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Libros: El malestar de la democracia

Libros: El malestar de la democracia

Francisco Solano | 1 de mayo del 2009

De Tzvetan Todorov, cuya bibliografía cubre la teoría de la literatura y del símbolo, las ciencias del lenguaje, la crítica de la crítica, la moral de la historia, la indagación del otro, la fundación del individuo, la memoria del mal y sus abusos, el elogio de lo cotidiano, la perturbación del hombre desplazado, las luces y sombras del pensamiento humanista, e tutti quanti, puede afirmarse, sin sonrojo, que es un intelectual que representa, para quienes seguimos fervientemente sus libros, la confianza en la benevolencia de la razón. Benevolencia quiere aquí decir comprensión, pero sólo en la medida en que también es una renuncia a la confrontación que viene disfrazada de maniqueísmo. El maniqueísmo traza una línea demasiado gruesa entre dos espacios morales, y quien se coloca en un lugar está definiendo la moral del lado contrario.

“No tiene el menor mérito –escribe Todorov en El miedo a los bárbaros– preferir el bien al mal cuando es uno mismo quien define el sentido de ambos términos”. Desde esta premisa, que también se expone como colofón irrenunciable para no perder el sentido de la pluralidad, Todorov explora los engranajes políticos y morales de la sociedad actual y diagnostica los peligros de camuflar las certezas instaladas por el miedo a ser arrollados por una cultura distinta.

 

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El miedo a los bárbaros, de Tzvetan Todorov. Barcelona: Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2008. 320 págs.

 

El mundo surgido del conflicto entre regímenes totalitarios y democracias liberales, esa oposición que presuntamente podía haber sido reemplazada por el comercio, no trajo, tras el desmoronamiento de los regímenes comunistas, una nueva salud social, sino nuevos focos de tensión, la mayoría derivados de la innovación tecnológica y del “fácil acceso a armas destructoras, en especial a explosivos, a los que parece que cualquiera puede acceder sin dificultad”. Así pues, antes de la aprensión o cautela frente a la masiva presencia del emigrante, se produce en el hombre europeo un recelo sobre la facilidad de destruir. La democracia expande también el acceso al mal: “Esta ‘democratización’ de las armas destructoras crea una situación totalmente nueva: ya no es necesario disponer del poder de un Estado para infligir grandes pérdidas al enemigo; bastan unos cuantos individuos decididos y con un mínimo de medios económicos. El rostro de las ‘fuerzas hostiles’ ha cambiado radicalmente”.

En la globalización arraiga, por tanto, no sólo el intercambio favorable de bienes, sino también la circulación de mercancías mortíferas. Con su habitual claridad, Todorov distingue, en el mapa del mundo, tres grupos de países con distintas pasiones dominantes: el apetito, en el que sus habitantes tienen la sensación de estar al margen de la repartición de las riquezas, y ahora les ha llegado el turno. Japón abrió esa vía, que continuaron China e India, y a la que se apuntan Brasil, México y Suráfrica. Otro grupo está representado por el resentimiento, consecuencia de una humillación histórica, real o imaginaria, de población mayoritariamente musulmana. Distingue un tercer grupo: los países occidentales, dominantes del mundo desde hace siglos, por el lugar que en ellos ocupa la sensación de miedo, que temen la fuerza económica de los “países del apetito” y las explosiones de violencia que devienen en atentados terroristas de los “países del resentimiento”.

Esta clasificación, aunque restrictiva, resulta extremadamente operativa, además de esclarecedora. Y éste es el hecho que aborda Todorov, “el miedo que se convierte en peligro para quienes lo sienten, y por ello no hay que permitir que desempeñe el papel de pasión dominante”. Su tesis es prístina y, en cierto modo, vieja como el mundo, pero de difícil equilibrio social: “El miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros”. Así es, pues si –actuando a favor de la democracia y de la protección de los seres queridos– nos volvemos capaces de matar e infligir torturas, ¿qué nos diferencia de quienes llamamos bárbaros al consentir ese grado de vileza?

 

“Ninguna cultura es en sí misma bárbara, y ningún pueblo es definitivamente civilizado”

 

El libro parece escrito a modo de advertencia, no tanto de los peligros externos –con ser algunos claramente amenazadores, como el radicalismo islámico, que no el islam, muy a menudo confundido con una religión enemiga del mundo libre–, sino de la intransigencia que lleva a que prevalezcan las pasiones y la imposición de los valores occidentales. El ejemplo de la invasión de Irak y la denominada “guerra contra el terrorismo”, con las detenciones ilegales y las torturas que evocan los nombres de Guantánamo, Abu Ghraib y Bagram deslegitima la democracia que se quiere hacer valer. “Esta política –observa Todorov– conduce a un doble fracaso: hace más fuerte al adversario, y a nosotros, más débiles”. Cualquier país invadido por un ejército, alimenta el resentimiento de la población, y ésta es la situación que perpetúa las agresiones.

Todorov se esfuerza en despejar equívocos y confusiones, en especial la dialéctica destructiva del choque de civilizaciones. En el término “civilización” –dice– hay un juicio de valor absoluto; las culturas, en cambio, identifican un segmento del mundo inscrito en la historia. No son incompatibles, pero lo que nos acerca a la barbarie es la negativa a aceptar diferentes visiones del mundo. Se trata, en consecuencia, de rebajar ese “juicio de valor absoluto” que establece la realidad de los actos de barbarie y de los gestos civilizados. Y concluye: “Ninguna cultura es en sí misma bárbara, y ningún pueblo es definitivamente civilizado. Todos pueden convertirse tanto en una cosa como en la otra. Es lo propio de la especie humana”.

Pero, entonces, ¿qué fundamenta lo humano? El libro aborda, en el capítulo “Identidades colectivas”, el análisis de la falacia que mezcla la pertenencia a una cultura y el secuestro de ese vínculo por parte del Estado, a fin de cuentas una entidad administrativa y política, cuya coincidencia haría de esta situación una “etnocracia”, lo que supone el privilegio de una etnia sobre los demás habitantes del país, pretexto de las masacres en la antigua Yugoslavia. Aunque no parece que en los países occidentales sea ésta la opción elegida, la tendencia, no obstante, es muy fuerte, y contra esa amenaza de inseguridad en nosotros mismos alerta Todorov.

El problema, en consecuencia, es tratar de evitar el uso de métodos que pongan en peligro la idea misma de democracia o que ésta pueda “adoptar actitudes totalitarias sin cambiar su estructura global”. La respuesta a retos políticos o provocaciones que son exponentes de una confrontación al límite, como el asesinato en Amsterdam de Theo van Gogh, las caricaturas de Mahoma del periódico danés Jyllands Posten o el controvertido discurso del Papa en Ratisbona, son analizados por Todorov como ejemplos de una espiral informativa alimentada desde posiciones que fecundan la negación de las “otras culturas”, hasta el punto de criminalizarlas en su totalidad. Pues detrás de cada uno de estos hechos palpita una corriente social de xenofobia que adquiere, en ocasiones, una misma virulencia, afortunadamente sólo verbal, aunque ciertas palabras, en determinados marcos, “pueden provocar –dice Todorov– acciones no menos mortíferas que las de los terroristas”.

 

“La libertad ilimitada acaba con la libertad”, sentencia Todorov

 

La susceptibilidad es hoy, en sí misma, un peligro, y generar crispación no es el mejor medio para la convivencia pacífica. Actualmente –y esto es nuevo– la interconexión entre los habitantes del planeta produce una difusión instantánea que influye en el comportamiento: “Nunca se había visto que una publicación de un periódico de Copenhague provocara en dos días una revuelta asesina en Nigeria”. Todorov constata la inquietante evidencia de que hay 1.000 millones de musulmanes, y que siempre se podrá encontrar, en cualquier país, un puñado de fanáticos dispuestos a ejecutar a quien consideren enemigo de su fe. Y tenemos que vivir con la presencia de ese peligro, para lo que se hace necesario que la libre circulación informativa restrinja la libre expresión. Los periódicos, que influyen notablemente en la opinión pública, no proceden de la voluntad popular, y es su responsabilidad imponerse los límites para evitar caer tanto en los excesos como en la autocensura: “La libertad ilimitada acaba con la libertad”, sentencia Todorov con una afirmación que sin duda será controvertida para quienes consideran que la transparencia completa libera del mal.

La apelación a la pluralidad –un concepto demasiado machacado que Todorov renueva desde el legado de la Ilustración, decisivo para la emergencia de la Europa actual– reside en favorecer la libertad personal de pensar y actuar. Sorprende la clarividencia con que el autor aborda, en el apartado “La identidad europea”, las formas de coexistencia de los países europeos, al exponer que, debido a tener un tamaño comparable, muy diferentes a Rusia, India o China, esta paridad “impide la instauración tanto de un imperio como de un poder centralizado”.

Lo cierto es que en Europa la identidad no viene dada por la diversidad misma, sino por conceder igual estatuto a las diferencias. De este modo, tal como se logró la tolerancia en los desacuerdos de religión en los siglos XVII y XVIII, “no por el recurso a la fuerza –recuerda Todorov–, sino sólo por la negociación y la persuasión”, en la fase actual –hoy las fronteras no se piensan como muros, sino como tránsitos– se debe garantizar la seguridad de los individuos contra cualquier ofensa o usurpación que proceda de otros individuos o del propio Estado.

La barbarie en sí no reconoce la humanidad de los otros; el hombre civilizado, en cambio, reconoce que los otros son tan humanos como él. Pero este ideal se encuentra aún lejos; el miedo todavía paraliza al hombre europeo. Todorov con este libro alienta a superar esa parálisis para que la civilización europea no pertenezca sólo al pasado, sino que se mantenga viva para construir el futuro.

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El miedo a los bárbaros
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