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Uno de las claves de la disputa entre Grecia y la República de Macedonia se da en torno al legado de Alejandro Magno y la explotación de su simbología. Los griegos consideran una afrenta la enorme estatua del rey macedonio ubicada en el centro de Skopje. GETTY

Grecia y Macedonia, batalla toponímica

Alicia García Romero | 7 de febrero del 2018

El término Macedonia es fuente de fervor nacionalista y disputas entre los países vecinos de Grecia y la República de Macedonia o FYROM (Antigua República Yugoslava de Macedonia) desde hace 27 años. Esta disputa ha dejado al país balcánico eslavo sin un nombre universalmente reconocido, y alejada de la Unión Europea y la OTAN. El deshielo, sin embargo, se vislumbra en el horizonte.

La disputa, como tantas otros en los Balcanes, comenzó a raíz del desmembramiento de Yugoslavia en 1991. La República de Macedonia mantuvo el mismo nombre que tuvo como provincia yugoslava desde 1940. Ante el disgusto griego por tal decisión, el país heleno se aseguró de que el ingreso de su vecino norteño en la ONU en 1993 fuera bajo la premisa de que se le denominara con el nombre provisional de FYROM (Antigua República Yugoslava de Macedonia). Así también se le conoce en el Banco Mundial y el FMI. Sin embargo, para desconsuelo griego, su vecino es reconocido como República de Macedonia por la mayoría de los países.

 

Las palabras importan…

Grecia mantiene una postura intransigente sobre la denominación de su vecino del norte debido a que la región septentrional del país tiene el mismo nombre, y quiere descartar cualquier potencial demanda territorial sobre la histórica región de Macedonia. Por eso exige que el país cambie su nombre antes de cerrar ningún trato, y pide que Macedonia modifique algunas cláusulas de su Constitución, retirando cualquier sombra de reclamación territorial y así evitar futuras manifestaciones irrendentistas. Según Grecia, la circulación de libros de texto y mapas controvertidos en la República de Macedonia prueban que Skopje tiene demandas territoriales.

Asimismo, los griegos quieren terminar con cualquier apropiación de un legado histórico y una simbología, los de Alejandro Magno, rey de la antigua Macedonia, que consideran exlusivo. Y menos por parte de unos vecinos predominantemente eslavos.

 

… y los hechos también

La postura griega de rechazo a la elección del término Macedonia para la denominación de la exprovincia yugoslava ha recibido y recibe escaso apoyo internacional, a pesar de la legitimidad de algunos de sus argumentos. La forma extremadamente maximalista y nacionalista en que Grecia ha expresado sus temores alienó al país de aquellos capaces de ofrecer el apoyo necesario para zanjar la cuestión a su favor. Pese a los obstáculos, los griegos prosiguieron su epopeya aislados.

Así, durante el gobierno en Grecia de Andreas Papandreu, primera mitad de los noventa, se introdujo un embargo total contra la República de Macedonia –a excepción de comida y medicinas– que ampliaba el embargo de petróleo iniciado por el gobierno anterior.

En 1995, gracias a la mediación estadounidense, Grecia y la República de Macedonia firmaron un acuerdo interino por el cual ambas partes se comprometían a respetar la integridad territorial e independencia del otro, propiciando el reconocimiento griego y de la ONU de la república con el nombre de FYROM, con la garantía de que el nuevo Estado no usaría el Sol de Vergina en su bandera. El uso del antiguo símbolo solar griego de 16 rayos había sido interpretado como una provocación por Atenas, dada su relación con la dinastía de Alejandro Magno.

Macedonia accedió a estas concesiones a cambio de que Grecia levantara el embargo comercial. El acuerdo buscó desligar la disputa nominal de la relación general entre los dos países. La república macedonia sería denominada FYROM hasta que los dos países se pusieran de acuerdo en un nuevo nombre.

 

Segunda ronda

A pesar de este puntual entendimiento, la disputa se recrudeció con el paso de los años y alcanzó un punto álgido durante los diez años del gobierno nacionalista de Nikola Gruevski en la República de Macedonia, a mediados de la pasada década. Durante su administración, su nacionalismo exacerbado se manifestó a través de las infraestructuras y sus nombres, poniéndoles al principal aeropuerto y autopista del país el nombre del rey macedonio. También remodeló el centro de la capital, instalando una enorme estatua dedicada a Alejandro Magno, un arco del triunfo y varios edificios de estilo neoclásico.

Gruevski instrumentalizó su aislacionismo para fortalecer su poder y repartir beneficios, lo que acabó costándole el puesto en 2016. La caída de su gobierno tras dos años de crisis política, debido a escándalos de corrupción en las altas esferas, obstrucción a la justicia y fraude electoral, propició la victoria en 2017 de la Unión Socialdemócrata de Macedonia.

El actual primer ministro, Zoran Zaev –un giro significativo respecto a las políticas nacionalistas de Gruevski–, ha situado la cuestión griega como prioridad en su agenda. Su gobierno –internacionalmente activo, proeuropeo y reformista– parece el factor necesario para dar carpetazo a una disputa que ya dura más de cuarto de siglo.

 

¿Nueva pareja de baile en los Balcanes?

No solo el ascenso de Zaev parece haber cambiado el tablero de juego. Por el otro lado, Alexis Tsipras también parece muy dispuesto a avanzar en la resolución de la disputa. Ambos líderes han avanzado gestos de compromiso. Skopje ha anunciado que se va a cambiar el nombre de la autopista y del aeropuerto principal, mientras que Atenas ha desbloqueado la implementación del acuerdo de asociación de Macedonia con la UE. Además, está por abrir un nuevo cruce fronterizo en la región del Lago Prespa.

 

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A pesar de la voluntad de alcanzar una relación más cercana y de cooperación mutua de ambos líderes, la cuestión es muy sensible en ambos países y se han dado protestas ciudadanas. El nacionalismo se mantiene fuerte y los partidos de la oposición desconfían de posibles compromisos. Si los gobiernos de ambas partes consiguen llegar a un acuerdo, ambos tendrán que persuadir a los nacionalistas, tarea difícil tras años de caldear el ambiente, para que acepten el trato.

Tsipras se enfrenta a una situación compleja, con una seria oposición interna, ya que no logra alcanzar un consenso dentro de su gobierno de coalición ni, por supuesto, el apoyo de la oposición. Además, la Iglesia ortodoxa se ha entrometido, apoyando las manifestaciones contra el uso del nombre Macedonia por el vecino norteño.

Sin embargo, actores internacionales como la OTAN o la UE parecen ser favorables y estar dispuestos a ayudar a ambos países en la resolución de sus controversias. Se está llevando a cabo una solución mediada por la ONU, con la esperanza de que se pueda alcanzar un acuerdo sobre el nombre de la exprovincia yugoslava que mantenga la denominación Macedonia pero acompañada de un modificador, tal como Nueva  Macedonia o Alta Macedonia. El objetivo es buscar una solución permanente, con la elección de un nombre erga omnes.

Hay mucho en juego. Una solución satisfactoria podría abrirle las puertas a la República de Macedonia de la OTAN y la UE. Estos últimos tienen un especial interés en su incorporación, esperanzados en contener la influencia rusa en la zona balcánica. Por ello se espera que las negociaciones que arrancaron este mes alcancen buen puerto antes de finales de julio, cuando habrá cumbre de la OTAN.

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