Economía verde al servicio de las personas
Michael Renner - Política Exterior 148
Investigador principal en el Worldwatch Institute (Washington D.C.).
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No habrá prosperidad sostenible sin una transformación del sistema económico. La crisis debe acelerar –no retrasar– el paso a una economía verde con alto contenido tecnológico y creadora de nuevas fuentes de empleo en energía, transporte, edificación y reciclado.

 

En las dos décadas posteriores a la Cumbre de la Tierra de 1992, las presiones sobre los recursos naturales y los ecosistemas del planeta han aumentado a medida que crecía la producción material de la economía. No sorprende que la mayor parte del consumo humano se concentre en las ciudades. Las zonas urbanas representan la mitad de la población mundial, y un 75 por cien del consumo energético y de las emisiones de carbono.

 

Las tensiones ecológicas son evidentes: pérdida de especies, escasez de agua, acumulación de carbono y sustitución de nitrógeno, muerte de los arrecifes coralinos, agotamiento de las pesquerías, deforestación y desaparición de humedales. La capacidad del planeta para absorber residuos y contaminantes está a prueba. Alrededor del 52 por cien de las pesquerías comerciales están totalmente explotadas, un 20 sobreexplotadas y un ocho agotadas. El agua está empezando a escasear y se prevé que dentro de 20 años su suministro satisfaga solamente el 60 por cien de la demanda mundial. Aunque los rendimientos agrícolas han aumentado, ello ha sido a costa de una disminución de la calidad de los suelos, la degradación de las tierras y la deforestación.

 

Las repercusiones afectarán a todo el mundo, especialmente a los más pobres. Ha sido la actuación de una minoría lo que nos ha conducido al borde del precipicio. Según datos del Banco Mundial, el nivel de consumo de las clases medias y altas se ha multiplicado por más de dos entre 1960 y 2004, comparado con un incremento del 60 por cien para la población que ocupa los últimos puestos de la escala de renta per cápita. La mayor parte de los consumidores mundiales, unos 1.000 millones de personas, vive en los países industrializados occidentales, aunque en los últimos 20 años ha surgido un número creciente de grandes consumidores en países como China, India, Brasil, Suráfrica e Indonesia. Otros 1.000-2.000 millones de personas aspiran a acceder a la sociedad de consumo y es posible que sean capaces de alcanzar algunas de las adquisiciones que la caracterizan. Pero el resto de la humanidad –incluyendo la “base de la pirámide”, los más desposeídos– tiene pocas esperanzas de lograr alguna vez vivir así. La economía global no está diseñada en su beneficio.

 

La aportación a la economía mundial de los países que no pertenecen a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha aumentado en la pasada década. Tomando como referencia la paridad del poder adquisitivo del año 2000, dicha aportación ha aumentado del 40 por cien del PIB mundial al 49 en 2010, y podría subir al 57 en 2030. Y la expansión económica de países como China, India y Brasil ha mejorado la situación económica de muchas personas. El número de pobres descendió en 120 millones en la década de 1990 y en casi 300 millones durante la primera mitad de la década de 2000, según las estadísticas de la OCDE.

 

Pero sería un error considerar que la expansión constante de una economía mundial industrializada e intensiva en consumo constituye la vía infalible para superar la pobreza y la marginación social. La crisis económica que estalló en 2008 provocó un aumento del desempleo, de 177 millones de personas en 2007 a 205 millones estimados en 2010. Los temores a un “crecimiento sin trabajo” fueron confirmados en un estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que señala que la recuperación del crecimiento mundial del PIB en 2010 no estuvo acompañada por una recuperación comparable del empleo. Y las emisiones globales de dióxido de carbono derivadas de la quema de combustibles fósiles aumentaron en 500 millones de toneladas durante 2010, constituyendo el mayor incremento anual desde el comienzo de la Revolución Industrial. Resulta difícil no llegar a la conclusión de que la economía ha dejado de beneficiar a las personas y al planeta.

 

Crecimiento verde y decrecimiento
En tiempos de crisis económica las necesidades ambientales son relegadas rápidamente al estatus de “lujo”. Sin embargo, hay una aceptación creciente de que los objetivos ambientales y de desarrollo no entran necesariamente en conflicto, sino que pueden y deben ser conciliados. Cuando los gobiernos reaccionaron al estallido de la crisis económica global de finales de 2008, destinaron una pequeña parte de sus incentivos económicos a una serie de programas “verdes”. Se calcula que un 15 por cien de los fondos destinados a relanzar la economía en todo el mundo fueron a parar a programas de apoyo a las energías renovables y a otras tecnologías energéticas bajas en carbono, a la eficiencia energética de los edificios, a vehículos bajos en emisiones y a iniciativas de gestión de agua y de residuos.

 

La crisis alentó el desarrollo de conceptos como el “New Deal ecológico mundial”. En Reino Unido, la Fundación para una Nueva Economía publicó un informe pionero sobre el tema, y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) se convirtió en un destacado defensor de la economía verde. Aunque el término “economía verde” ha ganado muchos adeptos, su significado es todavía susceptible de interpretación por los gobiernos, las empresas y la sociedad. El PNUMA afirma que “una economía ecológica no tiene por qué ser un lastre para el crecimiento. Al contrario, la reorientación de la economía hacia parámetros más ecológicos puede constituir un nuevo motor del crecimiento, un generador neto de empleos dignos y una estrategia vital para erradicar la pobreza persistente”.

 

Sin embargo, hasta qué punto resultan compatibles la economía verde y el crecimiento económico es una cuestión no resuelta. Indudablemente, es importante desarrollar tecnologías más eficientes en recursos y bajas en carbono, lo que contribuiría a solucionar algunos de los problemas ambientales. Pero la eficiencia también abarata el consumo, pudiendo estimular una mayor demanda, lo que los economistas denominan el “efecto rebote”. Para influir verdaderamente en la senda hacia la sostenibilidad, se requiere un desacoplamiento total entre rendimiento económico y consumo de materiales.

 

La transición hacia una econo­mía verde implica tanto cambios sociales, políticos y culturales, como desarrollar nuevas tecnologías. Dado que las circunstancias y necesidades varían tanto, los países industrializados, emergentes y en desarrollo tienen concepciones diferentes de lo que implica exactamente la economía verde, y de cómo avanzar hacia ella. De hecho, en los países emergentes y en desarrollo temen que las recetas de la economía verde puedan utilizarse para justificar medidas que impidan sus aspiraciones de desarrollo. La economía verde debe resultar necesariamente un proyecto atrayente.

 

Aunque la mayor responsabilidad recae sobre los países industrializados, son en última instancia los países emergentes los que tienen la llave de la economía ecológica, según Saleemul Huq del International Institute for Environment and Development. Los países emergentes, que están experimentando un enorme crecimiento, comienzan a sumarse al materialismo de los viejos países industrializados. Sin embargo, no están atrapados todavía en una economía dependiente de los combustibles fósiles y pueden dar el salto a tecnologías, estructuras y estilos de vida acordes con un “buen vivir”, con bajo consumo de materiales. Pero, como advierte Huq, ello ocurrirá solo si se percibe como una oportunidad a favor del desarrollo y no como una limitación impuesta. El Centro para la Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York señala que las economías emergentes no solo son “laboratorios del futuro” sino también modelos para los países más pobres.

 

Los recursos naturales proporcionan una media del 25 por cien del PIB de los países más pobres. En India, el 10 por cien más pobre de la población obtiene el 57 por cien de su PIB a través de la agricultura, la ganadería, la explotación forestal y la pesca. Mantener las actuales prácticas económicas de los países industrializados supone poner en peligro creciente los bienes naturales que aseguran la subsistencia y la vida de cientos de millones de personas pobres, a causa del cambio climático y otras repercusiones del colapso ecológico. Proporcionar viviendas, transporte, energía y atención sanitaria más sostenibles y equitativos representaría importantes beneficios para reducir la pobreza y garantizar una vida más sana y segura.

 

Establecer fórmulas de gestión y reciclaje de residuos que mejoren los estándares sanitarios, por ejemplo, y proporcionar agua potable y saneamiento, mejoraría de forma importante la salud y la calidad de vida de la población, generando al mismo tiempo empleo.

 

Empleo verde
Un problema de la economía actual es su excesiva dependencia de recursos limitados y contaminantes, como los combustibles fósiles, y la utilización escasa de un recurso abundante: las personas. Aunque el aumento de la productividad de los trabajadores haya constituido un motor del progreso, su búsqueda inquebrantable está convirtiéndose en una maldición. En adelante el progreso requiere otorgar mayor prioridad a la productividad de la energía, de los materiales y del agua. Una adecuada remuneración del empleo es clave para que la economía esté al servicio de las personas, por lo que la transición hacia una economía verde requiere prestar una atención especial a empleos de calidad que contribuyan a mantener o a recuperar la calidad ambiental.

 

Hasta ahora, la creación de empleo verde se da sobre todo en un número relativamente pequeño de países líderes en I+D y en inversiones ecológicas, que han adoptado políticas públicas innovadoras favorables al medio ambiente y que disponen de una sólida base científica y manufacturera, así como de una fuerza laboral bien formada. En países como Japón, Alemania, China o Brasil la principal fuente de empleo se encuentra ya en las energías renovables, en la eficiencia energética y de los materiales y en otros sectores relacionados. Pero otro creciente número de países reclama participar en el empleo verde, y la instalación, funcionamiento y mantenimiento de equipos como paneles solares, aerogeneradores, materiales aislantes y equipos industriales eficientes creará más empleo aún que las manufacturas verdes.

 

Se requiere una estrategia “verde para todos”, con nuevos planteamientos en el suministro energético, transportes, vivienda y gestión de residuos, que combinen el cambio técnico y estructural con el empoderamiento social.

 

Energía. La gran dependencia de los combustibles fósiles es uno de los principales responsables de la contaminación y del cambio climático. El petróleo, el gas y el carbón representaban en 2010 el 87 por cien del consumo comercial de energía primaria. Las renovables (incluyendo la hidroeléctrica) representaban el ocho y la nuclear un cinco. Pero gran parte de la población de los países en desarrollo tiene carencias energéticas y depende de la quema contaminante de recursos tradicionales de biomasa (leña, carbón, estiércol y residuos de cultivos).

 

Una transición energética ecológica y equitativa requerirá que la población más rica reduzca su demanda energética mediante la eficiencia y el ahorro, abandonando los combustibles fósiles, mientras que los pobres necesitarán más energía menos contaminante. Las dos facetas de esta transición brindan oportunidades de empleo. El sector energético es un generador relativamente modesto de empleo, a pesar de su efecto catalizador sobre la economía. Pero las renovables tienden a crear más empleo que la industria de los combustibles fósiles, madura y muy automatizada, mientras que la eficiencia energética brinda también mayores oportunidades de creación de empleo que el aumento de la oferta energética.

 

La inversión en renovables se disparó de solo 7.000 millones de dólares en 1995 a 243.000 millones en 2010, principalmente en eólica (96.000 millones) y solar (89.000 millones). Los líderes en términos de potencia renovable instalada (excluyendo la hidroeléctrica) son Estados Unidos, China, Alemania, España e India. Si se incluye la hidroeléctrica, Canadá y Brasil se incorporarían a los primeros puestos.

 

En 2010 la eólica representaba, con mucho, el mayor porcentaje de potencia instalada de renovables en el mundo, seguida de la biomasa y de la solar fotovoltáica. Esta última está acelerándose, aumentando la potencia mundial a un ritmo medio anual del 49 por cien entre 2005 y 2010, comparado con un 27 para la eólica y la energía solar por concentración y un 16 para la solar térmica. La producción de bioetanol aumentó al año un 23 por cien y la de biodiésel un 38.
Más de 100 países están desarrollando en la actualidad su potencia eólica. Los principales fabricantes de aerogeneradores tienen su base en China, Dinamarca, Alemania, EE UU, España e India. En términos de potencia instalada, son líderes China, EE UU, Alemania, España e India. Como ha demostrado la región española de Navarra, el desarrollo de la energía eólica puede reportar beneficios locales considerables.

 

Los principales fabricantes mundiales de paneles fotovoltaicos son empresas ubicadas en China, Taiwán, EE UU, Alemania y Japón. Pero existen grandes oportunidades de creación de empleo en la venta, montaje, instalación y mantenimiento de estas infraestructuras, incluso en países que carecen de industria manufacturera solar nacional. Pequeños sistemas solares suministran energía hoy a millones de hogares en los países en desarrollo, y las cocinas y lámparas solares portátiles ofrecen toda una serie de beneficios. En Bangladesh los programas de micro-crédito han contribuido a extender los sistemas solares de 320.000 hogares en 2009 a 1,1 millones en agosto de 2011.

 

La producción de biocombustibles también está aumentando, aunque sigue existiendo una controversia sobre la alternativa de alimentos o de energía, y sobre si este tipo de combustibles supone un beneficio neto en términos de emisiones de carbono. En 2010, el etanol y el biodiésel abastecieron en conjunto alrededor del 2,7 por cien de la demanda mundial de combustibles para el transporte por carretera. Brasil tiene con mucho la mayor industria de bioetanol. Aproximadamente medio millón de personas trabaja en las plantaciones de caña de azúcar destinadas a la producción de biocombustibles y otras 190.000 en el procesamiento de la caña para etanol. La importancia del biogás también está creciendo, con más de 44 millones de hogares en el mundo que dependen de digestores comunitarios o individuales para sus necesidades de iluminación y cocina. China es el líder mundial en este sector, pero los gasificadores para generación de calor se utilizan cada vez más en India y otros países.

 

Aunque los datos no se recogen de forma sistemática y siguen existiendo grandes lagunas, el número de empleos en energías renovables está creciendo en todo el mundo. Una estimación aproximada sugiere un mínimo de 4,3 millones de empleos directos e indirectos, lo que supone un considerable aumento respecto a los 2,3 millones de 2008.

 

El empleo en energías renovables sigue siendo más pequeño que el relacionado con los combustibles fósiles. La extracción de petróleo, gas y carbón proporciona más de 10 millones de puestos de trabajo, y la utilización de estas fuentes energéticas en plantas térmicas y de generación eléctrica supone varios millones de empleos adicionales. Pero teniendo en cuenta que las energías renovables representan todavía un porcentaje pequeño del consumo energético total, resulta alentador el número de personas que trabaja ya en este campo.

 

Transporte. El sector del transporte, en particular los cerca de 1.000 millones de vehículos motorizados, representa más de la mitad del consumo mundial de combustibles fósiles líquidos y contribuye al cambio climático, con emisiones que crecen más rápidamente que las de cualquier otro sector económico y que representan alrededor de la cuarta parte de las totales de dióxido de carbono.

 

Los esfuerzos para reducir la huella del transporte se han centrado principalmente en medidas tecnológicas para incrementar la eficiencia en el consumo de combustibles fósiles, sustituirlos por combustibles alternativos o desarrollar vehículos híbridos o eléctricos. Aunque la eficiencia en el consumo de combustibles ha mejorado en los últimos años, la venta de modelos eficientes no se aproxima todavía ni siquiera al 10 por cien de las totales, y los vehículos híbridos y eléctricos representan menos del tres por cien.

 

Una serie de países está poniendo sus esperanzas en el desarrollo de los biocombustibles. En la actualidad, Brasil produce casi exclusivamente vehículos “flex-fuel”, que funcionan con cualquier mezcla de gasolina y etanol, y espera adaptar todo su parque móvil a este tipo de motores en los próximos 20 años. Más de 80 países, muchos de ellos en desarrollo, han decidido apostar por una alternativa diferente: vehículos que funcionan con gas natural (en su mayoría gas natural comprimido, GNC), cuya combustión es menos contaminante que la de la gasolina. Pakistán, Irán, Argentina, Brasil e India representan las tres cuartas partes del parque móvil mundial de vehículos GNC, que ascendía a cerca de 13 millones en 2010.

 

Pero por sí solas este tipo de medidas son inadecuadas, considerando el incremento del número de vehículos y de las distancias recorridas. Es preciso que los países ricos reduzcan su gran dependencia de los coches. Otros países están ya emulando o aspiran a desarrollar un sistema de transporte centrado en el automóvil, a costa, con frecuencia, de ciudades congestionadas y con niveles de contaminación muy altos. En las sociedades pobres, el gasto público en sistemas de transporte basados en el coche acentúa las disparidades sociales. Un sistema de transporte público asequible desempeña una función fundamental para lograr un mayor grado de equidad social.
l Edificación. Aproximadamente la tercera parte del consumo energético final a nivel mundial se produce en edificios, y casi el 60 por cien de la electricidad es consumida por los edificios residenciales y comerciales. En un escenario tendencial, se prevé que la demanda energética de los edificios aumente un 60 por cien para 2050. Sin embargo, este sector ofrece también un enorme potencial para lograr importantes ahorros energéticos y de emisiones de carbono, si se utilizan materiales de construcción más apropiados y se invierte en sistemas más eficientes de calefacción, refrigeración e iluminación, así como en equipos y aparatos eléctricos con menos gasto.

 

La industria de la construcción tiene igualmente una gran importancia en términos de puestos de trabajo, representando en la mayoría de países entre el cinco y el 10 por cien del empleo, aunque a menudo con fuertes variaciones estacionales. Al menos 111 millones de personas trabajan en este sector en todo el mundo, pero es posible que la cifra real sea mucho más alta, teniendo en cuenta la fragmentación de esta industria y que muchos trabajadores están en condiciones laborales irregulares.

 

La renovación y acondicionamiento de los edificios suele ser más alta en los países industrializados, con un importante patrimonio edificado y un bajo crecimiento de la población. Por el contrario, en los países en desarrollo, especialmente en China e India, donde las economías están creciendo con rapidez y existe un gran éxodo rural hacia las ciudades, tiene gran importancia la adopción de criterios de edificación más ecológicos. El porcentaje de población urbana que vive en barriadas marginales en los países en desarrollo descendió desde el 39 por cien en 2000 hasta el 32 en 2010. Pero el número absoluto de habitantes de estas barriadas ha aumentado en paralelo al crecimiento de la población. En África subsahariana más del 60 por cien de la población urbana vive en barriadas marginales, el doble que en los países asiáticos en desarrollo y una proporción mucho más elevada que el 24 por cien de Latinoamérica.

 

Las políticas públicas y una buena normativa pueden impulsar una edificación más ecológica, mediante códigos de edificación, programas de compras verdes, normas para los aparatos eléctricos, requisitos de eficiencia energética e hídrica, auditorías obligatorias y otras disposiciones parecidas. La directiva sobre Eficiencia Energética de los Edificios de la Unión Europea exige certificados de eficiencia para vender o alquilar un edificio. La Comisión Europea considera que pueden crearse entre 280.000 y 450.000 puestos de trabajo nuevos en este sector para 2020, principalmente auditores, certificadores e inspectores.

 

En varios países algunos de los incentivos financieros aprobados para enfrentarse a la crisis económica promueven la edificación ecológica. Se calcula que el 13 por cien asignado a este sector por el paquete alemán de incentivos financieros, de más de 100.000 millones de dólares, generará unos 25.000 empleos en la construcción y la manufactura relacionada con el acondicionamiento de edificios. Este programa consolida anteriores medidas de éxito en Alemania, donde la financiación pública destinada a la mejora de edificios generó una inversión privada adicional considerable, equivalente a 26.000 millones de dólares. Unos 280.000 edificios fueron renovados en 2008, creando o evitando la destrucción de unos 221.000 empleos en un momento en que la industria de la construcción sufría una fuerte recesión y despidos generalizados. Lo mismo podría ocurrir en EE UU, donde se estima que la Iniciativa por Mejores Edificios generaría 114.000 empleos.

 

Reciclado. La actual economía “marrón” se fundamenta en obtener a gran escala recursos naturales. La extracción de minerales se aceleró durante el siglo XX, multiplicándose por 27 y superando el ritmo del crecimiento económico. En la actualidad, para extraer la misma cantidad de mineral que hace un siglo se requiere mover tres veces más rocas y otros materiales.

 

Una economía de “usar y tirar” significa que el flujo de residuos aumenta en paralelo a la extracción de materias primas. En 2010 se recogieron en todo el mundo unos 11.000 millones de toneladas de residuos sólidos, aunque la cantidad generada es incluso mayor. La gestión de los residuos se traduce con frecuencia en el relleno de vertederos, la incineración y el transporte a otros países, de forma legal o ilegal. Estas prácticas suponen una gran factura ambiental y sanitaria para las comunidades vecinas. En cambio, la reutilización, el reciclado y el remanufacturado de productos sustituye el procesado de materiales vírgenes por materiales de desecho y evita la contaminación. Todos los años se reciclan más de 1.000 millones de toneladas de metales, papel, caucho, plásticos, vidrio y otros materiales. Pero este volumen representa tan solo la décima parte de los residuos recogidos.

 

Reciclar es también positivo desde el punto de vista del empleo. La selección y procesamiento de residuos para su reciclado genera 10 veces más empleo por tonelada que el transporte a un vertedero o la incineración, y la fabricación de nuevos productos a partir de materiales o equipos reciclados proporciona más trabajo que el proceso de recuperación. En los países industrializados el reciclado constituye una verdadera industria, frecuentemente con un alto grado de automatización. El número de empleos directos e indirectos asociados a esta actividad industrial en EE UU se estima en 1,4 millones, y en la Unión Europea en alrededor de 1,6 millones.

 

Chatarreros y basureros informales recogen en los países en desarrollo cantidades mucho mayores de materiales que las empresas de gestión de residuos. Los basureros están empezando a formar cooperativas locales y nacionales y a organizarse para legalizar sus actividades, mejorar su posición social y lograr una capacidad negociadora mayor frente a los municipios y los intermediarios. El Movimento Nacional dos Catadores de Materiais Recicláveis (Brasil), la organización que más ha avanzado en este sentido, surgió en Porto Alegre y São Paulo en los años ochenta. Durante la pasada década la legislación nacional les apoyó y la recogida de basuras fue reconocida como una ocupación legítima. En 2010 la Política Nacional sobre Residuos Sólidos obligó a incluir a los basureros informales en los programas municipales de reciclado.

 

La crisis económica está afectando a la demanda y al precio de mercado de los materiales reciclables, obligando a más gente a depender de la recogida de basuras ante la falta de empleo en la economía formal. Uno de los problemas es la tendencia a privatizar la gestión de los residuos, con fórmulas que excluyen a los basureros y a sus organizaciones. También la aparición de nuevos movimientos de residuos, particularmente los relacionados con la informática, que suponen nuevos riesgos sanitarios y laborales.

 

Una nueva solidaridad global
A diferencia del patrón convencional de competencia económica, que genera ganadores y perdedores, la economía verde ha de centrarse en resultados beneficiosos para todos que transformen en sostenibles las actividades económicas. Existe ya una intensa competencia entre los fabricantes de tecnologías y productos verdes, como la energía eólica y la solar, así como políticas gubernamentales que tienen un sesgo mercantilista o proteccionista.

 

Una consigna sencilla sería “evitar que haya perdedores”. Teniendo en cuenta la vulnerabilidad del medio ambiente en un planeta pequeño y cada vez más poblado, cuyos recursos están siendo explotados hasta el agotamiento, es preciso reconocer que perderán los ganadores si no ganan los perdedores. En una economía verde los pobres tienen que ganar más que los ricos en términos relativos, para que se reduzcan y eventualmente se superen las enormes diferencias en términos de demanda de recursos. En última instancia la sostenibilidad del medio ambiente será imposible sin equidad social.

 

La situación ha llegado a tal punto que exige una ruptura total con las soluciones tendenciales. Una necesidad crucial es reequilibrar las iniciativas públicas y las privadas. Desde la primera Confe­rencia de Río en 1992 se ha dedicado demasiado tiempo y esfuerzo a intentar que las fuerzas del mercado impulsen una transformación ecológica de la economía. Pero las fuerzas del mercado solo funcionan cuando se regulan de forma adecuada. Durante los últimos 20 años hemos asistido a una cierta dejación de funciones de los responsables de las políticas públicas. Es preciso reconocer que “tomar las riendas” del mercado exige más políticas públicas, y no menos.

 

Las siguientes sugerencias no pretenden ser un listado exhaustivo, sino meras indicaciones sobre algunos enfoques que podrían ayudar a la humanidad a alcanzar la sostenibilidad con equidad.

 

– Red de centros cooperativos de innovación verde. Para poder difundir lo más ampliamente posible la innovación ecológica, se requieren modelos cooperativos para el I+D y el despliegue de tecnologías verdes.
– Global Top Runner. Una forma de aprovechar las fuerzas del mercado para promover la sostenibilidad es el enfoque del programa Top Runner de Japón, creado en 1998 y que ha contribuido a hacer de su economía una de las más eficientes del mundo, estableciendo normas para una serie de productos que se convierten en referencia para los fabricantes.
– Financiación verde. Con frecuencia los productos ineficientes parecen más baratos. Puede resultar difícil comprar productos ecológicos cuando el desembolso inicial es elevado, aunque esto suponga un ahorro de dinero a lo largo de la vida del producto. Reducir o eliminar esta desventaja es clave para facilitar la transición hacia una economía verde. Esto podría lograrse con ayuda de un programa de financiación pública verde, que ofreciese tipos de interés y condiciones de préstamo preferentes para los productos ecológicos.
– Durabilidad, reparabilidad y mejorabilidad. En una economía verde, las políticas fiscales y subvenciones debieran conceder un trato preferente a productos duraderos, susceptibles de reparación y mejora.
– Productividad energética y de los materiales. Las políticas fiscales, las subvenciones y otras herramientas de política pública podrían estructurarse igualmente de forma que otorguen preferencia a las empresas que destacan en su actividad por mejorar la productividad de la energía y de los materiales.
– Precios para un bienestar sostenible. En la actualidad los consumidores que adquieren cantidades mayores de un producto son frecuentemente premiados con descuentos, lo que incita al consumo. En una economía verde debería aplicarse un sistema opuesto de fijación de precios, que hiciese posible el consumo de bienes en las cantidades que satisfagan las necesidades básicas.
– Reducción de la jornada laboral. Un gran número de personas trabaja demasiadas horas en un intento de ganar lo suficiente para seguir en la cresta de una ola de consumo sin fin. Una economía y una población menos esclavas del consumismo podrían plantear un enfoque en el que los aumentos de productividad se traduzcan en una reducción de las horas trabajadas.
– Democracia económica. Un número considerable de países se rige por procesos democráticos, pero no hay democracia en el ámbito económico, pese a que determina aspectos de la vida tan importantes como las horas de sueño o los ingresos. En EE UU, por ejemplo, las empresas tienen los mismos derechos que las personas a la libertad de expresión, pero no hay apenas control sobre unas empresas que actúan con frecuencia en todo el planeta y que falsean el proceso democrático por haberse convertido en entidades “demasiado grandes para fracasar”. Unas empresas más vinculadas a las necesidades e intereses de sus trabajadores y de las comunidades a las que sirven podrían desempeñar un papel más constructivo en la creación de una economía sostenible.

 

Si el objetivo es la prosperidad sostenible de las generaciones actuales y de las futuras, se necesitan políticas transformadoras. Es necesario que las políticas vayan mucho más allá de las soluciones tecnológicas, cambios limitados en políticas fiscales, subvenciones y otros esfuerzos marginales. Es preciso que la naturaleza y la racionalidad del sistema económico se transformen radicalmente. Del crecimiento a toda costa de la economía, la principal preocupación pasará a ser una economía sostenible que permita la recuperación ecológica y un bienestar humano sin materialismo.



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