El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, durante un discurso en el Palacio de Planalto, en Brasilia, el 9 de diciembre de 2019/GETTY

Los retos de un presidente debilitado

Elecciones municipales, redefinición del cuadro político, tensiones institucionales, posible mejoría económica… Bienvenido a 2020, Jair.
Esther Solano Gallego
 |  7 de enero de 2020

Hace un año, Brasil contemplaba, todavía atónito, la investidura como presidente de Jair Bolsonaro –al que habían votado 57,8 millones de personas–, el líder del ejecutivo más a la derecha de la historia democrática del país. Doce meses después, Bolsonaro se enfrenta a no pocos desafíos. Según datos de la encuesta de popularidad del Instituto Ibope del 20 de diciembre de 2019, el 38% de los brasileños considera el gobierno actual malo o pésimo (en abril la cifra era del 27%), frente a un 29% que lo considera bueno (en abril, 35%). Un índice de confianza lejos del que tenía cuando llegó al Palacio de Planalto.

El estilo de gobernar de Bolsonaro –arisco, bruto y carente de habilidad negociadora– con un Congreso de los Diputados que puede llegar a ser más poderoso que el propio presidente, le ha llevado a estancarse políticamente con frecuencia. En Brasil, con su modelo de presidencialismo de coalición, el presidente puede llegar a ser rehén del Congreso. Bolsonaro intentó aproximarse a los grupos parlamentarios relacionados con los negocios agropecuarios y los pastores evangélicos, intentando ignorar a los partidos, pero no le ha salido bien. Muchas de las reformas y proyectos de ley que quería implementar han tardado mucho en realizarse o no se han llegado a votar, debido a su incapacidad de tejer alianzas con los 32 partidos presentes en el hemiciclo. La reforma de las pensiones tardó un año en salir adelante, y solo lo hizo por el empeño del presidente de la Cámara de los Diputados, Rodrigo Maia –de los Demócratas (DEM)–, el hombre que está aprovechando la debilidad política de Bolsonaro para acumular una enorme dosis de poder.

A la dificultad de establecer una base aliada sólida dentro de su propio partido, el Partido Social Liberal (PSL), se suma que este es investigado por candidaturas fantasma durante la campaña electoral de 2018. Varios miembros han sido señalados por desvíos improcedentes del dinero del fondo electoral, entre ellos el ministro de Turismo, Marcelo Álvaro Antonio. En paralelo a este escándalo, el presidente se enfrentará este año a uno de sus momentos más duros: las investigaciones contra su hijo, Flavio Bolsonaro, hoy senador, acusado de malversación de fondos públicos, blanqueo de dinero y organización delictiva.

Estas crisis enfrentaron públicamente a Bolsonaro y sus hijos con miembros importantes del PSL, como su presidente, Luciano Bivar, o la popular diputada Joice Hasselmann. Los enfrentamientos llegaron a tal punto que, hecho inédito en la historia de la democracia brasileña, Bolsonaro decidió salir del PSL y fundar junto con sus hijos un “partido-clan”, llamado Alianza por Brasil, cuyo lema es “partido conservador, que respeta todas las religiones, respalda los valores familiares, apoya el derecho a la legítima defensa, el derecho a poseer un arma de fuego, el libre comercio con todo el mundo, sin ninguna agenda ideológica”. La nueva creación fue tan abrupta que no sabemos si llegará a tiempo para inscribirse en el Tribunal Superior Electoral y poder presentar candidaturas para las importantes elecciones municipales de este año. Lo que está claro es que el nuevo partido es políticamente muy débil y deja a Bolsonaro todavía más aislado.

Bolsonaro también atraviesa dificultades con otros grupos aliados, como el militar. El énfasis reciente del presidente en apoyar la acción bélica estadounidense contra Irak, que tuvo como consecuencia el asesinato del general iraní Qasim Soleimani, ha abierto una brecha con las Fuerzas Armadas, incluso con el muy influyente general Augusto Heleno, ministro del Gabinete de Seguridad Institucional, que prefieren mantener una posición de neutralidad.

Si Bolsonaro no consigue salir de esta posición de fragilidad, dificultará la aprobación de importantes reformas esperadas para este año, sobre todo la tributaria, que el ministro de Economía, Paulo Guedes, ya tiene lista.

 

La baza de la economía

La vaticinada salida de la crisis económica es la mejor baza de Bolsonaro. Una esperadísima reforma de las jubilaciones, además de varios paquetes de privatizaciones, concesiones y contención del gasto público hacen que el mercado espere un comienzo, aunque lento, de la recuperación. La previsión del crecimiento del PIB para 2020 es, según Banco Central de Brasil, del 2,2%. También el Fondo Monetario Internacional (FMI) espera que Brasil duplique su crecimiento hasta situarse cerca del 2%. En diciembre de 2019, el director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, Alejandro Werner, explicó que la institución rebajó su previsión inicial a causa de los desastres naturales y porque la recuperación de la inversión generada por el programa de reformas todavía no se había materializado, esperando que los frutos se vean a lo largo de este año.

Los grandes retos son el paro, que todavía ronda la cifra del 11%, y sobre todo la tasa de informalidad, que según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística batió records en 2019, llegando a 41%, lo que equivale a casi 39 millones de trabajadores informales.

 

Violencia en el campo

Uno de los principales desafíos de Bolsonaro, también a nivel internacional, es su gestión medioambiental. El ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, negacionista del cambio climático, desarticuló casi en su totalidad los aparatos de control y fiscalización medioambiental de su ministerio. ¿Resultado? El avance de los latifundios sobre tierras indígenas, el aumento descontrolado de la deforestación y una región Amazónica en llamas. Según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, el número de focos de incendio en esta zona sufrió un aumento del 83% respecto al año pasado. También ha aumentado el número de asesinatos de líderes indígenas y campesinos. La Comisión Pastoral de la Tierra, que monitorea estos crímenes, concluyó que 2019 fue un año record de violencia contra indígenas. Nueve líderes indígenas han sido víctimas de homicidio. El campo con Bolsonaro es cada vez más violento y más desigual, en un país que cada vez tiene mayor concentración propietaria agrícola: el 1% de los propietarios rurales concentra el 45% de las tierras productivas de Brasil.

 

Recomposición del centro político y la oposición petista

Si Bolsonaro se enfrenta a un 2020 intenso, el resto de las fuerzas políticas no lo tendrán más fácil. El gran partido de la oposición, el Partido de los Trabajadores (PT), se encuentra en un momento de definiciones. La salida de Lula da Silva de la cárcel en noviembre de 2019 supuso un gran alivio para los simpatizantes petistas. Siendo Lula como es, no perdió ni un día en comenzar a recorrer el país y organizar conversaciones para tejer alianzas que fortalezcan a la oposición de cara a las elecciones municipales, una gran prueba tanto para el bolsonarismo como para el petismo. Según la última encuesta electoral, del pasado diciembre, si las elecciones fueran ahora y Lula pudiera ser candidato, Bolsonaro tendría en 32% de los votos y Lula el 29%. Pero Lula podría volver a prisión, porque todavía tiene varios juicios pendientes. La gran oportunidad petista es que Bolsonaro pierde apoyo entre los más pobres. Según otra encuesta, esta de Datafolha, también de diciembre, solo 22% de los más pobres consideraba su gobierno positivamente, frente al 44% de los más ricos: ahí es donde el PT puede actuar. El problema es que el híperpersonalismo de Lula ofusca rumbos, estrategias y nombres nuevos.

La última gran incógnita de 2020 será cómo recomponer el centro y centro-derecha político, que desapareció totalmente con las elecciones de 2018 a raíz de la dramática actuación del candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que obtuvo un ridículo 4,7% de los votos. Varios candidatos se pelean por llenar este vacío, viendo, por un lado, que Bolsonaro no tiene la popularidad que tenía y, por otro, que el antipetismo todavía continua muy presente. Una posible “tercera vía” que podría convencer a un 30% del electorado insatisfecho con Bolsonaro pero sin predisposición a votar por el petismo. En la lucha están el propio PSDB y su figura más fuerte, el gobernador del Estado de São Paulo, João Dória; el anterior candidato, Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista (PDT), y posiblemente outsiders como el popular presentador de televisión, Luciano Huck, representante de lo que él denomina la “renovación política”.

Elecciones municipales, redefinición del cuadro político, tensiones institucionales, posible mejoría económica… Bienvenido a 2020, Jair.

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