POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 163

Lo que queda de la primavera árabe, cuatro años después

POL MORILLAS
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Los países árabes han desafiado la ‘transitología’. La transformación que parecía inevitable hace cuatro años se ha visto limitada por factores estructurales así como por unas élites opuestas al cambio.

Se ha cumplido el cuarto aniversario de la revolución tunecina, que algunos señalaron como el comienzo de una nueva ola de transiciones democráticas. La tercera ola democratizadora, desde mediados de los años setenta hasta los noventa del siglo XX en el sur y este de Europa, América Latina y Asia-Pacífico, no había permeado las fronteras del norte de África y Oriente Próximo. El mundo árabe se convirtió así en la “excepción”, razón por la cual las revoluciones fueron recibidas con optimismo entre los creyentes de que las transiciones democráticas se producen por fases y afectan simultáneamente a diversos países de una misma región.

El debate entre aquellos que años antes habían anunciado el fin de la “transitología” y los que la hicieron revivir alcanzó altas cotas de popularidad durante los primeros meses del despertar árabe. El optimismo democratizador de los segundos se vio reflejado en buena parte de los análisis tempranos sobre la primavera árabe (incluyendo el nombre con el que se bautizó el fenómeno). Estos destacaban las profundas transformaciones de las dinámicas sociopolíticas en el mundo árabe; la emergencia de la ciudadanía como actor político central; las demandas simultáneas de rendición de cuentas a las autoridades; y el aumento del debate público y abierto sobre el porvenir de las sociedades árabes.

Por otro lado, los críticos de la “transitología” –discípulos de Thomas Carothers y su artículo “The End of the Transition Paradigm”–, denunciaban que esta escuela había puesto demasiado énfasis en la idea de que cualquier país que abandona la senda del autoritarismo se convierte automáticamente en un país en transición democrática. Alertaron también sobre la creencia determinista en…

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