POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 184

Globalización, desigualdad y Estado de bienestar

BRANKO MILANOVIĆ
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¿Es posible reinventar un Estado de bienestar en sociedades cada vez más desiguales y heterogéneas? La solución pasa por construir las bases para un capitalismo igualitario.

Es ya un tópico afirmar que el Estado de bienestar acusa los efectos de la globalización y la migración. Para entender dichos efectos y su origen, debemos regresar a los orígenes del propio Estado de bienestar. Como señalan los historiadores económicos Avner Offer y Gabriel Söderberg en The Nobel Factor (2016), la socialdemocracia y los Estados de bienestar nacen cuando las sociedades reparan en que, a lo largo de la vida, todas las personas pasan por momentos en que no tienen ningún ingreso pero necesitan seguir consumiendo. Concretamente, el Estado de bienestar nace cuando se da la capacidad económica para hacer frente a esa realidad. Al hablar de “todas las personas”, nos referimos a los niños (prestaciones por hijos menores de edad), a los enfermos (sanidad pública y ayudas por enfermedades), a quienes tienen la desgracia de sufrir accidentes laborales (seguros contra accidentes de trabajo), a las madres que tienen hijos (bajas por maternidad), a los parados (prestaciones por desempleo) y a los mayores (pensiones de jubilación).
El Estado de bienestar se creó para proporcionar a la población todas estas prestaciones, que funcionarían como seguros contra contingencias inevitables o muy comunes. Se levantó sobre los cimientos de la supuesta similitud en las conductas o, dicho de otro modo, la homogeneidad cultural y a menudo étnica. No es casualidad que el prototípico Estado de bienestar nacido en Suecia en la década de 1930 tuviera muchos elementos en común con el socialismo nacional –término al que no quiero dar aquí un matiz peyorativo–.
Además de conductas y experiencias compartidas, el Estado de bienestar requería para ser sostenible una participación masiva. Un sistema de Seguridad Social no…

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