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#Afkar48: Rusia en el Mediterráneo oriental

#Afkar48: Rusia en el Mediterráneo oriental

Editorial | 21 de diciembre del 2015

El 13 de noviembre el grupo Estado Islámico (EI) atentaba de nuevo en París, para matar a 130 personas y hacer más de 350 heridos, algunos de ellos muy graves. Se esperaba un ataque desde que en enero, 10 meses antes, llegaran los atentados contra Charlie Hebdo. A pesar de la movilización expresada entonces por el pueblo francés y por las democracias del mundo, los responsables no habían cesado de recordarlo: la amenaza estaba ahí. La cuestión no era saber si habría nuevos atentados en París, sino cuándo llegarían. El objetivo estaba claro: extender el miedo en Francia, Europa y el mundo entero. Y se consiguió: el ataque dejaba a Europa en estado de shock.

Tras el atentado, el presidente de la República declaraba: “Francia está en guerra contra un nuevo terrorismo…”. Comenzaba entonces una ofensiva diplomática para formar una gran coalición internacional destinada a luchar contra el EI. Pero aunque para acabar con el EI la intervención militar pareciera ineludible, ésta no tendrá éxito si no se enmarca dentro de una estrategia más amplia. Para combatir a los terroristas y la ideología totalitaria que buscan imponer, Europa deberá utilizar todos los medios –militares, políticos y judiciales– a su alcance, siempre en el respeto de los valores sobre los que se funda precisamente la sociedad europea: firmeza, moderación y pragmatismo son indispensables.

En el terreno militar ninguna operación aérea tendrá éxito si no va acompañada de una intervención sobre el terreno que cuente con el apoyo regional, tanto de las potencias que apoyan a los rebeldes sirios –Arabia Saudí y los Estados del Golfo, agrupados en una coalición militar formada por 34 países islámicos, todos de mayoría suní– como de Irán y Rusia, principales protectores de Al Assad.

Aunque apoyen a bandos contrarios en la guerra siria, Francia deberá contar con Rusia para coordinar en el inmediato futuro algunos proyectos militares. Pero sin olvidar los verdaderos intereses rusos en la región, a donde han llegado para quedarse. Putin se presenta ante el mundo como el gran pacificador del Mediterráneo, pero lo cierto es que sus intereses en la zona van más allá: además de acabar con las redes yihadistas que se extienden por la región del Cáucaso Norte y amenazan su legitimidad, Moscú necesita garantizar su presencia militar en la zona y su control sobre los hidrocarburos.

En este juego de equilibrios Europa, es decir la UE, debe recuperar su puesto de primera fila, del que ha estado ausente en los últimos 20 años. La lucha contra el terrorismo, la guerra siria y la crisis de refugiados han puesto de manifiesto las diferencias en el seno de la UE y la necesidad de diseñar de nuevo su política exterior. Europa necesita recuperar su unidad y alcanzar una política exterior coherente, que vaya más allá de las prioridades nacionales. Volvamos a un buen slogan, más Europa, no menos.

Dentro de sus fronteras, la defensa de la seguridad europea no debe suponer una merma de valores: libertad, respeto a los derechos humanos, igualdad, pluralismo, tolerancia. Debe evitarse un giro de las políticas que representen una marcha atrás en cuestiones como el multiculturalismo, la inmigración o el asilo. Los migrantes y refugiados, que huyen de la guerra y la miseria, no son, en realidad, una amenaza para la identidad europea.

Es necesario atacar las fuentes de radicalización en el Mediterráneo pero también dentro de Europa, y evitar las derivas radicales y violentas. Invertir en seguridad, pero también en educación y tecnología.

Fuera de sus fronteras, Europa debe abrir vías paralelas de colaboración con los países árabes. Porque Europa no debe repetir los errores del pasado sino apoyar a la sociedad civil que desempeñó un papel determinante en las primaveras árabes. El proceso de transición en Túnez puede servirnos de modelo.

Recuperemos el espíritu del Proceso de Barcelona, del que este año se celebra su 20 aniversario: su principal objetivo –crear una zona de estabilidad y paz, progreso económico compartido y diálogo entre pueblos– hoy es más válido y necesario que nunca. El proyecto europeo está lejos de terminar: las decisiones que se adopten ante las diferentes crisis serán una de las claves para que avance o descarrile definitivamente.

 

 

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