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Crisis en los mercados financieros: ¿Qué pasa con el petróleo?

Carta a los lectores
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Noviembre de 1998. La acelerada subida de las cotizaciones de las acciones en las bolsas de Estados Unidos, pero también en los países de la Unión Europea, advertía sobre la distancia cada vez mayor entre los beneficios esperados de las empresas y el rendimiento, por ejemplo, de la deuda del Tesoro norteamericano a 10 años. Se acuñó entonces la denominación de “burbuja bursátil” para marcar precisamente esa irracional separación.

El porqué de ese fenómeno hay que buscarlo en el dilatado proceso de expansión de la economía norteamericana, un complejo armazón construido con recientes materiales –caída del muro de Berlín, con sus dividendos de la paz; plusvalías de las acciones aireadas en todos los medios que atraían a nuevos “buscadores de oro”; las crisis rusa y del sureste asiático, con el consiguiente reflujo de capitales en busca de países más seguros; junto a las innovaciones tecnológicas en información y telecomunicaciones– que acabó determinando la aceptación incondicional de una encendida fe ante la “nueva economía”.

El éxito era tan deslumbrante que hasta los más fieles guardianes del sistema olvidaron sus cometidos y se embarcaron en un obsceno ejercicio de apropiación de los beneficios. Resultó así que el capitalismo de economía de mercado, tras conquistar las más altas cotas de popularidad –todos querían ser accionistas y estaban dispuestos a pagar cualquier precio– se encontró con títulos que ya no provocaban seguridad sino que encerraban la sospecha de constituir una estafa. En efecto, una investigación del Financial Times llegaba a la conclusión de que los responsables del sistema, los altísimos ejecutivos de muchas compa­ñías cotizadas en los mercados bursátiles, se habían embolsado en un tiempo récord 3.300 millones de dólares.

Los propios escribanos del capitalismo, como señala Manuel Conthe en este número de Economía Exterior, no sólo se olvidaron de recetas de conocida eficacia…

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