INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 1010

ISPE 1.010. 14 noviembre 2016

El pasado mayo, en una entrevista concedida a Bloomberg, el hoy presidente electo de EEUU, Donald Trump, dijo que en “cinco o 10 años más surgirá un partido de los trabajadores, de quienes no han tenido un aumento de sueldo real en los últimos 20 años y que hoy están muy enojados”. No se equivocó. Según el reciente informe de McKinsey Global Institute “Poorer than their parents” más del 80% de las rentas medias y bajas han caído o están congeladas desde 1990.

Para esos sectores, el lema de campaña de Trump Make America great again tenía todo el sentido del mundo. Un análisis demográfico de The New York Times sobre las primarias republicanas encontró que el nivel de apoyo a Trump tenía una relación directa con la población blanca sin educación media o superior, de religión evangélica. Es decir, las víctimas de la globalización. En las primarias de Michigan, cuna de la industria automotriz, Trump amenazó a Ford con imponer un arancel del 35% a vehículos importados de México si la compañía trasladaba a ese país la planta que iba a cerrar en el Estado. “Música para los oídos de mi Estado”, escribió el cineasta Michael Moore, quien predijo la victoria de Trump en un artículo premonitorio.

 

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En California, Trump pronunció su discurso más proteccionista y prometió obligar a Apple a fabricar sus iPhones en EEUU y Monessen, Pensilvania, que  fue el corazón de la industria siderúrgica, hoy casi extinguida en el Estado por la competencia del acero chino. Trump explotó así los miedos reales de los blue collar workers o unskilled que han perdido sus antiguos empleos en una industria pesada ya inexistente en Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin, los Estados industriales del norte del Medio Oeste.

Esos cuatro Estados, tradicionalmente demócratas y que…

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