Patrimonio, lengua, oceanografía y energías renovables son algunos de los ámbitos en los que España debe desplegar su diplomacia cultural. La Unesco es una pieza clave para reforzar los puntos más débiles del ‘poder blando’ español en educación, cultura y ciencia.
La crisis desencadenada por la admisión de Palestina como Estado miembro de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) se inscribe en la larga lista de tribulaciones que esta organización ha conocido desde su nacimiento, y que, como en un roman-fleuve (saga) llega incluso a su época prenatal, en término prestado a María Zambrano. Así es, si tenemos en cuenta que su directo antecesor, el Instituto para la Cooperación Intelectual, creado por la Sociedad de Naciones, ya puso de relieve el carácter imprescindible para la comunidad internacional de contar con un organismo-faro que atendiera las prioridades de la diplomacia cultural y científica, y de lo que hoy llamaríamos soft-power –tomando la denominación de Joseph Nye– frente a las lecturas de Realpolitik que habían desembocado en un conflicto mundial devastador. Es decir, de la configuración de una diplomacia cultural internacional que irradiase equivalentes a escala nacional en prevención de potenciales conflictos como los de las profecías de Samuel Huntington.
Desde la Sociedad de Naciones y su Instituto para la Cooperación Intelectual, hasta la actual Unesco han transcurrido muchos años y avatares, pero lo cierto es que la institución se ha convertido en mucho más que una agencia del sistema de la ONU y, representa, para el imaginario colectivo internacional, un sello de reconocimiento y un foro de diálogo que quizá nunca haya sido tan necesario como en épocas de crisis. Su acendrado carácter ético y su proyección simbólica, razón por la cual la Autoridad Nacional Palestina decidió, por sorpresa, presentar su candidatura en París antes que en Nueva York, desviando la atención mundial por unos días hacia la sede de la Place Fontenoy, no va en absoluto en menoscabo de su importancia práctica reflejada en convenios como los de la Comisión Oceanográfica Internacional, Patrimonio Mundial, Agua, Dopaje en el Deporte, estrategias Educativa y Científica o las acciones en Defensa de la Libertad de Expresión para medios de comunicación y artistas en todo el mundo. Pero la Unesco no escapa a la crisis y tendrá que aggiornarse o pasar a ser una instancia testimonial. Hasta hoy, y a pesar del abandono de Estados Unidos en 1985 y de Reino Unido en 1986, ha sabido superar las crisis y adaptarse a los tiempos. Y el retorno de las potencias anglosajonas en 1997 y 2003, respectivamente, ha venido a demostrar que no hay soft-power nacional con credibilidad, a escala internacional, sin una activa participación en la Unesco.
La organización es un espacio de interacción para tres ámbitos diferentes: entidades estatales, transestatales y subestatales, que rivalizan y cooperan en un mismo lugar. De esta rivalidad, y de la cooperación en materias tan diversas como la reconstrucción educativa de Irak o Afganistán, la asistencia a Haití o Libia, el apoyo a archivos mundiales de documentación histórica o vanguardia digital en asociación con Microsoft o Apple, ha ido naciendo una incipiente diplomacia cultural internacional para el siglo XXI. España se juega mucho, especialmente en patrimonio (somos el segundo país, con 43 inscripciones), oceanografía y ciencias del mar, agua y energías renovables o cooperación cultural en evitación de fundamentalismos y defensa de valores de democracia y coexistencia en el Mediterráneo. La Primavera Árabe ha centrado las últimas iniciativas diplomáticas de la Unesco y ahora el debate se centra en Siria.
La diplomacia cultural española y el aggiornamento que se está fraguando en la Unesco ante los retos de la era digital tienen puntos de refuerzo mutuos, especialmente partiendo del interés de España en consolidar sus prioridades educativas, científicas y culturales, establecer una estrategia de imagen-país y consolidar una diplomacia cultural hoy deficiente.
Innovación e ideas frente a la crisis
La innovación es ya un término talismán, tanto para nuestro país, como para el propio sistema de la ONU, aquejado de obsolescencia y amenazado de irrelevancia. Si para España la innovación es esencial al abordar un nuevo periodo histórico tras el que comenzó con la transición y se cierra con la crisis (en el que nuestro país ha pasado de ser recipiendario de ayuda al desarrollo a importante donante y se ha transformado socialmente como ningún otro, en un cuarto de siglo), para el sistema de la ONU está siendo también la crisis, y el imperativo planteado por los países emergentes, el factor determinante de su refundación o, en caso contrario, definitiva marginación. Pero además, la innovación ha pasado ya a ser inevitable para esta ostensible crisis de certidumbre y valores, por lo que la dimensión humanista que aporta la Unesco resulta esencial, si no queremos reducir a una lectura de homo faber económico la compleja realidad de los tiempos que nos ha tocado vivir.
El economicismo del G-20 ante la crisis necesita un complemento de visión y estrategia de cambio de paradigmas que la Unesco podría ofrecer en su faceta de laboratorio de ideas y clearing house de buenas prácticas. Hoy, el mundo desarrollado vive su peor crisis y el mundo en desarrollo una violencia inédita, que se suma al hambre, la miseria y el fanatismo.
Como en 1946, cuando se creó la Unesco en Londres y Julian Huxley proclamó su ascendente ético y moral en el sistema internacional, hoy la directora general, Irina Bokova, entronca mediante la propuesta de un “nuevo humanismo” con aquel debate de posguerra en el que el mundo aspiraba a inspiración renacentista para establecer las reglas de la Carta de San Francisco o de Bretton Woods, dando por concluido un periodo de la Historia funesto, que a modo de oscurantismos medievales habían alumbrado monstruos fascistas o estalinistas. Se imponía la razón al tiempo que el dólar y el veto en el Consejo de Seguridad. Y en este reparto trinitario del nuevo orden político, económico y axiológico, la razón era tarea de la Unesco. Una razón abierta a discrepancias, pero consciente, por ejemplo, de que la conmemoración del Holocausto o el mundo poscolonial necesitaban un hogar simbólico si el nuevo orden no quería deshumanizarse. Ese hogar de la conciencia, y no solo de la ciencia, debía ser la Unesco. No estamos en una época de posguerra ni de guerra fría, periodos en que la Unesco demostró su buena hoja de servicios como foro de encuentros que impidieran desempolvar discursos y prácticas belicistas. Pero el panorama caótico actual requiere, de nuevo, de una Unesco reforzada (penser le chaos comme une mise en ordre necessaire).
Aunque no se pueda proclamar muy alto en estos tiempos de lo políticamente correcto, sin ambages se puede calificar al sistema “unesquiano” como un sistema axiológico idealista, basado en los valores espirituales, políticos y económicos del mundo occidental, pero aceptados por el conjunto de naciones, a pesar de posteriores matices anticolonialistas que se han ido ajustando al discurso fundacional sin alterarlo en sus aspectos más relevantes. La grandeza y la superioridad de la Unesco viene precisamente de estos fundamentos democráticos y humanistas, que de occidentales han pasado a ser universales, y que permiten a la organización salir en defensa de periodistas y creadores en Estados miembros, pero que admiten, aunque a regañadientes, requerimientos o amonestaciones, más o menos veladas, para hacer honor a los elevados propósitos que figuran en la carta fundacional. Sin ir más lejos y por poner un ejemplo reciente, Guinea Ecuatorial ha tenido el acierto de modificar un premio que llevaba el nombre de su presidente, en aras del consenso que presupone la exclusión de personalismos en los premios asociados a esta organización, máxime si no se trata de personalidades que despierten un respeto inequívoco.
Otro tanto podríamos decir del caso palestino, pues la polémica victoria de su entrada en la Unesco como organismo soft-power frente a la Asamblea General de la ONU en Nueva York, se ve compensada por el reconocimiento que lleva implícito a sus pasos hacia la convivencia pacífica con Israel, ya que el objetivo de la organización reza: “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Aunque para unos pueda ser un premio de consolación, cabe recordar que la propia Alemania fue aceptada en la Unesco como “antesala” a su definitivo ingreso en la ONU. Ambos ejemplos reflejan la relevancia de este ámbito de diplomacia cultural internacional basada en parámetros éticos democráticos, y conlleva ciertas obligaciones para el club de democracias al que pertenecemos. Tanto por razones de seguridad internacional en un sentido amplio, frente a la pujanza fundamentalista, antisemita, xenófoba y belicista, como para el establecimiento de una cooperación cultural con países con parámetros diferentes. E incluso a nivel interno, ya que nuestra diplomacia cultural dista mucho de ser asunto resuelto.
‘Soft-power’ para España
La Unesco es pues pieza clave para España en los próximos años, para su imagen-país y por la prioridad para la educación, cultura y ciencia en el cambio de paradigma que anuncia la crisis actual. Pero también para reforzar y atender los puntos más débiles de nuestro soft-power, pues no olvidemos que somos el país europeo con más titulados en paro, con índices educativos y científicos manifiestamente mejorables. Pero contamos, en nuestro saldo positivo, con la rápida expansión del castellano (segunda lengua internacional y en Internet), óptimas escuelas de negocios, industrias culturales pujantes y la alta marca deportiva que nos han elevado de categoría en imagen exterior y nos obligan a una inversión de futuro en branding.
Para esa estrategia de imagen-país, la Unesco es relevante porque, en primer lugar, compartimos sus fundamentos democráticos. Esta afirmación es primordial, pues hoy el club democrático debe hacer frente a modelos autoritarios que aspiran a posiciones decisivas en el sistema internacional y refuerzan su soft-power, mientras persiguen a disidentes políticos y desdeñan la libertad de expresión, que es la base de la verdadera creación cultural y educativa. Algunas personalidades de la cultura universal, han obtenido la libertad gracias a la intervención de la Unesco que, como custodia de la conciencia y valores del sistema “onusiano”, ha actuado frente a dictaduras de uno y otro signo. Resulta positivamente asombroso que las politizaciones o ideologizaciones simplistas no hayan conseguido erosionar, en más de medio siglo, la lectura indiscutiblemente democrática del organismo, a pesar de que muchos de sus Estados-parte representen dictaduras y regímenes autoritarios. El actual embajador de Argentina ante la Unesco, el gran pianista Miguel Ángel Estrella, fue liberado precisamente gracias a la organización. Pero lo mismo se podría decir de muchos presos de conciencia. La Unesco viene a representar una libertad de cátedra a escala universal en concordancia con nuestros propios valores constitucionales. En este foro se tratan las tragedias de Siria, los asesinatos de científicos en Irán, la Primavera Árabe, la agresión a los Budas de Bamiyán o el código de defensa de periodistas en el mundo entero. Nuestra imagen-país tiene que alinearse con la Unesco inequívocamente en esta defensa de libertades.
Una segunda razón importante para España y para el organismo es el creciente papel de la ciencia en un momento en que la cooperación internacional y el debate sobre la bioética en límites de la ciencia nos sitúan en el umbral de una nueva era, con avances en la salud, ingeniería, recursos hídricos y energías renovables. Pocos en España saben de nuestra relevancia en la Comisión Oceanográfica Internacional o la Federación Mundial de Organizaciones de Ingenieros que tienen su sede en la Unesco. Y España necesita hacer más con la organización para impulsar el benchmarking científico con nuestras reconocidas aportaciones en el campo de las ciencias de la salud, energía, reservas de biosfera, agua y océanos. Muchos próximos conflictos vendrán determinados por el cambio climático, pero también por la divisoria entre un mundo científico y tecnológicamente avanzado y otro relegado a velocidades subalternas.
Nuestra diplomacia cultural y científica debe atender, como la Unesco, a la emergencia de esta nueva realidad contemplando la promoción cultural propia, pero también la cooperación al desarrollo cultural de otros. El papel de la ciencia afectará a la propia esencia de la vida humana, tal como la concebimos hoy, y a la de un porvenir cercano, con el desarrollo de la inteligencia artificial, la prolongación de la vida y las mutaciones que permiten ya el descubrimiento del genoma humano, la clonación y las neurociencias. En este campo, la Unesco está en la vanguardia.
La tercera razón es de índole cultural, strictu sensu, y abarca desde una nueva cultura digital, con el consabido debate sobre los derechos y la piratería, hasta el papel de la cultura en el desarrollo y los Objetivos del Milenio. En este ámbito, la Unesco adolece de un cierto atraso y es víctima de sus propios éxitos, que han hecho que se identifique a la organización casi exclusivamente con la defensa del patrimonio mundial. Siendo importante esta convención, así como la de diversidad cultural o el tráfico ilícito de bienes culturales, tenemos que reconocer que la generación 2.0 conocería mejor a la Unesco si esta prestara atención a las artes audiovisuales y a la música, en soportes que han logrado mediante las nuevas tecnologías una irrefrenable expansión. La cultura está ya en las tabletas, MP3 y en el 3D. Afortunadamente, el sector de comunicación de la Unesco es consciente del desafío de la cultura on-line y trabaja estrechamente con Microsoft y otras compañías privadas en la oferta de nuevos contenidos. España podría desempeñar un papel importante en este ámbito, y no quiero dejar de citar el ejemplo de las iniciativas (presentadas este año) de Patrimonio Cinematográfico Mundial, auspiciada por el Instituto de la Cinematrografía y las Artes Audiovisuales (ICAA), el Gobierno Vasco y la Filmoteca y Festival de San Sebastián o el Día Internacional de la Radio, presentado por la Academia Española de la Radio. Y si bien opino que la Unesco aún no ha desarrollado su potencial en el ámbito de la música, es indudable que para el flamenco, el jazz o recientemente el fado, las designaciones de patrimonio intangible o de “Día Mundial de…” son muy significativas. O que el estudio y preservación del arte rupestre (el único que comparte la humanidad en su conjunto) haya llegado a la Unesco por iniciativa española también en 2011.
Otra razón crucial es el papel de la Unesco en educación. En España pueden ser más conocidos los informes PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que todas las estrategias educativas de la Unesco juntas. Pero es innegable que el verdadero reflejo de la cuestión educativa en el mundo está en la Unesco, tanto en la alfabetización como en la educación superior, en la educación para adultos, la enseñanza para discapacitados o las políticas de no discriminación en las escuelas en razón de género y procedencia étnica. El importante papel de España en el debate educativo y en el desarrollo de acciones en América Latina o África, pasa por la Unesco, donde acabamos de ser elegidos en el Comité MOST sobre Ciencias Sociales.
La extensa utilización del castellano en este organismo –tras el inglés, la lengua más utilizada– y su creciente prestigio, convierte la Unesco en la institución internacional del hispanismo internacional, cabeza visible de un mundo en que el español no es ya solo lengua oficial de muchos países, sino lengua con “efecto llamada” en los currículos educativos de muchos otros. Nuestras universidades y escuelas de negocio tienen un gran campo en la Unesco, como lo tienen también las lenguas co-oficiales, a las que la organización dedica especial atención. Y no está de más recordar que en España funcionan 75 cátedras Unesco y existen 220 escuelas vinculadas.
Consenso para construir imagen-país
Detengámonos un momento para ver las razones por las que desde un estricto punto de vista de interés nacional nuestra diplomacia cultural y la Unesco se refuerzan mutuamente. En primer lugar, habría que analizar las razones por las que aún no contamos con una estrategia de imagen-país a pesar de la innegable proyección exterior de nuestra cultura, así como de nuestra política gracias a la buena imagen de la transición democrática. Y así como Canadá, por ejemplo, hace un uso impecable de su soft-power, distanciándose de su gran vecino norteamericano con una imagen internacional diversificada y asumiendo sin problemas el hecho diferencial de Quebec, España aún tiene que configurar una imagen-país que le permita proyectarse fuera, hacerlo de la mano de sus marcas renombradas y éxitos deportivos, impulsando sus industrias culturales y lenguas. Una imagen-país que acomode, además, su carácter plural. Solo quienes tienen una lectura limitada de las compatibilidades de identidad, pueden rechazar la dimensión vasca, gallega o catalana, la española y la europea, renunciando a una en beneficio de otra. El ser humano no es tampoco unidimensional.
En la época de la transición no parecía que la imagen-país requiriese otro baluarte que el buen hacer del rey Juan Carlos como primer embajador de España o los logros de nuestra reconciliación nacional. Posteriormente, se diluyó la proyección de imagen en los innegables éxitos de las Olimpiadas de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla o el V Centenario del Descubrimiento de América. Una tercera etapa de aciertos comenzó con la creación del Instituto Cervantes, la Casa de América, las cumbres iberoamericanas y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), bajo el buen criterio del secretario de Estado Luis Yáñez, y la acción del Instituto de Comercio Exterior (ICEX) en apoyo de nuestras industrias culturales, turismo y gastronomía. Sin embargo, posteriormente se ha producido, por un lado, una proliferación y fragmentación de los organismos responsables de la acción cultural y una desviación del consenso político diplomático necesario para seguir construyendo la imagen-país que precisamos.
Resulta descorazonador que no haya una hoja de ruta sobre el modelo institucional que requiere la cultura y la ciencia en España, o que antes de su lanzamiento, no se establecieran unos consensos mínimos para la creación de sociedades estatales, iniciativas como la Alianza de Civilizaciones, Forum 2004 o programas de cultura y desarrollo, promoción del arte en el exterior con casos como el de la cúpula de Barceló o debates sobre la necesidad o no de un ministerio de Cultura. Más allá de las bondades o errores de muchas de estas propuestas, lo realmente preocupante es lo que revelan sobre nuestra inestable diplomacia cultural muy sujeta a los cambios de políticos y titulares. Las responsabilidades están muy repartidas, como lo están los éxitos, y creo que no sería difícil zanjar las disensiones, pues la diplomacia cultural es parte importante de la política exterior. La cultura del consenso sobre esta última, a la que puso fin la intervención en Irak y su posterior efecto-resaca, podría haber llegado afortunadamente a su fin en razón de una crisis económica que requiere más que nunca una diplomacia económica y cultural consensuada. Falta, en primer lugar, establecer una estrategia entre los grandes partidos y respetuosa con los “hechos diferenciales”, culturales y lingüísticos, pero también asumiendo que, bajo las aparentes rupturas, tras muchas de las iniciativas que han suscitado amargas polémicas en los últimos años se esconden posibilidades de acuerdo.
El caso de la Alianza de Civilizaciones sería un buen ejemplo, pues aunque en un primer momento se presentó como una novedosa propuesta política, y como tal fue atacada virulentamente por la entonces oposición, es importante señalar que ya los gobiernos de José María Aznar habían iniciado un interesante “diálogo entre culturas” con objetivos similares y una relación particularmente fluida con Irán. Si la Alianza prefirió hacerlo con Turquía, sus objetivos de acercamiento a paradigmas contrarios, en el mundo musulmán, eran idénticos. Y si en los próximos tiempos se da una “continuidad sin entusiasmo” en asuntos de la Alianza, lo será en gran medida tras reconocer que la idea ya ha sido asumida por más de 126 países y con una interlocución singularmente importante con el golfo Pérsico, que ha acogido en Doha una importante cumbre. Si fuéramos aún más exigentes en ampliar con lupa histórica ambas propuestas, que se nos presentan como políticamente distantes, podríamos ver incluso que ya nuestro pasado franquista venía insistiendo en las “tradicionales buenas relaciones con el mundo árabe”. Sirva este ejemplo para revelar una trama de continuidad histórica que afecta a nuestro diálogo intercultural con el mundo musulmán, que debería ser asumido por la diplomacia cultural sin politizaciones innecesarias.
En el caso de la proyección artística, los méritos del programa “Arte español en el exterior”, puesto en marcha en la etapa del relevante secretario de Estado Miguel Ángel Cortés, podrían asimismo verse como adelantos de la propuesta de la cúpula Barceló para la Sala de los Derechos Humanos en Ginebra. Pero, aquí de nuevo las disensiones de todo tipo en torno a la iniciativa han deslucido su impactante y hermosa concreción. O el caso del polémico Forum de las Culturas de Barcelona 2004, cuya próxima edición se celebrará en Nápoles y que ha creado una “diplomacia cultural de las ciudades”, más sólida de lo que pareció en un lamentable inicio. Recientemente, la cuantiosa aportación de fondos para sufragar la teorización y acciones de cultura y desarrollo, que aboga por la primacía de los Objetivos de Desarrollo del Milenio en la atribución de fondos culturales desde la Aecid frente a la promoción cultural, ha abierto otro frente.
Estos vaivenes, sumados a las disputas entre las taifas administrativas y culturales, impiden establecer verdaderas estrategias de imagen-país y de proyección cultural y científica a la altura de los desafíos actuales. Sería necesario empezar por establecer consensos mínimos, evitando redes de clientelismo político y reduciendo los interlocutores, para después poner en marcha un Libro Blanco que incluya iniciativas, ya internacionalizadas, y con la mirada puesta en la imagen-país, para la que aún falta un órgano competente, que podría actuar desde la presidencia de gobierno o desde el Instituto Elcano.
Aunque se ha avanzado mucho en diluir la sopa de letras de las sociedades estatales que en su día se crearon, y aunque también parece que avanza la idea de coordinar la diplomacia cultural de manera más razonable, ya sea desde el ministerio o desde otro tipo de unidad, lo cierto es que carecemos aún de una estrategia. Y así como en tiempos recientes las disputas entre el ministerio de Cultura y el de Asuntos Exteriores se saldaron con una paz endeble, las que en su día hubo entre el ministerio de Comercio e Industria y el de Exteriores para la creación de un centro especializado en branding que se ocupara de la imagen-país, le dieron también la puntilla, aunque la Casa Asia y el Instituto Elcano nacieron entonces. Tal vez, y sin necesidad de poner en marcha un nuevo organismo, aquella idea que defendió con acierto el secretario de Estado Miquel Nadal pueda ser rescatada como un objetivo prioritario para la legislatura. Ha llegado el momento de hacerlo, puesto que a la anunciada diplomacia económica que quiere impulsar el gobierno, surgido de las elecciones de noviembre de 2011, habría que añadir la actualización de diplomacia cultural, y la convergencia de ambas en una estrategia de imagen-país de la que aún carecemos.
Es además sintomático que en España, a la profusión de organismos carentes de una mínima coordinación y faraónicos espacios culturales sin rumbo, se le haya añadido un amargo debate conceptual en el ámbito de la proyección cultural entre promoción cultural, acción cultural y cultura al servicio del desarrollo. Todo parece conjurarse contra la noción de la diplomacia cultural que en otros ámbitos goza de buena salud y sirve para abarcar los anteriores subconceptos. Así, Francia celebrará un gran simposio sobre diplomacia cultural (Diplomatie Culturelle - Un atout pour la France das un monde en mouvement). Me permito reivindicar, como hacen nuestros vecinos galos, esta idea-fuerza frente a sus confusas variables, que parecen haber prosperado no de manera inocente sino guiadas por un deseo de alejar las responsabilidades de las relaciones culturales del ministerio que las ha tenido siempre asignadas, el de Asuntos Exteriores, y en el que han ejercido como directores generales diplomáticos de gran categoría como Delfín Colomé y admirables funcionarios no diplomáticos, como Carlos Alberdi.
Tampoco es inocente el entusiasmo acrítico que en los últimos años ha encumbrado al Instituto Cervantes. De alguna manera, este buque-insignia de nuestra diplomacia cultural, al escapar a un control exclusivo del ministerio de Asuntos Exteriores, ha gozado de un gran predicamento y carta blanca como punto de encuentro entre lo cultural y lo diplomático. Pero, por poner un ejemplo, y en lo que concierne a la creación del Instituto Cervantes de Nueva Delhi, que me honra haber puesto en marcha durante mi embajada en aquel país, puedo decir que el coste por alumno de español en el grandioso edificio que ocupa debería ser al menos objeto de una reflexión rigurosa. El Cervantes sigue atrapado en lo que yo llamaría “mal de piedra” institucional, según el cual grandes edificios en prestigiosas direcciones justifican los desembolsos que requieren sin análisis serios de relación coste-objetivos. Por el coste del Cervantes en Delhi se podría haber financiado una estrategia distinta de presencia cultural y académica en cuatro ciudades importantes de India, siguiendo el modelo del Instituto Confucio, creado por China, y que frente a la piedra propia prefiere piedra ajena; es decir, apoyar la labor de enseñanza del chino y de acción cultural estableciendo acuerdos con institutos locales, como en España la Universidad Autónoma de Madrid o la Casa Asia. Pero el éxito del Cervantes se debe también a que se ha beneficiado del gran consenso existente en torno al papel de la diplomacia cultural y lingüística, así como por las rencillas administrativas y falta de conceptos claros de sus rivales, que es importante aprovechar y coordinar con los del Instituto Llull, Etxepare e Igadi (Instituto Gallego de Análisis y Documentación Internacional).
En el terreno de los think-tanks, tanto el Instituto Elcano como el Cidob (Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona) dan señales inequívocas de buena salud y podrían contribuir eficazmente a la elaboración de una imagen-país. Desde Elcano, la labor de Jaime Otero siempre fue de singular eficacia y merece un homenaje ahora que, por desgracia, no está ya entre nosotros. Y la creación de fundaciones-consejo, con participación público-privada en los casos de India o China, han sido también importantes aciertos, como el admirable Año Dual con Rusia.
La diplomacia cultural y su gran foro, la Unesco, son componentes esenciales del soft-power de cualquier país que ambiciona una política exterior digna de credibilidad. Para España, no se trata únicamente de un lugar de promoción de su cultura y diálogo entre civilizaciones: la Unesco es crucial para el interés nacional, como lo es elevar los índices educativos, culturales y científicos, en un mundo cada vez más competitivo y globalizado.
Desde un punto de vista pragmático, es en la Place Fontenoy donde se podría lanzar y sostener la “Marca España” ahora en manos del gran experto Emilio Lamo de Espinosa. Nuestro patrimonio cultural genera turismo de alta gama, empleos y refuerza la imagen de un país rico en historia, refinado y abierto al mundo. Nuestra diplomacia cultural, en coordinación con la diplomacia económica, promovería el valor y singularidad como marca-país en los ámbitos bilaterales y multilaterales.
Es también, con el componente multilateral, como España debe de generar soft-power. Este es un concepto que no se puede contraponer al poder político-militar clásico. Los Estados no deben elegir entre un poder “fuerte” y un poder “suave”. Se tiene que conceptualizar a ambos en una dinámica interdependiente e interrelacionada. La diplomacia cultural es el mejor aliado a una política exterior fuerte. Nye concibe la diplomacia cultural como una alternativa a la influencia de la coerción: el poder de la atracción. La reintegración de EE UU en 1997 y de Reino Unido en 2003 en la Unesco coincide con la reemergencia de una política exterior proactiva en ambos casos. La diplomacia cultural tiene la capacidad de reiniciar negociaciones con un adversario o un rival: antes de firmar el tratado SALT I, los primeros pasos de la détente fueron dados con un intercambio cultural entre las superpotencias. Ronald Reagan ganó una ventaja estratégica con el tratado sobre los misiles antibalísticos: el camino hacia aquella Cumbre de Washington empezó con la firma de tratados culturales en Reikiavik con Mijail Gorbachov.
La diplomacia cultural no es ningún capricho de nuestra época. Es la clave esencial a una política exterior solvente, económica y con razonable ambición. La diplomacia cultural española debe abarcar nuestras marcas renombradas, turismo e industrias culturales, nuestra ciencia y, sobre todo, nuestro principal idioma, sin olvidar los demás, que son verdaderos tesoros para la pluralidad cultural. Estos son los primeros frentes en la defensa y la recuperación de la economía española. Finalmente, la importancia creciente de la diplomacia cultural en el contexto de la seguridad nacional debe ser considerada. El anterior secretario de Seguridad Nacional de EE UU, Michael Chertoff, declaró que “el diplomático cultural es la primera fuerza disuasoria contra la violencia ajena”. De muchas maneras, la economía, seguridad, identidad y solvencia de España pasan por la diplomacia cultural y dependen de la vinculación y cooperación con la Unesco.
