el acorralamiento de El Assad, las protestas internas iraníes y la inestabilidad del régimen iraquí, junto con el auge de los Hermanos Musulmanes en Egipto y el éxito del Partido Justicia y Desarrollo de Erdogan en las elecciones del 12 de junio en Turquía, ponen en jaque las ambiciones de establecer un eje chií supremo. Uno de los países beneficiados sería Arabia Saudí, mientras mantenga el control de su país a base de apoyo internacional y una redistribución de los más que suficientes ingresos del crudo.
