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Desafíos de la ciencia y la innovación en el mundo islámico

Desafíos de la ciencia y la innovación en el mundo islámico

Athar Osama | 21 de junio del 2014

Para generar un renacimiento científico el mundo islámico debe desarrollar primero una cultura que estimule la indagación crítica, el pensamiento libre y el cuestionamiento de la autoridad. Las inversiones de la última década dan un punto de apoyo, pero se requiere tiempo y paciencia.

Las conversaciones acerca de la ciencia y la innovación en el mundo islámico de hoy suelen comenzar con un recuerdo nostálgico de los “buenos viejos tiempos”, cuando las regiones que forman el actual universo musulmán ocupaban una posición dominante en gran parte del mundo en su búsqueda del conocimiento en ambas formas, es decir, el descubrimiento científico y la innovación tecnológica, y acaban con un sentimiento de impotencia por las cosas irremediablemente perdidas para esta comunidad de 1.500 millones de personas. La gente se esfuerza –con frecuencia de manera más bien superficial– por descubrir las causas de esta decadencia. Se habla de teorías de la conspiración; a veces se echa la culpa a la religión y a la cultura; otras, a las circunstancias políticas.

Pero, hasta hace muy poco, el mundo musulmán ha seguido avanzando en el tiempo, casi como un sonámbulo, mostrando pocos signos de vida científica. Más o menos…

 

Un pasado glorioso

Si bien es cierto que hoy día los musulmanes suspiran con nostalgia por una  época pasada y prácticamente olvidada por todos los demás, también lo es que no les faltan razones para hacerlo. Hubo un tiempo en que el mundo musulmán fue la cuna del nuevo conocimiento científico y tecnológico mundial. En muchos sentidos, el mundo islámico, desde Bagdad en el Este hasta Asia Central en el Norte y España en el Oeste, y más tarde los mogoles de Delhi y los otomanos de Estambul, dotó al mundo  de liderazgo científico y desempeñó un papel decisivo en el alumbramiento del Renacimiento europeo. El árabe era la lengua vehicular mundial y los estudiosos de todo el orbe, desde Europa hasta Asia, frecuentaban las universidades y los centros de estudios avanzados islámicos,  igual  que  hoy lo  harían  con lugares  como el  Instituto  de Tecnología de Massachusetts (MIT), la Universidad de Stanford o el Imperial College.

En otras palabras, desde finales del siglo VIII hasta alrededor del siglo  XV, el  mundo islámico  era  Occidente  cuando  Occidente  no existía. A continuación vino una decadencia casi absoluta y considerablemente rápida. Las causas de esta suelen ser objeto de un acalorado debate tanto en la bibliografía como en las conversaciones informales, y son profundamente controvertidas. Algunos señalan motivos religiosos, mientras que otros aducen factores políticos y económicos más terrenales. En el pasado defendí que el auge y caída de la ciencia y la innovación en el ámbito del islam tuvo motivaciones puramente político-económicas. Recientemente, este punto  de vista ha recibido reconocimiento y validación.

 

El patrimonio en crisis

Con independencia de cuáles queramos pensar que fueron las razones clave del declive del acervo científico y tecnológico de los países islámicos, a nadie se le oculta que la decadencia fue real, y es posible citar numerosas estadísticas para definir su naturaleza y su alcance. Hasta el momento, el mundo musulmán tan solo ha aportado dos premios Nobel de ciencias –Abdus Salam (Pakistán) y Ahmed Zewail (Egipto)–, quienes, irónicamente, desarrollaron su trabajo científico más importante en Occidente. A modo  de comparación, se suele citar la cantidad de personas de religión judía que han ganado un premio Nobel.

El gasto en ciencia e investigación en los países islámicos va muy por detrás del resto del mundo. En total, los 57 países de la Organización para la Cooperación Islámica (OIC) gastaron por término medio tan solo el 0,38 por cien del conjunto de su PIB, frente a una  media mundial del 1,7. El número de investigadores por millón de habitantes en los países islámicos es de 451. La media mundial es de 1.507.

De forma parecida, en 2009 los musulmanes, que representan como mínimo una cuarta parte de la población mundial, produjeron menos del cinco por cien del total de artículos científicos (4,8 por cien, según la Unesco). En 2005, 17 países de lengua árabe realizaron entre todos

13.444 publicaciones científicas, por debajo de las 15.455 elaboradas tan solo por la Universidad de Harvard. Alrededor del 50 por cien de los artículos publicados por autores musulmanes son producidos en Turquía e Irán. Si se deja al margen a los cinco primeros países –Turquía (28,6 por cien), Irán (21,4), Malasia (7,6), Egipto (6,9) y Pakistán (5,6)–, que suman el 70 por cien de todos los artículos publicados, la situación es bastante bochornosa y muchos países publican lo justo para igualar a una mediocre universidad occidental.

A mayor escala, los países islámicos tampoco salen mejor parados en lo que se refiere a innovación tecnológica. Por ejemplo, la parte del conjunto de sus exportaciones que corresponde a la alta tecnología es insignificante. A excepción de Malasia –que, con 56.000  millones de dólares representa alrededor del 80 por cien de las exportaciones de alta tecnología del mundo islámico–, la mayoría de los países islámicos comercian con materias primas (principalmente petróleo), productos agrícolas y otras materias sin procesar, más que con bienes manufacturados o de alta tecnología.

Si a estos dos indicadores clave se une el hecho de que la mayoría de los países islámicos presentan unos índices de competitividad económica, sanidad y desarrollo humano, capacitación tecnológica e innovación considerablemente bajos, se obtiene una clara imagen de la amplitud del desfase, cada vez mayor, entre los países islámicos y el mundo desarrollado (por ejemplo, la OCDE).

Durante siglos, a medida que las revoluciones industrial y científica se difundían por Occidente, el mundo islámico no solo no ha conseguido dirigir el poder de la ciencia y la innovación a mejorar su competitividad, sino que tampoco ha alcanzado grandes logros a la hora de poner la ciencia y la tecnología al servicio de sus poblaciones.

 

Recientes intentos de recuperación

A finales del siglo XX parece que empezó a suceder algo digno de mención. En parte, se tomó conciencia de que se había permitido que las cosas fuesen por mal camino durante demasiado tiempo y de que algo tenía que cambiar o sería demasiado tarde; por otra, debido a los acontecimientos de finales de la década de los setenta, algunas zonas del mundo islámico recibieron una lluvia de capital procedente del petróleo. Así, a principios de la década de los noventa empezaron a buscar vías innovadoras en las que invertir esas ganancias. A finales de esa década y principios de los 2000, varios países musulmanes pusieron en marcha potentes inversiones en ciencia y tecnología.

Pakistán instauró una Comisión de Educación Superior para comenzar a invertir en investigación científica y en universidades, y el resultado fue un aumento considerable del gasto en estas instituciones. Durante un tiempo, el presupuesto para ciencia también se incrementó de manera notable. El país se embarcó en un ambicioso proyecto para formar a miles de doctores, la mayoría en ciencia y tecnología, en un lapso de tiempo relativamente breve, con el fin de remediar su carencia cada vez mayor de estos titulados.

Catar, el país islámico que más gasta en I D como porcentaje del PIB, creó una Ciudad de la Educación en Doha e invitó a algunas de las universidades punteras del mundo  a formar parte de ella. El Parque de Ciencia y Tecnología de Catar se fundó para situar el país como centro de innovación y desarrollo de productos en Oriente Próximo. Numerosas empresas europeas se trasladaron allí para crear programas de I D, entre ellas el centro de investigación mundial de Shell para la captura y el almacenamiento de carbono, entre otras.

Arabia Saudí, tradicionalmente el más conservador de los países islámicos, ha acometido su propio modelo de capacitación científica construyendo dentro y fuera de sus fronteras. La Ciudad Rey Abdulaziz para  la  Ciencia  y la  Tecnología  –el  ministerio  saudí  de Ciencia  y Tecnología– ha visto cómo se multiplicaba su presupuesto. El país ha puesto en marcha dos enormes universidades que probablemente cambiarán la visión que sus ciudadanos tienen de esta clase de instituciones  y de  la  educación  superior.  La  Universidad de  Ciencia  y Tecnología Rey Abdulá recibió una asignación de 20.000  millones de dólares para construir la universidad más avanzada de toda la zona en la costa del mar Rojo, cerca de Yeda,  que cuenta con el décimo superordenador más rápido del mundo, además de otros equipamientos. Otra empresa aún más apasionante y de más amplio alcance es la Universidad Princesa Nura, una universidad exclusivamente femenina que acogerá a  más de 60.000  mujeres, proporcionando conocimiento y emancipación a este sector marginado de la sociedad saudí.

Emiratos Árabes Unidos también ha emprendido grandes inversiones en ciencia y tecnología, sobre todo en tecnologías limpias. En particular Abu Dabi, el emirato septentrional, se ha convertido en el foco de considerables inversiones en este tipo de energías. En Masdar –descrita como la primera ciudad de “emisiones cero” del mundo– se ha puesto en marcha una iniciativa por valor de 20.000  millones de dólares que incluye su propia escuela de doctorado (el Instituto Masdar de Tecnología), un sistema de generación de energía solar y otro de transporte subterráneo. El elemento más prometedor de la iniciativa Masdar es su carácter de centro de la innovación de tecnologías limpias en el mundo musulmán. Emiratos Árabes Unidos también ha reunido las condiciones para albergar la sede principal de la Agencia Internacional de Energías Renovables (Irena, por sus siglas en inglés).

Si bien es cierto que en estos países las inversiones son impresionantes, en los últimos tiempos muchos otros miembros de la comunidad islámica han asignado recursos en cantidades igualmente sustanciales, aunque no tan espectaculares. Por ejemplo, se han puesto en marcha iniciativas importantes en distintos lugares de la región como Omán, Jordania o Egipto. Países como Malasia, Irán y Turquía, que han levantado sus sistemas de ciencia e innovación a partir de una base mucho más sólida, también han hecho fuertes inversiones en estos sectores en los últimos años.

 

Las tierras prometidas

Aunque el deseo de reparar siglos de negligencia no ha faltado, ¿lograrán estas enormes inversiones en ciencia e innovación transformar estos puntos de luz dentro del mundo islámico en las tierras de promisión y oportunidad que intentan llegar a ser? Esta es la cuestión que preocupa  a muchos responsables políticos y observadores interesados en el asunto, tanto del mundo islámico como de fuera de él. Muchas personas que mantienen una actitud crítica –el autor, entre ellas– han sostenido en ocasiones que si bien es posible que los resultados no tarden en hacerse visibles, los éxitos mayores y más duraderos no se pueden alcanzar de la noche  a la mañana y exigen a esos países un compromiso permanente a largo plazo en la dirección correcta y en la manera adecuada.

Ante todo, es importante asociar a estas iniciativas una serie apropiada de expectativas y comunicarlas con eficacia. Para los países que parten de una  base de actividad científica previa modesta, las limitaciones de su capacidad determinan lo que es y no es posible conseguir. Esto no solo es cierto para los países de Oriente Próximo que acaban de poner en marcha intentos sistemáticos de crear una base científica, sino también para otros más asentados, como  por ejemplo Pakistán, que han intentado incrementar rápidamente el rendimiento de los titulados de más alto nivel. Medir las cosas equivocadas a veces ha tenido como consecuencia resultados contraproducentes, como el aumento del plagio y la corrupción académica.

En ocasiones, asignar grandes cantidades de dinero a un problema puede dar la sensación de que se hace mucho,  pero crear un sistema de investigación científica a partir de cero requiere mucho más que dinero; exige también tiempo y paciencia.

En segundo lugar, las iniciativas y las inversiones tienen que ser concebidas de manera adecuada y ejecutadas con una clara visión de qué es lo que se quiere conseguir y en qué marco temporal. A este respecto, se ha constatado que muchas iniciativas recientes en el mundo islámico, sobre todo en el golfo Pérsico, sufren deficiencias. Por ejemplo, importar un buen número de campus universitarios del mundo –como las universidades de Texas A&M, Carnegie Mellon o de Virginia Commonwealth, la escuela de negocios Insead, la Universidad de Nueva York, el MIT, la Sorbona y muchos otros– no creará por sí mismo islas de éxito académico en esos países. Una universidad es mucho más que un sofisticado edificio con profesores de paso, y para trasplantarla a otra sociedad será necesario adoptar la cultura y el entorno académico de una institución, lo cual es muy difícil de reproducir.

En tercer lugar, el mundo islámico sufre una grave carencia –debido en parte al reducido nivel de competencia científica de partida– de la capacidad para traducir la ciencia que produce en conocimientos útiles y beneficiosos para la sociedad. Aunque en la actualidad el problema no es tan grave, con mucha frecuencia la ciencia que se hace en las universidades y en los laboratorios públicos o bien es demasiado básica para ser realmente útil, o no tiene que ver con las necesidades de la sociedad en la que opera. A veces esto también tiene como consecuencia un rechazo social que cuestiona la utilidad de la investigación científica y, en general, la idea de invertir en ciencia. El razonamiento es que si no se está haciendo ciencia que amplíe las fronteras del conocimiento o ayude a las sociedades a encarar sus problemas, qué sentido tiene invertir en ciencia, sobre todo teniendo en cuenta que resta recursos a otras necesidades más urgentes, como la educación elemental, la asistencia sanitaria y las infraestructuras básicas.

Por último, incluso allí donde se hace ciencia de calidad suficiente para garantizar el traslado de sus beneficios a la sociedad, faltan los elementos clave del entorno de la innovación, incluidos la tolerancia a la incertidumbre, el capital riesgo, el respaldo al empresariado, la protección de la propiedad intelectual o las infraestructuras de apoyo, entre otros. En la mayoría de los países del mundo islámico, los entornos de la innovación son muy primitivos y apenas hay experiencia de traslado de productos del laboratorio al mercado. Sobre todo debido a sus historias coloniales, pero también a factores mucho más complejos, la mayoría de países del universo musulmán han seguido siendo “usuarios”, más que “productores”, del nuevo conocimiento científico y de la nueva tecnología.

 

Abordar los desafíos subyacentes

Junto con esas inversiones en ciencia, los países islámicos tienen que abordar algunas cuestiones estructurales y causas subyacentes más profundas, con el fin de sacar el partido adecuado  de los beneficios generados en cuanto  a nuevos conocimientos o nueva tecnología. El primer reto es la inversión en educación en general y en educación científica en particular en fases mucho más tempranas. No se puede esperar cosechar beneficios de la ciencia en los niveles de bachillerato y posteriores si los cimientos que corresponden a los niveles previos, es decir, a la escuela primaria y secundaria, proporcionan una débil base de partida.

El “Informe sobre Desarrollo Humano Árabe” de 2003,  centrado en los desafíos de “la construcción de una  sociedad del conocimiento”, señalaba la lamentable situación y hacía hincapié en la “acuciante necesidad de una reforma profunda del contexto organizativo, social y político del conocimiento”. El informe, que proponía una visión estratégica para  un renacimiento  árabe  basado  en la  creatividad,  instaba  a “extender la educación de calidad y hacerla accesible a todos, integrar la ciencia en la sociedad árabe y dar un rápido giro hacia una producción basada en el conocimiento con más valor añadido”. Sin embargo, en muchos países musulmanes es frecuente que la cuestión de la educación sea pura retórica.

Pero incluso desde mucho antes de que todo  esto pueda  surtir efecto, debería producirse una transformación radical de la forma en que estas sociedades enfocan la educación y el conocimiento. Para generar un renacimiento científico, el mundo islámico debería empezar por desarrollar una cultura que permita y, de hecho, estimule, la indagación crítica, el pensamiento libre y el cuestionamiento de la autoridad. Debe crear las condiciones para el debate abierto y basado en pruebas, y no en la sumisión ciega a la ortodoxia religiosa, política o científica.

Otro paso en la dirección correcta sería potenciar la creación de instituciones. Durante demasiado tiempo, la preferencia por el culto a la personalidad por encima de la instauración de instituciones ha sido un impedimento para la meritocracia y el diálogo abierto en las sociedades musulmanas.

También hay que enfrentarse al reto subyacente de la falta de voluntad y unidad política dentro del mundo islámico. La OIC, el órgano de referencia a alto nivel del mundo islámico, a menudo  se encuentra impedida por la falta de consenso entre sus miembros y su incapacidad para hacer causa común en materia de ciencia e innovación. Numerosas declaraciones y resoluciones de dotación a la ciencia y la tecnología –entre ellos el programa Visión 1441 y el programa de Acción a Diez Años, aprobados por unanimidad por los líderes de los países islámicos– no han logrado recabar ningún apoyo significativo de los países árabes.

Las iniciativas anteriores para crear un fondo común de I D han fracasado. Diversos proyectos bienintencionados han quedado estancados.

Es evidente que se necesita reconsiderar la lógica de la colaboración entre los países islámicos. Ha llegado el momento  de que la OIC muestre la clase de liderazgo y pensamiento lateral que transformará la agenda de la cooperación científica si se quiere ser testigo de un auténtico avance de la ciencia para el desarrollo en el mundo islámico. Se necesita un marco para la cooperación que sea ambicioso y produzca un efecto significativo.

 

El camino a seguir

Hoy día, la ciencia y la innovación en el mundo islámico se encuentran en una encrucijada. Una década de inversiones, si no más, principalmente en un pequeño grupo de países, les ha proporcionado la oportunidad de establecer un punto  de apoyo en la escala del desarrollo científico. No obstante, el futuro dista de estar garantizado. Los retos son numerosos, y asegurar que se presta un apoyo sólido y sostenible a la ciencia dentro de esas sociedades, y que, en compensación, la ciencia proporcionará conocimientos e innovación significativos, no es el menor entre ellos. Solo cuando el contrato social de la ciencia haya quedado definitivamente cerrado –como  en el glorioso pasado del imperio del islam– podremos empezar a esperar que la ciencia y la innovación florezcan en el mundo islámico.

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