El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, participa en las primeras oraciones realizadas en la reconvertida mezquita de Santa Sofía el 24 de julio. GETTY

El supremacismo otomano: Recep Tayip Erdogan

La reislamización de Santa Sofía cumple un viejo sueño de Erdogan: como estambulí, exalcalde de su ciudad natal y reinventor del islamismo político turco.
LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE
 |  14 de agosto de 2020

El islam, la absurda teología de un beduino inmoral, es una daga venenosa clavada en el corazón de nuestro pueblo”.
Mustafá Kemal Atatürk (1881-1938)

Nadie podrá evitar que el islam crezca hasta ser un inmenso
árbol de justicia en el centro de Europa
”.
Recep Tayip Erdogan (1954-)

Ambos citados por Pankaj Mishra en The Age of Anger (2017)

 

La reislamización de Santa Sofía –la majestuosa basílica que ordenó construir Justiniano y que fue, desde que se concluyó en 537, el centro del imperio Bizantino y la cristiandad ortodoxa durante casi un milenio– cumplió un viejo sueño del presidente turco, Recep Taryip Erdogan: como estambulí, exalcalde de su ciudad natal y reinventor del islamismo político turco. La restauración del simbolismo religioso de Hagia Sophia (sagrada sabiduría en griego, Άγια Σοφία) vinculaba el acto además con el esplendor otomano. El islamista AKP (Adalet ve Kalkınma Partisi, Partido de la Justicia y el Desarrollo), en el poder desde 2002, predica que solo la fe, la tradición, la autoridad, la jerarquía y la obediencia pueden devolver a la nación turca su pasada grandeza.

La imagen de Erdogan participando en el rezo del Corán en el resacralizado antiguo corazón religioso del imperio Otomano –y nada casualmente cerca del cuarto aniversario de la asonada militar del verano de 2016– cerraba simbólicamente el paréntesis de la república laica fundada Mustafá Kemal Atatürk (padre de los turcos) en 1923 sobre las cenizas del imperio Otomano.

El 2 de febrero de 1935, Kemal convirtió la Gran Mezquita de Ayasofy en un museo para, entre otras cosas, desvincularla de su pasado islámico y de la Sublime Puerta –la abreviatura taquigráfica francesa que designaba al Sultanato turco-otomano–, que en sus siglos de esplendor era un universo entero que abarcaba el norte de África, Oriente Próximo y los Balcanes.

 

Renacimiento otomano

El poder de los sultanes-califas de Estambul residía en lo que T. S. Eliot llamó “el punto inmóvil del mundo que gira”: donde convergen el Cuerno de Oro, los estrechos del Bósforo y el mar de Mármara y en el que Constantino fundó en el año 330 la mítica capital del imperio Romano de oriente sobre la ciudad griega de Bizancio.

Erdogan, que ha sembrado Turquía de proyectos faraónicos como el aeropuerto de Estambul, el más grande de Europa, conoce el valor político de la retórica arquitectónica, sobre todo en una ciudad en la que convergen las placas tectónicas geopolíticas del mundo greco-eslavo ortodoxo y el turco.

El renacimiento del otomanismo es visible. En 2016, un muecín llamó a la oración dentro de Santa Sofía por primera vez desde 1934. Fatih 1453, la película más taquillera de la historia turca, describe con una deslumbrante puesta en escena hollywoodense la toma de Constantinopla por Mehmed II.

Según Elizabeth Prodromou, que investiga las relaciones entre el islam político y la cristiandad ortodoxa, el orden político del AKP ha hecho que los secularistas turcos sepan lo que significa ser una “minoría religiosa”. La profesora de la Universidad de Tufts cree que el objetivo último de Erdogan es convertir a Turquía, el Estado más estable surgido del colapso otomano, en el líder indiscutido del mundo suní, por encima de Arabia Saudí y Egipto.

Al anunciar su decisión sobre Santa Sofía en un discurso televisado, Erdogan no mencionó a Kemal, pero sí a las maldiciones que Mehmet II consignó en su testamento para quienes se atrevieran a cambiar el status de Ayasofy. Puede darse por satisfecho. Un 73% de los turcos ha considerado el cambio como una cuestión de soberanía. Cadenas de televisión desde Marruecos y Pakistán y desde Indonesia y Bangladesh cortaron sus transmisiones habituales para dar paso a las oraciones del viernes en Santa Sofía, donde los iconos bizantinos fueron cubiertos con cortinas blancas para cumplir las prescripciones iconoclastas coránicas.

El legado otomano justifica, según Erdogan, la participación turca en el antiguo espacio imperial: Gaza, Siria, Libia, Kosovo, Irak, Azerbaiyán, Afganistán, Somalia y hasta Xinjiang, por el origen turcomano de los uigures de esa provincia china. “Allí donde nuestros antepasados fueron a caballo –dice–, también iremos nosotros”.

 

Selyúcidas y osmanlíes

Dado que el imperio Otomano –el “hombre enfermo de Europa”, como se le llamaba en el siglo XIX– tenía una mala salud de hierro y tardó siglos en morir, sus raíces son profundas en los extensos territorios que dominó. Y sobre todo en Turquía, poblada por los descendientes de las tribus nómadas de jinetes y guerreros centroasiáticos que se islamizaron en la actual Anatolia desde el siglo IX y cuyo pasado de conquistas Erdogan no deja de exaltar porque la épica otomana es útil para su discurso nacionalista.

En el siglo VI, los chinos llamaron tu-kiu a esos grupos, que hablaban una lengua ural-altaica emparentada con el finés y el magyar y que terminaron fundando un imperio islámico basado en las tradiciones del califato árabe abasí. Los descendientes de dos de esas tribus –los selyúcidas y los osmanlíes (u otomanos, por Osmán, su líder en el siglo XIII)– conquistaron la capital bizantina en 1453 y la convirtieron en la capital de su imperio, que se extendió en su momento desde las puertas de Viena hasta Yemen y desde las fronteras de Marruecos hasta Mesopotamia.

Según la leyenda, tras leer por primera vez el Corán, Osmán tuvo un sueño en el que un ángel le reveló que desde Constantinopla su pueblo dominaría las montañas del Cáucaso, el Atlas, el Taurus y los Balcanes y los valles del Tigris, el Éufrates, el Nilo y el Danubio. Los torreones del palacio de Topkapi recuerdan las tiendas del desierto de Kara Kum, en Asia central.

 

Suspicacias occidentales

Fuera del mundo musulmán, casi nade ha recibido bien la noticia, por lo que supone como un golpe al pluralismo religioso. En Grecia cientos de iglesias ortodoxas izaron banderas griegas a media asta. Su primer ministro, Kyriakos Mitsotakis, declaró que Turquía estaba desafiando “valores universales”.

Kirill, patriarca de la iglesia Ortodoxa rusa, la calificó de “amenaza a toda la civilización cristiana”. El papa Francisco dijo sentirse “apenado profundamente”. La directora general de la Unesco, Audrey Azoulay, lamentó la alteración de un status que reflejaba la “naturaleza universal” de su legado.

Hasta Orhan Pamuk, el premio Nobel de Literatura turco, dijo que el mensaje al resto del mundo era que Turquía había dejado de ser una país secular. El alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, líder del mayor partido opositor turco, denunció el oportunismo político de la medida en medio de una crisis que va a contraer la economía al menos un 5%, según el FMI.

Pero no es un gesto aislado. Solo en la última década, cinco antiguas iglesias bizantinas han sido convertidas en mezquitas. Cientos de restos arqueológicos de la época clásica griega y bizantina yacen en ruinas por todo el país, deliberadamente destruidas o abandonadas por la desidia.

 

El fin del Califato

Kemal, que lideró la heroica resistencia turca contra la ocupación aliada tras la Gran Guerra, creía que su misión era cambiar el sistema de valores entero de los turcos. En diciembre de 1934 prohibió el uso de turbantes y túnicas fuera de los lugares de culto. En mayo de 1935 trasladó el día de descanso semanal del viernes al domingo y la capital a Ankara, en el corazón del Turkestán pagano, donde el buey dorado brillaba sobre la luna creciente.

La abolición del Califato (خِلافة en árabe), el sistema religioso establecido por el profeta y que había heredado la Sublime Puerta, acabó con las esperanzas políticas de los panislamistas de todo el mundo. El último califa, Abdülmecit, murió en el exilio en París en 1944.

Kemal, que de adolescente aprendió francés para leer a Voltaire en su lengua materna, sustituyó la sharía por el derecho penal italiano. El calendario musulmán, los alfabetos y medidas árabes se convirtieron en vestigios y los caracteres de los antiguos infieles francos, en “letras turcas”.

En The Ends of the Earth (1997), Robert Kaplan sostiene que los turcos adoptaron el islam como religión, no como sistema social, por lo que conservaron un paganismo latente, lo que explica la secularización kemalista entre 1920 y 1930. El mausoleo en Ankara de Kemal es un templo heleno de arquitectura griega clásica, con antorchas esculpidas en los muros y huellas de lobo grabadas en el suelo.

 

Una rama de olivo

Al secularizar Santa Sofía, Kemal tendía además una rama de olivo a griegos y europeos tras el convulso nacimiento de la República. En 1919, pocos extranjeros habían escuchado hablar de Kemal, ya famoso en Turquía tras su paso por los campos de batalla de Gallipoli. Cuatro años después, había humillado a Grecia, Francia, Italia y Reino Unido y expulsado de Tracia y Anatolia a sus ejércitos.

La República acabó con el mosaico multilingüe otomano. A principios de siglo, cuando Kemal viajó de su Salónica natal a Estambul para ingresar en la escuela militar, solo la mitad de su población era musulmana. El resto eran judíos sefardíes, armenios, rumanos, albaneses y griegos.

En Salónica, donde la mitad de la población era sefardí, su próspera comunidad judía subsistió hasta 1943, cuando la “solución final” nazi embarcó a 65.000 de ellos a Auschwitz-Birkenau. Solo 2.000 sobrevivieron al Holocausto.

El Patriarca ecuménico ortodoxo tenía su sede en el Fanar (faro en griego), el barrio griego de Constantinopla. Tras la toma de Esmirna por las tropas turcas en agosto de 1922, unos 1,1 millones de antiguos súbditos otomanos greco-ortodoxos, muchos de los cuales no hablaban griego, se refugiaron en Grecia. Unos 380.000 musulmanes de Creta y Macedonia fueron transferidos a Turquía. Hoy solo quedan en toda Turquía unos 2.000 greco-ortodoxos y unos 60.000 armenios.

 

Quiebra kemalista

El kemalismo –en sus versiones civil, militar y cívico-militar– terminó corroído hasta la médula por la corrupción. Kemal –aficionado al lujo, las mujeres y el whisky y que murió por una cirrosis hepática– era un conservador revolucionario que creía en la ley y el orden. Tras el genocidio armenio y la expulsión de los griegos, el país tenía por primera vez una mayoría musulmana (99%).

La primera Constitución estableció un Estado centralizado y monolingüe, lo que supuso una agresión cultural contra los kurdos de los montes Zargos y Taurus. La de 1982 consagró el papel tutelar de los militares del Estado laico.

Necmettin Erbakan, el principal político islamista de la posguerra, vio ilegalizados cuatro de los partidos que fundó. Cuando finalmente fue elegido primer ministro en 1996, fue “invitado” a renunciar por los militares pocos meses después por actividades “antiseculares”. Desde 1945 hasta 2002, el país tuvo un nuevo gobierno casi cada nueve meses. Cuando en 2001 la inflación alcanzó el 70%, los tipos de interés el 6.200%, la lira perdió la mitad de su valor y el país tuvo que ser rescatado por el FMI, el régimen quebró.

 

La hora del AKP

En 2002, el AKP ganó las elecciones con el 32% de los votos, tres veces más votos que su inmediato rival. Como alcalde de Estambul, Erdogan se había ganado la fama de administrador eficiente. Ak es sinónimo de limpio en turco.

Su base social eran los sectores sin contactos con las élites: musulmanes practicantes de la Anatolia profunda y sus hijos y nietos emigrados a Estambul, Izmir y Ankara. En 1980, el 43,9% de los turcos vivía en ciudades. En 1990 eran el 59%. Estambul crecía esos años a una tasa anual del 4,5%. Su burguesía emergente se hizo de pequeños negocios y comercios y de deseos y ambiciones de clase media.

Pero en lugar de “estambulizarse”, fueron ellos los que “anatolizaron” Estambul, expresando su descontento en términos religiosos. Al fin y al cabo, el Corán es un compendio de principios morales pero también es un código civil y penal. Anatolia, en turco, señala Kaplan, se llama Anadolu, algo así como “filón madre”.

En una sociedad como la turca, basada en fuertes lazos familiares, el islam político llenó los vacíos que dejaba el Estado laico. Erdogan, un orador carismático, restauró el orden tras los golpes militares de 1960, 1971 y 1980. De un día para otro, la magistratura, la patronal, las universidades, la policía… se abrieron a los musulmanes piadosos. Entre 2002 y 2012, la deuda pública bajó del 90% al 40%, la inflación a un dígito por primera vez en 30 años, y la renta per cápita pasó de 3.500 a 10.500 dólares.

 

‘Neosultanismo’

Desde que fue reelegido en 2007, el estilo de Erdogan se hizo cada vez más sectario, acusando de quintacoluministas a sus adversarios y dando rienda suelta a sus instintos autocráticos. Tras la asonada militar del verano de 2016, Erdogan convirtió el régimen parlamentario en uno hiperpresidencialista, con él como jefe de Estado. Según escriben Gonul Tol y Ayca Alemdaroglu en Foreign Policy, casi 20 años en el poder han permitido al AKP crear una sofisticada infraestructura de nepotismo y corrupción. Como en Animal Farm (1945), la sarcástica fábula sobre el poder político de Orwell, en nombre del islam y el otomanismo, el AKP se ha convertido en una réplica perfecta del “Estado profundo” kemalista.

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