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#ISPE 923. 26 enero 2015

#ISPE 923. 26 enero 2015

| 26 de enero del 2015

La reciente reunión de Ginebra, auspiciada por la Misión de las Naciones Unidas en Libia (Unsmil, en inglés), volvió a mostrar la falta de voluntad de los dos bandos libios enfrentados para acordar el fin del conflicto que desangra el país desde 2011. Pero también la impotencia de la comunidad internacional para forzarles a pactar.

Tanto el gobierno de Abdullah al Thani, el Parlamento de Tobruk y el Ejército Nacional Libio, comandado por el general Jalifa Hifter, por un lado, y el gobierno de Omar al Hasi, el Congreso Nacional General (CNG) de Trípoli y las milicias islamistas de Fajr Libya (Amanecer Libio), por otro, rechazaron la invitación para reunirse en Ginebra que les hizo Bernardino León, cabeza visible de Unsmil, aunque después reconsideraron su decisión.

La excepción fue la poderosa milicia de Misrata, la tercera ciudad libia, que en Ginebra planteó declarar un alto el fuego unilateral, abriendo una tenue vía al acercamiento de posturas hasta hoy irreconciliables. Pese a que Libia es un país casi homogéneo étnicamente, las divisiones entre las tribus y clanes árabes y bereberes de la occidental Tripolitania, la oriental Cirenaica y la meridional Fezzan, se han agudizado con la guerra. A medida que se generalizaron los enfrentamientos, las tribus formaron sus propios consejos y se hicieron con el control de sus territorios tradicionales, estableciendo fronteras de facto resguardadas por milicias.

La fragmentación es mayor en el bando islamista, con unas milicias poco dispuestas a actuar unidas más allá del campo de batalla. Pero tampoco está en mejor situación el bando de Tobruk, formalmente ilegítimo tras la invalidación por la Corte Suprema de las elecciones legislativas de junio de 2014, en la que la participación fue de apenas el 18%, frente al 60% de 2012. Sin embargo, el rechazo que suscita el bando de Trípoli, que tiene el apoyo de Qatar y Turquía, brinda a Al Thani el respaldo de Egipto, Arabia Saudí y varios países occidentales, pese a su escasa vocación democrática y dependencia del poder militar que moviliza el general Hifter.

Un demoledor informe publicado el 10 de diciembre por el gobernador del Banco Central, Ali al Hibri, señala que la violencia, la corrupción y la caída del precio del petróleo, han supuesto pérdidas al Estado estimadas en unos 300.000 millones de dólares. En 2011 los ingresos libios fueron de 69.000 millones de dólares, con unas reservas de divisas de 170.000 millones de dólares, que hoy han caído por debajo de los 119.000 millones.

Por otra parte, la producción de crudo se ha desplomado hasta los 650.000 barriles diarios, frente a los 1,6 millones de 2011. El campo de Al Sharara, el mayor del país, está paralizado, mientras que buena parte de los puertos y terminales de carga han sido bloqueados por los combates.

El único factor que permite cierto optimismo es el cansancio de los combatientes, lo que sumado a sus menguantes recursos militares y económicos, podría empujar a los bandos de Trípoli y Tobruk a la mesa de negociaciones. Pero antes, ambas facciones tendrán que convencerse de que sus posibilidades de capturar al Estado por la fuerza son ínfimas.

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