POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 56

El presidente ruso, Boris Yeltsin, participa en un festival tradicional de primavera el 1 de mayo de 1996 en Moscú/GETTY

JOYA DE ARCHIVO: ¿Puede cambiar Rusia?

En la nueva Rusia, la libertad ha llevado al desengaño. Si el triunfo de 1991 pareció el triunfo de la economía de mercado y los derechos humanos, la victoria de Yeltsin en 1996 se distinguió por el surgimiento de una nueva clase de oligarcas.
DAVID REMNICK
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Cuando el pasado mes de julio Boris Yeltsin logró que le reeligieran, la noticia fue recibida con júbilo en el departamento de Estado de Estados Unidos, pero los sondeos mostraban que en Moscú y en otras ciudades rusas no había lugar para la alegría, tan sólo alivio; más bien la sensación de haber evitado una vuelta al pasado y al Partido Comunista. Después de todo, las celebraciones políticas, normalmente, dan la bienvenida a un comienzo, y el régimen de Yeltsin, como todos sabían, no lo era. Yeltsin había conseguido grandes logros, como independiente y como presidente, pero ahora en su senectud representaba el agotamiento de una promesa.

Para imponerse, Yeltsin estuvo dispuesto a todo. Sin tener en cuenta el hundimiento de los presupuestos, concedió subvenciones y favores electorales por valor de miles de millones de dólares; dio poder a personas en las que no confiaba, como el general Alexandr Lébed; incluso estuvo dispuesto a esconderse y a mentir a la prensa en las últimas semanas de campaña, sobre todo para ocultar su grave enfermedad.

Hoy el poder en Rusia va a la deriva, es imprevisible y corrupto. Tan sólo tres meses después de nombrar a Lébed al frente del Consejo de Seguridad, Yeltsin le destituyó por insubordinación, con lo que garantizó automáticamente al general la posición de mártir, pacificador y candidato a la presidencia. En la noche de su destitución, Lébed acudió despreocupadamente a ver una versión de Iván el Terrible, de Alexéi Tolstói. “Quiero aprender a gobernar”, afirmó.

En la nueva Rusia, la libertad ha llevado a la desilusión. Si el triunfo de 1991 parecía ser el triunfo de los demócratas liberales que alababan sin tapujos la economía de mercado, los derechos humanos y los valores occidentales, la victoria de Yeltsin en 1996 se caracterizó por el ascenso…

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