INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 1016

ISPE 1016. 26 diciembre 2016

La reunión el 15 de diciembre entre Vladimir Putin y el primer ministro japonés, Shinzo Abe, la decimosexta desde 2012, fue una decepción para Tokio, que pensaba lograr concesiones rusas sobre las islas que Rusia llama Kuriles y Japón los “territorios del Norte”: Etorofu, Kunashir, Shikotan y Habomai, situadas al norte de la isla de Hokkaido y capturadas por el ejército soviético en los días finales de la Segunda Guerra mundial.

Sin embargo, a largo plazo, la visita de Putin, la primera a un país miembro del G-7 tras la anexión rusa de Crimea, podría marcar un punto de inflexión en la relación de dos países con muchos intereses comunes en el Pacífico occidental. Rusia y Japón no tienen firmado un tratado de paz formal, sino solo una “declaración conjunta” que en 1956 planteó una eventual devolución a Japón de dos de las islas tras la firma de un acuerdo de paz.

Las islas en disputa, de las que fueron expulsados 20.000 japoneses en 1945, cubren una extensión de 5.000 kilómetros cuadrados y en sus aguas circundantes abundan los recursos ictiológicos y probablemente también energéticos. Pero en una zona surcada por contenciosos territoriales y tensiones en las que participan China, las dos Coreas y EEUU, Rusia y Japón tienen varios incentivos para cooperar. Moscú busca, sobre todo, inversiones japonesas para desarrollar el lejano –y despoblado– oriente ruso.

Durante la visita de Putin, las empresas japonesas Marubeni, Inpex y la Japan Oil Gas and Metals firmaron un acuerdo con la rusa Rosneft para explorar yacimientos de hidrocarburos en un bloque offshore de la isla rusa de Sajalín. Sin embargo, esas actividades económicas son un arma de doble filo para Japón. Dado que las islas son hoy territorio ruso a todos los efectos, si hay colaboración ruso-japonesa en cualquiera de ellas, será…

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