POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 125

Turquía: hacia una política exterior neo-otomana

ILDEFONSO GONZÁLEZ
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Consciente de su valor geoestratégico, Turquía ha abandonado el sometimiento a Occidente para emprender una política exterior que combina el diálogo con la coerción. Junto al papel como puente energético, el mayor activo actual es su labor de mediador en Oriente Próximo.

Paz en casa, paz en el mundo” era el lema en política exterior del fundador de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Atatürk. Incluso hoy, casi un siglo después de pronunciada, conserva todo su vigor como frase recurrente en la vida nacional turca. No obstante, la realidad es que desde la creación de la república, en 1923, la consigna pacifista que debía regir la diplomacia del país euroasiático ha derivado en una hermosa declaración de intenciones más que en una práctica habitual y asumida. Salvo momentos puntuales, el último siglo no ha sido para Turquía sinónimo de paz interior y relaciones de buena vecindad. El Estado ha vivido obsesionado por su seguridad y, en consecuencia, el peso de las fuerzas armadas en la toma de decisiones ha sido netamente mayor que el del poder civil.

Turquía se ha revelado incapaz de solucionar los tres grandes problemas que se plantearon con la transición de imperio a república y que estallaron a lo largo del siglo XX: el kurdo, el armenio y el chipriota. Asimismo, tampoco ha sabido despojarse de una mentalidad de frontera que surgió en las postrimerías del imperio, cuando sus tropas se impusieron a las grandes potencias europeas en la Guerra de Independencia. El sufrimiento y penurias de aquella década, que va de la Primera Guerra mundial a la firma del Tratado de Lausana, en 1923, perviven en la memoria colectiva de los turcos, un fenómeno que en parte se explica por el fervor patriótico con que se conmemora periódicamente cualquier fasto bélico.

Turquía continúa sintiéndose amenazada…

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