POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 4

El secretario de Estado Henry A. Kissinger conversa con los periodistas durante el viaje a Bruselas a la sesión inaugural de los ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN en diciembre de 1973. GETTY

Para salvar la Alianza

La OTAN no puede depender del capital acumulado en la gran década de creatividad que dio paso al programa de ayuda greco-turco, al Plan Marshall y a la propia Alianza Atlántica. Es hora de que Europa asuma mayor responsabilidad en su propia defensa.
Henry A. Kissinger
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Nací en Europa y llegué a ser secretario de Estado del país que me dio asilo, una aspiración impensable en cualquier otra parte del mundo. He conocido a fondo ambos lados del Atlántico, y el mantener lazos íntimos entre ellos ha sido siempre una prioridad especialmente importante para mí. Y durante mucho tiempo tuve la gran suerte de llevar a cabo una política americana basada en ese mismo principio. Los norteamericanos están en su perfecto derecho de sentirse orgullosos de lo que sus líderes han construido en cuarenta años de esfuerzo bipartito en las relaciones atlánticas. América, la hija de Europa, devolvió su herencia aportando idealismo y recursos al Viejo Continente en su hora más oscura. Y añadió a los valores que había heredado de Europa – dignidad humana y libertad– una inocencia y un idealismo que hicieron de ella la luz que guía a los pueblos oprimidos de todas partes.

Para ser sincero, al igual que muchos otros norteamericanos, yo también me he sentido a menudo exasperado por las acciones europeas sin visión de futuro y por la tendencia de algunos de nuestros aliados a cargar a Estados Unidos con el peso de las decisiones difíciles. Con el paso del tiempo se ha hecho cada vez más evidente que la Alianza no puede depender siempre del capital acumulado en la gran década de creatividad que dio paso al programa de ayuda greco-turco, al Plan Marshall y la Alianza Atlántica. En 1973, siendo secretario de Estado, insté que ambos lados del Atlántico estudiáramos un nuevo planteamiento. “La próxima generación de líderes en Europa, Canadá y Norteamérica –señalé– no tendrá ni los recuerdos personales ni el compromiso emocional con la Alianza Atlántica que tenían sus fundadores… En ambos lados del Atlántico nos enfrentamos con la anómala situación de que la mente pública identifica cada vez más el éxito de la política exterior con las relaciones con los adversarios…”

Ese esfuerzo de renovación fracasó debido al miedo europeo a una dominación norteamericana y a errores tácticos por mi parte. Pero la situación que predije hace diez años se está produciendo ahora. Se ha producido una grave crisis de confianza. La preocupación sobre las intenciones de Norteamérica ha estado siempre presente en el desequilibrio militar entre los dos lados del Atlántico y su separación geográfica. Lo que la situación actual tiene de nuevo es que ahora quien duda de América no son sus tradicionales críticos, sino sus más viejos amigos. La crisis se ha desencadenado debido al inminente acuerdo para eliminar los misiles nucleares de medio y corto alcance de los arsenales de las dos superpotencias. Sus estipulaciones serán sin duda debatidas en profundidad cuando el acuerdo se someta al Senado para su ratificación. Pero el debate pasará por alto un punto crucial. El apoyo político interno para la instalación de misiles norteamericanos en el continente ha desaparecido en todos los países europeos. En este sentido, las negociaciones han creado ya una nueva realidad. Por, eso, la no ratificación no constituye una opción.

La misión de la política exterior norteamericana será la de encontrar formas constructivas para hacer frente a esa nueva realidad. En este momento, los grupos que más constantemente han apoyado una estrecha cooperación atlántica están confundidos. Durante más de una generación han aceptado como dogma de fe que las armas nucleares norteamericanas eran necesarias para contrarrestar la superioridad convencional soviética, y que el despliegue, de misiles norteamericanos en el continente era un componente necesario de esa estrategia. Ahora se encuentran con que la Administración norteamericana más conservadora de la posguerra emplea argumentos contra las armas nucleares casi idénticos a los del Comité para el Desarme Nuclear. Experimentaron el susto de Reikjavik, donde las superpotencias estuvieron a punto de ponerse de acuerdo sobre la eliminación de todos los misiles (incluidos los de nuestros aliados). Han visto cómo se ha ejercido una enorme presión sobre la República Federal de Alemania para que aceptara el desmantelamiento no sólo de los misiles norteamericanos de alcance medio en su territorio, sino también de los Pershing lA, misiles controlados por los alemanes y colocados allí hace quince años. El hecho de que hasta los cuatro últimos comandantes de la OTAN se sintieran muy nerviosos ante el acuerdo contribuye a la ansiedad de los europeos. El debate político interno dentro de la Alianza no volverá a ser el mismo.

La Administración justifica el acuerdo pendiente señalando que los soviéticos van a renunciar a más cabezas nucleares que Estados Unidos. Pero la Unión Soviética no tiene por costumbre suscribir acuerdos desequilibrados. Su quid pro quo es un objetivo que los soviéticos han perseguido a lo largo de toda una generación: separar a Norteamérica de sus aliados europeos.

Este es un problema especial en la República Federal de Alemania. Ningún otro país se encuentra en una posición geográfica, política y psicológica tan precaria. Alemania occidental es todavía un Estado relativamente nuevo, con una capital artificial y unas fronteras esencialmente arbitrarias que surgieron de la conmoción y la desesperación de una guerra monstruosa. Al otro lado de los campos minados y alambradas de espino tiene al menos a 20 divisiones soviéticas con un alto grado de preparación militar. Ningún otro país necesita tan desesperadamente la firmeza y la sensibilidad de sus aliados. Sustos frecuentes amenazan su frágil confianza en sí mismos y la estabilidad que tanto costó conseguir. Un eminente líder europeo dijo poco después de Reikjavik: “Los misiles (de alcance medio) eran un corsé que unía Alemania con Occidente. Ahora estáis destruyendo ese corsé y nos va a tocar a nosotros pagar por ello.”

Además, si el presidente persiste en su ataque contra las armas nucleares y establece la desnuclearización como objetivo norteamericano preeminente, es segura una crisis con las potencias nucleares europeas, Gran Bretaña y Francia. No aceptan su proposición de que su seguridad aumentará si se eliminan las armas nucleares, ni creen tampoco que sea posible defender Europa sólo con fuerzas convencionales. Bajo el “shock” de Reikjavik consintieron el desmantelamiento de las armas norteamericanas estacionadas en Alemania, más que nada para evitar así la presión norteamericana para que renuncien a sus propias fuerzas nucleares.

Si se equivocan en esa suposición, resistirán fieramente cualquier ataque contra sus fuerzas nucleares. La crisis de la OTAN puede, por tanto, resumirse así:

El aparente cambio en la doctrina militar seguida por las cinco últimas administraciones coloca la carga principal de la defensa nuclear en Estados Unidos o en el mar. Esto sucede en un momento en el que las presiones presupuestarias del Congreso han puesto en duda los planes para desarrollar las nuevas armas necesarias para una estrategia más flexible.

Muchos europeos están convencidos de que, mientras tanto, se está creando un vacío que con el tiempo proporcionará a la Unión Soviética la capacidad de amenazar a Europa sin tener que preocuparse de los Estados Unidos. Utilizando términos más técnicos, las defensas de ambos lados del Atlántico estarán desvinculadas.

Este temor es aun mayor debido a que la superioridad convencional soviética no ha disminuido. A causa de ese desequilibrio, las manifestaciones de horror de la Administración por la guerra nuclear hacen estremecerse a los europeos, preocupados por la posibilidad de que Norteamérica se eche atrás ante sus compromisos nucleares. Todo esto hace probable que Europa busque otros caminos en los próximos años. Algunos países se sentirán tentados de maniobrar entre el Este y el Oeste y de extender la retórica de desnuclearización de la Administración a las armas en el campo de batalla. Otros seguirán la dirección opuesta e intentarán aumentar sus propias fuerzas nucleares.

En cualquiera de los casos, el viejo patrón de la tutela de Estados Unidos se acabará. Mientras que Estados Unidos no puede impedir por más tiempo estas tendencias, debería intentar canalizarlas en una dirección más constructiva. Debería respaldar las fuerzas nucleares europeas existentes, apoyar su coordinación y estimular una mayor identidad europea en asuntos de defensa y de control de armamentos. Donde sea posible, puede reforzar la cooperación política entre los dos lados del Atlántico. Donde no lo es, puede al menos poner un límite hasta el que puedan llegar los desacuerdos.

 

¿Cómo surgió la crisis?

Desde un principio, la OTAN se ha enfrentado con un dilema fundamental: hacer frente a la amenaza de un solo país, mientras que la Alianza está compuesta por muchos (últimamente 16) Estados soberanos, el más fuerte de los cuales está a más de cuatro mil millas de distancia de la mayoría del resto. Una coalición, por muy estrecha que sea, no puede estar –o aparentar estar– tan unida como un solo Estado. Estados Unidos ha actuado como si un compromiso legal pudiera hacer de la OTAN una sola unidad. Pero los europeos, con su experiencia en alianzas frágiles, han buscado siempre garantías más tangibles. Incluso en los primeros días de la OTAN, cuando Estados Unidos poseía una clara superioridad nuclear, los aliados insistieron en una presencia militar norteamericana importante en el Continente. Tenía poco sentido en términos de la doctrina militar imperante de “represalia nuclear masiva”, pero ofrecía garantías porque se pensaba –al menos subconscientemente– que Estados Unidos no tendría más opción que defender sus propias fuerzas.

En los años sesenta, la Unión Soviética inició su avance hacia la paridad y en los setenta, Estados Unidos y la Unión Soviética entraron en unas negociaciones para el control de armamentos encaminadas a hacer que un ataque nuclear fuera militarmente infructuoso. Hasta cierto punto han tenido éxito en ese aspecto. Pero un alejamiento nuclear pone en clara desventaja a la parte que puede escapar a la derrota sólo mediante el uso del armamento nuclear. Cuando la guerra nuclear pierde su base lógica, surge la inevitable pregunta de si cualquier nación se arriesgaría al suicidio nacional por un aliado, independientemente de lo íntimos que sean los lazos entre ellos.

Los europeos nunca han creído que las armas convencionales por sí solas fueran elementos disuasorios de confianza; demasiadas, guerras europeas han estallado cuando las fuerzas estaban aproximadamente al mismo nivel. Por consiguiente, la OTAN llegó a depender de las fuerzas nucleares norteamericanas para contrarrestar una amenaza soviética convencional más allá de cierto límite. Pero, inseguros en cuanto a una dependencia total de un arsenal norteamericano situado tan lejos, nuestros aliados querían tener derecho a influir en las decisiones norteamericanas. Para los europeos interesados por los temas de defensa, la cuestión no ha sido si Estados Unidos tenía la capacidad técnica de alcanzar a la Unión Soviética desde Norteamérica o desde el mar. La cuestión radica en si América utilizaría o no esa capacidad para la defensa de los intereses y la supervivencia europeos. Los europeos atlantistas decían que las armas nucleares de largo alcance en Europa proporcionarían el lazo indispensable entre la estrategia americana y la defensa europea.

Para ser sincero, este punto de vista nunca fue unánime. Una parte significativa de la opinión europea creyó siempre que Europa debía depender menos de los Estados Unidos y, sin embargo, servir como mediadora entre el Este y el Oeste. La polémica se hizo virulenta cuando Estados Unidos intentó desplegar misiles americanos de alcance medio en Europa al principio de los años ochenta. Al final, estos misiles sólo se introdujeron después de revueltas y manifestaciones que durante meses alteraron la tranquilidad interna de muchos países. Es imposible entender la reacción europea ante el próximo acuerdo INF si no se tiene en cuenta lo que los actuales dirigentes tuvieron que superar cuando se instalaron los misiles. Y el hecho de que algunos americanos de la línea dura apoyen el acuerdo con argumentos que hablan adelantado los que se oponían al despliegue ha aumentado la confusión psicológica.

 

Equilibrio de poder

La confusión y el enfado han sido especialmente acentuados en la República Federal Alemana. Alemania fue el último gran Estado europeo que se unificó. Su fundación no fue resultado de un movimiento popular; fue una decisión tomada por los príncipes de varios Estados alemanes bajo la dominación de Prusia. Precisamente debido a que la democracia y el nacionalismo fueron conceptos opuestos durante más de un siglo, el populismo alemán siempre ha estado dotado de un romanticismo abstracto y ha carecido del sentido de la proporción. Esto hizo que los problemas estratégicos creados por la situación geográfica de Alemania se convirtieran en una fuente permanente de inestabilidad para Europa. Antes de la unificación, Alemania había sido durante siglos el campo de batalla en el que sus vecinos se batían para mantener el equilibrio de poder en Europa. Después de la unificación, Alemania intentó –de forma comprensible, aunque insensata– alcanzar la seguridad enfrentándose con todos sus vecinos simultáneamente. Pero este esfuerzo dio lugar, de forma paradójica, a la peor pesadilla de Alemania: una coalición de Estados vecinos. Si Alemania era lo suficientemente fuerte como para derrotar a todos sus vecinos simultáneamente, estaba claro que era lo bastante fuerte como para arrollarlos individualmente. De este modo, los esfuerzos alemanes para escapar a su situación estratégica hicieron inevitable la primera guerra mundial. Durante siglos; Alemania ha sido o bien demasiado débil o bien demasiado fuerte para garantizar la paz en Europa.

Fue una enorme suerte para Occidente que, en el período que siguió a la segunda guerra mundial, el nuevo Estado alemán occidental estuviera bajo la dirección de un auténtico gran hombre, el canciller Konrad Adenauer. Adenauer comprendió que Alemania sólo podía encontrar sus raíces emocionales y superar el legado de desconfianza si resistía a las tentaciones creadas por la geografía y se unía firmemente a la Alianza Occidental. La actuación de Adenauer fue valerosa y difícil, mientras la Unión Soviética estaba convirtiendo una tercera parte del país en un puesto avanzado comunista, y mientras la apasionada oposición interna le acusaba de renunciar a la opción de la unificación en favor de la Alianza Atlántica y de la conexión americana.

Kurt Schumacher, el dirigente del Partido Socialdemócrata (SPD), era el máximo defensor de este punto de vista. Su partido había resistido heroicamente a los nazis y había introducido a algunos de sus hombres más valiosos en la política alemana. Pero precisamente porque el SPD representaba uno de los pocos elementos de continuidad histórica, defendía una política que equivalía a disfrazar el nacionalismo tradicional con atavíos neutrales es decir, cambiar los lazos occidentales por la unificación.

Los que se oponían a la OTAN terminaron por aceptar la integración de Alemania a Occidente. El legado de Adenauer fue tan fuerte que, en la década de los setenta, dos distinguidos cancilleres socialdemócratas, Willy Brandt y Helmut Schmidt, pudieron hacer importantes contribuciones a la política occidental (en parte debido a que un núcleo de la opinión pública alemana, incondicionalmente prooccidental, forjado durante los amargos debates de los años cincuenta, proporcionó una defensa contra el aventurismo).

El legado de Schumacher fue tan duradero como el de Adenauer. Sus discípulos nunca llegaron a superar totalmente sus dudas, y cuando el canciller Schmidt propuso el despliegue de misiles americanos de alcance medio en suelo alemán, el cataclismo que tuvo lugar dentro de su partido contribuyó a su caída. Desde entonces el SPD ha llevado a cabo un programa mucho más cercano al espíritu de su primer dirigente que al de su último canciller, un programa que insiste en las cuestiones nacionales, las políticas antinucleares y la autonomía alemana. Y como el tercer partido alemán –la Democracia Libre– sólo puede sobrevivir maniobrando entre los democristianos y los socialdemócratas, cualquier debilitamiento de los democristianos puede poner en peligro el curso estable de la política alemana.

He conocido a los dirigentes democristianos que durante décadas han sido responsables de la política exterior y de defensa. Después de haber prestado un apoyo incondicional a las políticas norteamericanas, se encuentran a la deriva en un mundo desconocido en el que los representantes americanos repiten las consignas antinucleares de sus adversarios. Se sienten resentidos por las presiones que les obligaron a renunciar a sus propios misiles de 450 millas de alcance, los Pershing 1A. (La verdad es que Washington negó haber ejercido ninguna presión. Sin embargo, al decir que estaba a punto de alcanzar un acuerdo histórico, implícitamente hizo responsable a Alemania en caso de que las conversaciones fracasaran.) Después de que el acuerdo INF entre en vigor, los misiles nucleares que queden en Alemania no podrán alcanzar objetivos fuera de Alemania occidental u oriental. No parece probable que ningún Gobierno de Bonn apoye una estrategia según la cual los alemanes son los únicos que están amenazados por una represalia nuclear que partiera de suelo alemán.

A medida que crece su desencanto con Estados Unidos, los alemanes que hasta ahora habían sido proatlantistas pueden buscar un consuelo emocional fomentando la llamada “cuestión alemana”. La Unión Soviética y sus aliados de Europa oriental no tienen ningún interés en la unificación de hecho. Pero no necesitan estar de acuerdo con la unificación para influir en la política alemana. La idea de que la situación de Alemania se aliviaría con un régimen comunista está ganando terreno. Manipulando esta consigna, los comunistas podrían hacer que la República. Federal desista de acercarse más a Occidente sin pagar el precio de la unificación.

La mayoría de los dirigentes europeos comparten esta valoración de la situación alemana. Y los dirigentes de Gran Bretaña y de Francia seguramente se preguntarán si sus propias fuerzas nucleares se verán sujetas a las mismas presiones que los Pershing lA en Alemania, en caso de que las conversaciones START progresen. La confusión dentro de la Alianza sería entonces total.

 

¿Qué debería hacerse?

Nadie puede pretender que exista un remedio sencillo para una crisis que lleva gestándose una década o más. Ni tampoco va a funcionar el viejo recurso de las múltiples promesas. Una cumbre de la OTAN –que se está discutiendo actualmente en Washington– podría, en el mejor de los casos, actuar como un tranquilizador momentáneo. Antes de que los jefes de Gobierno de la OTAN se reúnan, Estados Unidos debe decidir qué quiere decir y cómo lograr un consenso fiable a largo plazo.

Aquí podríamos enumerar algunos principios:

Es esencial para los Estados Unidos establecer una relación entre su retórica y su estrategia, y entre su defensa y su política de control de armamentos. El presidente Reagan no puede seguir insistiendo en el objetivo de la desnuclearización del mundo sin minar aún más el compromiso nuclear americano con Europa. Además, alguien debe hacer frente al hecho de que es imposible cumplir los eslóganes de la desnuclearización –y que por lo tanto son irresponsables–. Se han fabricado tantas armas nucleares y el territorio de las dos: superpotencias es tan amplio que sería imposible garantizar que todas estas armas han sido eliminadas. Ningún acuerdo: sobre desarme podría borrar el conocimiento de cómo hacer esas armas. Cualquier negociación tendría que tener en cuenta programas tanto abiertos como clandestinos en nuevos países nucleares. En resumen, no interesa a las democracias seguir confesando objetivos que son más sentimentales que realistas y descalificar unas armas que, hasta donde se puede ver, tendrán que ser la base de la defensa occidental.

El deporte popular de vapulear a Europa debe acabar. No es el momento de arreglar viejas revanchas, aunque sean reales. Los amigos tradicionales de América necesitan que se les tranquilice, no que se les den lecciones. En concreto, una época de desarme nuclear no es la ocasión apropiada para insistir en lo que se denomina “carga compartida” amenazando con retirar las fuerzas convencionales. Lo que falta sobre todo es un acuerdo sobre qué carga es precisamente la que se supone que hay que compartir.

Es urgente revisar la doctrina estratégica aliada, La relación entre fuerzas convencionales y nucleares se está perdiendo. He defendido durante treinta años que el umbral en el que las armas nucleares deben utilizarse debería ser mucho más alto. Pero hay que enfrentarse a unas cuantas realidades: Estados Unidos no va a obligar a hacer el servicio militar. Y ninguna nación occidental aumentará significativamente su presupuesto de Defensa, (de hecho la tendencia va en sentido contrario). Por lo tanto, el problema práctico es definir un umbral realista para las fuerzas convencionales y por una vez hacer can de él.

En la actualidad, el potencial para la desconfianza entre los dos lados del Atlántico es paralizante y profundo. Un número cada vez mayor de europeos, especialmente en Alemania, quiere retirar las armas nucleares de su suelo. La consecuencia práctica de esto sería trasladar totalmente los riesgos de la disuasión nuclear del país más amenazado al aliado más distante. Al mismo tiempo, la sugerencia de la Administración de que las armas de campo de batalla pueden sustituir a los misiles de alcance medio crea una impresión contraria en las mentes de muchos europeos –a saber, que América intenta confinar la destrucción nuclear al territorio europeo–. La Alianza no puede eludir por más tiempo una definición precisa de quién asume responsabilidades en tiempo de crisis y en qué plazo de tiempo.

Las fuerzas nucleares americanas asignadas al comandante de la OTAN deberían estar definidas de forma más precisa. Ahora que cualquier respuesta nuclear importante a una agresión soviética contra la OTAN tendrá que venir del mar o de América, algunas de las armas destinadas a este fin deberían colocarse bajo control de la OTAN de forma más inmediata y visible. Actualmente, las armas estratégicas americanas “asignadas” a la OTAN pertenecen a la Alianza sólo teóricamente. Un número concreto de ojivas entra dentro de esta categoría, pero no un número específico de submarinos, y los submarinos en los que están estacionadas las ojivas están en constante rotación. Pero como ha observado el ex comandante de la OTAN Bernard Rogers, los soviéticos no podrán distinguir las fuerzas asignadas a la OTAN del conjunto de la fuerza estratégica de Estados Unidos. Por lo tanto, se está haciendo casi imposible una respuesta nuclear flexible. Es imprescindible tomar algunas medidas concretas que otorguen al comandante de la OTAN un papel mayor y continuado en la supervisión de las armas destinadas a la defensa europea, así como un método que clarifique qué parte de las fuerzas estratégicas de Estados Unidos sirven para la respuesta flexible.

La política de defensa debe estar relacionada con la política de control de armamentos. Se puede predecir que la Unión Soviética aplicará el modelo de Reikjavik a las fuerzas convencionales, y más bien pronto que tarde. Se adelantará un esquema numérico ventajoso en apariencia para los Estados Unidos –por ejemplo, para empezar, la retirada de dos divisiones soviéticas por cada división americana–. Pero ese esquema no puede alterar la realidad de la proximidad soviética a Europa. Y el corolario inevitable sería congelar las fuerzas convencionales de la OTAN que queden. Si no se diseñan con cuidado, esos esquemas podrían reforzar la ventaja convencional soviética obligando a fuerzas de la OTAN más pequeñas a dispersarse para hacer frente a un agresor que tendría la opción de concentrar sus fuerzas. Hasta que la Alianza no llegue a un acuerdo sobre el umbral convencional deseable, no existe ningún criterio para valorar las reducciones convencionales.

De forma similar, es seguro que la presión para establecer zonas desnuclearizadas dentro de la Alianza aumentará. En mi opinión, la desnuclearización de Europa central abriría las puertas: de la neutralidad, fomentando doctrinas contra la utilización el primer lugar, lo que implicaría que la Alianza prefiera ser derrota da por fuerzas convencionales antes que utilizar armamento nuclear. Esto explica, sin lugar a dudas, por qué la primera ministra Margaret Thatcher ha rechazado que se lleven a cabo más reducciones nucleares en Europa hasta que exista un equilibrio entre las armas convencionales y químicas de los aliados y del bloque soviético. Ha visto que la Alianza iba peligrosamente a la deriva hacia una impotencia militar autoimpuesta, en la que las negociaciones START eliminaran la lógica de la represalia con armas estratégicas, las negociaciones INF previenen la represalia desde territorio europeo y las conversaciones convencionales amenazan con congelar un equilibrio convencional desfavorable.

Estados Unidos debería fomentar un mayor sentido de identidad europea en materia de defensa. A raíz de Reikjavik y de la tentativa de acuerdo INF, es seguro que los europeos buscarán una mayor dependencia en sí mismos. La única incógnita que queda por despejar es si sus esfuerzos se materializarán en una postura de neutralidad o en una defensa común europea. Los actuales Gobiernos en Gran Bretaña y Francia acelerarán, casi con toda seguridad, su rearme nuclear, dando a éste prioridad sobre un refuerzo convencional; en el resto de Europa, los individuos interesados en temas de defensa intentarán fomentar un concepto de seguridad específicamente europeo. Estados Unidos debería apoyar estas tendencias, ya que la otra alternativa es la neutralidad.

 

Identidad europea

Si se deja que Europa asuma una mayor responsabilidad en su propia defensa, a la larga se reforzarán los lazos atlánticos y se ayudará a Alemania a superar su sentido de aislamiento. A lo largo de una generación, Washington ha apoyado al Mercado Común, que supone una competencia frente a Estados Unidos. Por consiguiente, debería abandonar sus reservas históricas y acoger favorablemente una identidad europea de defensa, que al fin y al cabo acabará por estimular la cooperación atlántica. No existe un conflicto Este-Oeste previsible del que Europa pueda salir mejor librada sin el apoyo norteamericano. Esta es la razón por la que, si los británicos y los franceses pueden llegar a un acuerdo para coordinar sus fuerzas nucleares, Estados Unidos debería animarlo como un importante primer paso hacia un mayor papel europeo en la defensa nuclear. Para simbolizar su confianza en el nuevo orden, Estados Unidos debería permitir que el comandante militar de la OTAN sea un europeo. Por otro lado, el secretario general, el representante político de la OTAN, podría ser un norteamericano, una inversión de los papeles tradicionales que demostraría que la Alianza se va adaptando a las nuevas condiciones políticas.

Hace unas pocas semanas, un europeo que desempeña un cargo de responsabilidad me dijo que, aunque estaba de acuerdo con mi análisis, había llegado a la conclusión de que la oposición a algo que era inevitable reduciría su eficacia. “Recuerde –dijo– que hasta Churchill se habría quemado sí Hitler no hubiera sido tan estúpidamente impaciente.”

Mi sabio amigo europeo tenía razón. Los soviéticos no van a ser tan estúpidamente impacientes. Las democracias van a tener que salvarse a sí mismas. Si hacen frente a las nuevas realidades con creatividad, todavía están a tiempo de revitalizar su Alianza.