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‘Eppur si muove’. Talento español en el siglo XXI

‘Eppur si muove’. Talento español en el siglo XXI

Diego Rubio | 9 de marzo del 2016

La fuga de cerebros –la migración de profesionales altamente cualificados– ha existido desde los orígenes de la humanidad, contribuyendo a la circulación de ideas y al desarrollo de conocimiento. La España del siglo XXI no debe combatir esa movilidad sino aprovecharla.

En el siglo VI antes de Cristo, Darío I, rey de los persas, erigió un vasto palacio en la ciudad de Susa. En una famosa inscripción –conocida como DSf– el monarca enumeró las muchas naciones que participaron en la empresa: “los orfebres que trabajaron el oro eran egipcios, los hombres que trajeron la madera, lidios. Quienes cocieron los ladrillos venían de Babilonia; los que adornaron la muralla eran medos”. Este listado, acaso anecdótico y remoto, revela un hecho innegable: la fuga de cerebros o, como conviene referirse a ella, la migración de profesionales altamente cualificados (MAC), ha existido siempre. Desde los orígenes mismos de la humanidad, las personas con competencias superiores y conocimientos especializados en los ámbitos científico, tecnológico y cultural (sirva esto de definición) han cambiado de territorio por distintos motivos, contribuyendo a la circulación de ideas y al desarrollo del conocimiento.

Si nos centramos en España, podríamos señalar al menos tres grandes episodios de MAC a lo largo de su historia. El primero en 1492, con la expulsión de los judíos, que supuso un debilitamiento considerable de las élites financieras y comerciales, así como la pérdida de hábiles administradores al servicio de la Corona. Esta pérdida, unida a la decisión de Felipe II de impedir a los españoles estudiar en universidades extranjeras para que no se contaminasen de luteranismo, provocó una escasez de técnicos y funcionarios competentes que aceleró la decadencia del imperio. Así lo denunció al menos el Conde-Duque de Olivares, quien durante la primera mitad del siglo XVII no paró de lamentar la “falta de cabezas” para dirigir España.

La segunda gran pérdida de talento se produjo en las primeras décadas del siglo XIX, a tenor de la división de las fuerzas progresistas entre afrancesados y liberales, con sus exilios correspondientes (1813-20 y 1823-33). En aquellos años, unos 50.000 españoles tuvieron que abandonar el país, entre ellos intelectuales de la talla de Leandro Fernández de Moratín, José de Espronceda, Álvaro Flórez Estrada o José Canga Argüelles. Esta segunda huida de intelligentsia nacional fue un duro golpe y el agorero preámbulo de un siglo XIX desastroso, con la pérdida definitiva del imperio colonial, varias guerras civiles y una revolución industrial que nunca llegó.

La pérdida de talento volvió al candelero en las primeras décadas del siglo XX. Treinta años antes de que los británicos de la Royal Society acuñaran la expresión brain drain (fuga de cerebros), los estadistas hispánicos empezaron a lamentar sus efectos y a proponer mecanismos para mitigarlo. Así, en 1931, el gobierno de la Segunda República creó la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas, con el objetivo oficial de tratar de “coordinar y vigorizar las investigaciones científicas y, sobre todo, de cortar la emigración, ya alarmante, de muchos de los mejores cerebros, que no hallan en el país, después que este los ha formado y seleccionado, lugar propicio donde aplicarse, y se ven tentados por las ofertas de pueblos más ricos y despiertos”. Las medidas iniciadas por los ejecutivos de Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña dieron algunos resultados, pero se vieron bruscamente truncadas por la Guerra Civil y el consecuente exilio republicano.

Se produjo entonces la tercera gran pérdida de talento en la historia de España. Entre enero y marzo de 1939, cruzaron los Pirineos más de 440.000 personas. Entre ellos estaban algunos de los economistas, ingenieros, juristas, artistas e intelectuales más eminentes del país que tuvieron que desarrollar su carrera en el extranjero. Aquello supuso una pérdida de capital humano inmensa. Basta mencionar un dato al respecto: los dos únicos españoles que ganaron un premio Nobel entre 1936 y 1975, Juan Ramón Jiménez y Severo Ochoa, vivían en el exilio.

Hoy nos encontramos en la cuarta pérdida de talento de nuestra historia. Una pérdida que comenzó en 2008 con el estallido de la crisis y que se mantiene, aunque con tendencia decreciente, hasta nuestros días. Existen enconadas disputas a la hora de determinar sus dimensiones y su verdadera naturaleza. Los medios de comunicación y partidos de izquierdas ven en los pocos datos disponibles una emigración de dimensiones “dramáticas”, que vendría a hacer aún más profundas las consecuencias de la mala gestión que Mariano Rajoy hizo de la crisis. El Partido Popular y la derecha mediática tratan de minimizar el fenómeno; afirman que el grueso del incremento migratorio está protagonizado por personas nacionalizadas de origen foráneo o por españoles con “espíritu aventurero”.

La emigración actual de jóvenes españoles no está causada solo por la crisis y, bien gestionada, puede tener efectos positivos para el país

 

Me sé incapaz de terciar en esas controversias estadísticas, más propias de matemáticos y demógrafos que de humanistas. Sin embargo, es posible aportar una visión sobre el asunto basada en un ejercicio comparativo a través del tiempo y el espacio. Es importante tener en cuenta los precedentes históricos mencionados para comprender qué está ocurriendo hoy en día. Hay que considerar las similitudes y extraer lecciones de ellas. Pero conviene igualmente no perder de vista lo que Lucien Febvre llamó “la virtud cardinal del historiador: el sentido del movimiento”. Las cosas cambian, el mundo se transforma y, por mucho que se obcequen algunos, la situación actual tiene poco o nada que ver con la experiencia traumática del exilio republicano. En un esfuerzo de síntesis, podría resumir mi opinión en una sola frase: la fuga de cerebros existe, pero no está causada exclusivamente por la crisis ni tiene las dimensiones y consecuencias dramáticas que a menudo le atribuyen los medios.

 

Las dimensiones en perspectiva

Los españoles somos dados a exagerar las dimensiones de nuestros fenómenos migratorios. En las portadas de periódicos decimonónicos como El Liberal o El Imparcial se encontrará una visión catastrofista de la primera gran oleada migratoria que sufrió España en la edad contemporánea (1880-1930). Sin embargo, los demógrafos coinciden en que fue un fenómeno menor en su contexto europeo (más de 50 millones de europeos se marcharon al continente americano) y sin gran impacto para el país.

Algo semejante ocurre en la actualidad. Los medios de comunicación analizan los datos en su inmediatez, sin atender al contexto ni a los matices que restarían fuerza a sus titulares, generando así una imagen distorsionada del fenómeno. Es innegable que la emigración española ha crecido en la última década, pero es igualmente cierto que sus niveles actuales no tienen nada de dramáticos ni especiales, siendo en realidad muy similares a los de otros países europeos de economías más saneadas y tasas de paro muy inferiores. Según Eurostat, el número de emigrantes españoles en 2013 ascendió a 73.329 personas (el 0,15% de la población total); en Francia, las cifras son de 154.608 emigrantes (el 0,23%) y en Italia de 82.095 (el 0,14%). También Alemania, principal motor de la economía europea, tiene emigración: 104.245 alemanes (el 0,13%) abandonaron su país en 2013, cifra que, unida a la de los años anteriores, representa la mayor tasa de emigración en la historia alemana desde la reunificación. Es verdad que la cantidad de españoles que ha salido del país desde que comenzó la crisis en 2007 ha aumentado considerablemente. Pero también es cierto que ahora nos movemos en la media de muchos países de la Unión Europea y que lo anómalo era lo que pasaba antes, cuando España presentaba unos índices de movilidad muy por debajo de los de franceses, alemanes o italianos.

Hay que tener en cuenta, además, que no todos los que se marchan son profesionales de alta cualificación, como señalan diversos estudios y expertas como Carmen González Enríquez y Amparo González Ferrer. De hecho, muchos informes sugieren que la fuga de cerebros en España es similar a la que registran otros países europeos. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2011 la tasa de emigración de los titulados universitarios españoles fue del 2,3%. Esta cifra es superior a la de décadas anteriores, pero aún está muy por debajo de las de Francia (5,3%), Italia (7,8%), Alemania (8,4%) o Reino Unido (10,8%).

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), España perdió entre 2010 y 2013 más de 11.000 investigadores, dinámica ciertamente negativa, pues entre ellos había expertos punteros en campos como la oncología o la biotecnología. Sin embargo, hay que tener en cuenta que solo una parte de estos profesionales se marchó al extranjero y que, a pesar de ello, la emigración científica española sigue siendo menor que la de otros países desarrollados. Así lo indica el Foreign Born Scientists Report, el primer informe que analiza los patrones migratorios de científicos investigadores en activo. En él figuran 10 países europeos. Todos ellos tienen más de un 12% de sus científicos trabajando en el extranjero. Todos, menos uno: España, que solo tiene el 8%, frente al 23% de Alemania, el 25% de Reino Unido, el 26% de los Países Bajos y el 33% de Suiza.

La opinión pública española se lamenta con frecuencia de la marcha de investigadores al exterior, atribuyéndola invariablemente a los recortes en I D i, pero lo cierto es que los estudios que existen animan a mitigar la indignación. Un informe elaborado en 2005 por la empresa Empirica concluyó que el 43% de los investigadores posdoctorales que trabajaban en Europa en campos relacionados con la biología lo hacían en un país diferente al suyo. En Estados Unidos, el 60% de las personas que trabajaban a nivel posdoctoral era extranjero. De hecho, cuanto más exitosos son los individuos, mayor es su movilidad. Rosalind Hunter demostró que el 50% de los físicos más citados del mundo trabajaban en un país en el que no habían nacido.

Según la ONU, en el mundo hay 244 millones de migrantes, de los cuales un 25% proviene de países ricos

 

Algo similar ocurre en el mundo empresarial. Un estudio de la plataforma LinkedIn sugiere que en 2014 un 0,18% de los profesionales españoles inscritos en la red se marcharon a trabajar al exterior, porcentaje inferior al de Francia (0,2%) o Italia (0,19%) y no muy superior al de Reino Unido (0,12%).

Parece, por tanto, que este incremento de la MAC que se registra en los últimos años no es un fenómeno específico de España, sino que más bien forma parte de una dinámica propia de otras naciones europeas.

 

Viejas y nuevas causas

Las cifras señaladas nos conducen a una segunda conclusión: el contexto en el que se produce la MAC y las causas que la motivan han cambiado drásticamente en los últimos 50 años. La emigración ya no es un fenómeno exclusivo de los países subdesarrollados; muy al contrario, se ha convertido en una parte integral de las economías y sociedades contemporáneas. Según las Naciones Unidas, en el mundo hay actualmente 244 millones de migrantes, de los cuales más de un 25% proviene de países ricos. Los españoles pertenecen a este porcentaje. Un breve análisis de sus perfiles permite identificar la existencia de dos categorías; dos tipos de emigrantes que se diferencian, principalmente, por las motivaciones que les llevaron a hacer las maletas.

Está, por un lado, el emigrante desdichado, aquel que abandona España empujado por los mismos fantasmas que precipitaron las grandes emigraciones de los siglos XIX y XX (precariedad económica, falta de empleo, escasa industrialización del país, mala proyección de futuro, etcétera). Sus historias personales aparecen con frecuencia en los periódicos más progresistas. Constituyen un verdadero drama que nos remite a algunas de las frustraciones latentes en la sociedad española, como el descrédito de la política, la idea de traición generacional o las deficiencias de la educación universitaria. La migración tendría que ser –siempre– una opción voluntaria, y no una imposición de las circunstancias. Nadie debería tener que abandonar su país para conseguir un salario competitivo o un trabajo digno.

Ahora bien, estos casos, por muy numerosos e indignantes que sean, no deben impedir reconocer la existencia de otro tipo de emigrante, el emigrante dichoso, que no se marcha para escapar de la crisis o la falta de oportunidades, sino porque quiere expandir sus horizontes profesionales y vitales y desarrollar parte de su carrera en el extranjero. En efecto, en las últimas décadas, varios estudios han señalado la aparición en el interior de la UE de un nuevo tipo de migración de trabajadores altamente cualificados que no responde exclusivamente a motivaciones de tipo salarial, sino también, y especialmente, al deseo de mejorar sus competencias profesionales, participar en proyectos internacionales, vivir fuera de su país de origen y obtener un mayor reconocimiento social. Parte de la MAC que experimenta España hoy responde a esta nueva tipología migratoria. Se entiende así que, como han señalado varios estudios (Adecco, Real Instituto Elcano), el número de españoles que salía al exterior comenzara a crecer de manera notable mucho antes de que estallase la crisis, llegando a duplicarse entre 2004 (13.156) y 2006 (22.042), según datos de Eurostat. En los momentos más difíciles de nuestra economía, este tipo de emigración creció. El Barómetro de febrero de 2012 del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) indica que un 27,5% de los españoles estaba muy o bastante dispuesto a vivir en otro país europeo. De ellos, alrededor de un 20% esgrimía motivaciones más allá de “encontrar trabajo o mejorar su situación laboral”. Motivaciones como el deseo de “desarrollar su carrera profesional” en el exterior, “conocer nuevas culturas” o “aprender idiomas”.

Que estas aspiraciones puedan verse satisfechas –es decir, que por fin haya una generación de españoles capaces de estudiar y trabajar en el extranjero como vienen haciendo alemanes, británicos y canadienses desde hace años– no es algo malo, sino todo lo contrario. La migración de estas personas no debe ser, pues, vista como ninguna derrota –ni del sistema, ni de ellos mismos–, sino como un reconocimiento internacional a su talento y una manifestación positiva de la incorporación de España a la nueva economía y gobernanza global.

 

Las consecuencias

Este cambio de perspectiva es esencial para entender correctamente no solo las causas de la nueva MAC, sino también sus potenciales consecuencias. Nublada por las experiencias traumáticas de su pasado, la opinión pública española sigue interpretando la emigración de sus profesionales cualificados como un fenómeno intrínsecamente negativo; una especie de diáspora o segundo exilio que agravará los terribles efectos de la crisis. Sin negar que hay parte de verdad en ese diagnóstico, se hace necesario interpretar el hecho desde un marco de análisis más amplio y actualizado. Propongo dos reflexiones al respecto. De entrada, hay que dejar de pensar en términos nacionales y empezar a pensar, como mínimo, en términos comunitarios o europeos. Solo así podremos vislumbrar y aprovechar los numerosos beneficios indirectos que la MAC puede tener para un país emisor como España.

En los años sesenta, Europa era un continente dividido, formado por países enfrentados y fronteras impermeables que en muy pocas ocasiones podían cruzarse más de una vez. A partir de los años ochenta, sin embargo, los europeos comprendimos que la circulación de bienes, capitales, servicios y personas era esencial, no solo para el desarrollo de la economía, sino también para garantizar la estabilidad política entre nuestras naciones. A través de iniciativas como la creación del Espacio Económico Europeo, el Acuerdo de Schengen, el Acta Única Europea y el Tratado de Maastricht, se fue construyendo un nuevo escenario geopolítico dominado por la lógica de la solidaridad y la movilidad transnacional, en el que los países no compiten sino que colaboran entre sí. Cuando un científico español se marcha a investigar a Alemania no se “pierde” en un vacío astral, sino que entra a formar parte de un movimiento europeo de capital humano policéntrico, temporal y circular que también beneficiará a su país de origen. Por ello, para casos como estos ya no tiene sentido hablar de brain drain, sino de brain exchange o brain circulation (término generalizado por Jean Johnson y Mark Regets a finales de los años noventa).

Cuando en EEUU alguien se muda de Nueva York a California nadie lo considera una pérdida para América. Es hora de que los europeos empecemos a pensar de forma parecida. No podemos, por un lado, poner en marcha el Área de Investigación Europea, el programa Erasmus o las acciones Marie Curie (todas ellas destinadas a fomentar la movilidad internacional de investigadores) y, por otro, lamentarnos cada vez que un joven se marcha a estudiar o a trabajar a otro país europeo. Hay que aceptar cuanto antes que el talento está en movimiento y que su área de actuación no es ya el Estado-nación, sino el mercado global. Debemos pues apostar por desarrollar una red de talento europeo, asegurándonos de que existe igualdad de oportunidades entre los Estados miembros y de que sus beneficios reviertan en todos ellos por igual.

El problema no es que la gente se vaya, sino que la gente no vuelva o no pueda contribuir desde fuera

 

En segundo lugar, hay que reconocer y potenciar los numerosos beneficios directos que la MAC puede suponer para España. Los estudios realizados en este sentido apuntan varias ventajas; entre otras, facilitar el acceso a mercados extranjeros y la entrada de capital exterior, estimular el intercambio de conocimiento entre países, mejorar la reputación internacional, propiciar una modernización de los tejidos productivos y una internacionalización de sus sistemas educativos. Algunos informes sugieren que la MAC puede incluso contribuir a una mejora de los salarios en el país emisor y a estimular su creatividad.

Para que estos efectos positivos lleguen a materializarse, es necesario que España lleve a cabo importantes reformas que permitan aprovechar y recuperar el talento que tiene en el exterior. Esa es la clave del asunto. El problema no es que la gente se vaya, sino que la gente no vuelva o no pueda contribuir desde fuera. Ese es el verdadero reto, en el que deberíamos centrar toda la atención.

 

Retos pendientes

Los esfuerzos deberían encaminarse en una doble dirección. Por un lado, hay que fomentar el intercambio y la colaboración con aquellos profesionales españoles afincados en el extranjero. Para hacerlo habrá que sentar las bases de lo que Jean-Baptiste Meyer y Mercy Brown llamaron la diaspora option que, grosso modo, consiste en la implementación de una red institucional que permita a las instituciones públicas, universidades y empresas del país aprovechar los conocimientos y las experiencias de sus expatriados, sin que se produzca necesariamente un regreso físico de los mismos. Esta estrategia presenta varias ventajas: no requiere una gran inversión (ya que consiste en capitalizar los recursos existentes), beneficia tanto al país emisor como a los emigrantes y constituye un modelo de cooperación internacional que puede ayudar a afrontar los retos globales a los que nos enfrentamos hoy en día.

La creación de estas redes diáspora no solo permitirá aprovechar el talento español en el extranjero, también contribuirá a reducir la fuga de cerebros nacional. Muchos profesionales altamente cualificados deciden emigrar porque quieren participar en proyectos internacionales y formar parte de los llamados “clústeres de conocimiento” (por ejemplo, un físico que quiere ir al CERN, Organización Europea para la Investigación Nuclear). Si existiesen unas redes instituciones fuertes entre España y esos clústeres, los investigadores y técnicos no tendrían que abandonar de manera permanente el país para ver satisfechas sus aspiraciones profesionales.

Los españoles que ya están en el extranjero podrían convertirse en los nodos vertebradores de estas redes de diáspora. En este sentido, resulta esencial no subestimar el deseo de contribuir que tienen muchos expatriados, a menudo interesados en ayudar tanto a su país de origen como al de acogida. Iniciativas tan prometedoras como la Spanish Global Professionals Network o la CERU (Científicos Españoles en Reino Unido) dan buena cuenta de ello.

Paralelamente, será necesario crear las condiciones económicas y los mecanismos institucionales que faciliten el regreso de aquellos españoles expatriados interesados en volver. Estudios de la OCDE indican que entre un 20% y un 50% de los emigrantes establecidos en países desarrollados regresan en los cinco años posteriores a su salida. El retorno de los profesionales altamente cualificados, sin embargo, tiende a ser menor –en torno al 10% entre científicos y académicos– y está determinado considerablemente por la calidad de las oportunidades laborales que le ofrece su país. Por eso es tan importante crear ofertas y condiciones que resulten atractivas a los talentos españoles –y no españoles– en el extranjero. Solo así conseguiremos recuperarlos y hacer que los recursos empleados en su formación reviertan en España.

Aunque en los últimos años se han dado algunos pasos en esta dirección (por ejemplo, el programa Ramón y Cajal a nivel nacional y los programas Icrea o Ikerbasque a nivel autonómico), aún queda una larga labor por realizar. España ocupa el puesto 36 de 109 países en el último Índice de Competitividad por el Talento Global (GTCI) elaborado por Adecco. Otros rankings, como el SHL Talent Report o el Global Talent Report de Economist Intelligence Unit, corroboran esta posición mediocre. Si queremos que nuestra capacidad de recuperar talentos mejore tendremos que llevar a cabo importantes reformas. Entre otras: potenciar la creación de excelencia y de un tejido empresarial innovador, otorgar ventajas fiscales a las empresas que recuperen talento del exterior, aumentar la inversión en los programas de I D i, reducir las trabas burocráticas y flexibilizar las vías de contratación en la universidad.

 

Movilidad y meritocracia

En los últimos años se ha producido en España un innegable incremento de la emigración de profesionales altamente cualificados. Una parte de dicho incremento es resultado de la crisis. Pero también hay otra que responde a la incorporación voluntaria de nuestros profesionales a las redes internacionales de investigación y conocimiento. Reducir el fenómeno a uno u otro aspecto es engañar a la ciudadanía y negarnos la posibilidad de formar parte de la economía global del siglo XXI. Es hora de abandonar la visión arcaica y nacionalista de la MAC y entenderla desde parámetros más optimistas e internacionalistas. Los profesionales españoles afincados en el extranjero pueden ser una “pérdida” o un valioso activo para España. Ello dependerá de si somos capaces o no de fomentar una migración circular y temporal del talento y de crear mecanismos que permitan a nuestros expatriados colaborar con las instituciones y empresas de su país y regresar si lo consideran oportuno.

Apostar por el talento español en el extranjero va contra algunos rasgos de la idiosincrasia española: el localismo, la endogamia y, sobre todo, la falta de meritocracia

 

La implementación de tales mecanismos no será fácil. En su ejecución se interponen obstáculos notables, no tanto de naturaleza logística (las infraestructuras ya existen) como culturales. Apostar por el talento español en el extranjero –a veces a expensas de los que están en España– va contra algunos de los defectos más enquistados en la idiosincrasia española: el localismo, la endogamia, la envidia y, sobre todo, la falta de meritocracia. Los análisis del GTCI demuestran que existe una clara correlación entre los países con mayor índice de brain gain y aquellos en los que las oportunidades y el éxito profesional dependen más del mérito que de la antigüedad o los contactos personales del individuo. Este es el verdadero reto. ¿Será España capaz de crear un sistema educativo y un modelo productivo basado en la movilidad de talento y en la cultura del mérito? El bienestar de las generaciones futuras depende de ello.

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