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La ciudad sobre la colina
Diorama de la ciudad de Nueva York en el pabellón Con Edison de la Feria Mundial de 1939. GETTY

La ciudad sobre la colina

Quinton Mayne | 1 de mayo del 2018

Símbolo de esperanza y progreso, las ciudades se presentan como motores de la economía. Con un nuevo tipo de política municipal su contribución puede ser, además, determinante para la renovación de la democracia.

Vivimos una época de intenso interés por la ciudad. Debido al crecimiento de las ciudades en países de rentas medias y bajas, hoy más de la mitad de la humanidad vive en zonas urbanas. Los problemas de contaminación e infravivienda que han acompañado a esta rápida urbanización también están siendo objeto de una mayor atención. En las democracias con ingresos elevados, gran parte del interés se centra en las ciudades y áreas metropolitanas como motores de la economía del siglo XXI.

Los políticos debaten cómo sacar el máximo provecho del crecimiento de sus ciudades más importantes sin dejar de atender a las necesidades y las demandas de los votantes de otras zonas del país. Estos debates reflejan una importante división política y social, abierta en las democracias de ambas orillas del Atlántico, entre los habitantes de las ciudades en auge y los que se sienten relegados por los cambios en la geografía de la economía. Allí donde los líderes políticos han tenido más dificultades para equilibrar las necesidades de ambos grupos, las consecuencias políticas han sido significativas. Dos de ellas son la elección de Donald Trump en Estados Unidos y el voto a favor de abandonar la Unión Europea en el referéndum de Reino Unido.

Entre las democracias de ingresos altos, probablemente en ninguna el interés por la ciudad sea mayor que en EEUU. Para muchos estadounidenses, las ciudades se han convertido en un símbolo de esperanza. De hecho, gran parte de la población del país ve en el dinamismo y el enfoque cercano de los ayuntamientos un antídoto a la parálisis legislativa de Washington y a las políticas partidistas verticales, interesadas y polarizadoras de la clase dirigente. Esta recién descubierta confianza en las ciudades ha aumentado desde la elección de Trump, especialmente entre los progresistas de EEUU. Con unos alcaldes afines colaborando cada vez más estrechamente para avanzar en la protección del medio ambiente y en los derechos de los emigrantes frente a la oposición y la inacción de la capital, los centros urbanos están adquiriendo una imagen creciente de nuevos bastiones del progresismo. La cuestión es si de verdad las ciudades estadounidenses están produciendo beneficios equitativos y sostenibles para la salud, la riqueza y el bienestar de la gente corriente, al tiempo que aportan nueva vida a la democracia desde abajo…

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