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El capitalismo y sus escribanos

MANUEL CONTHE
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Los escándalos empresariales del último año no son el preludio de un nuevo tipo de crisis en el llamado “capitalismo popular”. Enron o WorldCom son la manifestación de un peligro que siempre acecha a los mercados financieros, sobre todo tras un largo periodo de euforia.

En 1958, siendo vicepresidente con Dwight Eisenhower, Richard Nixon, acompañado de una numerosa delegación, representó a Estados Unidos en los actos de proclamación de la independencia de Ghana. Durante las celebraciones, que despertaron la curiosidad internacional, Nixon, deseoso de pulsar la opinión local sobre la recién conseguida independencia, se dirigió a un grupo de periodistas de raza negra y les inquirió: “Bueno, ¿qué tal se siente uno libre?”. A lo que los periodistas respondieron: “No lo sabemos. Somos de Alabama”.

La frase me ha venido con frecuencia a la cabeza, tras el escándalo Enron y los que le han seguido, cuando recordaba el esfuerzo que hicieron el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y, en general, los organismos internacionales tras la crisis del sureste asiático de 1997-98 para mejorar la legislación financiera y el “gobierno de las empresas” (corporate governance)… ¡en los países en desarrollo! Se constató entonces, en efecto, que buena parte de la crisis financiera sufrida por Tailandia, Corea del Sur e Indonesia obedecía a la ligereza con la que los bancos habían prestado a empresarios bien relacionados, cuyas compañías carecían de un sistema de contabilidad y gestión adecuados. Esa alegría en la concesión de préstamos, muchos de ellos en divisas a empresas sin capacidad exportadora, había alentado la euforia económica y la subida de los precios inmobiliarios, pero se tornó frágil cuando, a partir del verano de 1997, las monedas asiáticas cayeron bajo sospecha y se inició una crisis que, centrada inicialmente en el…

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