Hablar del soft power (poder blando) estadounidense menos de un año después de la muerte del politólogo Joseph Nye es al mismo tiempo un homenaje y un lamento. Nye acuñó el término y el concepto de soft power, que hoy forma parte del vocabulario habitual de la política exterior y la seguridad internacional. El hard power es el poder de la coerción y de los incentivos materiales: los palos y las zanahorias de los que dispone un país para obligar a otro a hacer lo que quiere. El soft power, en cambio, es el poder de la atracción: la capacidad de lograr que otros hagan lo que uno desea porque ellos también quieren hacerlo.
Para muchos asistentes a la Conferencia de Seguridad de Múnich, el declive del soft power estadounidense resulta evidente. El discurso pronunciado el año pasado por el vicepresidente JD Vance fue interpretado como un ataque directo a los valores que los gobiernos europeos y estadounidenses compartieron durante todo el siglo XX y buena parte del XXI. Un año después, el soft power de Estados Unidos parece haberse evaporado.
Nye subrayaba que el soft power no es lo mismo que influencia o persuasión. Más bien, “descansa en la capacidad de moldear las preferencias de otros”, de lograr que quieran lo mismo que uno quiere. Se nutre de tres fuentes principales: la cultura de un país (cuando resulta atractiva para otros), sus valores políticos (cuando se aplican tanto dentro como fuera del país) y su política exterior (cuando se percibe como legítima y dotada de autoridad moral).
Pero ¿cómo se traducen exactamente estos factores en resultados concretos para el país que ejerce ese poder? Robert Keohane, amigo cercano y colaborador de Nye, describía recientemente uno de los mecanismos posibles: los Estados que gozan de una imagen positiva entre las opiniones públicas extranjeras tienen más probabilidades de convencer a otros gobiernos de que sus intenciones son sinceras y, por tanto, de construir coaliciones para alcanzar objetivos comunes. El propio Nye sostenía que un país puede lograr los resultados que desea en la política mundial porque otros –admirando sus valores o aspirando a su prosperidad y apertura– quieren seguir su ejemplo.
Para los estadounidenses que viajan al extranjero, el declive del atractivo de su país resulta evidente. Taxistas les dicen que Estados Unidos ha perdido el rumbo. Amigos en Canadá, Europa o Japón confiesan sentirse de luto por el país que conocieron y que ahora apenas reconocen. Columnistas y podcasters se asombran ante lo que describen como “autogoles”: una aparente destrucción voluntaria del soft power estadounidense.
De forma más sistemática, Nye y Keohane enumeraron las diversas maneras en que Trump está debilitando ese capital de influencia en un artículo publicado en Foreign Affairs en junio de 2025, poco después de la muerte de Nye. Entre sus preocupaciones figuraban una larga lista de factores: la creciente dependencia de la coerción y el hard power, que desplaza al soft power; declaraciones y políticas que erosionan la confianza de los aliados; la retirada de instituciones internacionales que otorgan legitimidad; la pérdida de autoridad moral al abandonar la promoción de la democracia y los derechos humanos como objetivos de política exterior; el ataque a la interdependencia comercial, presentada como una vulnerabilidad; y los recortes a la financiación científica o el cierre de las fronteras estadounidenses a gran parte del mundo. Todo ello, advertían, abre oportunidades para China.
Keohane y Nye formularon su análisis con cautela, advirtiendo de las consecuencias potenciales de las políticas de Trump sin afirmar que el soft power estadounidense estuviera definitivamente dañado. Sin embargo, sus predicciones parecen empezar a cumplirse. Una encuesta realizada a finales de 2025 por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) y el proyecto de Oxford Europe in a Changing World se presentó con un titular revelador: “Cómo Trump está haciendo grande a China de nuevo”. Según el estudio, Trump ha alienado profundamente a los aliados tradicionales de Estados Unidos y ha convencido a varias potencias medias –Brasil, Sudáfrica, India o Turquía– de que pueden relacionarse simultáneamente con Washington y Pekín.
En Europa cae, en el resto del mundo resiste
Al analizar los datos de la encuesta, lo más llamativo es hasta qué punto confirman la explicación de Nye sobre las fuentes del soft power. Este se basa en los valores políticos y la política exterior, pero solo cuando un país vive realmente de acuerdo con esos valores y cuando sus políticas se perciben como legítimas.
En Europa occidental, donde durante décadas se compartió con Estados Unidos una visión de la política exterior basada en valores y en un orden internacional liberal sustentado en el derecho internacional, el declive es espectacular. En los diez países europeos encuestados, solo un 16 % de los ciudadanos considera hoy a Estados Unidos un aliado, mientras que un 20 % lo percibe como rival o incluso enemigo.
Trump ha rechazado los valores de democracia, libertad, igualdad y justicia –o los ha reinterpretado radicalmente– en favor de un nacionalismo de grandes potencias y una política exterior abiertamente transaccional. Los públicos que antes se sentían atraídos por Estados Unidos y querían formar parte de coaliciones lideradas por Washington hoy reaccionan con rechazo.
Sin embargo, las potencias medias del resto del mundo se muestran mucho menos afectadas. Sus opiniones públicas reconocen el ascenso de China y se sienten cada vez más atraídas por ella, pero no muestran el mismo rechazo hacia Estados Unidos. Los autores del informe del ECFR sugieren que estos países ven más oportunidades para promover sus propios intereses en un orden multipolar en el que dos superpotencias igualmente transaccionales compiten entre sí.
También es posible que esas sociedades nunca hayan creído del todo que Estados Unidos actuara conforme a los valores que proclamaba, ni que su política exterior fuese especialmente legítima o moral. No hay que olvidar que muchos de estos países pertenecieron al Movimiento de Países No Alineados durante la Guerra Fría, negándose a elegir entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El poder de atracción estadounidense nunca fue allí tan fuerte.
¿Importa realmente el declive?
La pregunta clave es si esta caída del soft power estadounidense tiene consecuencias prácticas. ¿Hasta qué punto el cambio en la opinión pública responde realmente a un deterioro del soft power –la percepción de valores y legitimidad– y no simplemente al uso creciente del hard power? Trump ha impuesto aranceles a aliados tradicionales y ha llegado a amenazar con el uso de la fuerza militar para apropiarse de su territorio. Esa es la esencia misma del hard power.
Además, el soft power se mide por la capacidad de un país para conseguir lo que desea de forma más fácil o menos costosa. La caída del atractivo estadounidense entre antiguos aliados hará mucho más difícil construir con ellos coaliciones diplomáticas o militares frente a Rusia y China, coordinar posiciones en instituciones internacionales o promover conjuntamente la democracia y los derechos humanos en América Latina, África o Oriente Próximo. Pero esas eran las prioridades de presidentes anteriores. No necesariamente las de Trump.
Según su Estrategia de Seguridad Nacional, Estados Unidos tiene cinco “intereses nacionales básicos y vitales”. En síntesis: Un hemisferio occidental estable, capaz de reducir los flujos de migración irregular, drogas y crimen hacia Estados Unidos y lo suficientemente favorable como para excluir a otras grandes potencias; una economía estadounidense protegida frente a China, con libertad de navegación en el Indo-Pacífico que garantice cadenas de suministro seguras y acceso a recursos críticos; una Europa formada por Estados soberanos y nacionalistas, decididos a preservar su identidad “occidental”, mediante el fortalecimiento de partidos patrióticos aliados de Washington; un Oriente Próximo no dominado por potencias adversarias que puedan bloquear el acceso estadounidense a recursos energéticos o rutas estratégicas, como ha puesto de relieve la guerra con Irán, y la supremacía tecnológica de Estados Unidos en inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica, así como en los estándares que regulen estas tecnologías.
La estrategia menciona el “incomparable soft power e influencia cultural” de Estados Unidos como uno de los instrumentos para alcanzar estos objetivos. Pero los valores y políticas que sustentan ese poder de atracción son muy distintos de los que Nye defendió durante toda su vida.
Verdades universales
El poder de atracción siempre depende de quienes se sienten atraídos. Construir soft power para reducir los costes de formar coaliciones depende también de para qué quiere utilizarlas un gobierno. Los valores pueden reinterpretarse e incluso distorsionarse.
Como liberal universalista, sigo creyendo que los principios fundamentales de la Declaración de Independencia –igualdad, vida, libertad, justicia, seguridad y consentimiento de los gobernados– contienen una verdad universal. Todos los seres humanos los desean y saben reconocer cuándo se vulneran o se deforman. Por eso tienen una enorme fuerza moral.
Por ahora, como argumentó el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos, la antorcha de la libertad y del Estado de derecho parece haber pasado del puerto de Nueva York a Ottawa, Bruselas y a aquellas potencias medias dispuestas a construir un nuevo orden internacional basado en normas.
Artículo traducido del inglés. Publicado originalmente en Internationale Politik Quarterly (IPQ).
