POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 125

Grafiti pintado en una calle de Moscú del candidato presidencial Vladimir Putin, marzo 2012. Getty

La decisión de Putin, el futuro de Rusia

ZBIGNIEW BRZEZINSKI
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Detener y luego invertir la evolución democrática de Rusia ha sido una elección, no una necesidad. Pese a los alardes nacionalistas de la potencia energética, el Kremlin no tiene una visión para el futuro de un país que hoy desarrolla 20 veces menos tecnología innovadora que China.

Vestido de negro riguroso, incluido su suéter de cuello vuelto (un color al que en tiempos fue aficionado Benito Mussolini), el antiguo teniente coronel del KGB y presidente de Rusia en los últimos ocho años, Vladimir Putin, se dirigía a miles de jóvenes simpatizantes entusiasmados en un estadio deportivo de Moscú el 21 de noviembre de 2007. Su mensaje era una advertencia xenófoba contra la deslealtad nacional por parte de ONG democráticas rusas subvencionadas con dinero extranjero. “Por desgracia, hay todavía personas en nuestro país que actúan como chacales en las embajadas extranjeras (…) Que cuentan con el apoyo de amigos y gobiernos extranjeros pero no con el apoyo de su propio pueblo”, bramaba Putin, acompañado por canciones de la era soviética que atronaban desde los altavoces del estadio, mientras la muchedumbre agitaba banderas nacionales.

Unos días después, el mismo Putin parecía inclinarse ante la legitimidad constitucional de Rusia al reafirmar que cedería la presidencia según lo previsto al expirar su segundo mandato, en marzo de 2008. Esta acción, sin embargo, iba acompañada por el nombramiento a dedo de su sucesor y hoy presidente de Rusia, Dmitri Medvedev, un subordinado burocrático y socio de Putin en diversos negocios desde hacía tiempo. En el plazo de un día, el designado expresaba su esperanza de que Putin aceptase ser el próximo primer ministro del Estado. Dada la situación del poder político en Rusia, el proceso electoral se convertía de ese modo en una farsa y la autoridad del sucesor de Putin quedaba eficazmente…

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