POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 53

El presidente de los EEUU, Bill Clinton (C), tras firmar el proyecto de ley Helms-Burton para endurecer el embargo de Cuba el 12 de marzo de 1996 en la Casa Blanca. GETTY

JOYA DE ARCHIVO: La Habana: las implicaciones de Helms-Burton

La sociedad de Cuba está cambiando. El 'período especial' en que se encuentra desde 1991 ha hecho que la población hable cada vez con mayor franqueza y sea más autosuficiente: el mercado negro aflora con fuerza.
ISABELLA THOMAS
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Un domingo del pasado mes de marzo se estrenaba en La Habana una nueva producción del Calígula de Albert Camus. Para aquellos que asistieron a la representación resultaba bastante más inquietante que la aprobación de la ley Helms-Burton, que a la semana siguiente iba a estrechar el embargo estadounidense sobre Cuba. Excepcionalmente en el mundo teatral de La Habana, la venta de taquilla había superado con creces el aforo de la sala y cuando empezó la función los pasillos estaban abarrotados. El director, Carlos Díaz, y su compañía, El Público, gozan de gran prestigio gracias a sus atrevidas producciones, que llaman abiertamente la atención sobre determinados tabúes cubanos. Su popularidad se debe en parte a su estilo provocador. Además, se había difundido el rumor de que esta obra estaba tan llena de significados que posiblemente la prohibirían, así que para verla había que hacerlo en su primera representación.

Calígula trata sobre los abusos de poder de un loco emperador romano empeñado en conseguir lo imposible destruyendo lo posible. En la primera escena aparece intentando atrapar la luna. Su locura es tan cruel y sus mandatos tan arbitrarios que los patricios acuerdan deshacerse de él. En ese momento toman conciencia de lo difícil que esto resulta, tanto desde el punto de vista psicológico como práctico.

La obra deja bien claro que no trata sobre la estructura de poder en Cuba. Aun así, al igual que gran parte del arte cubano actual, la producción apuntaba abiertamente algunas de las neurosis ocultas de esta población. Tocaba aspectos que dejaron boquiabiertos y arrancaron carcajadas a los espectadores, poco habituados a ver a sus dirigentes parodiados con este estilo tan absurdo y sutil. “Qué fuerte”, susurró un hombre en la fila de detrás de mí cuando Calígula anunció que necesitaba más gente a la que echar la culpa. (La semana anterior se había derribado a los pilotos exiliados, lo cual desató un recrudecimiento de la postura estadounidense.) Hubo risas cuando el emperador le dice a su amante que la Hacienda Pública necesita encontrar nuevos sistemas para financiar sus gastos y que para ello había pensado en abrir un burdel oficial. Se desternillaron cuando añadió que le daría una medalla a aquel que lo frecuentara más a menudo (la Cuba castrista tiene una fijación con las medallas).

Pero las mayores carcajadas llegan cuando Cherea, jefe de los patricios, dice al grupo de conspiradores: “No es tan fácil” [traicionar a nuestro emperador]. Para entender totalmente el porqué de estas risas sería necesaria una inmersión en la sociedad cubana desde que se instauró el “período especial” (la era de extrema escasez que comenzó al marcharse los soviéticos en 1991), pero es que una, de las frases que los cubanos repiten actualmente una y otra vez, como si fuera una especie de tic, es “no es fácil”. A veces aluden a la dureza de los tiempos en general, o a lo difícil que resulta hacer las cosas más sencillas, como llegar de un sitio a otro en autobús o comprar leche para los niños, pero es muy habitual que las frases acaben así, lo que a menudo se acompaña con un movimiento de cabeza. Quieren decir que la vida no sólo es dura sino que además es complicada y que uno no debe apresurarse a juzgar sin tomar en consideración la complejidad de las cosas.

Carlos Díaz adorna su obra con otras imágenes cubanas. En la escena en la que Calígula organiza un concurso de poesía entre sus oficiales, crea un cabaré con luces de colores, reminiscencia del famoso club Tropicana. La mayoría de los papeles de los patricios y consejeros están representados por mujeres vestidas de hombre en alusión, según palabras del propio Díaz, al hecho de que mucha gente oculta su verdadera identidad. Escipión, el joven poeta, se presenta en el concurso con una maleta en la mano —mi vecino de butaca le susurró a su acompañante: “Se va a Miami”— incapaz de decidir si quedarse o unirse a los conspiradores.

En una entrevista posterior, Díaz indicó que la obra explora muchos temas cubanos. Refleja cómo la gente puede sentir un profundo resentimiento y, al mismo tiempo, un persistente apego hacia un autócrata que les intimida. También muestra que incluso si uno consigue deshacerse de él, su imagen perdura. En la última escena asesinan a Calígula. Representan un formidable desfile vestidos con guerreras soviéticas (la metáfora resulta peligrosamente real) y una vez que lo han matado, lo envuelven con ellas. Pero al final, una imagen de Calígula, que ha estado presente durante toda la obra de pie dentro de un marco dorado, salta y grita: “Aún estoy vivo”. Un dirigente muerto puede resultar muchas veces un símbolo más poderoso que en vida (después de todo, la imagen del Che Guevara es hoy más persuasiva que nunca), o al menos pronto es sustituido por algo parecido.

Cabría preguntarse cómo se pudo permitir esta representación. La obra aparece en un momento de creciente tensión política. Sólo hay que recordar que días después se celebró una reunión del Comité Central del Partido Comunista en la que Raúl Castro solicitó una vuelta a posturas más duras con respecto a los disidentes y dio la voz de alarma sobre las consecuencias políticas de las reformas económicas introducidas a partir de 1993. A pesar de ello, que Calígula aún siga en cartel en La Habana refleja que en la Cuba de hoy hay un sorprendente nivel de tolerancia con respecto a la irreverencia artística, si bien no a nivel político. Ni siquiera los ministros negarían hoy que Cuba es una utopía, y admiten sin reservas la existencia de todo tipo de problemas. En consecuencia, les resultaría difícil reprimir la voz de los artistas.

 

«El arte cubano es marcadamente político e invariablemente parece apuntar a lo que cierto artista llama ‘los aprietos en los que nos encontramos’»

 

El arte cubano es marcadamente político e invariablemente parece apuntar a lo que cierto artista llama “los aprietos en los que nos encontramos”. He visto cuadros de Marx violando a la virgen del Cobre, santa patrona de La Habana (el pintor me explicó que pretendía mostrar que Marx había tenido sólo una relación esporádica con Cuba), de viajes y maletas, de escaleras que salen de un inodoro, y de una bandera de Cuba hecha a base de cabello humano, con franjas negras en lugar de azules para resaltar que nos encontramos en un período de duelo. Por supuesto que es más fácil ser crítico en estos días en los que el mensaje subyacente consiste sencillamente en que es una lástima que la revolución se tope con tantas dificultades. Pero a menudo ese mensaje va acompañado de un profundo cinismo.

Sin embargo, tolerancia es la palabra clave, ya que si bien existe tolerancia hacia todo tipo de actividades que antes estaban condenadas por el régimen, la actitud sigue siendo arbitraria, y uno nunca puede estar seguro de si una opinión, libro, cuadro, trabajo o el mero hecho de recurrir al mercado negro puede ser considerado inaceptable, ni de cuándo. En consecuencia, la gente que se dedica a estas actividades está en una especie de limbo. Y aquí debemos incluir a la casi totalidad de la población porque, como todo el mundo sabe, es prácticamente imposible vivir sin el mercado negro (o “el mercado azul”, como se denominaba a este fenómeno en la Europa del Este en una situación comparable).

 

Negocios privados

El naciente sector privado es una buena muestra de ello. Existen unos nuevos restaurantes privados llamados “paladares”, que toman su nombre de un centro de reunión de una telenovela brasileña que emitió la televisión cubana hace algunos años. Comenzaron de forma ilegal en la provincia de Holguín, se legalizaron en 1993, para prohibirse otra vez en 1994, y de nuevo legalizarse en agosto del año pasado, sujetos a una estricta normativa para evitar que se convirtieran en competencia para los restaurantes estatales: se les permite tener sólo doce sillas, no pue- den contratar a empleados que no sean familiares y deben pagar fuertes impuestos. Pero solamente en La Habana se calcula que hay en la actualidad más de mil paladares. Aunque difieren bastante entre sí, la comida en estos sencillos restaurantes es por lo general mejor que en la media de los hoteles, y los propietarios parecen estar realmente encantados de atenderle a uno. Como casi todos se sitúan en las habitaciones exteriores de hogares particulares, se disfruta de una hospitalidad que se echa en falta en los hoteles.

Muchos de estos restaurantes obtienen la mayor parte de sus ingresos de la venta de productos ilegales como langostas y gambas (considerados la reserva del Estado) y los menús —a menudo confeccionados como álbumes de fotos— disfrazan sus productos retirando las conchas o llamándolos escarabajos, en un vano intento por confundir a los inspectores. Muchos dueños de restaurantes no pueden resistirse a aceptar más de doce clientes y almacenan sillas en los rincones o en las habitaciones interiores. Algunos gozan de una “amistad” especial con los inspectores, que aceptan hacer la vista gorda por una mesa de más en el patio, siempre y cuando se les dé a cambio una buena comida. Frecuentemente resulta difícil contratar sólo a familiares y la condición se amplía para incluir a los cuñados de los yernos o a madrinas honorarias. Hace poco una pareja de homosexuales que regentaba un exquisito restaurante tuvo dificultades ya que se había visto obligada a contratar a empleados que no eran familiares. Se les multó con mil pesos y les cerraron el local, pero han vuelto a abrir.

Uno puede hacerse “amigo” de los inspectores de paisano, que pasan por los paladares para comprobar que las principales normas son respetadas. Pero en el clima político de mayor tensión al que Cuba se está viendo sometida últimamente, los inspectores se ven presionados para imponer mayores multas a aquellos que osen, por ejemplo, apresurarse a sacar una silla de la cocina para acomodar al decimotercer comensal (sin contar con el hecho de que con ello podrían provocar las iras de su dios cristiano: las supersticiones, del tipo que sean, tienen una gran influencia entre los cubanos).

Pero los propietarios, como los demás vendedores que tienen un pie en el mercado negro, se mantienen siempre un paso por delante del sistema. Disponen de su propia y complicada red de confidentes que siguen la sombra de los informadores oficiales, y les avisan con antelación de la inminente llegada de un inspector. En esos casos, incluso la jerga resulta un sistema de comunicación demasiado arriesgado: la forma más común para advertir que un inspector o una persona de “seguridad” anda cerca es darse un golpecito con los dedos índice y corazón en el hombro para indicar los galones del uniforme militar. El problema es que los informadores oficiales y los que no lo son están tan entremezclados que nunca puedes estar seguro del todo de en quién confiar.

 

«Los propietarios, como los demás vendedores que tienen un pie en el mercado negro, se mantienen siempre un paso por delante del sistema»

 

En el campo, la situación es más relajada. El Estado no dispone de tantos agentes y los paladares pueden defenderse más eficazmente. En Pinar del Río, el dueño del paladar “Gustavo’s” se ha hecho rico, influyente y dominante. Se regodea en la ilegalidad pero espía a los establecimientos de la competencia e informa cuando rozan la ilegalidad. La son- risa de Gustavo no se alteró cuando le pregunté por qué tenía 45 sillas en el patio y tantos empleados a los que llamaba “ahijados”. Como para resaltar su espíritu osado, del alero de la cocina del patio cuelgan cabezas de cerdo. Al igual que un veterano caudillo, despierta amores y odios exagerados entre amigos y enemigos, respectivamente. Incluso me habló de su pequeño hotel en los alrededores (una empresa todavía más ilegal) que socava los beneficios del hotel estatal del pueblo. Algunos dirán que es simplemente un predecesor del mercado libre y que los cubanos tendrán que irse acostumbrando a este tipo de cosas. Pero en el actual clima político, sus fanfarronerías son las que expanden su imperio.

Como los paladares están aceptados, pero no fomentados, sus propietarios no pueden hacer planes para el futuro y a menudo tienen miedo de que su humilde, aunque imaginativa, picardía les cause “problemas” (hoy en día, problemas quiere decir más bien una fuerte multa pero no la cárcel). El gobierno está claramente preocupado de que no se escapen a su control. Dado el potencial turístico, podrían independizarse peligrosamente del Estado. Hay un gran debate sobre si debería aumentarse el impuesto mensual (que tiene que pagarse en dos monedas para corresponderse al doble sistema monetario: mil pesos y cuatrocientos dólares, si es que admite turistas). También se habla de un impuesto anual adicional a estas tasas. Pero como aún no se ha decidido nada, no se pueden hacer planes a largo plazo.

La consecuencia de todo esto es que la esfera privada en Cuba es todavía excesivamente individualista, por no decir personalista. Ahí reside parte de su encanto para el turista, pero se explica debido a la palpable inseguridad que sienten los nuevos propietarios. Tienen que ir inventando las cosas sobre la marcha, incluido hasta dónde pueden arriesgarse en sus escarceos con la autoridad.

Sentada en un paladar a las afueras de La Habana, viendo cómo la camarera le compra marisco a un vendedor ambulante ilegal, me acordé de la escena de la película de Buñuel El fantasma de la libertad, en la que unos amigos se sientan a una mesa cada uno sobre un retrete y a intervalos se van a un minúsculo armario para comer algo. Los motivos para sentirse avergonzado, los tabúes, los límites de lo incorrecto son totalmente opuestos a los de otras partes de Occidente. Una mujer puede mantener en secreto dónde ha hecho sus compras y alguien puede llamar a tu puerta para venderte una lechuga. Los dos parecen avergonzados al hacerlo. Y al mismo tiempo, la gente está más tranquila que en ninguna otra parte del mundo en lo relacionado, por ejemplo, con la sexualidad y los delitos que tengan que ver con ésta (como el adulterio o la bigamia).

La sociedad cubana está cambiando de un modo sutil y dramático. El período especial que se inauguró en 1991 ha obligado a que la gente se sincere más a la hora de hablar de las insatisfacciones de la vida; también se exponen en obras de teatro, películas y demás artes a un cinismo disimulado respecto a cualquier poder. Al mismo tiempo, la gente se ve ahora obligada por las circunstancias a depender más de sí misma. Como el Estado ya no puede permitirse ofrecer la cobertura de antaño, para sobrevivir tienen que ingeniárselas como sea y desenvolverse en el mercado negro. Los paladares representan sólo una de las formas en las que la gente se establece por su cuenta. Otros se hacen taxistas o montan un tenderete en la calle. El temperamento cubano ayuda en estos difíciles momentos con sentido del humor negro y profundo: sus mayo- res desengaños provocan las carcajadas más sinceras. En la década de los años veinte, André Bretón describía Cuba como el país más surrealista del mundo. Quizá haya alguna continuidad.

El gobierno estadounidense sólo puede tener una ligera idea de los cambios del estado anímico y disposición del pueblo cubano. La política de aislamiento que Estados Unidos ha mantenido durante los últimos 35 años asegura que el pueblo estadounidense esté pobremente informado de la vida en la isla. (La constante cobertura informativa sobre los asuntos cubanos que aparece en la prensa estadounidense por lo general se limita a un aluvión continuo de columnas de opinión en lugar de reportajes sobre hechos concretos.) Y lo que es más, el fracaso del embargo a la hora de derrocar al actual gobierno cubano, que ha de considerarse la finalidad última de esta política, ha provocado una palpable frustración en algunos círculos gubernamentales. Esta frustración se hace demasiado patente con la ley Helms-Burton, firmada finalmente por el presidente Clinton el pasado mes de marzo. Si el embargo por sí mismo no parece haber dado resultado, deberá funcionar a la fuerza obligando a los aliados de EE UU a cooperar con su política. Pero en esencia, la ley Helms-Burton evidencia una incapacidad absoluta para comprender, ni tan siquiera percibir, los efectos de la política estadounidense sobre los propios cubanos. Es la política fruto de la rabia y no de un cálculo razonado.

Los artífices de la ley deben de estar convencidos de que si nadie tocara Cuba, si los empresarios del resto del mundo simplemente la ignoraran, el pueblo, encendido, acabaría por asfixiar al régimen. Este argumento no se sostiene desde el punto de vista lógico, moral, ni siquiera legal. No hace falta ir a Cuba para ver que, en gran medida, el régimen sobrevive gracias a la ausencia de norteamericanos y de su influencia (aun cuando la fascinación por la cultura de EEUU es endémica). El régimen cubano ha subrayado este factor recientemente: en la reunión plenaria del Partido Comunista celebrada a finales de marzo, Raúl Castro mencionó explícitamente la preocupación porque los cuba- nos se vieran demasiado expuestos a actitudes foráneas y que esto hubiera contribuido a la corrupción de la pureza revolucionaria. Si bien el régimen admite la evidencia de las ventajas de la inversión extranjera, también es consciente de que la influencia exterior puede resultar perjudicial para sus intereses.

 

«Los artífices de la ley deben de estar convencidos de que si nadie tocara Cuba, si los empresarios del resto del mundo simplemente la ignoraran, el pueblo, encendido, acabaría por asfixiar al régimen»

 

Las protestas contra el bloqueo estadounidense también ofrecen al régimen cubano su mayor y más poderosa razón de ser. Sin este motivo de queja, perdería la principal justificación de su existencia. En cuanto al pueblo cubano, aunque no tiene animadversión hacia los ciudadanos estadounidenses, tampoco está en contra de la censura del gobierno de EE UU: el término peyorativo “yanqui” parece aplicarse principalmente a los representantes del gobierno. En cambio, se tiene una buena opinión de los “americanos”, o ciudadanos corrientes de EEUU. Al fin y al cabo, los familiares de muchos cubanos lo son. Pero si la ley Helms-Burton fue ideada como un tratamiento de choque para el pueblo cubano, no lo ha conseguido. Muchos cubanos han acogido la noticia con desinterés, incluso con hastío. Se trata sólo de más de lo mismo. Desde luego no ha servido para animarles a pensar en una alternativa.

La razón fundamental por la que la ley Helms-Burton está equivocada tiene que ver con la gran polarización de la política cubana, o el pro- fundo abismo entre el régimen y sus críticos. Se piensa que cualquier alternativa al gobierno actual tendría que estar acompañada de una agitación social considerable, incluso violenta. Pero el pueblo cubano, en el actual clima de escasez, se ve obligado a emplear tanto tiempo y energía en ser capaz de poder hacer la siguiente comida, o en comprar y vender en el mercado negro, que le queda poco tiempo libre para divagar sobre cuestiones políticas.

 

Críticas a la política de Clinton

Las implicaciones jurídicas de la ley Helms-Burton también están siendo cuestionadas por vez primera desde que se acordaran sus términos. El apartado III de la ley autoriza a los tribunales de EE UU a instruir casos contra empresas extranjeras y aquellos otros que “trafiquen” con intereses cubanos confiscados. El apartado IV da a EE UU el derecho a denegar la entrada a aquellos que hagan negocios con Cuba. En julio se enviaron cartas de advertencia a nueve directivos y consejeros de Sherrit International, una compañía minera canadiense, en la que se les decía que a ellos y sus familias se les denegaría la entrada en EE UU en virtud de la ley Helms-Burton a menos que la empresa tomara medidas para retirar su inversión en Cuba. Entre los accionistas de Sherritt está Rupert Penant-Rea, ex subgobernador del Banco de Inglaterra. Sin embargo, la respuesta de Canadá, la Unión Europea (UE) y otros socios de Cuba ha sido la condena contundente de esta medida por ser una restricción de sus reglas de comercio y una infracción del Derecho internacional. Si EEUU llevara las cosas demasiado lejos y, de hecho, a menos que el presidente Clinton decida derogar el apartado III (decisión que ha retrasado por otros seis meses, hasta después de las elecciones) existen motivos sobrados para esperar acciones de represalia contra los intereses estadounidenses. La UE estudia actualmente la adopción de un “estatuto de bloqueo” que autorizaría a las empresas europeas afectadas por la ley Helms-Burton a demandar a su vez a las filiales de empresas estadounidenses ante los tribunales europeos. Hasta el momento, sólo Sherritt ha recibido una advertencia directa. Si se produjeran nuevas amenazas, está garantizada una amplia protesta internacional.

Siempre resulta más difícil opinar sobre una cuestión moral, ya que el mundo se compone de demasiadas y conflictivas dimensiones morales. Pero agudizar el aislamiento de un pueblo agotado con el objetivo de provocar la caída de un hombre del poder resulta sospechoso desde el punto de vista moral. Especialmente cuando le hace directamente el juego a la oposición dura de Cuba. Plantea dudas sobre si los radicales de Washington y La Habana no se habrán confabulado de algún modo. En Washington no quieren oír hablar de ningún tipo de cesión o capitulación ante una diminuta isla situada al sur de sus costas. En La Habana se alegran de mantener su pureza ideológica y cultural gracias a un aislamiento obligado del resto del mundo. A ambos extremos les conviene una guerra de palabras y evitarse mutuamente.

En marzo, el último enfrentamiento entre Estados Unidos y Cuba a raíz del derribo de los aviones dio argumentos a la opinión pública de que existe una complicidad tácita entre los radicales de ambas capitales. Los detalles siniestros del agente doble, o más bien triple, Roque (miembro de la banda en el exilio Hermanos al Rescate y agente del gobierno cubano, así como confidente del FBI) que, tras haber orquestado hasta cierto punto el giro que dieron los acontecimientos regresó a La Habana, nos da una idea de hasta qué punto se entremezclan ambas partes. Como me dijo una mujer en La Habana: “Nunca se sabe para quién trabaja cualquiera: no puedes fiarte de nadie. El sistema está totalmente retorcido”. Juntó sus manos formando un arco y luego les dio la vuelta hundiendo el arco: “Así”, me dijo. ¿Podría ser esta ambigüedad endémica, este retorcimiento, otro de los motivos por los que la hostilidad entre EEUU y Cuba ha durado tanto? Ya que EEUU se ha ofendido mucho por las actividades de los empresarios extranjeros en Cuba, sería interesante calcular el impacto que éstas tienen efectivamente en la isla. El capital suministrado por empresas extranjeras puede haber sido importante para la notable mejoría de la economía en los dos últimos años. Pero el contacto real con métodos extranjeros tiene una influencia más permanente en los cubanos. La presencia de extranjeros (conocidos entre los cubanos como “papariki”, cargados de fajos de guanakiki —el término para dólares—) ofrece a los cubanos un sentido del “otro” y de la riqueza que pueden acumular los ciudadanos del mundo capitalista más allá de su isla. El hecho de que también tengan más libertad y lujos en Cuba que los propios cubanos puede provocar resentimientos, envidias o simplemente aspiraciones. Una niña le decía a su madre que cuando creciera quería ser extranjera.

Uno podría especular largo y tendido sobre el efecto psicológico de la inversión extranjera y el turismo (ambos traen extranjeros en su este- la) pero está claro que a largo plazo va a ser un factor más divisorio que unificador en la Cuba de los años noventa y por ello son un factor bastante más desestabilizador de lo que podrían prever los cálculos de la administración de EEUU. Gillian Gunn, académica y miembro del “Proyecto Cuba” de la universidad de Georgetown, ha escrito dos interesantes estudios que documentan este asunto muy de cerca. En uno de ellos, titulado “El impacto sociológico de la inversión extranjera en Cuba”, analiza la influencia de los modelos de trabajo capitalistas en el contexto laboral cubano. En un ensayo posterior, “Las ONG en Cuba: muñecos del régimen o semillas de la sociedad civil”, analiza cómo los vínculos con instituciones extranjeras (a través de la financiación) han cambiado sutilmente la naturaleza de estas organizaciones. Aunque sugiere que muchas de esas organizaciones no gubernamentales que anteriormente formaban parte del Comité Central, se volvieron no gubernamentales para intentar atraer financiación extranjera sin cambiar su estructura fundamental; a fin de cuentas, este aparente cambio nominal en algunos casos ha traído como consecuencia una mayor independencia del Estado. Aunque admite que esto no es en modo alguno una verdad irrefutable, indica que a largo plazo los donativos extranjeros a las ONG cubanas semi-independientes pueden fortalecer la sociedad civil (es decir, las decisiones independientes de ciudadanos organizados).

 

«No es sólo que España tenga importantes intereses comerciales en Cuba, sino que la resolución de la UE de no ceder ante este acto de intimidación le ofrece un marco práctico para sus protestas»

 

Evidentemente, todo esto es de gran relevancia en la medida que el nuevo gobierno español perfila su política hacia Cuba. Si bien José María Aznar está deseoso de establecer unas buenas relaciones con el gobierno de Bill Clinton, no desearía bajar la cabeza ante la presión de la ley Helms-Burton. No es sólo que España tenga importantes intereses comerciales en Cuba, sino que la resolución de la UE de no ceder ante este acto de intimidación le ofrece un marco práctico para sus protestas. Desde luego, en el asunto de Cuba, Aznar puede apartarse convenientemente de la política de Felipe González. Si bien González envió un aluvión de ministros a La Habana, probablemente Aznar evitará tener demasiado contacto personal con el gobierno de Fidel Castro. En cambio, en julio recibió abiertamente en Madrid a Jorge Mas Canosa, líder de la organización de exiliados Fundación Nacional Cubano Americana, con sede en Miami. El nuevo presidente del gobierno también ha anunciado que recortará la ayuda oficial a Cuba (en educación y obras públicas), aunque continuará la ayuda humanitaria (medicinas). Y de acuerdo con el planteamiento adoptado recientemente por la UE (después de ver abortados sus planes para aumentar la ayuda y establecer un acuerdo comercial especial con la isla), España vinculará probablemente su ayuda a una mejoría palpable en lo relativo a los derechos humanos. Al mismo tiempo, Aznar no tiene intención de desanimar la inversión no gubernamental ni el comercio en la isla, aunque haya dicho que no la fomentará de forma activa. La especial relación de Fidel Castro con Manuel Fraga parece no haber resultado beneficiosa para su imagen dentro del Partido Popular.

Por muy escrupulosamente que la administración norteamericana la aplique, es poco probable que la ley Helms-Burton impida que las empresas extranjeras funcionen en Cuba. Ahora se sabe que las ventajas para ambas partes son sustanciosas. Incluso si los beneficios por las inversiones no son exagerados en la actualidad, es probable que mejoren con el tiempo. Sin duda alguna la introducción de la ley fue una maniobra para ahuyentar a los inversores potenciales, pero muchas empresas con filiales allí han declarado públicamente que no piensan moverse. Esto es de suma importancia ya que está claro que la presencia de empresas europeas, canadienses y latinoamericanas en Cuba marcará la diferencia entre una, transición suave o una traumática en la historia de esta agitada isla.