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China consolida su posición en África

| 18 de noviembre del 2013

El 15 de noviembre, Gambia anunció el cese de relaciones diplomáticas con Taiwán. El gobierno de Yahya Jammeh rompió así con un país al que reconocía oficialmente desde hace 16 años. Tan solo Burkina Faso, Suazilandia y Santo Tomé y Príncipe continúan reconociendo la soberanía de la isla. El tercero abrió sus puertas a una delegación comercial china recientemente, movimiento que causó alarma en Taiwán.

Lo que a primera vista parece un simple incidente diplomático contiene un importante trasfondo geopolítico. China considera Taiwán una provincia díscola, y condena cualquier intento de reconocer su soberanía. Escindida de la República Popular tras la victoria maoísta en 1949, la isla se consolidó como una economía dinámica con una relevante presencia económica en África. Desde que Den Xiaoping rompió con el legado de Mao Zedong en China, el país ha despegado económicamente y su enorme demanda de materias primas se ha hecho sentir en el continente africano, desplazando la presencia taiwanesa.

Los números hablan por sí solos. Entre 2009 y 2012, el comercio sino-africano ha crecido a un ritmo anual del 20%. Su volumen total, de 10.000 millones de dólares en 2000, es ahora diez veces esa cifra. El 85% de este comercio es en materias primas, como madera y recursos minerales. También hidrocarburos: China depende de Angola para satisfacer un tercio de sus necesidades petrolíferas.

La innegable influencia del gigante asiático provoca sentimientos encontrados en el continente. Para muchos Estados, China es un inversor que financia generosos proyectos de infraestructura, educación y sanidad. Lo hace, además, sin exigir a cambio reformas democráticas –condicionante que aplican muchos gobiernos occidentales, y que el chino critica–. La enorme y creciente demanda china ha causado un alza en los precios globales de materia primas, del que las economías africanas se han beneficiado. Además, la exportación china de bienes de consumo baratos mejora la oferta de consumo para muchos africanos.

Estas bazas, sin embargo, también tienen un lado negativo. China se ha mostrado reacia a condenar y detener atrocidades como las que ha cometido en Darfur el gobierno sudanés, importante socio de Beijing. La demanda de materias primas ha generado en África una dependencia que puede resultar dañina en cuanto cese el crecimiento chino. La inversión china no crea nuevos empleos en África, entre otras cosas porque está dirigida por diásporas que compiten con la población local por empleos y servicios. Por último, el influjo de bienes baratos daña a la industria textil africana, que ha perdido 750.000 puestos de trabajo en los últimos años. Incluso Sudáfrica, principal potencia manufacturera del continente, ha visto el 40% de su industria de calzado sustituida por la nueva competencia.

La presencia china en África también puede poner en cuestión la influencia de otras potencias en el continente. India mantiene una importante presencia comercial en la región, sobre todo a través de su diáspora. En los últimos años empresas indias han desarrollado 237 proyectos en el continente frente a 152 de sus homólogas chinas, controladas mayoritariamente por el Estado. A pesar de lo cual, la inversión india en África es una fracción de la China: 27.000 millones de dólares frente a 120.000.

También las potencias occidentales contemplan la expansión china con recelo. Francia mantiene bases militares en muchas de sus antiguas colonias africanas, y la reciente intervención militar en Malí no ha hecho sino confirmar que no abandonará la región en el futuro. Estados Unidos ha renovado su atención en la región a raíz del auge del terrorismo islámico en el Magreb: el Pentágono pronto inaugurará una base de drones (aviones de combate no tripulados) en la capital de Níger, Niamey. Y aunque su presencia militar no es comparable a la de los dos anteriores, Reino Unido también mantiene importantes lazos comerciales con la región. Aunque la expansión china es consecuencia de su despegue económico y no de una política exterior agresiva, no deja causa temor en un Occidente que ve mermada su influencia en el continente africano.

 

 

 

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