Autor: Mario Vargas Llosa
Editorial: Alfaguara
Fecha: 2000
Páginas: 528
Lugar: Perú

Cuando los dictadores entraron en la literatura

La novela del dictador ha servido de trasfondo argumental a trabajos literarios de gran calidad, creando un subgénero narrativo con más de 150 años de historia. Es el caso de ‘La fiesta del Chivo’ de Mario Vargas Llosa, que cumple ahora 20 años.
MARCOS SUÁREZ SIPMANN
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La novela del dictador examina la relación entre poder, dictadura y literatura, un subgénero autóctono de la literatura latinoamericana que responde a la constante histórica de sus regímenes militares. Así, la descripción y denuncia de dichas tiranías han servido de trasfondo argumental a novelas de una enorme calidad, que vienen dando cuerpo a un subgénero narrativo de más de 150 años de historia. Arranca a mediados del siglo XIX y podríamos decir que llega hasta La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, de la que se cumplen ahora 20 años de su publicación. Una obra que, sin cerrar el género sí, es su último gran representante. De momento.

Las obras citadas en este texto distan de ser una lista exhaustiva. Las seleccionadas y expuestas aquí son trabajos ambiciosos centrados en dictadores inventados o reales. Tres de los autores llegarían a ser premio Nobel de Literatura. Empecemos por el final.

Entre 1930 y 1961, Leónidas Trujillo, apodado el Chivo, rigió los destinos de la República Dominicana en lo que fue una de las tiranías más sanguinarias de América Latina. Todo lo existente en el país le pertenecía: industrias, tierras, fuerzas armadas, vida intelectual… y mujeres. La misma patria era propiedad sexual del dictador. Al poseer a las mujeres, creía poseer la nación.

En La fiesta del Chivo asistimos a un doble retorno. Mientras Urania Cabral visita a su padre en Santo Domingo, volvemos a 1961, cuando la capital dominicana aún se llamaba Ciudad Trujillo. Hija de un hombre que una vez perteneció al círculo íntimo de los asesores del dictador, le es entregada al monstruo como regalo, una muestra de obediencia al régimen. Todo un símbolo para revelar cómo la dictadura destroza y transforma a las personas. La historia de Urania se enlaza con la de Trujillo y sus asesinos.

Mezclando realidad histórica con ficción, el premio Nobel de Literatura hispanoperuano sigue las huellas de ese largo y oscuro periodo para encontrar sus consecuencias políticas, culturales y sociales en el presente, y proyectarlas en la intimidad de sus víctimas. No es su única novela de dictadores, pero sin duda es la mejor. Conviene, no obstante, recordar dos de sus obras anteriores, en la tónica de lo que puede denominarse “novela de poder político”: Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981), inspirada en Los sertones (1902), del brasileño Euclides da Cunha.

 

Orígenes

En cuanto al origen de la novela del dictador, suele mencionarse como temprano precursor al argentino Domingo Faustino Sarmiento y su Facundo: Civilización y Barbarie (1845). Sucede, sin embargo, que esta obra no es realmente una novela. Así pues, el auténtico pionero del género fue su compatriota el narrador y periodista José Mármol, con Amalia (1851). La trama gira en torno a una romántica historia de amor y se enmarca en la situación política de 1840, cuando Juan Manuel Rosas ejerció el poder en Argentina a través del terror, la represión y la persecución. Pese a su casi nula presencia, Rosas es percibido como algo mítico, demoníaco y oscuro, creando en el lector la sensación de que es omnipresente, inaccesible y enigmático.

Ya en el siglo XX, podemos considerar Tirano Banderas (1926) de Ramón del Valle-Inclán como prototípica novela de dictador. Durante su segunda estancia en México, el escritor gallego, enemigo del general Primo de Rivera en España, recogió información sobre el porfiriato (la larga dictadura de Porfirio Díaz en México entre 1876 y 1911). Como indica el subtítulo de la obra –“Novela de Tierra Caliente”–, Valle-Inclán también supo ver la desmesura de la revolución y el amor por las armas. Retrata la figura esperpéntica del sátrapa que ejerce el poder de forma despótica. Y narra su caída a causa de su torpeza, gracias a la valiente reacción popular. En una síntesis de realidad y fantasía, más que recrear fielmente los abusos, Valle-Inclán escarba en las patologías colectivas que propician el surgimiento de los caudillos providenciales.

La Sombra del Caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, es una novela política mexicana que recrea con precisión los acontecimientos históricos ligados a los periodos presidenciales de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Contiene una fuerte crítica al caudillismo imperante en México tras la revolución, que marcó el inicio del poder dentro de las esferas militares. Los caudillos pasan a representar la figura del poder absoluto, en forma de sombras que manejan el destino político del país. Si alguien actúa contra ellos, está condenado a la desaparición, como sucede con el protagonista y sus compañeros al final del libro.

En 1946 se publica El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. En este libro, el Nobel guatemalteco nos presenta un país sometido a un régimen terrible, con funcionarios serviles y una población aterrorizada, a la espera de cada decisión o deseo que se le ocurra al dictador. Con la tortura y el miedo omnipresentes, el relato constituye un auténtico descenso a los infiernos. Asturias se inspiró en la figura del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, que gobernó el país de 1898 a 1920 con una crueldad que alcanzó niveles surrealistas. El crítico literario británico Gerald Martin describe esta novela como “un laberinto del horror” en el cual todos los pobladores están atrapados en la “proyección de una pesadilla colectiva”.

 

Apogeo

En los años sesenta, Carlos Fuentes propone a los integrantes del boom latinoamericano producir un libro colectivo sobre los caudillos de la región. El mexicano llegó a asignar a cada uno un dictador. Sin embargo, el proyecto, que contó con el apoyo entusiasta de Vargas Llosa, no llegaría a ejecutarse tal y como fue originalmente concebido por Fuentes.

A mediados de la década de los setenta es cuando se produce el verdadero apogeo de un género que marca la literatura latinoamericana. En un periodo de dos años aparecen tres obras emblemáticas. La primera, en 1974, es del cubano Alejo Carpentier, premio Cervantes de 1977: El recurso del método. Si bien en esta novela su autor no utilizó la isla como espacio ficcional, su historia es una síntesis de varias figuras históricas de América Latina, con Gerardo Machado, el dictador de Cuba, entre las más prominentes. La acción transcurre en una época que el propio Carpentier conoció y muchos de los hechos de La Habana de los años veinte están transcritos con exacta fidelidad. El título de la obra, de obvias reminiscencias cartesianas, pretende hacer explícita la intención del autor: El recurso del método es el Discurso del método puesto al revés. El contraste entre el pensamiento razonador de Descartes y el quehacer hispanoamericano se erige como rica fuente para ironías de largo alcance.

En el mismo año aparece Yo, El Supremo, de Augusto Roa Bastos, premio Cervantes en 1989. La obra es testimonio escalofriante y radiografía perfecta del poder absoluto, de sus sombras, sus miserias y sus crímenes. Desde su exilio en Argentina, el autor paraguayo escribió la fábula de un déspota solitario y despiadado que impone el miedo como forma de gobierno. El anciano dictador es víctima del tedio de un poder absoluto que está a punto de perder. Historia inspirada en el dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó Paraguay desde 1811 hasta su fallecimiento en 1840, en la novela nunca se menciona su nombre; el autor simplemente se refiere a él como El Supremo, sobrenombre con que el doctor Francia era conocido en su tiempo. La lectura de Yo, El Supremo no es liviana ni fluida. Pero siempre recompensa por el modo en que emplea el humor, la literatura fantástica, los retruécanos y aun los chistes irónicos y juegos de palabras.

En El otoño del patriarca, (1975), de Gabriel García Márquez, un dictador sin nombre sintetiza a todos aquellos que ostentan el poder absoluto en Latinoamérica. No está de más recordar que poco antes de morir en un accidente aéreo en 1981, el dictador panameño Omar Torrijos le dijo a Gabo: “Tu mejor libro es El otoño del patriarca. Todos somos así como tú dices”.

El Nobel colombiano fuerza los límites entre historia y ficción. Construye su personaje con una perspectiva irónica y grotesca. Lo presenta como hijo de una mujer del pueblo, Bendición Alvarado, única persona a quien quiso de verdad. De la miseria llegó a dictador, después de varias contiendas y golpes de Estado, por voluntad de los ingleses.

Conocido como El Macho, este dictador ficticio alcanza los 200 años de edad. Para construirlo, García Márquez se basó en una variedad de autócratas reales, incluyendo a Gustavo Rojas Pinilla (Colombia), Francisco Franco (España) y Juan Vicente Gómez (Venezuela). En la cúspide del poder, el dictador mira un país en ruinas a causa de su paranoia.

A pesar de que no se le incluye en la lista de novelas de dictador, quisiera añadir Oficio de difuntos (1976), del intelectual y político venezolano Arturo Uslar Pietri, sobre la figura del caudillo Juan Vicente Gómez.

 

Tragedia y farsa

A mediados de la década de los ochenta, Tomás Eloy Martínez mezcla en La novela de Perón (1985) los hechos históricos, la ficción y los documentos para volver a narrar la vida de Juan Domingo Perón, dramatizando las rivalidades dentro de las filas del peronismo. Con ello, el autor construye un retrato íntimo, más que históricamente exacto, profundizando en su historia temprana y su educación familiar para especular sobre la motivación de sus actos posteriores. En palabras del autor argentino, los dictadores, hasta mediados de los ochenta, “fueron una tragedia cómica tanto en España como en América Latina. Figuras patéticas y sangrientas, pero también risibles”.

El asunto del dictador ha sido abordado por la mayoría de los principales escritores de América Latina del siglo XX. Todos crearon obras memorables. Aunque ninguna de ellas se dedica a analizar las normas, economía o política de su régimen autoritario en el mismo sentido en que lo haría una obra histórica, su influencia ha sido extraordinaria y siguen siendo referentes.

Dictaduras hubo y hay en muchas partes del globo, pero ha sido en Latinoamérica donde durante años sus escritores han buscado entender cómo los dictadores logran alcanzar un poder capaz de anular la voluntad de todo un país. Examinando en un contexto histórico y de forma crítica el poder ejercido por una figura autoritaria, estudiaron las dictaduras en general. Rechazando numerosos sistemas tradicionales, se dedicaron a examinar la autoridad de ciertos líderes en una especie de desafío a esas mismas dictaduras.

Con posterioridad, se han escrito libros sobre algunos dictadores más recientes como Fidel Castro, Augusto Pinochet, Alberto Fujimori o el golpista fracasado Hugo Chávez. Pero el escenario y los tiempos son otros, y múltiples las influencias geopolíticas, lo que obliga a un modo distinto de narrar. Como afirma Vargas Llosa, las dictaduras militares han desaparecido prácticamente de Latinoamérica. Las sustituyen dictaduras ideológicas como la venezolana.

Además, la literatura más reciente sobre regímenes de fuerza, de derecha o izquierda, ya no los monopolizan los dictadores. El protagonismo es de las víctimas. Ya no hace falta ceñirse al dictador. Basta con aludir a su herencia.