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Alfombra roja: Michelle Obama

Pablo Colomer | 21 de octubre del 2016

“Seamos claros: los hombres fuertes –los hombres que realmente son ejemplos a seguir– no necesitan menospreciar a las mujeres para sentirse poderosos. Las personas realmente poderosas elevan al resto. Las personas que son realmente poderosas nos unen a todos. Y esto es lo que necesitamos de nuestro próximo presidente”.

 

Para alguien que nunca estuvo cómoda del todo con el cargo, Michelle Obama ha hecho un buen trabajo como primera dama de Estados Unidos. No lo ha tenido fácil. El grado de escrutinio al que ha estado sometida –nunca antes una afroamericana había ejercido este cargo oficioso, sin sueldo– ha resultado, como en el caso de su marido, inédito. Su sentido del humor, firmeza y franqueza le han jugado alguna mala pasada, como cuando, durante la campaña de 2008, afirmó: “Por primera vez en mi vida adulta estoy orgullosa de mi país, porque siento que la esperanza está finalmente de vuelta”. La etiqueta de Angry Black Woman le persiguió durante toda la campaña.

Su infancia en el sur de Chicago, sin embargo, rompe algunos estereotipos construidos en EEUU alrededor de los negros. “Los afroamericanos son los únicos que no han tenido viejos buenos tiempos”, dijo un día Bill Cosby. La infancia de Obama (Illinois, 1964) no cuadra con el arquetipo de niña negra marginada, explotada. Criada en una familia de clase trabajadora, Obama disfrutó de un niñez tranquila y feliz gracias, en parte, a la segregación. Como ella misma ha relatado, la primera vez que fue plenamente consciente de su negritud, de ser diferente, fue en Princeton, donde se graduó en Sociología y Estudios Afroamericanos. Hasta entonces, Obama había vivido en una isla negra en mitad de una ciudad predominantemente blanca. Pero una isla enorme, a diferencia de otras más célebres como Harlem. Los habitantes del South Side de Chicago no lo sentían como un gueto. Era una ciudad dentro de otra ciudad con su clase media, sus emprendedores, sus cargos electos, sus promesas de futuro. Fue al salir de ese mundo autosuficiente, independiente, cuando Obama se dio cuenta de que realmente era diferente.

Después de Princeton vino Harvard, donde Obama se licenció en Derecho. Inmediatamente después entró a trabajar en el bufete Sidley Austin, donde conoció a Barack Obama. En su primera cita fueron a ver Do The Right Thing, de Spike Lee. Se casaron en 1992. Sus hijas, Malia y Sasha, nacieron en 1998 y 2001, respectivamente.

Obama dejó el sector privado para trabajar como comisionada asistente de planificación y desarrollo en la alcaldía de Chicago. De ahí pasó a la Universidad de Chicago, donde ejerció como decana asociada de servicios estudiantiles, y posteriormente como vicepresidenta de asuntos externos y comunitarios del Centro Médico de dicha universidad.

 

¿Qué tipo de primera dama ha sido Obama?

A medio camino entre Hillary Clinton y Laura Bush, Obama no ha desempeñado un rol tan activo políticamente como la primera, pero tampoco se ha contentado con un papel discreto al modo de la segunda. Nada más llegar, Clinton instaló su oficina en el ala oeste de la Casa Blanca como gesto simbólico de poder y ha sido, junto a Eleanor Roosevelt, una de las primeras damas más influyentes. Sus ambiciones políticas estaban claras. Bush, en cambio, centró su labor en obras de caridad, asuntos educativos y cuestiones relacionadas con la salud de las mujeres, pero sin buscar protagonismo.

Obama, por su parte, se ha implicado en asuntos como la educación de las niñas, el cuidado de las familias de excombatientes o la lucha contra la obesidad infantil. Su presencia mediática ha sido constante y le ha granjeado una popularidad mayor que la de su marido. Sus ambiciones políticas, sin embargo, no la encaminan hacia un cargo electo, como no se ha cansado de recordar. Esto, sin duda, ha dotado a sus palabras durante la actual campaña presidencial de una fuerza inusual. Como explica Frank Bruni en The New York Times, “ella tiene el lujo de no ser una política”.

En todos estos años, Obama se había mantenido alejada de la arena política, evitando todas y cada una de las batallas que han jalonado una presidencia convulsa y polarizada. La amenaza que representa Donald Trump –no solo para el legado de su marido, sino para algunos pilares de la democracia estadounidense– la han forzado a plantar cara y bajar al barro. Y Obama, como su marido hace ocho años, ha brillado con una luz auténtica. Merece la pena ver de cabo a rabo su discurso en New Hampshire del 13 de octubre.

 

 

En una de las campañas más sucias que se recuerdan, que no ha cesado de girar en torno a quién dice las cosas tal y como son, en torno a quién habla de, por y para el pueblo; en resumen, en torno a quién es más auténtico, Obama se postula como campeona. Como explica Bruni, “los insultos no son señas de autenticidad. Son evidencia de rudeza y frecuentemente de crueldad. Las obscenidades no te vuelven auténtico. Simplemente prueban que eres un niño”.

“Cuando ellos bajan, nosotras subimos”. Clinton no se ha cansado de repetir esta frase de Obama, convertida en la autoridad moral de la carrera presidencial. Alfombra roja para la –ahora más que nunca– primera dama de EEUU.

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Lecturas sobre un mismo Dios

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