POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 185

Pakistán y el islamismo instrumental

ANA BALLESTEROS PEIRÓ
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Imran Khan no ha explicado cómo logrará el bienestar islámico que prometió. Podrá conservar el poder mientras no intente limitar la hegemonía de los militares en el país.

Pakistán estrena nueva era política con la victoria en las elecciones del 25 de julio de Imran Khan y su partido, el Pakistan Tehrik-e Insaf (Movimiento para la Justicia de Pakistán, PTI). A pesar de ser el candidato favorecido por el sistema, Khan no es tan manejable como algunos puedan creer. Ha necesitado décadas de trabajo para conseguir ser primer ministro, pasando de ser hostil al estamento militar a su adulador. Sin embargo, la historia de Pakistán no ha sido grata con quienes le han precedido en el cargo: ningún primer ministro en 71 años ha conseguido cumplir sus cinco años de legislatura. De los 16 (incluyendo dos legislaturas de Benazir Bhutto y tres de Nawaz Sharif), dos fueron asesinados; uno, condenado a muerte y ejecutado; en siete ocasiones, fueron destituidos; en tres, se les obligó a dimitir; y el último está en la cárcel.

Khan ha conseguido acabar con el bipartidismo dominante compitiendo contra dinastías políticas terratenientes, como los Bhutto, o industriales, como los Sharif. El nuevo primer ministro habla de un Pakistán para el pueblo, una utopía de bienestar islámico, paz y prosperidad. Lo que no ha explicado es cómo lo conseguirá. Ya era el candidato preferido del sistema en 2013, pero no venció a Sharif. Esta vez, se han esforzado en procurar su victoria. La sintonía inicial reinante tras su victoria puede acabar en cacofonía al primer desencuentro. Khan ha sido definido como voluble e impulsivo, rasgos que no han pasado inadvertidos para sus patrones. Siempre y cuando no quiera ejercer su autoridad sobre ellos, podrá mantenerse en el cargo. Para debilitar su gobierno, o recordarle quién manda, los…

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