POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 126

Carta de América: 4 de noviembre de 2008

JAIME OJEDA
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Obama es ciertamente una personalidad extraordinaria. ¡Cómo ha podido un negro, con el fondo exótico de un padre africano y con un nombre tan comprometido como el de Hussein, haber tenido la osadía de presentarse a la candidatura presidencial sin más fondo que unos años en la legislatura de su Estado y cuatro en el Senado! 

Después de dos años de constante campaña electoral, las primarias y ahora los cuatro debates presidenciales sentimos casi como si cohabitáramos con los candidatos, Barack Obama y John McCain, y los candidatos a la vicepresidencia, el senador Joe Biden y la gobernadora de Alaska, Sarah Palin. Ahítos de discursos, argumentos, ataques y programas, parece evidente un triunfo de los demócratas tanto a nivel presidencial como legislativo. Salvo un acontecimiento completamente imprevisible, la victoria de Obama es ya una realidad. De todas formas, aunque los sondeos indican una creciente ventaja de Obama, el electorado sigue dividido en dos mitades casi iguales. Las oscilaciones típicas de estas campañas entre ambos polos de la “guerra cultural” pueden aún arrojar un resultado tan incierto como el de las dos últimas elecciones de 2000 y 2004. Queda también el llamado “efecto Bradley”, la posibilidad de que muchos blancos que en los sondeos se han declarado en favor del candidato demócrata voten al último minuto por McCain por prejuicio racial. McCain y sobre todo Palin han sucumbido a la tentación de fomentar este prejuicio, con alusiones indirectas y subliminales que han agitado irresponsablemente la agresividad de sus partidarios hasta el punto de alarmar a sus sectores más moderados. Los sondeos indican que su táctica ha tenido el efecto contrario: la opinión rechaza con disgusto estos ataques tan burdos. El prejuicio racial ha descendido mucho en los últimos años al ver los blancos a un número creciente de negros ejerciendo cabalmente…

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