Autor: John Dickie
Editorial: Hodder & Stoughton
Fecha: 2020
Páginas: 487
Lugar: Londres

Secretos masónicos, de la leyenda a la historia

En ‘The Craft’, el historiador John Dickie, hace plena justicia a lo que promete: explicar cómo los masones construyeron el mundo moderno. El libro ilumina con la luz de la historia una institución sin la que es inexplicable la fundación de EEUU, el apogeo del Imperio británico o la descolonización.
LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE
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“Conservar un secreto es sabio, pero la verdadera sabiduría consiste
en no tener secretos que guardar”.
Edgar Watson Howe, Country Town Sayings (1911)

 

El 14 de marzo de 1743, cuando salía de un café, un joyero londinense en viaje de negocios en Lisboa, John Coustos, fue detenido, esposado y encerrado en un calabozo de uno de los edificios más temidos de Europa: el Palacio de los Estaus, el cuartel general en la Plaza del Rossio de la Inquisición portuguesa. Como cientos de brujas, herejes y judaizantes antes que él, Coustos fue rapado y sometido a un estricto régimen de silencio y aislamiento mientras se le interrogaba insistentemente por el cargo del que se le acusaba: la pertenencia a una secta maléfica, la masonería.

Los inquisidores querían saber quiénes eran los masones, qué hacían en sus reuniones, por qué se escondían o si su misoginia se debía a que eran sodomitas. Después de que Coustos se recuperaba algo, las torturas se reanudaban. Según él, pasó 16 meses en las mazmorras del Santo Oficio y se libró por poco de morir en la hoguera en un auto de fe, hoguera a la que sí fueron condenados ocho de sus compañeros. Fue sentenciado a cuatro años de trabajos forzados en galeras. Antes de que cumpliera la pena, el gobierno británico logró su liberación.

De regreso en Londres en 1744, se hizo famoso tras publicar The Sufferings of John Coustos for Freemasonry, un libro en el que denunciaba la “barbarie papista” y su heroica lucha para salvaguardar los “secretos inviolables” de la hermandad. Casi dos siglos después, cuando se abrieron los archivos de la Inquisición portuguesa, se supo que en realidad Coustos describió con todo detalle los misterios –básicamente el significado de los crípticos rituales de las logias– que había jurado proteger de los cowan, los no masones.

En un panfleto de 1730, Masonry Disected, Sam Prichard ya había revelado todo lo que podía saber Coustos. El secretismo, en realidad, era un subterfugio para ocultar que no existía ningún secreto que ocultar. La leyenda secretista, como bien sabía Coustos, era más importante que los secretos mismos.

 

Una república masónica

En Washington, la huella masónica es visible por todas partes: en los monumentos, el trazado geométrico de la capital, diseñado en 1791 por el “caballero 33” francés Pierre Charles L’Enfant, el ritual de las ceremonias oficiales y la simbología de las monedas y billetes. Jefferson llamó al Capitolio “el primer templo dedicado a la soberanía popular”.

En Alexandria (Virginia), cruzando el Potomac, en 1932 se inauguró el George Washington National Masonic Memorial, una réplica del Faro de Alejandría, una de las siete maravillas de la Antigüedad. Uno de sus más asiduos visitantes era Truman, gran maestre de la Gran Logia de Missouri y el más dedicado a las logias de los 14 presidentes masónicos que ha tenido Estados Unidos.

Washington fue iniciado en la masonería a los 21 años, en la logia de Fredericksburg (Virginia), el 4 de noviembre de 1752. Así, no resulta extraño que la nueva república sustituyese los fastos y rituales de las monarquías del antiguo régimen –coronaciones catedralicias, Te Deum…– por la sobria liturgia, patriótica y laica, de nítida impronta masónica.

En el primer tercio del siglo XIX, uno de cada 20 varones adultos blancos pertenecía a una logia. Solo en Nueva York en 1825 había 44, el doble que en 1812. Albert Pike, autor de Morals and Dogma of Scottish Freemasonry (1871) y uno de los más famosos masones de la época, era al mismo tiempo un lector voraz e incansable inventor de rituales, pero también un racista dogmático que creía que los negros eran incapaces de dominar sus “instintos bestiales”. Así, los negros terminaron fundando sus propias logias, que durante la Guerra de Secesión fueron vitales para la formación de batallones negros, como el 54 regimiento de Massachusetts, que lucharon en el ejército unionista contra la Confederación de los Estados esclavistas del sur.

Lewis Hayden, esclavo liberto y gran maestre de la logia abolicionista Prince Hall, reclutó a los hombres del 54 regimiento, cuyo papel central en la captura de Fort Wagner, que guardaba la bahía de Charleston, retrató Glory, la película de 1989 que protagonizó Morgan Freeman, Denzel Washington y Mathew Broderick, y que barrió en los Oscar de aquel año.

Desde 1775, en obediencia a su creencia en la hermandad de todos los hombres, hay dos masonerías en EEUU: una blanca y otra negra.

 

La madre de todas las conspiraciones

En 1864, el Syllabus errorum del Vaticano enumeró 80 ofensas contra la verdad revelada, entre ellas la tolerancia religiosa, la separación Iglesia-Estado y la “escandalosa noción” de que el Papado debía alcanzar un compromiso con el liberalismo y la modernidad. Antonio Bresciani, un sacerdote colaborador de la revista jesuita Civiltà Cattolica, estaba convencido que la “pérfida organización” masónica había creado una anti-Iglesia, con sus blasfemas jerarquías, sacramentos, reliquias, templos, dogmas, preceptos y liturgia.

En una época devota de las teorías conspirativas, uno de sus más célebres cultores, el francés Leo Taxil, se hizo famoso por obras anticlericales como Los secretos amores de Pío IX (1881). El precoz autor fue excomulgado en 1879, con solo 26 años, por León XIII, que dedicó una encíclica entera –Humanum genus–a condenar la masonería. Providencialmente, en 1887 Taxil publicó una autobiografía en la que renegaba de la masonería, denunciando que era un culto satánico cuya misión era corromper a las naciones cristianas infiltrando sus instituciones. Decenas de cardenales, arzobispos y obispos le enviaron entusiastas cartas de apoyo. El propio León XIII recibió en el Vaticano al “hijo pródigo”. Pese a que sus libros se hacían cada vez más delirantes, hablando de una logia sáfica cuyas sacerdotisas luciferinas disfrutaban de “éxtasis infernales”, Civiltà Cattolica siguió considerando a Taxil una autoridad en asuntos ocultos.

En septiembre de 1896, en una conferencia en Trento a la que asistieron 36 obispos, Taxil anunció que todo había sido una farsa. Nunca existió una masonería satanista ni grandes maestras lesbianas. Taxil se libró por poco de ser linchado. Civiltá Cattolica escribió después que en realidad nunca le había creído.

 

La construcción del mundo moderno

Las historias de Coustos, Pike, Hayden, Taxil y León XIII son algunas de las muchas que contiene The Craft, que hace plena justicia a lo que promete: explicar cómo los masones construyeron el mundo moderno.

Según The Economist, John Dickie –profesor del University College de Londres, autor de Cosa Nostra (2004) y Mafia Republic (2013) y condecorado en 2005 por Carlo Azeglio Ciampi con la Ordine della Stella della Solidarietà Italiana– ha logrado sacar la historia de la masonería de las brumas de la leyenda. Y lo hace con un talento narrativo tan notable como su buen juicio del historiador.

La propia Gran Logia Unida de Inglaterra ha recomendado el libro pese a que Dickie es un cowan, aunque su abuelo, soldado en la Gran Guerra, sí fue masón. Como él, su nieto ha atravesado un campo sembrado de minas del que sale indemne por su exhaustiva investigación de varios años en los archivos de las grandes logias, lo que le permite trazar un amplio fresco histórico de cómo la masonería se expandió por el mundo.

El secretismo, sostiene Dickie, es un juego peligroso que termina atrapando a sus propios cultores, propiciando conjeturas absurdas y naturales suspicacias sobre la que llama la más exitosa de las exportaciones británicas, al lado del fútbol, el golf y el whisky. Lo curioso es que detrás de todas sus alegorías mistéricas solo hay una serie de principios morales elementales –y hasta banales– sobre cómo ser un buen ciudadano, respetuoso y tolerante.

Una breve búsqueda en Google pone al alcance de cualquiera todo lo que quiera saber sobre la “discreta hermandad”. El Freemasons’ Hall en el londinense Covent Garden, lo más cercano que tienen los masones a una Santa Sede, es una concurrida atracción turística cuyos museo y biblioteca están abiertos al público y a los investigadores.

 

A la luz de la historia

Dickie, como experto en la Cosa Nostra, conoce bien el poder de seducción que tiene pertenecer a una congregación de elegidos con acceso a supuestos conocimientos ocultos. Pero la clave de todo es la envoltura –es decir, los vínculos– y no el contenido. El problema es que el secretismo es un espejo oscuro en el que se proyectan todo tipo de intrigas imaginarias. Así, para los fascistas, la masonería era una alianza de subversivos y judíos; una cábala de burgueses e imperialistas para los comunistas; y de agentes sionistas para los islamistas.

En China, la masonería está fuera de la ley. En el mundo árabe solo Marruecos y Líbano la permiten. Los inventores y buscadores de supuestos secretos han terminado cubriendo así en un manto de mitos varios de los acontecimientos más importantes de la historia moderna, proporcionando con ello un material inflamable para la propaganda de regímenes autoritarios.

A fines del siglo XVIII, un sacerdote francés exiliado en Londres, Augustine Barruel, escribió una Historia del Jacobinismo que culpaba a la masonería de todos los desmanes de la Revolución Francesa. Desde el panfleto antisemita Los protocolos de los sabios de Sión, urdido por los servicios secretos zaristas en 1905, a la atribución al régimen chino de la fabricación del SARS-CoV-2 en un laboratorio de Wuhan, todos forman para de esa tradición.

Al simplificar asuntos complejos, Barruel logró que los creyentes en conjuras secretas explicaran todo lo que acontece a partir de ellas. En 1983, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI, advirtió que unirse a la masonería era un “grave pecado” para un católico. Al fin y al cabo, el llamado Gran Arquitecto del Universo, la divinidad deísta masónica, no se revela a través de ninguna iglesia específica.

The Craft demuestra que es factible iluminar con la luz de la historia una institución sin la que es inexplicable la fundación de EEUU, el apogeo del Imperio británico, la desintegración del Imperio otomano o la descolonización de India en la posguerra. En Cuba, Fidel Castro nunca disolvió las logias de la isla por respeto a la militancia masónica de José Martí, el apóstol de la independencia.

Paradójicamente, el éxito de la fraternidad masónica fue tal que generó sus propias versiones adulteradas: los carbonarios del Risorgimento italiano, los Illuminati bávaros, la Mafia –una “masonería para criminales”, como la llama Dickie–, el Ku Klux Klan o la iglesia Mormona, que incorporaron algunos de los códigos genéticos del ADN masónico.

 

Las sombras de la modernidad

Según escribe Dominic Green en The Spectator, The Craft es una “historia de las sombras de la modernidad”. Todo empezó en 1717, con la fundación de la primera Gran Logia de Inglaterra. Aunque esos primeros años están rodeados de leyendas, lo cierto es que 15 años después habían logias similares desde Ámsterdam y Estambul a Nápoles y Alepo.

La masonería ofrecía una pasaje seguro hacia un mundo más secular y menos sujeto a la ortodoxia religiosa del antiguo régimen. No es casual, por ello, que entre los primeros miembros de las logias inglesas abundaran los hugonotes, protestantes franceses exiliados. La pertenencia a la masonería fue particularmente útil a los funcionarios coloniales, que encontraban en las logias una red de contactos desde ciudad de El Cabo a Calcuta, lo que explica la gran proporción de médicos, abogados y otras profesionales liberales en las logias.

Con el tiempo, la lista de adherentes incluyó a Mozart, Lafayette, Goethe, Franklin, Garibaldi, Churchill, Conan Doyle, Kipling Walt DisneyThe Craft no tiene intenciones apologéticas, describiendo cómo Napoleón convirtió las logias en templos para el culto del emperador o el modo en que las grandes logias prusianas “arianizaron” sus estatutos durante el Tercer Reich, sin que ello las librara de la Gestapo.

Dickie dedica un capítulo aparte a la P-2, la logia que utilizó Licio Gelli para tejer una red criminal internacional implicada en chantajes, terrorismo de ultraderecha, lavado de dinero e intrigas políticas en la Italia de posguerra. Al fin y al cabo, hasta las sociedades más secretas –o discretas– terminan reflejando las contradicciones de las sociedades reales de las que surgen.