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Costa y Sánchez, durante la visita de este último a Lisboa, Portugal, el 2 de julio de 2018. LA MONCLOA

Pregunta-Respuesta: España-Portugal, ¿’eje ibérico’ en la UE?

Agenda Pública y Política Exterior | 5 de julio del 2018

¿Sobre qué temas podría estructurarse un “eje ibérico” en la UE?

¿Qué experiencias de la actual coalición de izquierdas en Portugal pueden ser útiles para España y la socialdemocracia europea?

 

España y Portugal vuelven a mirarse a la cara, gracias a la afinidad de dos ejecutivos socialistas en el poder, en un Europa escorada, por lo general, hacia la derecha. El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, visitó el 2 de julio a su homólogo portugués, António Costa, en Lisboa, y aprovechamos para preguntar a cuatro expertos sobre si esta nueva sintonía hispano-lusa se traducirá en un “eje ibérico” en la Unión Europea, y sobre lo que puede aprender España de la experiencia portuguesa.

 

Pablo Bustinduy | Portavoz de Exteriores y diputado de Podemos por Madrid (@pbustinduy)

La alianza ibérica tiene ante sí lo que podríamos llamar el “reto democrático de Europa”. Este reto consiste en ofrecer una vía de salida a la espiral suicida que atrapa el debate europeo entre los dos polos monstruosos de la política de austeridad, entendida como la negación de cualquier alternativa a las fallidas políticas macroeconómicas de Bruselas, y la política de la xenofobia, que articula la desafección social que producen esas políticas en clave autoritaria, racista y violenta. Desde el sur, desde la península, puede surgir un polo democrático que haga de la defensa de la justicia social y del Estado del bienestar un vector de cohesión social, identidad política, y defensa de los derechos y las libertades civiles. Sería ni más ni menos que una resignificación del europeísmo. El potencial para la construcción de alianzas a partir de esa base, y de influencia política en Bruselas, es enorme. Necesitamos un Visegrado democrático, por así decirlo, y España y Portugal son los actores que pueden ponerlo en marcha.

 

Rosa Cullell | Consejera Delegada de Media Capital (@roscullell)

Las naciones ibéricas se han mirado de reojo desde 1644, cuando Portugal se independizó, y hasta 1986, año en que Portugal y España entraron en la entonces Comunidad Económica Europea. Es en el entorno europeo donde la unidad de Iberia –sin caer en románticos sueños de confederación– tiene sentido y provecho.

El “eje ibérico” debe servir, a corto plazo, para mejorar las pésimas interconexiones energéticas con Europa. La península es una isla energética de elevados costes y con una conexión europea de apenas el 3%. Los más ambiciosos también creen que Pedro Sánchez y António Costa buscarán una postura común ante el Marco Financiero Plurianual, que distribuirá a partir de 2020 las cuotas y los fondos de la Unión Europea post-Brexit. No será fácil. España es de los países que perderá fondos comunitarios, mientras que Portugal los aumentará.

Tampoco la situación política es paralela, por más que partidos socialistas gobiernen en ambos países. La política española está marcada por las tensiones y las exigencias del independentismo, mientras que la unidad de la nación portuguesa es sagrada. La estabilidad de la política lusa se asienta en un Partido Socialista fuerte (32%), que gobierna con el apoyo de partidos de izquierda menores, Bloco (10% de los votos) y PC (8%), y cuenta con el soporte de un presidente, Marcelo Rebelo de Sousa, de centro derecha.

Cuestiones domésticas y nacionales aparte, ahora se trata de buscar un frente político común dentro de Europa. Sumándose a Francia y a Alemania, los países ibéricos sí son pieza fundamental para salvar a la UE de nacionalismos y populismos. Solo por eso, más allá de objetivos bilaterales, benvindo el nuevo eje europeísta.

 

Jorge Dezcallar | Embajador de España (@JORGE_DEZCALLAR)

Un “eje Ibérico”, en el sentido de coordinación de políticas, daría más peso en Bruselas a ambos países y beneficiaría a una Unión Europea desconcertada tras la crisis económica, el Brexit y su incapacidad para solventar los problemas migratorios. En una Europa dividida entre Norte y Sur por la paralización del proceso de convergencia económica y serias diferencias sobre el gobierno económico del continente, y dividida también entre el Este y el Oeste por cuestiones de valores (deriva autoritaria en Polonia, Austria, Hungría…), en un momento en que Italia está ausente por su ensimismamiento interno, y cuando Francia y Alemania tratan con muchas dificultades de relanzar el proyecto europeo, un apoyo de España y Portugal a las posiciones más europeístas de Emmanuel Macron podría tener un papel importante frente a las reticencias del bloque nórdico que lidera Holanda.

Las crisis económicas no sientan bien a la socialdemocracia, en retroceso en toda Europa… salvo en la península Ibérica, donde nuestro respectivo pasado histórico dictatorial parece habernos inmunizado frente a las corrientes ultraconservadoras, xenófobas y racistas que crecen en Europa central y del norte. El primer ministro portugués, Costa, es un animal político que ha logrado lo que en apariencia era una coalición antinatura de socialistas, comunistas y el Bloco de Esquerdas por la que nadie apostaba con fuerza hace un par de años. También el presidente del gobierno español, Sánchez, ha logrado apoyos suficientes para desalojar del poder al Partido Popular, pero con 84 diputados, su gobierno es muy débil. Y aquí es donde puede ser útil la experiencia del portugués no ya para formar una coalición viable, sino para mantenerla en el tiempo, que es mucho más complicado. Y eso es lo que Costa ha logrado con el apoyo, hay que reconocerlo también, del carácter más “pacífico” de nuestros vecinos, más capaces de ver los infinitos matices del gris que el contraste violento de blancos y negros a que nos tiene acostumbrados una política española, ajena hasta la fecha a la idea misma de un gobierno de coalición.

 

Patrícia Lisa | Investigadora en el Real Instituto Elcano y coordinadora de la secretaría ejecutiva de la Red Iberoamericana de Estudios Internacionales (@LISA_PATRICIA)

Más que experiencias, hay lecciones comunes que España y Portugal pueden aprender, si se consolida la actual fragmentación de sus parlamentos. Estos pasarán de instituciones dedicadas a la legitimación y a la rendición de cuentas de los gobiernos a actores activos en la conducción de las políticas públicas y de la gobernabilidad. Estas nuevas dinámicas obligan a negociaciones, coaliciones y concertaciones permanentes con desafiantes equilibrios institucionales que, incuso, podrán jugar a favor de una cierta centralidad transaccional a la hora de definir políticas económicas y modelos de integración territorial y cohesión social más sostenibles. El reto que se presenta a las democracias de ambos países, y a la europea en general, en la era poscrisis, es pues la capacidad de mantener el nervio deliberativo y entender que la europeización creciente de aquellos ámbitos obliga a colocar el elemento supranacional en el centro de las estrategias-nacionales.

La continuación del inequívoco alineamiento de España y Portugal en favor de la mayor integración del proyecto europeo (migraciones, gobernanza del euro y agenda de integración y cohesión social en la que se incluye la agenda digital), está respaldado por la ausencia de significativas fuerzas xenófobas y eurófobas en ambos países, que marca la excepcionalidad ibérica proeuropeísta.

Ahora bien, los paralelismos resultan muy atractivos porque recuerdan la sincronía en el tiempo, incluso con cierta anticipación portuguesa, que marca la tendencia de homogeneidad y convergencia de la evolución de los sistemas políticos de España y Portugal. A estos se debe sumar el respeto por la especificidad y autonomía de intereses que siempre pautó la dualidad de la relación peninsular y que, una vez más, se verificó en la reciente visita de Sánchez a Costa.

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