INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 861

#ISPE 861. 14 octubre 2013

De los más de 500 pasajeros que transportaba el barco que salió el 3 de octubre del puerto libio de Misrata y que naufragó cerca de la isla italiana de Lampedusa, solo se salvaron 155. La mayoría de ellos provenía de Eritrea y Somalia. Ese mismo día, otra embarcación llegó a Lampedusa con 463 sirios y otra más a Siracusa, en Sicilia.

En los últimos 25 años se han ahogado unos 25.000 inmigrantes irregulares en el Mediterráneo, una cifra que se basa únicamente en los cuerpos encontrados. Esos flujos están aumentando exponencialmente debido a la inestabilidad generada en África del norte y Oriente Próximo por las revueltas árabes. La emigración económica subsahariana predominante en la pasada década ha dado paso a la llegada masiva de refugiados kurdos, libios, iraquíes, sirios y hasta egipcios que tratan de llegar a Europa para huir de la guerra.

Nada permite pensar que la situación vaya a mejorar en un futuro inmediato, por las nulas posibilidades de una mayor cooperación al desarrollo con las zonas convulsas de las que proceden los refugiados. Por otra parte, el cierre de las extensas costas del Mediterráneo resulta casi imposible.

Los mayores controles en el estrecho de Gibraltar han desviado las rutas de la inmigración clandestina hacia el Este y el Sur por tierra, con lo que el área de origen de los flujos inmigratorios incluye hoy toda la costa norteafricana, la de África occidental y Turquía. Las rutas son más largas y peligrosas, lo que obliga a los inmigrantes a depender más de los traficantes.

La UE y sus Estados miembros deberán reforzar su lucha contra las mafias que trafican con personas y su cooperación con los países de la orilla Sur que estén en condiciones de actuar, como Marruecos y Argelia, aunque nadie espera soluciones inmediatas. El…

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