INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 797

#ISPE 797. 11 junio 2012

La enorme presión del resto del mundo sobre los líderes europeos en la cumbre del G-20 en Los Cabos (México) para que tomaran decisiones rápidas que resolvieran la crisis de la zona euro, que se ha convertido en el mayor problema de la economía mundial, estuvo a punto de acabar con la paciencia de algunos de ellos.

El ministro de Finanzas canadiense, Jim Flaherty, insistió, por ejemplo, en que no habría ayuda internacional para la zona euro hasta que esta hubiera resulto sus asuntos internos. En respuesta, el presidente de la Comisión

Europea, José Manuel Durão Barroso, declaró que Europa no había acudido a la cita a recibir lecciones de nadie sobre democracia o economía. Por su parte, la canciller alemana, Angela Merkel, enumeró las diversas medidas que han dado los europeos para fortalecer el euro: el pacto fiscal, los fondos de rescate europeos y los avances hacia una unión fiscal y política. Alemania creyó que la austeridad y la consolidación fiscal harían que los mercados financieros recompensaran la rectitud presupuestaria con tipos de interés más bajos en las emisiones de deuda soberana de los países periféricos de la zona euro. Fue una previsión excesivamente optimista. Y quizá ingenua.

Las condiciones en las que la UE tiene que hacer esos ajustes no tiene precedentes en la historia económica mundial: quien debe hacerlo es una unión monetaria que carece de un Tesoro y una fiscalidad comunes. El premier británico, David Cameron, lo reconoció en Los Cabos: “Tenemos que entender las dificultades políticas de Alemania para tomar las medidas económicas necesarias (…) pero si se quiere mantener una unión monetaria, se requiere una unión bancaria, transferencias fiscales…”.

Kenneth Rogoff, execonomista-jefe del Fondo Monetario Internacional, utiliza una metáfora para ilustrar el dilema: “Europa es como una pareja que…

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