La visión estratégica de Zbigniew Brzezinski
Darío Valcárcel - Política Exterior 149
Director de Política Exterior.
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Strategic Vision: America and the Crisis of Global Power. Zbigniew Brzezinski. Nueva York: Basic Books, 2012, 208 págs.

 

El modelo americano y sus principios no ejercen el influjo de antaño. El auge de China, las guerras en Afganistán e Irak y la crisis financiera de 2008 han sacudido la confianza en la capacidad de EE UU.

 

En su comienzo, la historia de Política Exterior está ligada a Zbigniew Brze­zinski. Con un poco de imaginación, podríamos aventurar que la simiente de la revista está en el número 1600 de la avenida de Pennsylvania, lugar de trabajo del profesor polaco entre 1977 y 1981. En febrero de 1979, como consejero de El País, asistí en Washington a una reunión de un gran think tank. Necesitaba un contacto con el responsable de Seguridad dentro de la Casa Blanca, el National Security Adviser. Ese hombre era Brzezinski, quien había llegado a ese puesto crítico gracias a la confianza depositada en él por Jimmy Carter. Brzezinski había dirigido la Trilateral Commission del banquero Rockefeller. Antes había asesorado a Kennedy y Johnson.

 

Regresemos a la avenida de Pennsylvania. El embajador de España en Washington, José Lladó, nos dio su apoyo, mientras el senador John Glenn, antiguo visitante del espacio, conseguía la entrevista vía el asesor del asesor de Brzezinski. Al cabo de dos horas estábamos ante el despacho del National Security Adviser. En seis minutos nos hicimos amigos para algunos años. “Mire, mi problema es que lo que usted me pide (Fallback y Tip Wire, planes de defensa en la Alemania de los años setenta) no lo puedo desarrollar en menos de 3.000 palabras… ¿Cuál es la revista que se ocupa en España de asuntos internacionales?”. Ante las vaguedades de su interlocutor, Brzezinski comprendió que no había. Así surgió la idea de hacer Política Exterior, nacida seis años después. Brzezinski acabó escribiendo en Política Exterior, no una, sino 12 veces.

 

A sus 84 años, el pensamiento del profesor de la Universidad Johns Hop­kins (antes en Harvard y en Columbia) sigue afilado. Un solo botón de muestra, este excelente Strategic Vision. Un inteligente y lúcido análisis de las debilidades (no pocas) y fortalezas (muchas) de la superpotencia, en un contexto complejo de transformaciones globales, incertidumbre y, reconozcámoslo, cierto pesimismo.

 

Sí, una corriente de pesimismo recorre Occidente y Estados Unidos en particular. América está inquieta. Hablar del declive americano como históricamente inevitable se ha convertido en moda intelectual. Nada de esto es nuevo. Durante el siglo XX, “el siglo americano”, ya hubo fases de ansiedad acerca del futuro de la superpotencia. Por ejemplo, en los albores de la carrera espacial, tras la derrota de Vietnam.

 

Pero lo cierto es que Occidente declina. El poder deja de estar concentrado en pocas manos para quedar disperso en diferentes polos. Cuando ya se la daba por finiquitada, la multipolaridad ha regresado al terreno de juego. Una multipolaridad asimétrica. En cada una de las dimensiones tangibles del poder –tecnológico, económico, financiero, militar– EE UU sigue sin rival. Esta realidad, sin embargo, podría no durar. Quizá solo dos siglos más, dicen los optimistas. Los realistas creen que puede cambiar radicalmente al final del presente siglo, hacia 2080 más o menos.

 

El modelo americano, sus principios fundadores, su dinamismo económico, el voluntarismo de su población y gobierno, no ejerce el influjo de antaño. La clave del histórico atractivo americano ha sido su combinación de idealismo y materialismo, poderosas fuentes de motivación para la psique humana, explica Brzezinski. En la última década ambas fuentes de inspiración han perdido empuje. Por un lado, el auge de China, en paralelo al crecimiento de la deuda pública americana; por otro, las fallidas guerras imperialistas en Afganistán e Irak. Y para rematar, la crisis financiera de 2008 han sacudido la confianza en la capacidad americana para mantener el liderazgo en el mundo.

 

¿Cuáles son los problemas internos que paralizan a EE UU? Brzezinski menciona seis amenazas. Pri­mero, la creciente y con el tiempo insostenible deuda pública. Hoy alcanza el 60 por cien del PIB, pero si el país no pone en marcha un verdadero plan de reforma que, simultáneamente, reduzca los gastos e incremente los ingresos, el mal ejemplo de otros imperios lisiados financieramente proyectará su sombra sobre el gigante americano. El imperio español es uno de los que vienen a la memoria.

 

La segunda debilidad es su defectuoso sistema financiero. La caída de Lehman Brothers en 2008 está aún fresca como para que sea necesario detenerse en este punto. Dos cifras: en 1989 el sector financiero tenía un valor equivalente al 8,8 por cien del índice S&P 500; en 2007, cuando suponía el 30 por cien de todos los beneficios corporativos del país, había llegado al 22,3 por cien.

 

Tercera debilidad: la creciente desigualdad, emparejada con una movilidad social estancada. Esto supone un peligro para el consenso social y la estabilidad democrática del país. EE UU es en estos momentos la gran potencia más desigual del mundo. Casi a la par con China y Rusia, solo superado por Brasil, según el coeficiente Gini.

 

La cuarta debilidad, la decadente infraestructura nacional, es muy ilustrativa. Si una imagen vale más que mil palabras, bastaría observar algunos trenes y aeropuertos americanos. “Una infraestructura fiable es esencial para la eficiencia y el crecimiento económico, un símbolo del dinamismo de la nación. Históricamente, el éxito de los imperios ha sido juzgado, en parte, por las condiciones y el ingenio demostrado en la infraestructura nacional, desde las calzadas y acueductos romanos hasta los ferrocarriles británicos”, sostiene el autor.

 

La quinta vulnerabilidad es una población sumamente desinformada sobre el mundo actual. El americano medio sabe poco de historia, geografía, actualidad política internacional… y ello se debe, entre otras causas, al dudoso sistema educativo nacional. Como bien sabemos, un público ignorante es más susceptible de caer víctima de los demagogos. El maniqueísmo extremista consigue elevadas audiencias. Y las visiones ricas en matices, moderadas, que pagan tributo a la complejidad del mundo actual, no son suficientemente escuchadas. Entre el Pacífico y el Atlántico, EE UU sigue siendo una gran isla.

 

La última amenaza, relacionada con la anterior, es el crecientemente paralizado y altamente partidista sistema político estadounidense. El compromiso es cada vez más difícil de lograr en América. Un presidente como Barack Obama, que ha hecho del bipartidismo y del consenso sus señas de identidad, ha visto cómo le resulta cada día más difícil llegar a acuerdos con los republicanos, ya sea en materia presupuestaria, sanitaria, financiera… La polarización está en auge.

 

Estas son las amenazas internas que minan las perspectivas de EE UU. A pesar de ellas, por encima de ellas, sigue siendo hoy, insistimos, la potencia hegemónica global. Y Occidente sigue dominando, en gran parte, el mundo. Por ello, y a pesar de su relativo declive, el futuro de América aún depende de América misma. Sus activos son numerosos. En un afán de simetría, siguiendo en paralelo a sus debilidades, Brzezinski menciona seis.

 

Su primera gran virtud es la fuerza global de su economía. La americana es la principal economía del mundo, solo superada por la Unión Europea en su conjunto, hoy sumida en su enésima crisis existencial. Con todo ello, EE UU produce el 26,3 por cien del PIB global y la UE, el 28,3 por cien: entre ambas suman el 54,6. China se queda en el 7,3 por cien; India, en el 2,26; y Rusia, en el 1,86 por cien. Ninguna potencia puede igualar a EE UU en su potente mezcla de volumen de PIB y elevado PIB per cápita.

 

Su segundo activo supone un boom para el primero: su destreza tecnológica e innovadora derivada de una cultura emprendedora y grandes instituciones en el campo de la educación universitaria.

 

La tercera ventaja americana es su fuerte base demográfica. Para 2050, la población americana seguirá creciendo, junto con la de India. La de China, Europa, Japón o Rusia disminuirán, al tiempo que aumenta en mayor proporción el porcentaje de población mayor de 65 años. La clave: América consigue atraer y asimilar inmigrantes mucho mejor que el resto de grandes potencias: Alemania, Reino Unido, Francia, Rusia o China.
La cuarta fortaleza es la capacidad americana para movilizar sus recursos, a la población entera, bajo una bandera, un objetivo: sea este “Remember Pearl Harbor” o “To the Moon in this decade”. Cuando América acelera, nadie puede pararla.

 

Quinto activo: la geografía. América tiene todo un continente rico en recursos a su disposición, protegido por distancias inmensas y dos océanos, además de su cohesionada población.

 

Por último y no por ello menos importante, debe tenerse en cuenta una vez más el factor ideológico. Si América es rica en recursos, también lo es en ideas. La nación americana cabalga sobre una serie de valores –derechos humanos, libertades civiles, meritocracia, libre mercado, democracia– apoyados por su población, además de admirados en el mundo entero.

 

La ponderación de los factores negativos y los datos esperanzadores llevan a Brzezinski a afirmar: Amé­rica no fallará. Pero si fallase, advierte el profesor, no parece probable que vaya a ser sustituida por otro poder hegemónico equiparable, Chi­na por ejemplo. Las debilidades chinas son numerosas y precisamente no menores. Son en ocasiones básicas. Si EE UU fallase, lo que nos espera es un mundo multipolar, más inestable, quizá caótico. “No habría grandes ganadores y sí muchos perdedores”, escribe nuestro autor.

 

Los chinos no se dejan cegar por su ambición y orgullo. Al hablar de la inevitabilidad del declive americano y del auge del imperio del centro, un dirigente chino aclaraba: “Pero, por favor, no permitan que América decline demasiado rápido”.



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