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Globalización, desigualdad y Estado de bienestar

Branko Milanović | 9 de julio del 2018

¿Es posible reinventar un Estado de bienestar en sociedades cada vez más desiguales y heterogéneas? La solución pasa por construir las bases para un capitalismo igualitario.

Es ya un tópico afirmar que el Estado de bienestar acusa los efectos de la globalización y la migración. Para entender dichos efectos y su origen, debemos regresar a los orígenes del propio Estado de bienestar. Como señalan los historiadores económicos Avner Offer y Gabriel Söderberg en The Nobel Factor (2016), la socialdemocracia y los Estados de bienestar nacen cuando las sociedades reparan en que, a lo largo de la vida, todas las personas pasan por momentos en que no tienen ningún ingreso pero necesitan seguir consumiendo. Concretamente, el Estado de bienestar nace cuando se da la capacidad económica para hacer frente a esa realidad. Al hablar de “todas las personas”, nos referimos a los niños (prestaciones por hijos menores de edad), a los enfermos (sanidad pública y ayudas por enfermedades), a quienes tienen la desgracia de sufrir accidentes laborales (seguros contra accidentes de trabajo), a las madres que tienen hijos (bajas por maternidad), a los parados (prestaciones por desempleo) y a los mayores (pensiones de jubilación).
El Estado de bienestar se creó para proporcionar a la población todas estas prestaciones, que funcionarían como seguros contra contingencias inevitables o muy comunes. Se levantó sobre los cimientos de la supuesta similitud en las conductas o, dicho de otro modo, la homogeneidad cultural y a menudo étnica. No es casualidad que el prototípico Estado de bienestar nacido en Suecia en la década de 1930 tuviera muchos elementos en común con el socialismo nacional –término al que no quiero dar aquí un matiz peyorativo–.
Además de conductas y experiencias compartidas, el Estado de bienestar requería para ser sostenible una participación masiva. Un sistema de Seguridad Social no puede funcionar apoyándose únicamente en pequeñas partes de la masa laboral, lo que conduciría de manera natural a una selección negativa, extremo bien ejemplificado en las interminables disputas que se producen en torno a la asistencia sanitaria en Estados Unidos. Los ricos, quienes probablemente nunca pierdan su empleo, y los sanos no siempre querrán subvencionar a “los otros” y optarán por no hacerlo cuando se les dé la oportunidad. Un sistema que dependiera solo de las aportaciones de esos “otros” sería insostenible, pues requeriría ingentes subsidios. El Estado de bienestar, por tanto, solo funciona cuando cubre a toda o casi toda la masa laboral: cuando es masivo e incluye a grupos de ciudadanos que viven en condiciones similares.

La erosión de la afinidad social

La globalización ha erosionado estos dos requisitos. La globalización comercial ha generado una bien documentada disminución de la cuota correspondiente a la clase media en la mayoría de los países occidentales y a la polarización de los ingresos. Este último fenómeno ha hecho que las clases más pudientes lleguen a la conclusión de que les iría mejor con sistemas privados propios, pues compartir los públicos con quienes tienen muchos menos recursos exige siempre importantes transferencias de capital. Esta ­realidad lleva al “separatismo social” por parte de los ricos, tendencia reflejada en el cada vez mayor peso de los seguros de salud privados, planes de pensiones privados y programas educativos privados. La conclusión es que una sociedad muy desigual o muy polarizada no puede mantener un Estado de bienestar universal…

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