POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 173

Alemania como Estado federal

JOCHEN THIES
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Los 16 Länder que componen el sistema político-administrativo alemán son un entramado de controles y contrapesos que hace difícil construir consensos y ha generado disfuncionalidades. El federalismo que sacó adelante a un país derrotado precisa hoy una reforma.

Alemania tiene una sólida tradición federal que ha caracterizado su sistema político a lo largo de la historia. El autor romano Tácito ya señaló en sus Anales que las tribus que vivían en Germania no mostraban ninguna inclinación particular a someterse a un gobernante. Solo en situaciones de emergencia acataban las órdenes de un superior. Cuando la caída de la dinastía Staufen, a mediados del siglo XIII, menoscabó el poder del emperador, ligas de ciudades, repúblicas campesinas y, por fin, poderosos señoríos territoriales sustituyeron al monarca, cuyo poder, en todo caso, nunca había sido ilimitado. La Reforma, que dividió el imperio en época del rey español Felipe II, reforzó esta tendencia. El gobierno estaba en manos de la nobleza local, de los príncipes del Sacro Imperio Romano, y, más tarde, de los príncipes electores. Durante siglos, Alemania solo reconoció como instancia superior al emperador, a una torpe judicatura y a la Dieta Imperial, en la que preponderaban los representantes nombrados para seguir consignas. Esta situación se prolongó hasta 1806, cuando se derrumbó el Sacro Imperio Romano Germánico.

Así pues, el sistema político de la República Federal de Alemania se basa en un entramado de “controles y contrapesos” complejo y difícil de entender para quienes son ajenos a él. Los procesos de adopción de acuerdos son largos, y la construcción de consensos, difícil y, sin lugar a dudas, muy cara. Cuando, en 1949, se fundó la Segunda República, se incorporaron a la Constitución numerosas experiencias de la época de la dictadura nacionalsocialista. Asimismo, tras la reunificación en 1990, se introdujeron durante un tiempo…

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