POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 171

Irán y el arco chií

IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO Y CRISTINA CASABÓN
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La creciente tensión entre Arabia Saudí e Irán tiene efectos desestabilizadores en Oriente Próximo y en el interior de esos dos países. La movilización de la población chií en el conflicto sirio y en el yemení amenaza con reconfigurar las identidades sectarias en la región.

Algo está cambiando en Oriente Próximo. Los años de aislamiento de Irán han llegado a su fin y su plena rehabilitación parece ser cuestión de tiempo. A pesar de que Teherán no ha modificado su política exterior ni ha promovido una reforma interna, las sanciones occidentales han empezado a levantarse. Este giro se explica aludiendo a varios factores, entre ellos el creciente peso de Irán en el tablero regional y el acuerdo sobre su programa nuclear. La rehabilitación está siendo acompañada de una intensificación de las tensiones con Arabia Saudí. La rivalidad entre ambos países no ha dejado de incrementarse desde que Estados Unidos derrocó a Sadam Husein, decisión que rompió los equilibrios regionales, colocó a Bagdad en la órbita de Teherán y desató una ola de violencia sectaria cuyas réplicas se sienten hoy en Irak, Siria y Yemen.

 

La consolidación del arco chií

El régimen iraní vive uno de los momentos más dulces desde el triunfo de la Revolución Islámica de 1979. Por primera vez no debe preocuparse por garantizar su supervivencia política, sino que además goza de una proyección exterior con la que difícilmente hubiera soñado hace tan solo unos años. Irán ha sabido mover de manera acertada sus peones regionales para extender su influencia en Oriente Próximo.

La ocupación estadounidense en Irak allanó el terreno para que Irán tutelase el gobierno sectario establecido en Bagdad, y la intervención iraní en la guerra siria favoreció la intensificación de los lazos con Bachar el Asad. La caída del presidente Abdallah Saleh en Yemen…

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