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La política de la posverdad

La política de la posverdad

Diego Rubio | 1 de marzo del 2017

Nuestras democracias nunca han estado más apegadas al dato factual y a la evidencia empírica que ahora. Lo que ocurre es que el marco epistemológico ha cambiado. En el mundo de hoy, la verdad no compite contra la mentira, sino contra otras verdades.

Existen muchas mentiras en torno a la posverdad. The Economist, The Guardian y The New York Times han convertido esta idea en una de las claves para explicar el último auge de los populismos, la victoria del Brexit y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump. Bajo el toque lastimero de una corneta dorada, sus analistas han anunciado “el fin de la honestidad política” y el comienzo de una nueva “era de posverdad”, en la que el debate estará dominado por las emociones y los prejuicios del votante y no por la opinión de los expertos o la evidencia empírica.

La cuestión, sin embargo, es mucho más compleja. Requiere matices y consideraciones que, de no hacerse, podrían convertir la posverdad en parte del problema que pretende denunciar. En contra de lo que el prefijo pos- pueda sugerir, lo cierto es que la mentira ha existido siempre en política y que el dato factual nunca ha tenido tanto peso como ahora. Nada permite demostrar que las mayorías de hoy estén más dispuestas que antes a tolerar el engaño o a apoyar proyectos basados en falsedades. La verdad no ha perdido importancia. Lo que ocurre es que se ha multiplicado. Ya no es una, sino muchas, todas ellas igualmente válidas. Entender este cambio de paradigma es esencial para comprender qué está pasando y desarrollar soluciones eficaces. En el mundo de hoy, la verdad no compite contra la mentira, sino contra otras verdades.

 

Pasado: 2.500 años de posverdad

Empecemos señalando que el concepto de posverdad no es nuevo. Fue acuñado en 1992 por el escritor serbio Steve Tesich, y empleado por académicos y periodistas para describir las campañas presidenciales de George W. Bush y Mitt Romney en 2004 y 2012. Todavía más antiguo es el fenómeno al que se refiere: una circunstancia en la que “los hechos objetivos tienen menor influencia en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”, según Oxford Dictionaries.

La mentira ya formaba parte de la democracia griega hace 2.500 años. Tucídides y Jenofonte describen en sus historias las argucias de demagogos como Cleón o Alcibíades, quienes utilizaron el engaño para desacreditar a sus rivales, despertar prejuicios y alimentar esperanzas entre los ciudadanos menos instruidos. Esta conducta fue condenada por Aristóteles, pero encontró apoyo en pensadores como Tácito, Quintiliano o Platón, para quien “los gobernantes del Estado (…) tienen permitido mentir (…) en sus tratos con sus enemigos o sus propios ciudadanos”.

En el siglo XVI, Maquiavelo y otros humanistas europeos retomaron esta idea y la elevaron al rango de norma general en la praxis política. En oposición a sus predecesores medievales, Maquiavelo se propuso crear una teoría del poder basada “en la verdad factual de las cosas (verità effettuale della cosa) más que en la visión imaginada de estas”. Según Maquiavelo, la misión principal del gobernante no era la de servir como modelo ético a sus súbditos, sino la de “conservarse en el poder” y, así, asegurar la prosperidad del Estado. Para ello –explica en el capítulo XVIII de El Príncipe–, este debía “seguir el ejemplo del zorro (…), saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular”, mintiendo y “rompiendo sus promesas” cuando “semejante observancia vaya en contra de sus intereses”. Estos engaños, explicaba Maquiavelo, no solo eran legítimos en virtud de su practicidad, sino también fáciles de acometer, ya que “los hombres son tan simples y están tan centrados en las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”…

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