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Llega la “invasión”. Alemania y los refugiados

Jochen Thies | 1 de noviembre del 2015

La respuesta a la llegada de refugiados a la UE está marcada por la historia de cada país en el siglo XX. En ningún miembro de la Unión es esto tan evidente como en Alemania. Su actuación tendrá consecuencias para los socios y para el papel de Europa en la política mundial.

Durante el verano de 2015 se han intensificado las señales de que, efectivamente, la “gran invasión” –profetizada desde los días del Club de Roma– ha comenzado. Como ocurre con muchos acontecimientos de la historia mundial que se desarrollan paulatinamente hasta alcanzar su punto álgido, sus consecuencias solo se pueden vislumbrar. El contemporáneo oscila entre la esperanza de que se trate de un fenómeno pasajero, y el temor a que la llegada masiva de refugiados altere de forma dramática la existencia en Europa tal como ha sido hasta ahora, y a que, en el peor de los casos, se produzca una revolución social, por utilizar la expresión del historiador muniqués Michael Wolffsohn.

A lo largo de los últimos años, alrededor de la Unión Europea y de Alemania se ha formado una gran zona de inestabilidad. Abarca desde la frontera sur de Turquía hasta Marruecos, pasando por extensas zonas de la península Arábiga y el Mediterráneo, y es asimismo expresión de la crisis de modernización del mundo musulmán. Numerosos países figuran entre los denominados “Estados fallidos”. Tampoco Arabia Saudí y los demás Estados del Golfo tienen garantizada su existencia. Este proceso, que los años de guerra civil en Siria han agravado, se ha sumado a la emigración económica desde Asia y África, iniciada mucho antes, convirtiéndose en un fenómeno que probablemente defina una época. África, visible desde Europa, es el único continente cuya población seguirá creciendo con fuerza, según pronostican los demógrafos. Se prevé que de aquí a mediados de siglo, el número de sus habitantes se duplique y pase de 1.200 a 2.400 millones de personas.

Miles de jóvenes con un alto nivel académico que han adquirido su formación en las democracias occidentales no regresan a sus países de origen, y un número aún mayor abandona el continente africano dejando tras ellos un vacío que los que se quedan no pueden llenar. En consecuencia, en el futuro inmediato, la presión sobre esa isla de bienestar que es Europa no solo no cesará, sino que se incrementará. La antigua distinción europea entre refugiados políticos y emigrantes económicos ya no se sostiene; ha quedado obsoleta en vista de la complejidad de la situación en grandes zonas del mundo.

Hay unos 60 millones de personas en busca de mejores perspectivas de vida por todo el planeta. Los que llegan a Europa son en gran medida jóvenes, fuertes, y confían en sí mismos. No vienen a pedir, sino en calidad de abogados de la gran nivelación entre ricos y pobres, tal como la ha impulsado la política de ayuda al desarrollo desde la década de los sesenta, cuando la mayoría de países de África proclamó su independencia…

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