CARGANDO

Gestionar la diversidad religiosa: cuestión sin resolver

Gestionar la diversidad religiosa: cuestión sin resolver

Ricard Zapata-Barrero | 21 de junio del 2016

Frente al asimilacionismo y el multiculturalismo, se impone un enfoque intercultural, con una base más abierta.

La problemática de acomodar el islam en las democracias liberales es nueva históricamente, y es el centro neurálgico del debate sobre la diversidad religiosa hoy en día. Está asumido que la separación entre religión (Iglesia) y política (Estado) debe ser revisada, puesto que es interpretada como un producto de negociación histórica que Max Weber ya denominó “proceso de desencanto del mundo”, o como la pérdida del monopolio de la religión como base del discurso legitimador del poder político. Esta lógica contractual ha seguido los parámetros de la tradición liberal que, como nos ha transmitido Michael Walzer, ha ejercido su primer caso del “arte de la separación” en la esfera pública y privada con este asunto. Este proceso lo percibió desde el inicio, por ejemplo, la mente analítica de Jean-Jacques Rousseau al titular su último capítulo del Contrato Social “De la religión civil”, para hablar precisamente del nacionalismo como nueva forma de legitimación política. En este proceso de sustitución de la religión por el nacionalismo, surge el secularismo y la laicidad, el bastión liberal por excelencia en Europa, y principal parámetro que tiene como función social ejercer de muro de contención contra cualquier tentación del poder religioso de volver a conquistar la esfera pública. Como indica Charles Taylor en su libro de referencia sobre secularismo, el núcleo conceptual es el proceso de disminución de la relevancia de la religión en la esfera pública. Siguiendo este enfoque, la presencia de inmigrantes de origen musulmán, sin duda, plantea una serie de retos que cada Estado-nación en Europa ha gestionado siguiendo los criterios que han legitimado históricamente la separación del Estado de la religión, y su proceso de sustitución por la idea de nación. Esto explica, por ejemplo, que la narrativa contra el musulmán use recursos propios de la identidad nacional construida desde hace siglos.

La cuestión del islam se incorpora habitualmente en la agenda pública bajo la forma de conflicto que requiere una urgente respuesta política pública, puesto que afecta directamente a las bases de la estabilidad y la cohesión de la sociedad. No es tampoco insignificante que el componente emocional y de psicología social desempeñe un papel decisivo. Recordemos los acontecimientos que forman ya parte de la memoria histórica de Europa, como las viñetas de Mahoma (septiembre de 2005) en Dinamarca o, antes, el asesinato del cineasta holandés Theo Van Gogh (noviembre de 2004), o el más reciente ataque terrorista al semanario Charlie Hebdo (enero de 2015) en París. Pero mucho antes están el “affaire du foulard” en Francia, en el sector de la educación (el primer caso ocurrió en 1989), y antes el de los crucifijos también en las escuelas públicas bávaras (1985). En todos estos “casos nacionales”, el “debate nacional” de la diversidad que parece plantearse en general, es un debate sobre el lugar del islam en Europa. Se hace en términos de principios liberales democráticos relacionados con la libertad de expresión y la igualdad (hombre y mujer), que son los más debatidos, pero también de amenaza a la identidad nacional y, por tanto, interpela directamente a las bases tradicionales de la sociedad. Este es uno de los pilares sobre los que se construye la narrativa xenófoba hoy en día…

Imprímelo
Gestionar la diversidad religiosa: cuestión sin resolver

Deja un comentario

Tu e-mail no ser publicado. Los campos obligatorios estn marcados por *