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Los alemanes y la memoria de Hitler

Los alemanes y la memoria de Hitler

Jochen Thies | 1 de julio del 2011

Alemania es permanentemente observada a escala internacional. Pese a la continua reflexión sobre su pasado y el inequívoco rechazo de los alemanes al periodo del nacionalsocialismo, Hitler será la figura que acuñe el negativo de la historia reciente del país.

Adolf Hitler dejó a los alemanes solos en el mundo. Es indudable que Alemania ha vuelto a ser un miembro fijo de la comunidad de naciones como resultado de un proceso que comenzó sorprendentemente pronto, después de 1945, sobre todo gracias a Estados Unidos, que cambió rápidamente su papel de estricta potencia ocupante partidaria del castigo por el de nación protectora. Sin el Plan Marshall, el oeste del país no se habría recuperado de la guerra tan rápido, y sin el puente aéreo de 1948-49 se habría perdido Berlín. Cuarenta años después, los estadounidenses acompañaron el proceso de reunificación alemana con la misma generosidad.

Sin embargo, los verdaderos amigos de Alemania en Europa se cuentan con los dedos de una mano. Entre ellos están los españoles, los irlandeses y los finlandeses. España tuvo la suerte de no caer bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra mundial. Francia actuó como elemento de contención. Vista desde Alemania, Irlanda quedaba detrás de Inglaterra. Portugal, Irlanda y Suiza se mantuvieron neutrales, igual que España. Para Finlandia –como para Italia– Alemania cambió su papel de aliado por el de un país que trajo la guerra. Pero los finlandeses no han olvidado que deben su existencia como nación a los alemanes; la suya fue la única frontera trazada por el imperio alemán que sobrevivió a la Primera Guerra mundial. En la actualidad, las cosas siguen sin ser fáciles para los alemanes en el resto de Escandinavia, en Dinamarca y en Noruega. Reino Unido todavía se siente orgulloso de haber sido el único gran país europeo que opuso resistencia al Tercer Reich con el primer ministro Winston Churchill. Los Estados del Benelux, sobre todo Holanda, tienen larga memoria de su sufrimiento bajo la ocupación alemana. Los luxemburgueses dieron muestras de especial valor: durante el régimen de terror alemán se atrevieron a hacer una huelga general que pagaron con muchos muertos.

En la última década, la relación entre rusos y alemanes ha experimentado una evolución sorprendente, a pesar de los 27 millones de muertos que se calcula hubo en la Unión Soviética de Stalin durante la guerra. También se perfila un desarrollo similar, tendente al entendimiento y la reconciliación, entre Berlín y Varsovia. Le siguen a cierta distancia el resto de Europa central y oriental, donde las relaciones con República Checa y Eslovaquia han sido particularmente difíciles durante mucho tiempo, a diferencia de Hungría y Rumania, aliados de la Alemania hitleriana durante la fase principal de la guerra, con los que existe una relación mucho más distendida. Grecia intenta una y otra vez recibir una compensación de los gobiernos federales por el sufrimiento que la ocupación alemana infligió a este pequeño país.

En cuanto a Austria, la situación entre alemanes y austriacos es bastante curiosa. Ciertamente, la Anschluss [unión] de 1938 supuso la anexión forzosa de Austria por parte del Tercer Reich a instancias de Hitler, austriaco de nacimiento. Pero también forma parte de la verdad histórica que, en aquel entonces, la gran mayoría de los austriacos vio con buenos ojos esa coalición con la Alemania hitleriana. Sin embargo, cuando terminó la guerra y se fundó la República Federal, en 1949, Austria fue el primer país que exigió a los alemanes el pago de indemnizaciones, asumiendo un papel de víctima que realmente no le correspondía. Ahora bien, con la caída del muro de Berlín, la reunificación alemana y el final de la división de Europa, en muchos Estados europeos han comenzado procesos de debate que han contribuido al surgimiento de una visión más detallada del periodo comprendido entre 1939 y 1945. Eso no altera en lo más mínimo la responsabilidad fundamental de los alemanes en lo que respecta a la guerra y a los crímenes cometidos. Pero también se ha puesto de manifiesto que tuvieron muchos ayudantes en Europa a la hora de llevar a cabo la matanza de judíos europeos, sobre todo la de 1942, como ha demostrado, entre otros, el gran estudio del historiador israelí Saul Friedländer.

 

Hendaya y la relación con España

Durante la Segunda Guerra mundial España formaba parte, aparentemente, del grupo de países neutrales. Pero en realidad, entre 1941 y 1943, participó en la campaña rusa de los alemanes con la División Azul. Es indudable que cuando el 23 de octubre de 1940 Hitler se reunió con Franco en su coche-salón estacionado en Hendaya, el dictador alemán quería más de los españoles. No obstante, Franco, todavía marcado política y psicológicamente por la Guerra Civil recién terminada, se mostró prudente. Además, es probable que el general evaluara atinadamente la situación bélica, a pesar de todos los intentos de persuasión de Hitler: el Tercer Reich todavía no había conseguido embelesar a los británicos. De acuerdo con las actas de la conversación, cuyo texto se ha conservado en su mayor parte, Franco dijo en Hendaya que la lucha conjunta en la Guerra Civil española había creado un “vínculo profundo”.

Al parecer, Franco presentía los peligros latentes que amenazaban a España desde su entorno más inmediato. La Francia de Vichy no tenía ningún control sobre las posesiones coloniales francesas en el norte de África, que poco después se pasaron a las filas del general De Gaulle. Y el potencial marítimo alemán no bastaba para controlar las rutas estratégicas entre Norteamérica y Europa o entre EE UU y el norte de África, e impedir así el transporte de ayuda vital para Reino Unido. Por tanto, Franco recapituló en Hendaya con la siguiente observación: “Por eso España debe reservar sus fuerzas“.

Al comienzo de la campaña rusa, en junio de 1941, también hubo manifestaciones antisoviéticas en España, de las que no se sabe con seguridad si fueron espontáneas u organizadas (al fin y al cabo, el recuerdo de la Guerra Civil todavía estaba vivo). Franco aprovechó el momento e hizo una pequeña oferta a Hitler por si acaso. Así, hasta cierto punto, seguía “dentro del juego”. Franco ofreció a los alemanes el envío de una unidad de voluntarios no motorizada, entrenada en un campo de instrucción en Baviera durante cinco semanas y, a continuación, fue destinada a sectores del frente donde se libraban duros combates, primero en Witebsk (Bielorrusia) y más tarde en Leningrado. Durante los dos años siguientes fueron movilizados en Rusia casi 50.000 soldados españoles, de los que aproximadamente 5.000 perdieron la vida, según fuentes españolas. En 1956, regresaron a casa los últimos soldados españoles hechos prisioneros de guerra en la URSS. Unos dos centenares de estos soldados, que vestían el uniforme de la Wehrmacht con la camisa azul de la Falange debajo, están todavía vivos, hecho prácticamente desconocido en Alemania.

La historia no desaparece. Por supuesto, en el caso de España también forma parte de la historia una experiencia de diverso signo con los alemanes, el recuerdo de la horrorosa Guerra Civil con la Legión Cóndor que intervino del lado de Franco, redujo Guernica a cenizas y escombros, y de este modo puso a prueba los aviones y el armamento que poco después se emplearían en toda Europa. No obstante, en el bando opuesto, el de los republicanos, también lucharon muchos alemanes que más tarde hicieron carrera política en la segunda república alemana, como es el caso de Willy Brandt.

Desde la perspectiva alemana, durante mucho tiempo dio la sensación que España había hecho las paces con esa época, de forma parecida a la Austria católica, puesto que los acontecimientos que tuvieron lugar entre 1936 y 1939 en el propio país, y el posterior tete-à-tete con la Alemania hitleriana entre 1941 y 1943, han estado prácticamente “congelados”. Pero parece que el consenso imperante al respecto entre los partidos políticos españoles, que se mantuvo durante mucho tiempo después de la muerte de Franco, se rompió tras la primera victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero. Desde Berlín se tiene la impresión que en la península Ibérica ha resurgido un antiguo aglutinamiento en bandos. Aunque en Alemania también ocurrió algo similar entre 1949 y 1969, hasta que el Partido Socialdemócrata (SPD) accedió por primera vez al gobierno.

Si resumimos este repaso a la relación de los alemanes con los pueblos vecinos nos queda lo siguiente: tres amistades fluidas, con España, Irlanda y Finlandia; una cierta proximidad con Austria, no necesariamente correspondida; a lo que hay que sumar la relación, de nuevo difícil, con el patriarca, EE UU, así como la sorprendente mejora de la relación con los rusos. Estos se sienten atraídos por Alemania desde hace siglos, ya sea Pedro el Grande, Lenin, Stalin, Gorbachov o Putin quien detente el poder.

 

Reflexionar sobre los estereotipos

La lección que Alemania ha sacado de su experiencia como gran potencia entre el comienzo del siglo XIX y el catastrófico final de todos sus sueños de grandeza en 1945 sigue siendo no retornar jamás a aquella posición intermedia en la que el país fue triturado entre el Oeste democrático y el Este políticamente reaccionario. Por eso Europa y EE UU siguen con especial atención cada movimiento que se produce en el marco de la política alemana frente a Rusia. Los estereotipos de política exterior que imperan en los grupos dirigentes de los países vecinos son pertinaces y longevos. Se aprecian los avances democráticos de los alemanes desde 1949, pero también existen recuerdos colectivos de tiempos pasados, de la política exterior alemana, inquieta y carente de objetivos claros posterior a Bismarck, que aisló rápidamente al imperio. Alemania debe tener siempre en cuenta estos estereotipos, el terror permanente a la fractura cultural de 1933, seguida años después por el Holocausto. En cierto modo, siempre está siendo observada a escala internacional. Mantener una buena relación con Israel es un objetivo prioritario. Hitler y los crímenes del nacionalsocialismo siempre están presentes.

La reflexión sobre el nacionalsocialismo, el enfrentamiento con el pasado, comenzó pronto en Alemania. Es cierto que la primera generación (los padres habían tomado parte en la guerra), llevada por un sentimiento de vergüenza, ha guardado silencio sobre los crímenes cometidos en nombre de Alemania. Muchos antiguos soldados insisten que no sabían nada de las ejecuciones en masa detrás del frente, ni de los campos de concentración, al estar emplazados los más grandes, como el de Auschwitz, fuera de Alemania. Richard von Weizsäcker, expresidente federal, y Helmut Schmidt, excanciller, participaron de ese mismo desconocimiento. Ambos lucharon en Rusia como jóvenes oficiales. Después, Schmidt fue jefe de negociado del ministerio Imperial del Aire en Berlín y vivió los bombardeos nocturnos de la capital.

Durante la ocupación aliada, los alemanes se vieron obligados a enfrentarse a los crímenes del nacionalsocialismo. Fue entonces cuando los medios de comunicación empezaron a informar sobre lo inconcebible y las revistas intelectuales iniciaron la reflexión sobre lo sucedido. Las dos grandes iglesias del país también contribuyeron a este proceso, y también lo hicieron por mala conciencia. Porque, a pesar de la existencia de un tal Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por los esbirros del régimen en abril de 1945, pocas horas antes de la liberación por parte de las tropas estadounidenses, los nacionalsocialistas lograron calar profundamente en el protestantismo alemán. Solo una minoría de los pastores formó parte de la “iglesia confesora” y se opuso a las pretensiones de omnipotencia del régimen. La situación parecía algo mejor en la iglesia católica, aunque fueron muy pocos los que, como el obispo de Münster, Clemens August Graf von Galen, se pronunciaron abiertamente contra Hitler.

El hecho de que los católicos, que en la República de Weimar también se habían aglutinado en torno a un partido político, el Centro, se hayan mostrado más resistentes que los protestantes frente a la ideología nacionalsocialista tiene mucho que ver con la historia de la nación. La fundación del imperio por Bismarck convirtió a los católicos en una minoría dentro del país. Prusia pasó a ser el peso pesado desde un punto de vista político. Austria quedó fuera de la nueva estructura de poder y, como consecuencia, no se materializó la gran solución de la cuestión del Estado nacional alemán. A partir de ese momento, en el imperio de la pequeña Alemania, Bismarck tuvo que vérselas con dos adversarios en el ámbito de la política interior: la pujante socialdemocracia y los católicos, a los que consideraba sospechosos de pactar con el Vaticano y, por tanto, contrarios al Estado nacional. La presión ejercida sobre los católicos alemanes sigue teniendo repercusiones en la actualidad. En 1990 desempeñó un papel importante a la hora de decidir entre Berlín o Bonn como sede del gobierno. Esto supuso un serio dilema para la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido del entonces canciller federal Helmut Kohl.

En los años cincuenta y sesenta, toda una generación de jóvenes historiadores alemanes se dedicó a investigar el periodo del nacionalsocialismo, y esta tendencia siguió vigente hasta las generaciones que vinieron al mundo en los dos últimos años de la guerra, es decir, aquellos que actualmente han cumplido los 65 años. Los resultados de sus investigaciones fueron ampliamente divulgados. Después del británico Alan Bullock, que en los años cincuenta redactó la primera gran biografía de Hitler, el periodista alemán Joachim C. Fest, coeditor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribió una gran obra sobre Hitler, traducida a varios idiomas y a día de hoy, todavía puede calificarse como el más importante de todos los estudios sobre el dictador.

Al mismo tiempo, la República Federal empezó a pagar reparaciones por los crímenes cometidos. En un primer momento, el destinatario fue el joven Estado de Israel, pero a lo largo de las décadas siguientes su alcance se amplió considerablemente. Muchas de las víctimas de detenciones o trabajos forzados fueron compensadas, al menos simbólicamente. Las propiedades inmobiliarias y los tesoros artísticos robados se devolvieron a sus propietarios o a sus herederos.

En 1972, la República Federal sufrió un profundo golpe cuando, creyendo haber dejado atrás lo peor, se decidió a organizar los Juegos Olímpicos en Múnich. Dicen que el entonces presidente del Comité Olímpico Nacional, Willy Daume, dio instrucciones al jefe superior de policía de Múnich para que las patrullas que vigilaban la valla de la villa olímpica no llevaran perros, ya que produciría una mala impresión visual en los medios de comunicación internacionales, porque recordaría a los perros empleados por Hitler en la vigilancia de los campos de concentración. Pocos días después ocurrió la catástrofe. Unos palestinos salvaron el obstáculo de la valla sin el menor problema y asaltaron el alojamiento del equipo olímpico israelí. El chapucero intento de liberación de los rehenes llevado a cabo por la policía bávara finalizó pocas horas después con un baño de sangre.

Murieron 17 personas, entre ellas los 11 atletas israelíes. Los juegos siguieron adelante, pero habían perdido por completo su carácter alegre. Alemania estaba hundida, atrapada de nuevo en tiempos y recuerdos desdichados. Lo más trágico para los israelíes fue que habían reflexionado largamente sobre la conveniencia de aceptar o no la invitación a Múnich, porque la memoria del Holocausto aún seguía viva en las familias de cada uno de los deportistas. Cada atleta que representaba a Israel en Múnich tenía parientes que habían perdido la vida en los campos de concentración alemanes.

Pocos años después surgió otra situación difícil de superar para Alemania, cuando en EE UU se emitió una serie de cuatro capítulos sobre el Holocausto, posteriormente retransmitida por cadenas de televisión de todo el mundo. La serie abría nuevos caminos, no era demasiado exacta en lo que respecta a los detalles históricos, pero llegó a un público inmenso. En todo el mundo, mucha gente que ya se había acostumbrado a una nueva Alemania, volvió a preguntarse una vez más cómo pudo ocurrir algo así.

En el nuevo universo hiperactivo de la comunicación, los golpes se iban sucediendo a intervalos cada vez más cortos. Primero, a comienzos de los años ochenta, se produjo una enconada disputa entre historiadores de la República Federal desencadenada por el sociólogo de fama internacional Jürgen Habermas, quien reprochó a un prestigioso equipo de cuatro historiadores contemporáneos alemanes haber relativizado los crímenes de los nacionalsocialistas. El ataque iba dirigido sobre todo contra Ernst Nolte, quien había planteado la cuestión de si el Holocausto, su concepción y su ejecución, no tendría de alguna forma algo que ver con el exterminio de los gulag rusos en los años veinte y treinta durante el gobierno de Stalin. Los historiadores estiman que la desaparición masiva de esa clase social de campesinos rusos ricos costó la vida, de forma directa o indirecta debido a la hambruna, a muchas más personas que el Holocausto con sus seis millones de víctimas. Las teorías de Nolte y otros suscitaron indignación.

Lo mismo cabe decir de la discusión sobre las tesis del historiador estadounidense Daniel Goldhagen, que en 1996 afirmó que los alemanes habían llevado el antisemitismo hasta sus últimas consecuencias impulsados por una predisposición genética. Más adelante fue un historiador estadounidense quien encauzó por derroteros más serenos los debates sobre la predisposición o no de los alemanes a los crímenes masivos. Christopher Browning describió en un gran estudio el camino recorrido en la guerra por un batallón de policías de Hamburgo hasta llegar a Rusia, donde honrados padres de familia se transformaron en asesinos múltiples. Recientemente se han presentado nuevas conclusiones sobre la fina capa de barniz que recubre al ser humano. Una investigación del historiador israelí Daniel Blatman sobre los últimos días del Tercer Reich, sobre las marchas de la muerte de los presos de los campos de concentración, revela cómo ciudadanos completamente normales, no solo miembros de las SS, mataron a personas en el último minuto. Entre ellos había incluso miembros de las juventudes hitlerianas, es decir, muchachos de 14 años que hoy tienen 80 y viven en nuestro país sin que nadie sepa que son criminales. Asesinaron en el momento en que reventaron todos los diques de contención, cuando el país estaba poseído por un deseo generalizado de muerte y asesinato.

En los últimos años, esta discusión ha abarcado también el papel del ejército alemán. Durante décadas, la Wehrmacht ha estado considerada como aquella parte de Alemania que se había mantenido al margen de los asesinatos y ejecuciones masivas incluso durante la campaña rusa. Esta opinión sigue siendo válida para la masa de oficiales, suboficiales y tropas. Pero investigaciones detalladas llevadas a cabo en los últimos años revelan que la ideología nacionalsocialista había calado profundamente en el ejército alemán. No solo se cumplió la “orden de los comisarios” de Hitler. También se puso en práctica sin vacilaciones la política de tierra quemada, la ejecución de partisanos y de hombres, mujeres y niños inocentes.

No obstante, en la actualidad algunos jóvenes historiadores alemanes malinterpretan rúbricas de posteriores rivales de Hitler y autores de atentados, como Henning von Tresckow, estampadas al pie de órdenes de destrucción y órdenes del Führer. No tiene sentido plantear semejante cosa; una firma no significa nada por sí sola. Pero no será fácil dar un enfoque objetivo al debate, porque poco a poco van muriendo los últimos testigos contemporáneos. Y cada vez será más difícil imaginar desde una sociedad que vive en un clima de paz y bienestar lo que significa la guerra, lo que realmente ocurrió en Alemania.

 

Permanente lucha entre pasado y futuro

Cientos de miles de personas se pusieron a disposición de los nacionalsocialistas; resulta alarmante comprobar cuántos jóvenes académicos, profesores, médicos y juristas los secundaron. La mayoría de los alemanes fueron simpatizantes, algo nada inusual durante una dictadura. Solo una minúscula minoría se opuso abiertamente a Hitler, arriesgando su vida. Estaba integrada por comunistas, socialdemócratas, conservadores y, al final, también por la antigua élite de la nobleza prusiana reunida en torno a Claus von Stauffenberg quien, a pesar de fracasar en su atentado, por lo menos quiso lanzar una señal que sentase un precedente. A juzgar por todo este entramado, era obvio que tras la liberación del yugo nacionalsocialista, los antiguos fantasmas no desaparecerían de la noche a la mañana.

Por eso la joven República Federal tuvo que luchar desde el primer momento con partidos de extrema derecha. Al principio fueron prohibidos, pero después el país se atrevió a emprender una lucha política abierta contra la derecha y terminó ganándola. En las elecciones regionales, los diversos partidos de derechas se aproximaron a los 10 puntos. Particularmente amenazadores fueron los éxitos del Partido Nacionaldemocrático (NPD), que en las elecciones al Bundestag de 1969 no llegó a alcanzar el mínimo del cinco por cien. La derecha alemana no ha conseguido recuperarse de esa derrota, aunque en los últimos 20 años haya logrado entrar en alguna ocasión en los parlamentos regionales.

Cuestionar el asesinato de los judíos europeos, exhibir símbolos nacionalsocialistas en público o provocar con el saludo hitleriano son actos penados en Alemania. En los últimos años, la población ha ido adoptando una actitud cada vez más inequívoca ante estas cuestiones.

Queda abierta la cuestión de si los alemanes podrán seguir en esa línea del recuerdo, del arrepentimiento, de la lucha permanente con el pasado. Porque la evolución demográfica del país traerá consigo enormes transformaciones. Millones de musulmanes, sobre todo turcos, han llegado a Alemania durante las dos últimas décadas. ¿Harán como los otros inmigrantes –que ahora suponen un 10 por cien de la población residente en Alemania– y aceptarán la reciente historia alemana como propia? No parece muy probable. Y las noticias procedentes de países vecinos, que no tienen que vérselas con ese enfrentamiento crítico con el pasado de los alemanes, resultan poco tranquilizadoras.

En Holanda, destacados políticos recomiendan a los judíos que abandonen el país. Aquellos que llevan la kipá en público ya no pueden sentirse seguros. Lo mismo cabe decir de los países escandinavos.  En la ciudad de Malmö, en el sur de Suecia, los extranjeros suponen el 50 por cien de la población. Allí, sobre todo los jóvenes árabes, manifiestan en público su odio a los israelíes y se amenaza a los judíos. En Hungría, que ha asumido la presidencia del Consejo Europeo durante el primer semestre de 2011, está resucitando el antisemitismo de los años anteriores a la guerra.

Seguramente Alemania quedará a salvo de este tipo de excesos durante un tiempo debido a su culpa por el Tercer Reich. Pero es imposible pasar por alto estas señales de aviso. En Alemania los judíos también son atacados en plena calle y se producen atentados contra sinagogas y cementerios. Pero todavía existe una opinión pública crítica. Sobre todo los alemanes jóvenes, entre 20 y 30 años, tienden a una actitud de tolerancia cero en este ámbito.

También hay que incluir aquí la relación especial con Israel, que se ha consolidado con la canciller, Angela Merkel, y va camino de la normalidad, si es que realmente esto puede existir entre judíos y alemanes. Desde hace algún tiempo se celebran incluso sesiones conjuntas de consejos de ministros de forma alterna en ambos países. Frente a las costas de Líbano patrullan buques de guerra alemanes para impedir el contrabando de armas y hacer más segura la frontera norte de Israel. La canciller ha llegado incluso a ofrecer al Estado de Israel una garantía de seguridad formal en un discurso pronunciado en Jerusalén. Ninguno de sus predecesores había hecho algo así.

Aunque queda abierta la cuestión de lo que esto podría significar en la práctica, de lo que podría ocurrir si el entorno de Israel se desestabilizara, hablamos de Egipto, Siria, Líbano y Túnez. Eso es algo que nunca se ha discutido realmente en la República Federal y que actualmente también se obvia.

Alemania ya se ha adentrado en aguas revueltas debido a la crisis libia porque, sorprendentemente, en marzo Berlín se abstuvo en la votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que decidió adoptar sanciones contra el régimen de Muammar el Gaddafi. En lugar de votar con las potencias occidentales, Alemania se situó de nuevo al lado de Rusia y China, cuya abstención era en realidad un “sí”, mientras que la indecisión alemana significaba un “no”. Al cabo de unos días se produjo otra desavenencia con los socios de la OTAN, cuando el gobierno federal retiró del Mediterráneo los buques de guerra que formaban parte de la división naval permanente de la Alianza. Los expertos todavía especulan sobre por qué alguien experimentado en política exterior como Merkel ha seguido la línea de su débil e inexperto ministro de Exteriores, el liberal Guido Westerwelle. Es evidente que tanto el ministro como el ministerio no habían contado con que en el último minuto EE UU aprobaría una intervención militar para rescatar a los rebeldes de Bengasi del ataque de Gaddafi. Cuando Merkel lideraba la oposición se pronunció a favor de la participación de Alemania en la guerra de Irak. Tenía una relación de confianza con George W. Bush pero, por lo que parece, no tiene un contacto personal de confianza con Barack Obama, que dejó a Alemania fuera de su viaje por Europa en mayo.

Por consiguiente, la revolución que tiene lugar en el mundo árabe ha sorprendido tanto a Alemania como a sus socios.

 

El difícil retorno alemán

Los judíos de Israel y del resto del mundo han recuperado la confianza en Alemania. Los nietos de los supervivientes del Holocausto están regresando a Berlín. La comunidad judía de Alemania vuelve a sumar unas 100.000 personas. El retorno de los judíos berlineses a la antigua y nueva capital es uno de los acontecimientos más hermosos que han tenido lugar tras la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana. El coleccionista de arte parisino y amigo de Picasso, Heinz Berggruen, vuelve a Berlín con su maravillosa colección y consigue un museo para exhibirla justo enfrente del palacio de Charlottenburg. Caso similar al del mecenas Erich Marx, comprometido con el proyecto artístico de la estación de Hamburgo. El antiguo secretario del Tesoro estadounidense Michael Blumenthal, también berlinés de nacimiento, ha sido nombrado director del Museo Judío, ubicado en el interesante edificio de Daniel Libeskind, que recibe anualmente la visita de más de medio millón de personas.

El mundo de los medios de comunicación alemanes, tan hiperactivo en conjunto, está pendiente de la aparición de cualquier tono o matiz nuevo en el debate sobre el pasado alemán más reciente. Cada nueva interpretación, por justificada que sea, se topa en un primer momento con el rechazo. En el entorno de Der Spiegel, revista de actualidad publicada en Hamburgo y líder en Alemania, se dice que, cuando la tirada flojea, lo mejor es sacar un tema relacionado con el nacionalsocialismo en la portada, a ser posible con el retrato de Hitler. Una exposición inaugurada en Berlín con el título Hitler y los alemanes, acogida con bastantes críticas por parte de los medios, consiguió atraer a 250.000 visitantes el pasado invierno.

Hitler será siempre la figura que acuñe el negativo de la reciente historia mundial. Todavía son muchos los que se revuelven al preguntarse por qué no salió bien ninguno de los casi 50 atentados planeados contra Hitler. Además del intento fallido de Stauffenberg, del 20 de julio de 1944, que si hubiera tenido éxito habría conseguido ahorrar a Europa la mitad de los muertos de la guerra, hay que mencionar otra valiente acción. Fue obra de alguien que actuó en solitario, un artesano, un hombre del pueblo que se había percatado de las terribles intenciones de Hitler desde el principio. Georg Elser preparó meticulosamente una bomba con espoleta retardada que debía matar a Hitler el 8 de noviembre de 1939, cuando acudiera a la cervecería Bürgerbräukeller de Múnich. Trece minutos antes de que se produjera la explosión, que mató a ocho personas, Hitler abandonó la sala para regresar a Berlín en tren en lugar de en avión debido al mal tiempo. Elser se encontraba en ese momento en Constanza y fue detenido cuando solo le faltaban unos metros para llegar a la salvadora frontera suiza. Fue encarcelado y ejecutado por orden de Hitler pocas semanas antes del fin del Tercer Reich. Justo 50 años después, los alemanes tuvieron la suerte que les faltó en 1939: el muro cayó, no hubo ninguna guerra y nadie perdió la vida.

Ahora bien, el efecto de la intensa sobrecarga psíquica y emocional a que están sometidos todavía los alemanes se ha puesto de manifiesto en los 20 últimos años, entre otras cosas, en el hecho de que, después de su afortunada reunificación, Alemania no ha estado preparada para asumir el liderazgo europeo. El país tiene problemas sobre todo con las cuestiones de naturaleza militar. Una gran mayoría de los alemanes desea la inmediata retirada de Afganistán. Cada pequeño suceso que atañe al ejército alemán es examinado con lupa. Por eso todavía pasará mucho tiempo antes de que Alemania dé con una política exterior y de seguridad pragmática, y en gran parte libre de una sobrecarga histórica que en ocasiones también puede convertirse en un pretexto por motivos tácticos. Hitler sigue presente en la mente de los alemanes.

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