Rusia: el resurgimiento de la política
Dmitri Trenin - Política Exterior 146
Director del Carnegie Moscow Center. Su último libro, Post-Imperium: a Eurasian story, fue publicado por el Carnegie Endowment de Washington en 2011.
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Los rusos despiertan al mundo que los rodea. El hecho de que hoy haya en Rusia más prosperidad que en ningún otro momento de su historia ha alterado el nivel de tolerancia al autoritarismo. Este nuevo sentir popular no implica un cambio de régimen. Por ahora.

 

A raíz de las elecciones a la Duma celebradas el 4 de diciembre de 2011, la situación política rusa ha cambiado radicalmente. La noche del 5, unas 5.000 personas salieron a la calle. El 10 eran 50.000 y dos semanas más tarde unas 120.000. La evolución es evidente y contrasta de forma abrupta con los acostumbrados mítines celebrados por la oposición durante los años anteriores, que no atraían más que a unos pocos cientos de personas. En efecto, el impulso de la protesta se mantuvo, a pesar de las bajas temperaturas invernales. El movimiento se extendió por los principales centros de población, aunque el número de manifestantes varió de unos pocos centenares a unos cuantos miles en cada uno de ellos. La movilización tuvo una base muy amplia y reunió a gente de muy distintas inclinaciones políticas, desde liberales a ultranacionalistas. Las protestas, además, guardaron un carácter pacífico. Los manifestantes mantuvieron la compostura y la policía recibió orden de no utilizar la fuerza.

 

Tras el 24 de diciembre, ha quedado claro que las movilizaciones no fueron un acontecimiento aislado, al contrario de lo que no pocos pensaron y muchos en el Kremlin esperaban. Es también evidente que el movimiento de protesta está en boga y atraerá a mucha más gente en el futuro. No es descabellada la perspectiva de una vigilia millonaria durante la noche de las elecciones presidenciales que se celebrarán el 4 de marzo, lo que ha planteado, por primera vez en casi 20 años, la posibilidad de un levantamiento masivo capaz de amenazar el mismísimo sistema de poder. El 24 de diciembre de 2011 quedó claro que 2012 va a ser un año intenso en la política rusa y que deparará resultados impredecibles, mareantes promesas y consecuencias potencialmente peligrosas.

 

A primera vista, se diría que el movimiento de protesta emergió como reacción contra el amaño de las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre. El grito de guerra que fundió en una las voces de los manifestantes fue el de “elecciones justas”. Muchos exigían la celebración de nuevas elecciones a la Duma y el aplazamiento de las presidenciales fijadas para el 4 de marzo. Concretamente, se pedía la destitución del presidente de la Comisión Electoral Central. Los grupos más radicales demandaron que Vladimir Putin abandonara la escena política. Los miembros de la oposición más reflexivos admiten que sustituir a la cabeza del régimen no resolverá los problemas de Rusia, y sugieren que es necesario un cambio constitucional de gran calado, de un sistema neozarista a otro en el que se prohíba de manera efectiva la monopolización del poder.

 

Las clases medias y el cambio

 

El descontento que tan visible se ha hecho nace ante todo en las nuevas clases medias urbanas, concentradas fundamentalmente en Moscú. Se trata de profesionales de éxito, que han aprendido a respetarse a sí mismos y que quieren que las autoridades respeten su dignidad y sus derechos civiles. Son por lo general jóvenes, formados y conocedores de Internet. Apenas tienen recuerdos del pasado comunista y menos aún del paralizante miedo soviético. Les guardan los flancos los miembros de la “antigua” intelligentsia liberal y una variada gama de grupos de oposición marginales que cubre todo el espectro ideológico. Además de Moscú, la mayor parte de este sector de la sociedad habita en ciudades como San Petersburgo, Nizhni Nóvgorod, Yekaterimburgo, Novosibirsk, Irkutsk y otros grandes centros urbanos.

 

Es interesante resaltar que a las protestas del 24 de diciembre no acudieron miembros del Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), que había celebrado un mitin particular en Moscú el día 17 de ese mismo mes. Los asuntos sociales fueron mayormente ignorados por los relativamente prósperos manifestantes del 24 de diciembre, cuyas demandas eran sobre todo políticas. Debe aclararse que, aparte de los manifestantes, existe una mayoría silenciosa en Rusia que se ocupa de sus asuntos, es políticamente apática, suele votar por el partido en el poder y odia Moscú y a los moscovitas hasta tal punto que se suele bromear diciendo que la autopista de circunvalación capitalina es la frontera entre Moscú y Rusia. La mayoría de esos hombres y mujeres siguen manteniéndose fieles a Putin, ya sea porque lo idolatran, ya por mera inercia.

 

Así pues, ¿cuáles son las causas últimas de los acontecimientos que han agitado Rusia, sorprendiendo a muchos trabajadores del país?

 

El actual sistema político ruso, que podría calificarse de autoritarismo con el consentimiento de los gobernados, solo podrá funcionar mientras tal consentimiento tenga vigencia. Así fue en 2007 y en 2003. En 2011, no. Incluso el recuento oficial, contestado por la oposición, da al partido en el poder, Rusia Unida, menos de la mitad de los votos. Aunque Putin sigue siendo de lejos el político más popular –y probable presidente reelecto en marzo–, su capa protectora presenta resquebrajaduras.

 

El motivo principal es que el pueblo ruso, tras un hiato de varios años, vuelve a movilizarse. Más exactamente, la nueva clase media ha despertado al mundo que la rodea. Tras haber dedicado toda una década a sus vidas privadas, casi excluyendo de ellas cualquier cosa que no los afectase directamente, los rusos de la clase media urbana empiezan a aventurarse en el ámbito público. Muchos jóvenes de ese mismo grupo que antes no tenía interés alguno por votar, ejercen voluntariamente como observadores en las mesas electorales. Moscú, San Petersburgo y decenas de otras ciudades, desde Kaliningrado a Vladivostok, han vivido las mayores movilizaciones ciudadanas desde los años noventa.

 

¿El fin del 'consenso Putin'?

 

Muchos analistas hablan sobre el desenmascaramiento del contrato social de Putin, que durante un decenio ha garantizado rentas cada vez mayores a cambio de lealtad política. La realidad, no obstante, es más compleja. El “consenso Putin” ha capeado la crisis económica de 2008 y 2009 y, desde entonces, aunque las rentas no suben ni mucho menos tan rápido como antes, tampoco se han reducido. La deuda rusa es pequeña en comparación con su PIB y el desempleo no es un problema de peso. En otras palabras, Rusia no es Grecia, y las grandes manifestaciones que han tomado las plazas rusas poco tienen que ver con Occupy Wall Street.

 

Poco después de acceder por primera vez a la presidencia, Putin pensó que había descubierto la receta para ostentar el poder en la Rusia contemporánea. Tenía ante sí la experiencia de dos de sus predecesores en el Kremlin, Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin. Ambos comenzaron como líderes enormemente populares y tanto uno como otro cayeron rápidamente en la más acre de las antipatías. Finalmente, hubieron de dejar el poder, aunque en circunstancias muy distintas, para ser vilipendiados por el grueso de sus antiguos partidarios. Sus únicos reductos de apoyo o comprensión se encontraban en el bando liberal ruso y en un sector de la opinión pública occidental.

 

Putin eligió conscientemente el camino contrario. Hizo lo que estuvo en su mano por conservar su popularidad inicial entre los rusos de a pie, que se había ganado gracias a la vehemente respuesta dada en 1999-2000 al problema del terrorismo separatista checheno. Se apoyó en este hecho para hacer llegar su mensaje a la parte de la población rusa que tradicionalmente veía en el Estado al gran proveedor y mostraría respeto inmediato a quien ejerciese el poder en su nombre.

 

Las actitudes filiales están especialmente arraigadas entre los pensionistas rusos, los habitantes de las pequeñas ciudades y los trabajadores agrícolas e industriales. Estos grupos de rentas bajas y medias forman el grueso de la coalición Putin, a la que también pertenecen otros, entre los que se cuentan miembros del ejército, la policía y los cuerpos de seguridad, junto con sus familias.
Algunas costumbres son difíciles de erradicar. A Grigori Yavlinski, cofundador y durante mucho tiempo líder del Partido Democrático Ruso Yábloko, le gusta contar una historia sobre una anciana a la que conoció haciendo campaña en una ciudad de provincias. La mujer estaba sentada en primera fila y parecía apoyar de medio a medio todo lo que Yavlinski decía. Finalizado el mitin, Yavlinski se acercó a la mujer y le preguntó si le había gustado su discurso. “Sí, ha sido maravilloso”, respondió. “Es justo lo que necesitamos”. “¿Me votará entonces?”, preguntó Yavlinski con una amplia sonrisa. “No”, fue la respuesta. “Primero tendrá que llegar al Kremlin, entonces le votaré”.

 

Es posible que Putin nunca hubiera oído esta historia, pero ciertamente sabía que muchos rusos piensan así. Puso en marcha medidas que se preocupaban por esa mujer y por otras como ella. En su alocución personal a la nación, “Línea Directa”, emitida en directo poco después de las elecciones a la Duma de 2011, Putin afirmó que mientras el resto de gobiernos del mundo habían recortado el gasto social durante la reciente crisis, el suyo no había dejado de subir las pensiones y se había negado a incrementar la edad de jubilación, lo cual es cierto: Putin nunca cedió a la presión del que durante mucho tiempo fue su ministro de economía, Alexei Kudrin, quien le instó a recortar en inversión social. Hubo una gran excepción en 2005, cuando el gobierno monetizó una serie de subsidios sociales, lo que mucha gente interpretó como un ataque contra sus derechos, y a raíz de lo cual se vivieron protestas. Esa lección quedó aprendida.

 

Con mucha mano izquierda, Putin supo explotar la indignación popular contra los ricos, a los que a menudo se aludía como “los oligarcas”, al desafiar políticamente al hombre más rico de Rusia, Mijail Jodorkovski, para luego encarcelarlo y desmantelar su empresa, Yukos. Al imponer su implacable ley a los oligarcas supervivientes, proyectó una imagen de defensor del “ruso medio” pero, al negarse a nacionalizar bienes privados y aplicar políticas fiscales en general prudentes, se ganó el respeto de la comunidad empresarial, incluidos algunos de los principales inversores internacionales en Rusia.

 

Para mantener las apariencias de una democracia para la que el pueblo ruso no está aún preparado –debe suponer Putin–, el presidente respetó la Constitución al pie de la letra, pergeñando a la vez una “Constitución activa” que se adecuara al estado real del país y de sus habitantes, y que sirviese más eficazmente a sus propósitos e intereses. En 2008, rehusó vehementemente modificar la Constitución para poder presentarse a la presidencia por tercera vez consecutiva y, en su lugar, nombró a un leal delfín: Dmitri Medvedev. Sin embargo, eliminó la elección por sufragio de los gobernadores, mostrando así su falta de confianza en la capacidad del pueblo ruso para elegir a un candidato razonable. Además, cuando lo consideró necesario, aplicó medidas represivas de manera muy dirigida y cuidadosa, imputando cargos delictivos y aplicando todo el peso de la ley a las pocas personas que podían suponer una amenaza para su sistema. Al final, con miras a protegerse de una revolución al estilo de la “revolución naranja” de Ucrania, sancionó la formación de organizaciones juveniles pro-régimen.

 

Fueron maniobras muy inteligentes que funcionaron durante varios años. Es cierto que unas pocas voces liberales denunciaron a Putin y su régimen. Eran muchos en la intelligentsia que no se sentían impresionados por él. Los medios de comunicación occidentales lo retrataban como un autócrata, o aún peor. Y cada 31 de mes –es decir, mes sí, mes no– 200 personas se manifestaban ritualmente en contra del gobierno en alguna de las principales plazas de Moscú, siempre sin autorización. La muchedumbre era invariablemente dispersada por una fuerza policial aún más numerosa, con la posterior detención y breve arresto de unos cuantos alborotadores. Recuerden: todo el potencial electorado desdeñado por Putin se había mostrado en su mayoría en el pasado a favor de Yeltsin y, antes, de Gorbachov. Putin podía permitirse dejarlo ir, había consolidado una base de apoyos más sólida.

 

Putin-Medvedev-Putin: fórmula cuestionada

 

Así pues, ¿cuándo se torció todo y por qué? Putin no vio llegar el cambio de aires en la política rusa, pero no fue el único, ni mucho menos: los rivales de Putin y la mayoría de analistas se vieron igualmente sorprendidos. El punto de inflexión, dicen muchos ahora, estuvo en septiembre de 2011, cuando Putin anunció que iba a presentarse a la presidencia. Para un observador externo, es decir, para el ruso de a pie, parecía como si Putin y Medvedev hubieran simplemente intercambiado papeles. Todo estaba ocurriendo tal como Putin había predicho, inconscientemente, meses antes: “Medvedev y yo nos sentaremos a charlar y decidiremos quién de los dos se presentará para ser elegido presidente”. El resto del país vio muy claro el mensaje: vosotros no tenéis nada que añadir. Aquí decido yo.

 

Esa quizá fue la gota que colmó el vaso. Aunque mucha gente esperaba el anuncio, lo grosero del “intercambio” sorprendió a bastantes. Más específicamente, la clase media que, a diferencia de las bases de Putin, no dependía de las dádivas del gobierno y estaba justamente orgullosa de sus propios logros, recibió las actitudes displicentes de las autoridades como una bofetada, y se sintió instada a airear su enojo. Todos los analistas políticos y sociólogos que se interesaron por la evolución de esa clase media y de sus comportamientos imaginaban que ocurriría algo así. Pero nadie sabía, claro está, exactamente cuándo.

 

Putin ha perdido completamente el pulso de la nueva generación, cuyo medio y entorno es Internet. Al núcleo duro de los afines a Putin, en comparación, se les suele llamar el “partido de la tele”. El Kremlin adquirió el control total de las principales cadenas de televisión del país y contrató equipos de propagandistas para poner a la audiencia de su parte. Creyó entonces que había conquistado la mente de la población. De parte, sin duda, pero no de toda.

 

La existencia de un “partido” paralelo, el de Internet, había sido reconocida hacía tiempo por las autoridades rusas. De hecho, al designar a Medvedev como sucesor, Putin buscaba, entre otras cosas, llegar a las generaciones más jóvenes a las que él no podía o no quería acudir. Medvedev, conocedor de Internet, utilizaba Twitter de manera habitual con el objetivo de conquistar ese grupo. Parecía que entre ambos habían conseguido abarcar todo el espectro electoral, tanto a los tradicionalistas como a los modernizadores, quedando fuera únicamente los grupos extremistas marginales.

 

Si Putin hubiera designado de nuevo a Medvedev para presentarse en 2012, las recientes elecciones a la Duma se habrían desarrollado de una manera más o menos rutinaria, pero su decisión de volver al puesto de mando consternó a quienes habían depositado cierta fe en Medvedev y, quizá ingenuamente, veían en su continuación al cargo una promesa de que el poder de Putin iría difuminándose. En contraste, la decisión tomada por Putin en septiembre de 2011 ofrecía la perspectiva contraria: 12 años más de reinado. Fue duro de asimilar, por motivos psicológicos; Medvedev, que en su día había sido una esperanzadora propuesta, quedó desenmascarado como una farsa y comenzó a ser despreciado por su irrelevancia. Además, muchos de sus potenciales partidarios pasaron a formar una enfurecida multitud contraria.

 

Así pues, el hecho de que hoy haya más familias prósperas en Rusia que en ningún otro momento de su historia ha alterado el nivel de tolerancia popular. La conducta tradicionalmente arrogante y corrupta de los gobiernos, tolerada hasta hace pocos años, de súbito anima a la resistencia. El intercambio de puestos entre Putin y Medvedev anunciado en septiembre se ha tomado como un insulto y es probablemente la chispa que ha encendido la crisis actual.

 

Este cambio en el sentir popular no implica un cambio de régimen… por el momento. Lo que promete es una política más activa. Partidos y políticos serán juzgados según se las arreglen para representar y articular las diversas demandas populares, y no en virtud de su proximidad a las esferas de mando del Kremlin. Estas demandas son muy diversas y en ocasiones difíciles de conciliar: atañen a socialistas, liberales y conservadores, a grandes, medianas y pequeñas empresas, a grandes centros urbanos, a pequeñas ciudades y al medio rural, a las regiones étnicamente rusas y a las que no lo son (incluido el particularísimo caso del norte del Cáucaso): el espectro sociopolítico ruso es tan amplio como el propio país.

 

Las autoridades rusas ven en las protestas el desafío más importante planteado a su poder desde la instauración del actual régimen político, a comienzos de la década de 2000. En principio, algunos en el Kremlin lo ven como una cuestión de vida o muerte. Y bastantes viven obsesionados por el espectro de la “revolución naranja”, ordenada y orquestada por Washington.

 

Opciones políticas para una nueva Rusia

 

La nueva situación tiene final abierto. Putin debe elegir entre una línea dura y otra blanda. Las autoridades quizá aplasten a los manifestantes por la fuerza, aunque obviamente no es lo que Putin prefiere. Nunca ha practicado la represión generalizada y detesta la violencia masiva. Tiene también buenas razones para temer las consecuencias. Si bien la opción represora no debe descartarse del todo, es poco probable que se aplique por el momento. El ala dura del Kremlin ha comenzado a movilizar a los simpatizantes que Putin posee entre la juventud, los trabajadores industriales y los nacionalistas para enfrentarlos a la oposición liberal, a la que tacha de “títere de EE UU”. Tal estrategia de “contrafuerza”, no obstante, corre el riesgo de poner al país en una situación de casi enfrentamiento civil, algo que podría irse de las manos y provocar el tipo de caos que ni el Kremlin –ni el resto del mundo– quieren.

 

De manera alternativa, las autoridades podrían decantarse por un complejo cóctel estratégico preelectoral, en el que se combinarían populismo para los estratos sociales más desfavorecidos, concesiones parciales para los manifestantes y opciones de diálogo para la oposición. Esta última opción es interesante pero peliaguda, pues exigiría hablar con los rivales políticos tratando a la vez de dividirlos y debilitarlos, y de ganar tiempo para modificar el sistema con el fin de salvarlo.

 

El Kremlin ya ha dado algunos pasos en esa dirección. En su alocución anual al Parlamento, el 22 de diciembre pasado, el presidente Medvedev anunció una serie de propuestas políticas: reinstaurar la elección directa de los gobernadores –medida prefigurada días antes por el primer ministro Putin– y flexibilizar los criterios para la inscripción de partidos políticos –iniciativa a la que Putin había mostrado públicamente su consentimiento–. Las propuestas de Medvedev, que aún deben ser legisladas e implementadas, se han interpretado como concesiones a la ciudadanía.
Tanto la represión como las concesiones acarrearán dificultades. Putin nunca ha gobernado sin apoyos abrumadoramente mayoritarios ni sin la aquiescencia del electorado, la cual ahora se le escapa de las manos. Es posible que intente ambas cosas: asegurarse el apoyo de ciertos sectores y tratar de aplacar a otros o invitarlos a participar de alguna manera. Mucho dependerá de cómo esos otros –comunistas, nacionalistas, populistas– y los liberales se adapten a la nueva situación y de cómo desarrollen sus estrategias y tácticas. En el mejor de los casos, el resultado podría allanar el camino a una nueva república rusa; en el peor, el país podría terminar patas arriba.

 

Por el momento, los protagonistas de las protestas no parecen satisfechos con lo que se les ha ofrecido. Si se confirma que la principal estrategia de futuro de las autoridades se ajusta a la línea blanda, el Kremlin no solo deberá ofrecer más cosas –como la destitución simbólica del principal “mago” de las elecciones, Vladimir Churov–, sino permitir que el sistema político pueda encarar cambios de calado, tras lo cual será cuestión de tiempo saber qué dirección tomará Putin. Para ciertos integrantes del actual círculo de poder, tal rumbo conduciría a la alta traición; para otros, se trata del único camino a la salvación (incluida la propia). A la vista de lo anterior, la oposición intentará abrir grietas en los muros del Kremlin y presentar batalla, aunque las autoridades intenten dividir a la oposición. Los próximos meses serán emocionantes. Vuelve la política nacional rusa, con fuerzas renovadas.

 

Mientras escribo este artículo, la mayoría de observadores y encuestas concluyen que Putin ganará la presidencia. No queda claro, sin embargo, si lo haría en la primera vuelta. Sea como fuere, a Putin definitivamente le interesa que lo vean ganar en limpio, y el Kremlin sabe que cualquier acusación verosímil de amaño electoral en Moscú, San Petersburgo y el resto de grandes ciudades desencadenaría protestas masivas y pérdida de legitimidad. Putin cuenta con mayor apoyo en las ciudades pequeñas y en el campo, y puede confiar en distintos sectores como el ejército, los cuerpos de seguridad y sus familiares o los trabajadores industriales. Sin olvidar en particular la maquinaria electoral progubernamental de las repúblicas étnicamente no rusas del norte del Cáucaso y otros territorios.

 

Existen opciones de que Putin salga elegido presidente, pero ello requerirá cierto tipo de brillantez electoral que quizá el Kremlin no sea capaz de reunir. La sustitución de Vladislav Surkov, el principal ideólogo político del Kremlin, por un político de Rusia Unida, el más transparente Vyacheslav Volodin, presagia quizá un cambio de estrategia. Reacio aún a enfrentarse a sus oponentes en debates electorales, Putin no se muestra sin embargo tan condescendiente ante esa posibilidad. Quien hasta ahora había impuesto las reglas del juego, evalúa medidas con las que no está familiarizado. Aquellos que querían a un Putin distinto en campaña electoral quizá consigan verlo ante el nuevo ambiente político en Rusia nacido el 5 de diciembre de 2011, primer día de las protestas contra el amaño de las elecciones a la Duma.

 

La hora de los ciudadanos rusos

 

El mundo ha seguido de cerca las primeras movilizaciones con una mezcla de sorpresa, esperanza y miedo. Es comúnmente admitido que el sistema político ruso debe ser enmendado o reemplazado por los propios rusos. Asimismo, se han dado muestras de solidaridad con la oposición y se han escuchado críticas al gobierno, por ejemplo, de boca de la secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton, quien se expresó en ese sentido durante la reunión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) celebrada en Vilnius poco después de las elecciones a la Duma.

 

Tal reacción fue de inmediato recogida por el Kremlin y utilizada como prueba de que en Rusia la oposición es de hecho una herramienta de Occidente. Los elementos más sofisticados del establishment ruso consideran que las declaraciones de Clinton están dirigidas tanto a Moscú como al “otro partido” de Washington, no fuera que los republicanos del Congreso acusaran a la administración de Barack Obama de estar mimando al autoritario Kremlin en nombre de la renovación. De igual forma, futuras declaraciones similares podrían quedar desvirtuadas si se interpretan en el contexto de la campaña electoral estadounidense. En efecto, cuando dos campañas coinciden en el tiempo, pueden provocar resonancias muy potentes. En líneas generales, los líderes europeos, atenazados por una profunda crisis, han mostrado un interés diligente en los acontecimientos ocurridos en Rusia, pero han mantenido silencio ante la esfera pública.

 

El curso de lo que acontezca en Rusia es asunto de los rusos. Depende del pueblo ruso elegir a quienes gobiernen en su nombre. Rusia está mejor preparada que nunca en su historia para tomar las decisiones adecuadas. Mucha gente abandona su entorno particular para salir a la plaza pública. Se comparten información y opiniones instantáneamente y con independencia, a través de los múltiples husos horarios del país. Se extiende por todos los sectores de la sociedad cierto instinto de conservación que permite trabajar por el cambio pero impide el caos. Los rusos, además, están orgullosos: muchos se sintieron insultados cuando Putin afirmó que las movilizaciones de Moscú habían sido organizadas por Clinton y el departamento de Estado de EE UU. Mientras el nuevo y revivificado proceso político moscovita sea pacífico y ordenado, no hay necesidad de “responder”, evitando así posibles críticas por injerencias.

 

Más que explicar a las autoridades rusas cómo administrar su país, los líderes occidentales deben, en primer lugar, tratar de comprender lo que está ocurriendo allí. El año 2012 en Rusia va a ser muy distinto a 1991 o 1992, al 2000 en Serbia o al 2004 en Ucrania. Cualquier analogía entre el “invierno ruso” y la “primavera árabe” está traída por los pelos, no solo por las diferencias culturales. Muchos árabes saludan a la revolución y piden que continúe. La mayoría de los rusos aborrecen las revoluciones; la propia palabra es denostada y temida por un extenso sector de la sociedad. El de Rusia no es el caso del antiguo régimen derrocado por un amplio movimiento democrático inspirado por EE UU y Europa. Rusia, en términos de su capacidad nacional e importancia internacional, no puede compararse a Serbia, ni a Ucrania, ni a Egipto ni a Túnez.

 

Así pues, los líderes occidentales tendrán que recurrir a toda la capacidad de influencia de que dispongan para fomentar que el proceso político ruso sea pacífico y ordenado de principio a fin. Habrán de ofrecer tantos observadores internacionales como sea posible para garantizar la correcta monitorización de las elecciones presidenciales, y no deberán hacer nada que pueda interpretarse como injerencia en los asuntos internos del país. La palabra definitoria de la postura que EE UU y Europa deben adoptar al respecto de Rusia durante la campaña de las elecciones de marzo es “responsabilidad”. Lo cual no significa que de tan prudentes no haya que abrir la boca, pero tampoco, ciertamente, que haya que dar el “sermón del domingo”. Después del 4 de marzo vendrán más días.



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