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¿Cuál es el precio de China para salvar el euro?

François Godement | 1 de enero del 2012

La UE necesita capital externo para romper el círculo vicioso de austeridad pública y recesión económica. Las miradas están en China. Los europeos tienen aún la posibilidad de decidir el modo en que podría prestarse esta ayuda y cuál sería el precio de la dependencia.

China se ha revelado como un posible contribuyente para resolver la crisis del euro. En el Consejo Europeo del 24 de octubre, se decidió recurrir a este país y a otros emergentes para ampliar los recursos del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Su jefe, Klaus Regling, hizo una ronda de visitas a los posibles prestamistas y está informando de ello a los ministros de Economía de la zona euro. Pero la iniciativa ha hecho surgir dos debates opuestos: ¿necesitamos a China, y a qué precio para la independencia de Europa? Si la necesitamos, ¿estamos ofreciendo las condiciones adecuadas tanto a Pekín como a otros prestamistas externos?

 

¿Hasta qué punto Europa necesita a China?

Que Europa necesite o no a China u otros prestamistas depende del alcance de la propia unidad política de los europeos. Su considerable riqueza privada y una relación entre deuda pública y PIB por debajo de la de Estados Unidos, por no mencionar Japón, suponen que la Unión Europea debería ser capaz de cuidar de sí misma. Pero los mercados no solo se fijan en las reservas sino también en los movimientos; y el déficit, el crecimiento y los actuales índices contables señalan hacia abajo. A la falta de un proceso claro de toma de decisiones y de cohesión política, se suma el pesimismo actual. De todas las regiones económicas integradas del mundo, la UE es la más abierta a los bienes, las inversiones y la inmigración. Europa necesita capital externo para romper el círculo vicioso de austeridad pública y recesión económica.

También necesita un voto de confianza por parte de sus principales socios, y sobre todo de China, cuyo superávit comercial con la UE ha pasado de 55.000 millones de euros en el momento de introducirse la moneda común en 2002, hasta unos 160.000-180.000 millones de euros en 2011, lo cual constituye el desequilibrio comercial bilateral más grande del mundo.

Si Europa efectivamente necesita un préstamo de China y de otras economías emergentes con superávit, no parece que esté ofreciendo las condiciones adecuadas. Las críticas a la iniciativa del Consejo y la manera en que se ha ampliado el FEEF sacan a la luz varias cuestiones importantes. Primera, un fondo de reciente creación, registrado como entidad privada en Luxemburgo y con responsabilidad individual limitada por parte de sus patrocinadores europeos no equivale ni de lejos a una garantía soberana. El esquema de seguro apalancado ideado por los promotores de este plan tiene algunas deficiencias claves: el seguro solo cubre los primeros tramos del endeudamiento de un país. Nadie pone en cuestión que los Estados miembros europeos pueden devolver estos primeros tramos. Son los préstamos adicionales los que plantean dudas. Y a medida que los tipos de interés se disparan, como reflejo de un mayor riesgo para los prestamistas, la capacidad del FEEF para apalancar este seguro se reduce.

En última instancia, las naciones con mucha liquidez como China y otros países emergentes no buscan rendimientos altos en el mercado de capital actual. Con un tipo de interés del 25 por cien, los bonos griegos no encuentran compradores (mientras que Japón, con una relación deuda/PIB del 220 por cien, vende sus bonos a 10 años con un tipo de interés inferior al uno por cien). Esto se explica porque lo primero que buscan los inversores es seguridad. Finalmente, las circunstancias en las que se aprobó la iniciativa para ampliar el FEEF llevan, literalmente, a una negativa por parte de los prestamistas: el breve drama del referéndum griego puso de relieve sin pretenderlo la poca fiabilidad de las decisiones unánimes (incluso las más mínimas) del Consejo Europeo, la falta de compromisos sobre los préstamos por parte de las economías europeas más importantes y la incertidumbre sobre las soluciones para reinventar la zona euro.

Aunque Europa necesita préstamos externos y la señal de confianza que conllevan, es probable que la iniciativa de ampliación del FEEF solo aporte resultados limitados. Pronto se buscarán otras herramientas, lo que volverá a plantear la posible función de China así como la de otros prestamistas. Esto llevará a un agónico debate entre los europeos sobre la nueva dependencia de China (de una potencia emergente decididamente autoritaria). También habrá un debate en China. Por una parte, Pekín sabe que necesita apoyar a su mayor cliente, que absorbe el 23 por cien de sus exportaciones. Por otra, teme gastar inútilmente cada vez más dinero, con el riesgo político que supone para los dirigentes chinos jugarse sus reservas de divisas y la prima de riesgo del país.

El debate, sin embargo, no tiene por qué producirse de esta forma primitiva. Identificar las soluciones a corto plazo y quiénes contribuyen a la crisis de liquidez de la zona euro es como disparar a un blanco en movimiento. Es preciso tener en cuenta que podría producirse una revolución copernicana en el corazón de la zona euro, que desembocaría en una toma de control federalista de la política fiscal y presupuestaria en los países miembros. De manera inversa, podría producirse un fallo sistémico de los bancos y el crédito de Europa, que se propagaría a los mercados financieros mundiales. Estos dos escenarios proporcionarían telones de fondo muy diferentes ante una contribución por parte de China y otras economías con superávit.

El debate sobre la conveniencia de una solución china y la cuestión del “precio” chino deben analizarse en cada uno de los siguientes escenarios. En el mejor de los casos, habría un apetito por la deuda soberana europea. En el peor, el propio proyecto europeo se hundiría y generaría una indeseable dependencia de los prestamistas externos.

Escenario 1: la zona euro como nuevo soberano

El primer escenario contemplaría una ampliación inmediata del FEEF o la capacidad para conceder préstamos del Banco Central Europeo (BCE), con contribuciones equivalentes de los miembros de la zona euro y los socios externos. Esto daría a Europa el tiempo y la influencia que necesita para llevar a cabo los cambios institucionales precisos para la unidad y la disciplina presupuestaria y fiscal. De hecho, a la supeditación al nuevo FEEF ampliado se responde mediante un giro hacia una estricta vigilancia fiscal y presupuestaria de las economías de la zona euro (con objetivos adaptados a la situación de cada prestatario y sanciones incluidas en las condiciones de los préstamos del FEEF). En resumen, el FEEF o el BCE se convertirían en un superprestamista y superprestatario europeo, con garantías inviolables.
El problema es que esta solución requiere un compromiso europeo convincente respecto a los recursos. Da por sentado que el actual problema político tras la crisis –una falta de confianza mutua dentro de Europa en relación con la puesta en práctica de la coordinación presupuestaria y fiscal– está resuelto. Sin compromiso ni confianza, los prestamistas externos no tienen ningún motivo para participar. En resumen, esta situación requiere una reinvención a lo big bang de las finanzas públicas europeas que sustituya el regateo céntimo a céntimo. Un resultado así haría que China y otros inversores externos echaran abajo la puerta para prestar dinero a Europa. Con cohesión política y unos mecanismos fuertes para poner en práctica las decisiones, la actual carga de la deuda de la zona euro sería manejable.

Escenario 2: un soberano con la vara del FMI

La indecisión y debilidad mostradas por la zona euro han generado desconfianza. Por ello, los prestamistas externos solo actuarán teniendo en cuenta el panorama mundial, lo que también ayuda a los dirigentes de los países prestatarios a defenderse de la acusación de gastar dinero inútilmente. Este requisito se topa con una limitación exclusiva europea: las restricciones alemanas y del Tratado de Lisboa en cuanto a la intervención directa por parte del BCE en el mercado primario de deuda y a la creación monetaria para recomprar deuda. Por ello, se necesita una solución creativa que, sin violar las leyes, soslaye las reservas de Alemania y las limitaciones del tratado. El BCE podría en realidad financiar una nueva facilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI) dedicada a apoyar o, en caso de necesidad, rescatar a los países europeos en apuros. Esta facilidad sería gestionada por el FMI de acuerdo con sus normas y criterios. Nada impediría que otros miembros del Fondo aportasen recursos adicionales, lo que permitiría rescatar a una economía de gran tamaño. En este escenario, podría producirse un enfrentamiento entre China y Estados Unidos en relación a esta facilidad. Washington ha indicado recientemente que su contribución a una solución europea podría consistir en “compartir nuestras experiencias e ideas” más que en “hacer que el contribuyente estadounidense pague por todos los problemas”. Por otra parte, EE UU se muestra más reacio que Europa a conceder más participación y voto a China dentro del FMI, ya que podría conducir a una pérdida del derecho a veto estadounidense.

En esta hipótesis de hibridación entre el BCE y el FMI, Europa delegaría su contribución al FMI y aceptaría sus normas y supervisión. Esto protegería a las instituciones de la UE de las críticas directas, y centraría la esperada reacción de la opinión pública en las condiciones del Fondo para cualquier posible rescate. En esta situación hipotética, el precio por la contribución de China sería político y lo pagaría principalmente EE UU, no Europa. Una mayor contribución china a través del Fondo se traduce en una función más destacada en la toma de decisiones, mediante participación y derechos de voto. Europa ya ha cedido parte de su cuota dentro del FMI a China y otros países emergentes, pero EE UU todavía tiene que cambiar de opinión en este asunto.

Escenario 3: un soberano con muletas chinas

China podría utilizar un comodín con Europa: podría intentar prestar en yuanes, con lo que transferiría el riesgo de tipo de cambio al prestatario europeo, e incluso utilizaría el nuevo mercado exterior de yuanes con sede en Londres para recaudar “euro-yuanes” con ese fin. El propio Regling habló de esta posibilidad durante una rueda de prensa en China. El Banco Central de Austria anunciaba a principios de noviembre un acuerdo para “invertir a través del Banco Popular de China en activos denominados en yuanes”, el primer caso de un pacto similar fuera de Asia. De este modo, Europa podría convertirse en el vehículo para internacionalizar el yuan. Un pacto así proporcionaría a Pekín una garantía sin precedentes frente a cualquier devaluación del euro (y una prima en caso de que el yuan se revalorizase).

Este panorama sería para China una alternativa atractiva incluso frente a un préstamo del FMI denominado en derechos especiales de giro. Sin embargo, supondría un debilitamiento decisivo del euro como moneda mundial. De hecho, los economistas consideran que adquirir préstamos en una moneda extranjera es el “pecado original” porque conduce a un riesgo incontrolado. El precio financiero a largo plazo sería, por tanto, muy alto. Pero esta línea de acción no exige ningún cambio del Tratado de Lisboa, ninguna garantía conjunta y ninguna modificación de las limitaciones del BCE relativas a la monetización. Asumir las condiciones anteriores sería el precio que Europa pagaría por negarse a modificar la gobernanza de sus finanzas públicas.

Escenario 4: sálvese quien pueda

La UE ha perdido el tiempo una y otra vez. El FEEF está claramente mal preparado para enfrentarse a la crisis sistémica. Mientras tanto, cualquier solución política requerirá demasiado tiempo para ser capaz de evitar las consecuencias nefastas en los mercados; la zona euro habrá perdido todo control sobre la crisis de la deuda, dado que los países acreedores tienen todavía menos probabilidades, desde un punto de vista político, de participar en préstamos bilaterales a sus atribulados socios. Se podría por tanto recurrir al FMI. El 24 de noviembre, ya se le pidió que interviniera en Hungría, un país no perteneciente a la zona euro, y la UE le ha encargado la tarea de supervisar directamente las finanzas públicas italianas. El FMI no trata con la UE ni con la zona euro como tales, sino más bien lleva a cabo rescates directos en cada país, cada uno con distintos contribuyentes y condiciones. En cualquier caso, el Fondo no podría rescatar a las economías más grandes de la zona euro, puesto que las consecuencias para su imagen serían catastróficas y, además, detendrían cualquier paso hacia la integración económica entre los países del euro. La situación sería similar a anteriores crisis financieras en economías emergentes o en vías de desarrollo.

En estas circunstancias, el coste de un préstamo chino se volvería desorbitadamente alto desde todos los puntos de vista. Los acreedores externos podrían conseguir a través del FMI unas condiciones que les darían el mismo poder que tendrían en un rescate bilateral. China podría establecer condiciones todavía más duras y obtener compromisos explícitos o implícitos relacionados con la condición de economía de mercado o las políticas sobre derechos humanos. Los precedentes no son tranquilizadores; baste recordar la más bien directa diplomacia pública china con la UE en 2008-10 y su anuncio de un préstamo de 1.000 millones de dólares a Bielorrusia sin dar cifras reales sobre los préstamos a los Estados miembros de la Unión. Quizá el único modo de hacer frente a esta situación sea recordarle a China su propia historia: en 1917, sus dirigentes del norte aceptaron un préstamo de Japón que llevaba aparejadas condiciones territoriales.

 

Una solución del FMI, con o sin el BCE

En la actualidad, el escenario 2 parece el más probable. Depender de la financiación europea y del gobierno del FMI, soslayando las leyes nacionales formales de la UE o de Alemania no requieren ni cambios colectivos de gran envergadura por parte de Europa, ni su supeditación a una intervención china importante.

El escenario 4 –la peor de las situaciones posibles– es el segundo más probable. Representa las mismas soluciones que el escenario 2, pero sin nada de su creatividad: la zona euro no ha sido capaz de reunir un fondo común de recursos para un gran vehículo del FMI. El Fondo, además, exige rescates país por país, y los prestamistas externos van y vienen a su antojo, imponiendo sus condiciones adicionales, explícita o implícitamente.

El escenario 1 –el mejor de los casos– tiene menos probabilidades de darse porque exige una reinvención urgente de Europa. Aunque ya existe un anteproyecto, los políticos también tienen que converger. En este momento, Alemania sigue exponiéndose a una ampliación de las funciones del BCE e insiste, en cambio, en el control del presupuesto y el déficit por parte de cada uno de los Estados miembros. Pero si se alcanzase un acuerdo con esos requisitos, China y otros países pedirían –o incluso suplicarían– oportunidades para conceder préstamos, lo que daría pie a una nueva dinámica mundial.

Por último, el escenario 3, que es un complemento más que una alternativa a otras situaciones posibles, es probable que se dé independientemente de lo que suceda, puesto que el objetivo fundamental de China en cuanto a la seguridad económica es ampliar el alcance de su moneda.

 

Reconocer la interdependencia

Podría surgir, por tanto, una nueva relación entre Europa y China, que supondría el reconocimiento de una mayor interdependencia o, por el contrario, producirse un repliegue por ambas partes hacia opuestas percepciones de intereses. No es que la crisis del euro haya generado interdependencia entre la UE y China –la cual se remonta a mucho tiempo atrás– simplemente ha hecho que esta interdependencia sea más evidente y, por consiguiente, la ha convertido en objeto de un encendido debate tanto en Europa como en China.

Entre 2002 y 2011, el PIB de la zona euro creció a un ritmo medio del dos por cien, mientras que el de China lo hizo al nueve. En el mismo periodo, el valor de las exportaciones mundiales de China se multiplicó por seis y el desequilibrio comercial entre la UE y China pasó de 55.000 millones de euros (con la UE de los 25) a aproximadamente 180.000 millones de euros (con la UE de los 27). Sin embargo, en ese mismo periodo el euro ha aumentado su valor respecto al yuan y ha pasado de una media anual de 7,80 (en 2002) a 9,10 (30 de septiembre de 2011).

Cherchez l’erreur, como dicen los franceses. Un desfase en el crecimiento y un desequilibrio comercial tan profundos y duraderos solo pueden desembocar en uno de los tres acontecimientos siguientes. En primer lugar, podrían inducir un gran reajuste del tipo de cambio, una posibilidad contra la cual siguen dirigiéndose las políticas monetarias y de control del capital de China. En segundo lugar, podrían conducir a una mayor apertura a la competencia por parte del socio con superávit, algo de lo que el socio con déficit puede esperar sacar ventaja mejorando su propia eficiencia económica. Sin embargo, este utópico camino de reforma y apertura por ambas partes parece descartado ante la insistencia de Pekín en su condición de economía en vías de desarrollo (aferrándose a las condiciones de su integración en la Organización Mundial del Comercio hace una década). En tercer lugar, salvo que hubiera una tendencia positiva de ajuste por parte de Europa respecto a otros socios (que compensaría en cierta medida el desequilibrio con China), podrían generar un flujo inverso de capital desde China hacia Europa.

No hay una cuarta solución, excepto si uno considera solución una enorme recesión europea unida a políticas de guerra comercial destinadas a apuntalar las cuentas exteriores de Europa.

La crisis de la deuda europea ha sacado a la luz todo esto. Las balanzas por cuenta corriente de la zona euro y de la propia UE están cayendo en picado (significativamente en 2008 y de nuevo en 2011). Las mediciones difieren (el FMI es más optimista que las estadísticas oficiales de la Unión), pero no hay ninguna duda en cuanto a la tendencia general. Por supuesto, una estricta austeridad y una recesión invertirían la tendencia y sortearían la aparente necesidad de capital externo, ¿pero a qué precio real?
Ha pasado el momento en que Europa podría haber evitado la aparición de la dependencia de China, y China podría tener lo mejor de ambos mundos con Europa: un enorme superávit comercial sin ninguna medida de ajuste. Ambas partes se han vuelto autocomplacientes al creer que la balanza general de Europa hacía innecesario el ajuste y que China podría incrementar aún más su superávit comercial sin consecuencias, a excepción de las protestas de la opinión pública o de los medios de comunicación europeos.

Reconocer la interdependencia y, por tanto, la necesidad de capital externo es un paso realista para Europa. Si no resolvemos este problema de forma colectiva, los Estados miembros con más dificultades lo resolverán de forma individual, unilateral y en condiciones no favorables. Los dirigentes y los ciudadanos no deberían debatir si China es el “hombre del saco” o “un príncipe azul”. Lo más probable es que no sea ninguno de los dos y que se centre más bien en los problemas que ella misma se ha creado (como sus infladas reservas de divisas, su excesiva dependencia de las exportaciones y su dificultad para llevar a cabo más reformas del mercado dentro de un sistema esencialmente autoritario). Las soluciones que nosotros mismos elaboremos, y las condiciones que ofrezcamos a los prestamistas reales, son las que cerrarán o romperán acuerdos.

 

China-UE-EE UU: ¿Un posible triángulo de deuda?

Un impulso decisivo por parte de Europa para dar nuevos pasos hacia la soberanía monetaria y financiera dará pie a nuevos desafíos, también en relación con nuestros mejores aliados. Algunos de estos desafíos ya han surgido en los conflictos entre los miembros de la zona euro y los que no lo son. Pero un aumento de los flujos de capital procedentes de China, ya sea en forma de inversión o de préstamo, también apuntaría a un triángulo con EE UU en las finanzas internacionales.

El secretario del Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, ha advertido a los europeos del riesgo de dependencia de los acreedores externos: “Ustedes no querrán que el destino de Europa esté en manos de aquellos que proporcionen financiación al FMI”. El riesgo es real, como ilustran algunos de los escenarios descritos anteriormente. Pero la advertencia de Geithner es sorprendente, al venir de la economía que más sistemáticamente ha dependido de los préstamos chinos (del orden de 1,5 billones de dólares, contando activos públicos que no son del Tesoro y están en manos chinas). Durante las dos últimas décadas, aunque los ahorros privados estadounidenses eran mucho más pequeños que los de Europa, su tasa de crecimiento ha sido el doble.

Una Europa políticamente débil se enfrentaría a unos riesgos políticos mayores que EE UU. A pesar de su elevado grado de endeudamiento respecto a China, Washington rechaza la condición de economía de mercado de China, mantiene una sólida y todavía creciente presencia estratégica en Asia y el Pacífico y, en ocasiones, es más activo que los europeos en asuntos de gobernanza política. Una Europa políticamente unida podría tener la opción de cuestionar el fácil acceso de EE UU a los ahorros chinos. Esto no está exento de riesgos: es posible imaginar una estrategia de “divide y vencerás” por parte de China, aprovechando la falta de implicación directa de la UE en los puntos críticos de la seguridad del este de Asia. Pekín, por su parte, se esforzará cada vez más por consumir capital para sus propias necesidades internas, estimulando el decaído crecimiento, creando capital social y preparándose para el envejecimiento de la población.

Por tanto, lo que nos depara el futuro podría ser un contraproducente triángulo financiero entre China, Europa y EE UU, o bien un G-3 para el crecimiento. Para que esta última opción se imponga, la UE no debe volver a hacerse ilusiones de que puede abordar sus problemas financieros dentro de una zona cerrada. Debe convertirse en un socio financiero internacional soberano, e ir más allá de la pasiva e incompleta moneda común con la que hemos vivido desde 2002. Esto supone tratar de alcanzar un acuerdo con China, que posee las mayores reservas de divisas del mundo.

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Carta de Europa: Ambiciones ampliadas, resultados reducidos

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