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Venezuela: ¿del conflicto al consenso?

Carmen Beatriz Fernández | 25 de enero del 2016

El 6 de diciembre de 2015 la oposición venezolana logró una muy importante victoria en las elecciones a la Asamblea Nacional: alcanzó 112 diputados, dos tercios del Parlamento. Con el 56% de la votación nacional, la oposición se hizo con el 72% de la representación parlamentaria. Pese a que la Constitución de Venezuela establece que el sistema electoral ha de ser proporcional, una complicada maraña de reglas y ajustes geográficos diseñados para favorecer al oficialismo hizo que las mayorías territoriales obtuvieran una sobrerrepresentación que logró el resultado final. El chavismo había recibido una cucharada de su propia (y amarga) medicina.

Apenas días después de la elección, el Parlamento saliente se privó de sus vacaciones navideñas y, en un periodo de sesiones febril, llevó a cabo un conjunto de importantes cambios legales y presupuestarios que limitarán la actuación de la nueva Asamblea. Igualmente jubilaron y sustituyeron a buena parte de los magistrados del máximo tribunal. También pusieron a trabajar en vacaciones a la sala electoral del Tribunal Supremo y, en conjunto con ella, abrieron procedimientos de inhabilitación a tres nuevos parlamentarios opositores.

Los trucos, ardides y triquiñuelas son moneda frecuente en el oficialismo y ello no sorprendió en demasía. Se vio como una nueva convocatoria al conflicto que anticipaba el enfrentamiento entre poderes. Tradicionalmente, su pugnacidad ha sido fuerza motriz del chavismo. Hugo Chávez fue un maestro del conflicto y promovió permanentemente la polarización y el contraste. La política es un juego entre dos fuerzas: conflicto y consenso.

¿Qué hacer? También Lenin buscó responder esta pregunta a principios del siglo XX. Una tradicional respuesta chavista-leninista apuntaría más al conflicto, a la lucha de clases y a trabajar por hacer poderoso el sistema de partido único. Pero son otros los tiempos y los 17 años de chavismo fueron pródigos en diatribas que dejaron este caos. El conflicto no es bueno para lograr crecimiento ni desarrollo. La historia es elocuente en advertir que los periodos más exitosos económicamente son aquellos donde los conflictos han encontrado un canal institucional para dirimirlos. En 2015 Venezuela tuvo la inflación más alta del mundo, del 275% y superior al 400% en alimentos. Los pronósticos para 2016 del Fondo Monetario Internacional estiman triplicarla, para llegar al 720%. Los niveles de escasez de alimentos y medicinas han puesto al país en situación de emergencia económica y al borde de declarar la emergencia humanitaria. Además, en 2015 Venezuela destronó a Honduras como país más violento del continente. Todo ello dibuja un pavoroso cuadro de crisis sistémica y miseria creciente hacia 2016. La situación es de alto riesgo en lo social y económico. Por ello, lo político, lejos de ser parte del problema, debe dibujar soluciones.

 

Debatiéndose sobre si era mejor tener 112 diputados en la calle o 109 en el hemiciclo, la oposición ha tenido la madurez de sortear este primer choque de poderes y conducir el diálogo a su espacio institucional natural

 

Si bien el conflicto es la fuerza que prima durante el tiempo electoral, en el tiempo de gobierno debe imponerse el consenso. La capacidad para generar acuerdos es una habilidad que la clase política debe dominar, pero en estos tiempos se convierte en una necesidad vital. Partir de los que nos une, de los espacios mínimos de encuentro es fundamental. Y ese mapa de espacios de acuerdo mínimo debe dibujarse no solo entre chavismo-oposición, sino entre el resto de los actores nacionales relevantes: en el respeto a las normas, el diseño de paliativos a la miseria, la recuperación del valor del trabajo y la producción nacional, la seguridad nacional y la necesaria amnistía política.

Es de agradecer que ante la inhabilitación de los tres parlamentarios opositores que hacían la diferencia entre una mayoría cualificada de 2/3 partes y otra, igualmente cualificada pero menos potente, de 3/5 partes, la bancada opositora haya decidido acatar la cuestionable decisión del Tribunal Supremo y volver al Parlamento. Debatiéndose sobre si era mejor tener 112 diputados en la calle o 109 en el hemiciclo, la oposición venezolana ha tenido la madurez de sortear este primer choque de poderes y conducir el diálogo a su espacio institucional natural. “A veces hay que doblarse para no partirse”, afirmó el presidente del Parlamento, Henry Ramos Allup.

En este caso, más allá de las triquiñuelas jurídicas, podría haber algo más. El chavismo pretendió protegerse así frente a lo que puede venir. ¿Y qué puede venir? Dos tercios del Parlamento constituyen una supermayoría que le cualifica para acometer cambios fundamentales e introducir controles en el seno del gobierno nacional. Aunque no es un cambio de gobierno, podría ser un instrumento para una transición hacia el mismo. Y en las transiciones, como argumenta Adam Pzrezowski, no es tan importante si el partido de gobierno “puede o no” perder, sino “lo que” puede perder.

¿Qué haría la oposición si llega al poder? Esta es la pregunta que se hacen quienes están a punto de perderlo. Cuando se cree que lo que se puede perder (bien se trate de fortunas, libertad personal o incluso la vida) involucra demasiados riesgos, se pondrá toda clase de obstáculos a que esa transición ocurra. Escamotearle a la oposición la mayoría cualificada de dos tercios pretende también decir: “¡Hey! Aquí estamos, tienes que negociar”.

El mejor resultado posible en política es aquel donde ninguna de las partes sale totalmente satisfecha, pero tampoco totalmente humillada. Esa es una dinámica ganar-ganar que se ha visto muy poco en Venezuela en los últimos tiempos. El diálogo debe volver a ser el estado natural entre las fuerzas parlamentarias y es un gran valor político.

Pese a que la emergencia económica es incuestionable, la forma en que la ha planteado el reciente decreto del ejecutivo es una nueva apuesta al conflicto. El oficialismo parece haber decidido rehuir al cambio y rechazar los controles y exigencias que le impone el nuevo Parlamento. Esa tozudez hará que el propio cambio se lleve a la nomenklatura por delante.

El cambio es necesario, y un anhelo. La transición terminará ocurriendo. No hay dique que contenga un maremoto. Para que suceda de la mejor manera, una parte del chavismo tendrá que ayudar a lograr la mejor solución institucional, democrática, pacífica y electoral. No será fácil, pero será imprescindible.

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