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Crónica de la crisis y algunas conclusiones provisionales

Joaquín Almunia | 1 de enero del 2009

La política vuelve a ocupar el primer plano de las decisiones económicas. La crisis no sólo muestra que Estado y mercado no son conceptos antagónicos, también la impotencia de los Estados-nación frente a las dinámicas de la globalización. Es la hora de apostar más por la UE.

El sistema financiero mundial se acercó hasta el borde del abismo a mediados de septiembre de 2008, con la quiebra de Lehman Brothers. Desde entonces son muchas las voces que coinciden en que una crisis como ésta sólo se vive una vez en la vida. La situación financiera y económica actual es de una complejidad y magnitud sólo comparable a la crisis de los años treinta del siglo pasado. Lo cuál no quiere decir que vayamos a sufrir necesariamente las mismas consecuencias, porque los Estados y la propia Unión Europea disponen hoy de mecanismos de regulación e intervención económica, y de protección social, que no existían en aquella época. En todo caso, sólo el tiempo aportará una respuesta definitiva sobre la profundidad de la crisis y los cambios que acarreará. Ahora estamos en el tiempo de la acción.

Una acción nada fácil puesto que aún hay que profundizar en el análisis de las ramificaciones de la crisis, y no disponemos de suficientes mecanismos institucionalizados de acción a nivel global. Aun así, las autoridades públicas, y en particular la UE, no se han quedado cruzadas de brazos. En este artículo me propongo explicar las acciones emprendidas hasta ahora en Europa y en el marco del G-20 para, a continuación, extraer unas primeras conclusiones sobre la recomposición del sistema financiero y de las consecuencias económicas y políticas de la crisis.

El 9 de agosto de 2007 ha entrado ya en los anales de la historia económica como la fecha en que se desencadenó la crisis de las subprime. Aquel día, después de varias semanas de extremado nerviosismo en los mercados a causa de los efectos que el deterioro del mercado inmobiliario estadounidense empezaba a tener incluso en entidades financieras de primera línea, el cierre temporal por parte de BNP-Paribas de varios de sus fondos provocó una parálisis inmediata del mercado interbancario. El colapso se evitó gracias a la intervención decisiva del Banco Central Europeo (BCE) inyectando liquidez, seguido inmediatamente después por la mayoría de los grandes bancos centrales del mundo. Pero aquel estallido desató una espiral de desconfianza que todavía hoy perdura.

La crisis de las subprime mostró una realidad bien distinta de la reflejada hasta entonces en los relatos convencionales de los portavoces del mundo financiero. La inclusión de una pequeña proporción de hipotecas basura en activos financieros estructurados y titulizados, calificados triple A por las agencias de calificación de riesgo, ha acabado contaminando todo el sistema. Ante la apariencia de un riesgo casi nulo, muchos supervisores financieros nacionales permitieron que esas inversiones saliesen de los balances, lo que impide conocer cuál es la situación real y el grado de contaminación de las entidades financieras.

Los códigos de conducta deben acotar las actividades no reguladas, pero ahora se descubre que el afán de rendimientos altos y rápidos –la codicia– había dado rienda suelta a la especulación desenfrenada, incentivada por sistemas perversos de remuneración de los dirigentes.

Se creía innecesaria la regulación de hedge funds y private equities en el convencimiento de que los bancos que les prestaban dinero ejercerían, por su propio interés, la supervisión de los mismos, y ahora se constata con vértigo que se han alcanzado niveles de apalancamiento varias veces superiores a los que hicieron tambalearse a Long Term Capital Management (LTCM) en 1998.

Se había impuesto, por presión norteamericana y dejación europea, la norma contable del fair value, es decir, la contabilización de los activos a precios de mercado, y ahora que la iliquidez del mercado hace imposible fijar un precio, no se sabe cómo evaluar las carteras financieras, iniciándose un círculo vicioso: la depreciación de los activos degrada las ratios de solvencia, lo cual obliga a desprenderse de más activos, alimentando de este modo la presión a la baja en los mercados.

Finalmente, organizaciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco de Pagos de Basilea, el BCE o la Comisión Europea habían alertado con antelación de las causas fundamentales de la crisis –desequilibrios macroeconómicos globales; infravaloración del riesgo por la abundancia de liquidez, alimentada a su vez por tipos de interés bajos; casi nula coordinación supranacional de reguladores y supervisores financieros– pero ahora descubrimos con perplejidad que sus advertencias han caído en saco roto.

 

La quiebra de Lehman cruzó el Atlántico y en pocas horas afectó a Fortis, Dexia, HBOS…

 

¿Cuándo empezó la reacción ante tal desbarajuste? Tras la inyección de liquidez por parte de los bancos centrales, los ministros de finanzas de la UE adoptaron en el consejo de los ministros de Economía y Finanzas de la Unión  (Ecofin) de octubre de 2007 una hoja de ruta con una lista precisa de asuntos sobre los que convenía actuar, desde las reglas prudenciales de solvencia hasta la gestión de riesgos, pasando por las reglas de transparencia o las normas contables relativas a productos financieros. Todavía se hablaba de “turbulencias” financieras, no de “crisis” ni por supuesto de “recesión”. Pero la persistente falta de transparencia de las entidades financieras alimentaba la desconfianza y secaba el crédito. La necesidad por parte de los bancos de cumplir con las obligaciones legales de solvencia, o por parte de los hedge funds de hacer frente a la retirada de sus partícipes o a la devolución de los créditos obtenidos, empujaba a ambos a vender activos para recuperar liquidez, aumentando así la presión a la baja en los mercados…

 

 

 

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