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Más allá del multiculturalismo y la asimilación

Más allá del multiculturalismo y la asimilación

Ricard González | 1 de marzo del 2007

La amenaza que supone el yihadismo internacional, con sus ramificaciones entre la población inmigrada de religión musulmana, ha situado la cuestión de la inmigración en el centro del debate público en las sociedades occidentales. A decir por el grado de excitación que provoca la dialéctica del multiculturalismo y la asimilación entre la intelectualidad europea, parece que el éxito en la integración de los inmigrantes dependiera de la elección de uno de estos dos modelos. Sin embargo, la realidad muestra que existen ejemplos de éxito y fracaso en países o regiones que han aplicado cualquiera de ellos. Por tanto, para explicar los resultados de una política de integración de la comunidad musulmana en un país concreto, es preciso echar mano también de otras variables.

El análisis de las políticas inmigratorias de países europeos con mayor experiencia en la recepción de grandes cantidades de población inmigrada debería ser de gran interés para el Estado español, incorporado de forma relativamente reciente al grupo de países receptores de inmigración. En un momento en el que aún se está perfilando una política de inmigración propia, las experiencias de otros países puede evitar que se cometan los mismos errores.

Antes de entrar en materia, es necesario definir, aunque sea a grandes rasgos, ambos modelos, pues existe cierta confusión al respecto. Esto es especialmente cierto en el caso del multiculturalismo, y se debe a la excesiva politización en la que ha caído la cuestión inmigratoria. Por multiculturalismo entiendo un conjunto de prácticas, actitudes y creencias destinadas a proporcionar a todos los ciudadanos de un Estado unos mismos derechos culturales. En una situación en la que coexisten diversas culturas, esto implica el reconocimiento por parte del Estado de prácticas culturales diversas. A menudo, los detractores del multiculturalismo, conscientemente o no, lo igualan al comunitarismo a base de caricaturizarlo, lo que contamina el debate entorno a esta cuestión. La principal diferencia entre ambos es que el comunitarismo sitúa los derechos culturales de las minorías por encima de cualquier ley que sea ajena a la propia comunidad: es decir, es relativista desde un punto de vista moral. En cambio, si bien existen diferencias entre los autores multiculturalistas, la mayoría acepta que no sean reconocidos aquellos derechos culturales que violen los derechos humanos o los principios fundamentales del Estado.

En cuanto a la asimilación, considera que el Estado debe ser neutral en el ámbito de la cultura, puesto que pertenece a la esfera privada de los ciudadanos. De acuerdo con los asimilacionistas, el Estado no debe reconocer derechos especiales a los miembros de una comunidad, puesto que considera que esto violaría el principio de igualdad ante la ley, del que hacen una interpretación muy estricta y amplia.

 

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Diversidad religiosa. Fuente: Vox

 

Multiculturalismo vs asimilación

De acuerdo la mayoría de los especialistas en inmigración, es posible clasificar los Estados europeos con una política de integración activa en dos grupos: aquéllos que se adhieren al modelo multiculturalista, y los que lo hacen al modelo de la asimilación. En el primer grupo estarían Reino Unido, Holanda y los países escandinavos, mientras en el segundo encontraríamos a Francia y Bélgica. Los otros países de la Europa occidental han mantenido hasta hace poco el mito de que los inmigrantes retornarían a sus países de origen, declinando elaborar una política de inmigración concreta, como es el caso de Alemania, o bien han sido tradicionalmente países emisores de inmigrantes más que receptores, como Italia o España. Sin embargo, la realidad es más ambigua de lo que sugieren muchos estudios, ya que todos los países han aplicado principios y prácticas pertenecientes a ambos modelos, especialmente en el ámbito local.

Podemos encontrar ejemplos de políticas híbridas incluso en aquellos Estados más claramente asociados a uno de los dos modelos. Por ejemplo, a pesar de la retórica oficial asimilacionista, durante los años setenta, la distribución de viviendas en Francia se hizo a partir de cuotas asignadas a las diversas comunidades étnicas. Asimismo, cuando al actual aspirante presidencial de la derecha, Nicolas Sarkozy, creó el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), declaró que estaba destinada a representar los “cinco millones de musulmanes de Francia”. No obstante, este número no corresponde a las personas que se adhieren a la fe musulmana, sino al número de individuos de origen norteafricano, independientemente de como vivan el hecho religioso. Es decir, aquéllos que diseñaron el CFCM lo hicieron con la voluntad de convertirlo en un órgano de representación étnica, no religiosa, algo que no casa precisamente con los principios asimilacionistas de igualdad absoluta ante la ley de todos los ciudadanos.

 

Pese a la retórica oficial asimilacionista, en los setenta la distribución de viviendas en Francia se hizo con cuotas asignadas a cada comunidad étnica

 

De igual forma, en Reino Unido es posible encontrar políticas de integración muy diferentes en función de la administración pública que las aplique, habiendo una notable heterogeneidad sobre todo en el ámbito local. Por ejemplo, en algunas escuelas públicas el hijab, o velo islámico, es tolerado, mientras en otras las chicas que lo llevan son obligadas a quitárselo al entrar en las aulas. Buena parte de estas diferencias tienen su origen en las visiones opuestas que sobre este asunto sostienen la derecha y la izquierda. Así, mientras Margaret Thatcher no tenía problemas en recibir en Downing Street a Ray Honeyford, un director de escuela que se negó a aplicar las políticas multiculturalistas de su ayuntamiento y que dirigía un programa con tintes xenófobos, el ascenso de Tony Blair al poder implicó una sensibilidad más cercana al ideal multiculturalista.

En Holanda, considerada hasta hace poco el paladín del multiculturalismo, encontramos también una pragmática combinación de enfoques. Así, a la misma vez que en el ámbito educativo el gobierno siguió durante los años noventa un enfoque multiculturalista, por ejemplo, promoviendo las clases de árabe entre los alumnos de origen marroquí, sus políticas en otros ámbitos, como el de la inserción laboral, eran de alcance universal, sin ningún tipo de discriminación positiva hacia los inmigrantes. De hecho, al igual que en Reino Unido, en Holanda existen notables diferencias entre la derecha y la izquierda alrededor de la cuestión inmigratoria.

De todas formas, a pesar de que ningún país haya aplicado a pie juntillas ninguno de los dos modelos, es cierto que diversos Estados se aproximan más a uno de los dos. Pero, incluso si incluimos a Estados Unidos y Canadá en el estudio, no existe evidencia empírica que uno de los dos ofrezca una mayor garantía de éxito en la integración de la inmigración de religión musulmana. Por tanto, el lugar común que circula en la mayoría de medios de comunicación respecto al fracaso del modelo multicultural, especialmente tras los atentados en Londres y el asesinato del cineasta holandés Theo Van Gogh, es incorrecto.

Para empezar, el país que se ajusta más claramente al modelo multicultural no es europeo, sino norteamericano: Canadá. Por cuanto respecta a la integración de la inmigración musulmana, y lo mismo se puede decir de otros grupos étnicos o religiosos, la experiencia canadiense es más bien de éxito. De acuerdo con el censo de 2001, unos 5,4 millones de sus habitantes nació fuera de Canadá, más del 18 por cien de su población, muy por encima que cualquier país europeo. Solo en la década anterior (1991-2001) llegaron a Canadá 1,8 millones de inmigrantes, la mayoría de ellos provenientes de Asia (un 58 por cien), y muchos de religión musulmana. Se calcula que viven en Canadá unos 600.000 musulmanes, un dos por cien de la población, una cifra ligeramente inferior a la de Reino Unido.

En comparación con Europa, Canadá tiene un historial ejemplar en cuanto a relaciones inter-comunitarias. En concreto, respecto a la comunidad musulmana, no se ha producido ningún atentado terrorista, ni se ha detenido un número importante de presuntos terroristas, y las agresiones con un componente racial son escasas. Contrariamente a lo que los numerosos detractores del multiculturalismo habrían predicho, Canadá es el país que ha ido más lejos en el reconocimiento de la identidad musulmana. Un de sus Estados federados, Ontario, incluso ha llegado ha aprobar la creación de tribunales islámicos que utilizan la sharía, o ley islámica, en la resolución de conflictos entre musulmanes. Con la condición, claro está, de que no se vulneren los derechos humanos recogidos en la constitución del país.

Por el contrario, el país asimilacionista por excelencia, Francia, no parece que pueda presentarse como un éxito completo en la integración de la inmigración de origen norteafricano, y en su mayoría musulmana. Este hecho se manifestó con toda crudeza en los disturbios de los suburbios de las grandes ciudades francesas en el otoño de 2005. Si bien es verdad que los jóvenes implicados en aquellos hechos no perseguían una agenda islamista, también lo es que en su mayoría eran descendientes de inmigrantes. Pocos franceses de souche (“de raíz”, con una larga vinculación familiar con el país) participaron en las revueltas. Tampoco parece envidiable el hecho de que, poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, en un partido de fútbol amistoso entre Francia y Argelia en Saint-Dennis, miles de jóvenes de origen argelino silbarán ante el himno francés y corearan a Osama bin Laden en diversos momentos del partido.

 

Canadá es el país que ha ido más lejos en el reconocimiento de la identidad musulmana

 

Estos dos ejemplos no deben llevarnos al extremo contrario; a sostener que el multiculturalismo es la panacea, como demuestran los problemas que han surgido recientemente en Reino Unido u Holanda. En todo caso, un apunte es necesario ante la valoración negativa que se realiza habitualmente sobre la política inmigratoria de estos dos países. Sería un error concluir el fracaso de su política inmigratoria.

Es preciso que la comunidad académica busque indicadores de mayor rigor científico para analizar los resultados de la integración de una comunidad inmigrada. Quizá uno de esos indicadores sea la tasa de matrimonios mixtos. Probablemente resulta inevitable que en la situación actual de las relaciones entre Oriente y Occidente, cuando muchos de un lado y el otro consideran que existe un choque de civilizaciones, pueda surgir una minoría radicalizada dispuesta a hacer barbaridades en cualquier país occidental, por muy acertada y exitosa que sea su gestión de la inmigración. En todo caso, a falta de indicadores rigurosos, una mera observación de la realidad sugiere que las poblaciones musulmanas en Canadá y EE UU están siendo integradas con más éxito que en Europa.

 

Otras posibles variables

La identificación de variables alternativas es fundamental a la hora de diseñar una política de integración efectiva de la comunidad musulmana. Se presentan a continuación cuatro posibles variables:

 

Identidades abiertas y cerradas. El tipo de identidad del país de acogida es una de las variables cruciales para explicar el éxito de una sociedad a la hora de integrar una cantidad importante de población inmigrada. Una distinción entre dos tipos ideales de identidad es útil para reflexionar sobre la influencia de esta variable.

– Identidad abierta: los requisitos para los que quieran ser miembros no son demasiado exigentes, lo cual facilita la inclusión de nuevos miembros. Un buen ejemplo lo es la comunidad de aficionados de un club de fútbol. Por el simple hecho de llevar la camiseta, bandera u otro símbolo relacionado con el equipo en cuestión es posible ser aceptado en la comunidad.

– Identidad cerrada: los requisitos para incorporarse a la comunidad son exigentes, y a veces incluso imposibles de cumplir. Por ejemplo, las identidades de tipo adscriptivo son completamente cerradas, como la afroamericana. Nunca un norteamericano blanco o asiático va a poder ser miembro de la comunidad, por mucho que comparta con estos hábitos, aficiones o una forma de vestir.

Una identidad abierta facilita la integración de los inmigrantes a su nueva sociedad, puesto que, normalmente cuando éstos deciden asentarse de forma definitiva, quiere ser aceptados como miembros de la comunidad en pie de igualdad. Este deseo de igualdad es especialmente fuerte entre los llamados “inmigrantes de segunda generación”, los descendientes de inmigrantes. Cuando esta aspiración se ve frustrada, aparecen actitudes antisociales. En teoría, es de esperar que en una sociedad con una identidad abierta las actitudes discriminatorias o racistas sean menos comunes. Los inmigrantes o sus descendientes no son considerados como “el otro”, sino como parte de un mismo sujeto colectivo, lo que facilita su integración en todos los ámbitos, entre ellos, el laboral.

En términos de identidades nacionales, los países que se han formado a partir de sucesivas olas de inmigración, como es el caso de Canadá o EE UU, tienden a una identidad más abierta. En estos países, se considera de forma mayoritaria que los nuevos inmigrantes son capaces de enriquecer más que amenazar la identidad nacional. La cultura nacional es percibida ampliamente como algo flexible, no como algo inmutable. En el caso de EE UU, la identidad nacional está basada en la adherencia a un credo político basado en una serie de principios, como la libertad, el individualismo, y el laissez faire en la economía. La existencia de una identidad abierta explica, parcialmente, la mejor integración de los inmigrantes musulmanes en estos dos países en comparación con Europa.

Si bien tanto EE UU como Canadá suelen incluirse dentro del grupo de países que aplican políticas multiculturales, su identidad nacional no es fruto o está directamente relacionada con estas políticas. Es más, existen países de clara tendencia asimilacionista que poseen una identidad abierta. Éste es el caso de Francia, donde la identidad nacional oficial se basa también en un credo político supuestamente de alcance universal, bajo los conocidos principios de égalité, liberté, fraternité. De hecho, de acuerdo con los cánones asimilacionistas, uno de los principios centrales de la cultura política francesa es la estricta igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos, independientemente de su origen o religión.

Sin embargo, y a pesar de su identidad abierta, Francia no ha triunfado en la integración de los inmigrantes norteafricanos. La brecha entre la retórica oficial sobre la identidad nacional y la concepción que de ella tiene una gran parte de la población es una de las causas de este fracaso. A través de sus poderes y recursos, el Estado ejerce una enorme influencia sobre la sociedad, pero a menudo ésta es suficientemente fuerte como para desviarse del camino que le señala el Estado. Y este ámbito resulta un buen ejemplo. Muchos franceses no considerarán nunca a un ciudadano francés de origen árabe como un francés de souche, aunque haya nacido en el “hexágono”. Para ellos, será siempre un marroquí o un argelino viviendo en Francia. Por tanto, los inmigrantes pueden recibir dos mensajes contradictorios a la vez, uno inclusivo desde los medios y órganos estatales, y otro exclusivo en la calle, a través de su relación con algunos ciudadanos.

En la mayoría de países europeos la identidad nacional está más cercana al prototipo de identidad cerrada que abierta. Hay sectores importantes de la población que dan un valor étnico a la identidad nacional, es decir, que requiere compartir una historia y orígenes comunes. En otros casos, la identidad nacional está estrictamente asociada a una manifestación cultural que puede chocar con aquélla de los nuevos inmigrantes. Por ejemplo, la identidad irlandesa está tan íntimamente ligada a la religión católica que difícilmente será posible a corto plazo que una mayoría de la población pueda considerar a un musulmán nacido en Irlanda como un irlandés de pleno derecho.

 

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Percepciones y realidades del fenómeno musulmán. Fuente: The Guardian

 

Distribución de la inmigración. Una de las principales acusaciones que recibe el modelo multicultural es que fomenta la creación de sociedades paralelas que reproducen los hábitos y códigos de los países de origen, ignorando las normas y valores de la sociedad receptora. Así, se culpa al multiculturalismo de la creación de barrios en las grandes ciudades europeas en los que es posible vivir sin conocer la lengua del Estado y sus normas sociales. Si bien es cierto que esta situación puede suponer un problema –sobre todo cuando la legalidad no puede penetrar en estos espacio–, difícilmente puede ser achacado al ideal multicultural.

Para empezar, no es cierto que el multiculturalismo ignore la necesidad de enseñar la lengua o lenguas del Estado, su historia y sus valores. Si algunos países que en teoría aplican la doctrina multicultural han tolerado el incumplimiento de la ley en estas “sociedades paralelas”, o bien se han mostrado indiferentes a la hora de inculcar sus valores centrales a sus nuevos ciudadanos, lo han hecho en nombre de un multiculturalismo mal entendido, o simplemente para evitar conflictos.

Además, independientemente de la política de integración que aplique, ya sea de cariz multicultural o asimilacionista, el Estado difícilmente puede evitar la creación de barrios con alto porcentaje de inmigrantes en aquellos países occidentales con una economía desarrollada y dinámica. Normalmente, los inmigrantes recién llegados ocupan el estrato socio-laboral más bajo de la sociedad de acogida. Por consiguiente, sus magros salarios les obligan a vivir en los suburbios pobres de las grandes ciudades. Una intervención estatal para evitar esta situación, por ejemplo proporcionándoles viviendas subvencionadas en barrios de clase media, comporta unos costes económicos y políticos tan grandes que a día de hoy ningún gobierno se ha atrevido o ha podido llevarla a cabo. Sin duda, una medida así podría excitar los instintos xenófobos de algunos, o al menos provocar un gran resentimiento entre las clases populares autóctonas que, con razón, se sentirían discriminadas.

Esta lógica económica hacia la concentración física se ve reforzada por las necesidades de los nuevos inmigrantes. La mayoría escogen inmigrar a un país donde ya reside algún familiar o amigo. A menudo, el primer trabajo para muchos inmigrantes es en lo que podría denominarse “negocios étnicos”, regentados por miembros de su propia comunidad. Una vez establecidos en estos barrios, los inmigrantes se sienten cómodos en un ambiente que les es familiar, y en el que pueden encontrar fácilmente otras personas con las que comparten un mismo universo cultural.

Este patrón de comportamiento se da tanto entre los musulmanes como en cualquier comunidad que haya emigrado de forma masiva a un país determinado. Por esta razón, hay un barrio en Nueva York conocido como “Little Italy”, así como otros conocidos como “Chinatown” en todas las ciudades occidentales con una masa crítica de inmigración china. Por tanto, hemos de considerar el lugar común que sostiene la falta de voluntad de integración de los inmigrantes musulmanes por su concentración en determinados espacios físicos como fruto de la ignorancia o el racismo.

Por otro lado, la creación de barrios étnicos; es decir, en los que predomina una minoría cultural, no es ni mucho menos un fenómeno exclusivo de los países multiculturalistas. Las banlieus o suburbios de las ciudades francesas no son diferentes a los ejemplos citados; muchos de ellos presentan, además, un componente de marginación superior al de otros países de la órbita cultural.

Así pues, ni la cultura de los inmigrantes ni el modelo de integración deben ser considerados como las causas de la aparición de “sociedades paralelas”, sino la concentración de una masa crítica suficientemente elevada de inmigrantes con una misma base cultural en un mismo país o ciudad. Por consiguiente, la única forma de evitarlo, y así ayudar en el proceso de integración, es favoreciendo la máxima pluralidad posible en el origen geográfico y cultural de los inmigrantes. Al mismo tiempo, esto dificultaría la aparición de dinámicas conflictivas entre diversas comunidades, ya que la pluralidad hace más difícil la creación de las identidades de “nosotros” frente a “ellos”, y la atribución a estos últimos de los habituales estereotipos negativos. Esta dinámica es reponsable, por ejemplo, de las tensiones generadas en Alemania entorno a la inmigración turca, de largo la más numerosa del país.

 

Cuánto más alto es el nivel educativo de la comunidad inmigrante, más fácil es que ascienda en la escala social, lo que facilita su integración

 

Nivel educativo. De acuerdo con la mayoría de estudios sociológicos, en la práctica totalidad de países del mundo, independientemente de su área geográfica o cultural, hay una correlación directa entre nivel educativo de una persona y su nivel de ingresos. Cuánto más alto sea el nivel educativo de la comunidad inmigrante en un país concreto, más fácil será que ascienda en la escala social, lo que facilitará su integración en la nueva sociedad.

En Reino Unido las estadísticas muestran que los inmigrantes de origen paquistaní poseen un nivel educativo significativamente menor que el del resto de la población, así como de otras minorías étnicas, como la india. En consecuencia, su posición en la escala socio-económica es inferior a la de otras minorías que llegaron a Reino Unido al mismo tiempo. Probablemente, alguna cosa tendrá que ver este hecho con los problemas de integración que presenta esta comunidad.

En buena parte, el problema de la comunidad paquistaní reside en que los descendientes de los inmigrantes que emprendieron el viaje a Reino Unido continúan teniendo un nivel educativo claramente inferior a la media estatal. Se trata de un fenómeno que se produce en la mayoría de países europeos con sus minorías étnicas, y se explica por el descenso de la calidad del sistema de educación pública, en detrimento del sistema privado. Y es que, en las últimas décadas, el Estado del bienestar ha visto cómo se erosionaban su alcance y capacidades, entre ellas la de ofrecer una igualdad de oportunidades real a sus ciudadanos. Por consiguiente, no solo las diferencias entre ricos y pobres se han acentuado, sino que las fronteras entre las clases sociales se ha vuelto más difíciles de franquear en comparación con los años setenta u ochenta.

El nivel educativo de la comunidad inmigrante no solo es relevante por su relación directa con la movilidad social. En la mayoría de países en vías de desarrollo, el sector de la población con un mayor nivel educativo presenta un grado de occidentalización más elevado. Normalmente estas élites poseen un buen conocimiento de lenguas extranjeras, especialmente del inglés, lo que les permite tener un mayor acceso a los medios de comunicación occidentales, y en consecuencia, un mayor conocimiento de cómo funcionan las sociedades occidentales. Además, un mayor nivel educativo proporciona mejores recursos y herramientas para afrontar los conflictos cotidianos que puedan surgir en la interacción con la comunidad autóctona.

Quizá el nivel educativo sea la variable que explica en buena parte la mejor integración de los inmigrantes árabes y musulmanes en EE UU y Canadá en comparación con Europa. Diversos estudios han demostrado que la comunidad árabe-americana posee un nivel educativo y de ingresos superior al del ciudadano americano medio, una situación completamente opuesta a la que encontramos en Europa. Por lo que respecta a Canadá, no hay datos disponibles sobre el nivel educativo de la comunidad árabe y la musulmana. No obstante, el último censo registra que el conjunto de inmigrantes llegados en las últimas dos décadas posee de media un nivel educativo superior al del conjunto de los canadienses. Si tenemos en cuenta que una buena parte de los nuevos inmigrantes son de religión musulmana, es probable que su nivel educativo sea superior al de los autóctonos.

La diferencia entre ambos continentes se debe a la dificultad que supone emigrar al continente americano a causa de su mayor lejanía, un obstáculo que a menudo solo pueden franquear los hijos de las clases adineradas. En muchos casos, el trayecto hacia América no está motivado primordialmente por una voluntad de emigrar, sino de adquirir un título universitario en una universidad de prestigio. Sin embargo, las mejores oportunidades laborales que ofrece el nuevo país acaban convenciendo a los jóvenes licenciados de permanecer Norteamérica. En el caso canadiense, el sistema de concesión de visados de trabajo por puntos, favorece la llegada de personas con un nivel cultural más elevado, ya que éste es uno de los criterios que otorga mayor puntuación.

No obstante, como sugiere Olivier Roy, un alto nivel educativo es un arma de doble filo. Si permite ascender en la escala social, facilita la integración. De lo contrario, cuando existen “techos de cristal”, puede generar un gran resentimiento hacia la sociedad de acogida. Quienes lo sufren, son conocidos en inglés como frustrated achievers. Esto sucede a menudo con los descendientes de personas que han inmigrado. Nacidos ya en la sociedad de acogida, y socializados en su sistema educativo, si consideran que no son tratados en pie de igualdad respecto a sus compañeros de clase autóctonos, muchos acaban rechazando la identidad del país de acogida y forjando una identidad vinculada a sus orígenes familiares. En los casos más extremos, este resentimiento puede degenerar en actitudes antisociales o violentas.

 

Movilidad social. Probablemente, la movilidad social es la variable más importante de las cuatro incluidas en este artículo, puesto que algunas de las otras, como el nivel educativo, actúan parcialmente como variables intermediarias influyendo en el proceso de integración a través de la movilidad social.

La mayoría de las personas que deciden emigrar a países occidentales lo hacen movidas por la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida. Por consiguiente, el bienestar material que realmente alcancen en la sociedad de acogida desempeña un papel decisivo a la hora evaluar a posteriori su proyecto emigratorio. Normalmente, los inmigrantes llamados “de primera generación” –aquéllos que han tomado la decisión de dejar atrás su tierra– están satisfechos si consiguen unas condiciones de vida mejores a las que tenían en sus países de origen. Es decir, el punto de referencia en el que basan sus aspiraciones viene determinado por la situación material de la que gozaban, o esperaban gozar en el futuro, en su país de origen.

En cambio, para sus descendientes el punto de referencia ya no se basa en las expectativas existentes en el país de sus padres, sino en las de los miembros de su generación en el país de acogida. Muchos de ellos ya han nacido en Occidente y esperan ser tratados como sus amigos y compañeros de clase. No obstante, a menudo se enfrentan a actitudes racistas y discriminatorias. Esto es especialmente cierto en el caso de las personas de origen árabe o de religión musulmana, a causa del ascenso de la islamofobia que se ha registrado en los últimos años en muchos países occidentales.

 

La crisis de las ideologías utópicas de cariz izquierdista, como el comunismo, dio una oportunidad al yihadismo y la “islamización del descontento”

 

Ante la falta de expectativas de ascenso social y el sentimiento de rechazo, algunos de estos jóvenes se resguardan en su identidad étnica. En el caso de los jóvenes musulmanes, esto se traduce a veces en una radicalización de la identidad musulmana. Es lo que algunos expertos han llamado la “islamización del descontento”, y que suelen achacar a la crisis de las ideologías utópicas de cariz izquierdista, especialmente el comunismo. En pasadas décadas, los movimientos de izquierda radicales podían haber proporcionado a estos jóvenes una promesa de un futuro mejor, en el que sus necesidades económicas y de reconocimiento social serían plenamente satisfechas. Es en este contexto de desamparo donde surge el caldo de cultivo para el reclutamiento de nuevos adeptos por parte de los agentes del yihadismo internacional.

El grado de movilidad social en una sociedad depende básicamente de dos factores. El primero es la existencia de un sistema educativo que proporcione una relativa igualdad de oportunidades, que sea verdaderamente meritocrático. Pero en la mayoría de países europeos se ha producido una regresión en este ámbito.

El segundo factor hace referencia al crecimiento económico y desarrollo social experimentado por un país concreto. Muchos de los países europeos considerados hoy miembros del primer mundo se encontraban en una situación de escasez a principios de los años cincuenta tras la Segunda Guerra mundial. En el caso español, la causa fue el aislamiento y el régimen económico autárquico de la dictadura franquista. En las siguientes décadas, estos países experimentaron un crecimiento económico espectacular basado en la modernización de su tejido industrial. En esta fase de desarrollo acelerado, el mercado laboral era capaz de ofrecer no solo una gran cantidad de puestos de trabajo, sino que muchos de ellos eran de estatus superior al de décadas anteriores. Así, millones de familias pudieron ascender de nivel socio-económico, al tiempo que el país en su conjunto pasaba a ocupar un nuevo puesto en la economía internacional.

Esta fase de crecimiento acelerado es temporal. A largo plazo, el crecimiento económico tiende a estabilizarse, y en algunos casos incluso estancarse. Por desgracia, la mayor oleada de inmigrantes de religión musulmana en Europa se ha producido en esta última fase, lo que no ha facilitado su ascenso social.

Más allá de la cuestión de la movilidad social, la evolución de la economía es fundamental para la integración de los inmigrantes. Si una economía es dinámica y capaz de crear suficientes puestos de trabajo como para evitar una alta tasa de desempleo, la integración es más fácil. En cambio, cuando esto no es así, los inmigrantes son culpabilizados por la falta de empleo, lo que provoca un incremento de la hostilidad.

Una de las explicaciones del éxito de EE UU en la integración de los inmigrantes, incluidos los musulmanes, reside en su elevada movilidad social, que ha dado lugar a la creación del mito del “sueño americano”. Esta movilidad se ha debido tanto a la amplitud de su territorio y los recursos por explotar como al dinamismo de su economía. No obstante, según un reciente estudio del Economic Policy Institute, un think-tank con sede en Washington, el sistema meritocrático norteamericano se ha visto erosionado en las últimas décadas por motivos similares a los presentes en Europa. No obstante, mientras una mayoría de ciudadanos continúe creyendo en el “sueño americano” –aunque éste se haya convertido más bien en “el espejismo americano”– la estructura social de EE UU estará mejor preparada para integrar las nuevas oleadas de inmigrantes.

 

Una política de integración flexible

La realidad empírica demuestra que la aplicación de uno de los dos grandes modelos de integración de la inmigración, el multicultural y el asimilacionista, no conlleva directamente el éxito o el fracaso de la integración de la comunidad inmigrante musulmana. El fenómeno inmigratorio presenta un grado de complejidad mayor que el que muchos análisis denotan. Como sostiene Marco Martiniello, reconocido especialista en inmigración, la mejor política de integración es aquella suficientemente flexible para aplicar principios tanto del multiculturalismo como de la asimilación. Y esto es válido para cualquier comunidad, incluida la de religión musulmana.

Los gobiernos deberían asumir sus limitaciones a la hora de afrontar los desafíos de la inmigración. El camino más directo al fracaso consiste en inflar excesivamente las expectativas de la opinión pública en un asunto como este. Así pues, es preciso explicar el fenómeno inmigratorio en toda su complejidad, aunque ésta no sea la actitud que proporciona más votos a corto plazo.

 

Los gobiernos deben fomentar una identidad colectiva lo más abierta e inclusiva posible

 

La capacidad de intervención del Estado en las cuatro variables alternativas es en muchos casos limitada, lo que no significa que esté absuelto de intervenir de la forma más adecuada. Para empezar, en lo que respecta a la cuestión de la identidad nacional, su definición y contenido es producto de un diálogo entre los poderes públicos y la sociedad. En la mayoría de casos la dinámica en la formación de la cultura política de un país no es ni de “arriba a abajo” ni “de abajo a arriba”. Por tanto, el gobierno debe fomentar una identidad colectiva lo más abierta e inclusiva posible. La forma de realizarlo es a través de, entre otras medidas, la realización de campañas de sensibilización y la inclusión de la cuestión de la identidad y la cultura en el currículo escolar. Es necesario que los niños y jóvenes aprendan a reflexionar acerca de la identidad y la cultura como nociones dinámicas, que evolucionan con las aportaciones de los recién llegados. En el caso concreto de la integración de la comunidad musulmana, los poderes públicos deberían realizar gestos simbólicos y políticas que pusieran de manifiesto una igualdad real entre las diversas religiones con implantación en el Estado, así como el valor positivo de la pluralidad religiosa.

La capacidad de intervención gubernamental a la hora de establecer la distribución de la cantidad inmigrantes en función de su origen, así como de su nivel educativo es también limitada, sobre todo donde existe una frontera entre una región con un alto desarrollo económico y una en vías de desarrollo, como es el caso de España. Por mucho que los gobiernos intenten promocionar la llegada de inmigrantes con un alto nivel educativo y la mayor pluralidad posible en cuanto a sus orígenes, la existencia de una frontera porosa siempre acabara modificando el equilibrio esperado. Esto no significa que, en la medida de lo posible, todo gobierno deba intentarlo. Ahora bien, debe ser especialmente cauteloso, ya que una política clara y explícita de rechazo a los inmigrantes de los países vecinos, en el caso español del Norte de África, puede provocar una exacerbación de las tensiones entre las comunidades que emigraron de estos países y la sociedad autóctona, además de justificar y legitimizar indirectamente los discursos y comportamientos racistas contra dicha comunidad. En este escenario, los perjuicios de una nueva política de gestión de la inmigración podrían acabar contrarrestando los posibles beneficios.

Por último, el grado de movilidad social de una sociedad tampoco es algo que el gobierno pueda determinar con precisión, pero sí puede influir de forma decisiva. La característica principal de una sociedad meritocrática, con una igualdad de oportunidades real, es la existencia de un sistema educativo igualitario. Esto implica una apuesta por la educación pública, de forma que su calidad no sea inferior a la de la educación privada, así como la existencia de un programa de becas condicionado a los ingresos de los alumnos, que debería incluir un sistema riguroso de medición de éstos.

En algunos países se han utilizado políticas de discriminación positiva hacia determinadas minorías. Si bien en muchos casos estas políticas han ayudado a la aparición de una élite capaz de ocupar puestos de responsabilidad, también ha generado recelo y resentimiento por parte de algunos sectores de la mayoría. En consecuencia, antes de aplicar estas políticas, es necesario valorar cuál es su grado de aceptación de la población para asegurar que no sean contraproducentes.

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