INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 988

ISPE 988. 30 mayo 2016

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El gigantesco incendio forestal desatado a principios de mayo en la provincia canadiense de Alberta ha devastado dos millones de hectáreas, causando pérdidas materiales superiores a 10.000 millones de dólares y la evacuación de los 90.000 habitantes de la ciudad de Fort McMurray, después de que el fuego destruyera el 15% de las estructuras urbanas. La catástrofe es un claro ejemplo de las consecuencias del calentamiento de la atmósfera, mucho más notorio en las latitudes nórdicas. En el momento álgido del incendio, el fuego se movió a 2,4 kilómetros por hora.

La región boreal –que se extiende a lo largo del Hemisferio Norte desde Alaska y Canadá en América del Norte hasta Escandinavia y Siberia– y sus inmensos bosques atraen menos atención de las organizaciones ecologistas que la Amazonia, pese a que el cambio climático y la deforestación le está afectando tanto o más que a las zonas tropicales del planeta. Los bosques boreales de pinos, abetos y alerces y otros árboles resinosos suponen una tercera parte del total de la masa arbórea global. Y Canadá alberga la tercera parte de ellos. A medida que el aire se calienta en las zonas cercanas al círculo polar, la nieve se derrite mucho más rápido, con lo que los bosques se secan más pronto que antes, elevando la probabilidad de incendios y alargando la duración de las temporadas de riesgo.

Por otra parte, es posible también que el calor esté aumentando la frecuencia e intensidad de las tormentas eléctricas, que muchas veces activan los incendios más devastadores. Solo en 2012, ardieron en Rusia 35 millones de hectáreas de bosques, la mayor parte en zonas aisladas de Siberia.

Según Thomas Swetnam, científico de la Universidad de Arizona que estudia los efectos de los incendios en la naturaleza, un fuego como el de Alberta…

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